19 octubre, 2018

[Laberinto de cerros: Horizonte vertical de Álvaro Ruiz]. Por Germán Carrasco

El poeta Álvaro Ruiz (1953) es autor de los libros Dieciocho poemas (1977), A orillas del canal (1982), Es tu cielo azulado (1989), Casa de Barro (1991), La Virgen de los tajos (2001), Cola de gallo poemas (2010) y La virgen de Andacollo (2012), los que fueron antologados, más algunos poemas inéditos, en Horizonte vertical, publicación de Ediciones Moneda, iniciativa a cargo de Carmen Avendaño.
Revisa a continuación una lectura del libro realizada por Germán Carrasco más una selección de poemas.

Laberinto de cerros

A Álvaro Ruiz se lo suele asociar con cierto grupo de poetas. Cada uno de nosotros canta tan distinto y agrupar ya es impreciso, pero se lo asocia y algo de primo tiene con algunos poetas como Luis Vulliamy, Rolando Cárdenas, Jorge Teillier. Pero releyendo este Horizonte Vertical descubro algunas notas y matices a los que quisiera referirme.
En el temprano poema “Introducción”, se habla de una poesía que “viene roída por el cansancio del día y la noche / y desciende a la piedra y el polvo”. No tenemos simple placidez paisajística y aquí pareciera resonar el discurso “Para una poesía sin pureza” del Nobel o de la Nobel cuando dice que su poesía tiene que sonar como piedra de desierto que rueda por el monte Elqui. Por cierto, Ruiz la homenajea en un poema imaginando el día de nacimiento de la poeta como un ritual diaguita con báculos y campesinos que modelan cántaros de greda para llenar con castañas. Así imagina Ruiz el día que nace esa estrella única que se ilumina a sí misma. Con ella comparte la geografía: La Serena, y Oaxaca, y ciertos cerros curvos, puntudos, como los que aparecen en los inéditos que trae este laberinto vertical, cerros curvos y laberínticos que purifican el cuerpo de quien sabe estrujarlos hasta extraerles sus sueños.
Inocencia
(Dieciocho poemas, 1977)

Cuando en tus nubes reconocí sales secretas,
tu cara de ángel descendió delicada,
llena de redes y besos primitivos.

¡Oh! Ambigua inocencia,
eres como una pradera tejida por mis arterias,
te siento y te dejo,
¡pájaro azul!
la noche larga rasguñará la tierra
y en tus hogueras,
en los ardores de tus creencias,
te enseñaré mi cuchillo de palo.
Quizás es esa brusquedad que sin embargo recoge todas las uvas de la tierra una de las marcas de Ruiz. ¿A qué se refiere con el cuchillo de palo con el que desgarra la inocencia como entrañas de lobos hacia donde quiere huir, cobijarse?
Ese es el paraíso perdido en este caso, la sangre caliente del interior de una bestia y el cuchilo de palo infantil, rústico, hecho a mano en la selva del poema. Una época anterior al descubrimiento de los metales, una fantasmagoría fálica, un ansia de lo primitivo. Recuerdo que un samurái pobre tuvo que vender su katana y fingía tenerla portando una katana trucha, de madera: cuando es descubierto este fraude y deshonra debe suicidarse con su propia katana de madera, provocándose mil veces más dolor que con el acero.
Pasión
(A orillas del canal, 1982)

Dos doncellas
en la tarde
en el campo
cuando el sol muere en las praderas
en caminos polvorientos
en ojos
en colinas
con lejanías, aire, besos y abandono,
dos doncellas cometen homicidio
cerca del arroyo.
Todas estas imágenes de degollamientos y marineros borrachos y vírgenes de tajos lo distingue claramente de los demás láricos. ¿Cuántos son los dioses degollados? Sigue preguntándose el poeta, a propósito de cuchillos de palo y entrañas de lobo que quisiéramos como útero materno, ¿cuántos los dioses degollados? Ya no hay armas –nunca las hubo, nunca llegaron, y si hubiesen llegado no habríamos quizás sabido cómo manipularlas–. O si hay un arma es un cuchillo rústico de palo. No hay oratorias de arenga política, por lo que hay que huir al vientre de los lobos. Curioso también o quizás premonitorio es el homicidio –como llama a la relación sexual– de dos lesbianas en uno de sus primeros poemas escrito cuando no se hablaba de estos temas.
La virgen de Cartagena
(A orillas del canal, 1982)

1
La Virgen de Cartagena
es una figura de bronce
iluminada en un altar.

2
La Virgen de Cartagena
ilumina la noche con el fuego
del alma penitente.

3
La Virgen de Cartagena
es una mujer esbelta y sola
entre las aguas del Pacífico Sur.

4
La Virgen de Cartagena
no es una ilusión.
Ante tantos dioses degollados, aparece ya en los primeros poemas, la salvación: la virgen, esa musa o esa Gea, esa imagen finalmente que no es una ilusión sino una mujer esbelta y sola que ilumina la noche con el fuego del alma penitente. Reaparecerá más tarde en otros poemas. Esta virgen que veo terrenal como una Gea, como la Pachamama, como una musa y finalmente como una americana de carne y hueso –“Oh Antacolla, chinita de mi corazón”, dirá más tarde el poeta sobre esta divinidad morena–. Es definitiva creo yo la opción –al igual que los presidiarios– por una divinidad femenina, ya virgen, ya corazón tatuado. O por un dios mestizo, como señala en “Poema diaguita”: “bebo en un jarro pato por el dios de los cristianos”.
Es lo primitivo o primigenio, la selva y el desierto, los lobos y cuchillos, la recolección, anzuelos y flechas lo que constituye una especie de paraíso perdido del poeta, paraíso perdido que no tiene nada de locus amoenus ni de placidez sino de tierra dura y laberíntica. Es ese el mundo que se ansía, un mundo de gruñidos y sin lengua, a la que se corrompió enseñándole el habla. Ese puede ser el paraíso perdido que también le hace pedir a la virgen de Andacollo. señora de los cerros calurosos: “devuélveme la pureza de mis días de infancia / cuando de tan solo observar el paisaje / temblaba el corazón en magníficos sueños”.
Rómpase la línea de artificio
(Es tu cielo azulado, 1989)

Rómpase la línea de artificio
y aparézcase el blanco rostro de las nubes que algún día pasaron
rómpase la obsesión o el delirio sospechoso
rómpase la bola de cristal
rómpanse los cielos
rómpanse los cristales
rómpase, rómpase la vida
que con sus astillas construiré mi amor.
“Rómpase la línea de artficio” es un llamado a la honestidad. Hay que aceptar cierta condición de jarro astillado al que el poeta le es dado reconstruir pacientemente pegando parte por parte. Reconstrucción, tanto del delirio original como señala en Cola de gallo, o reconstrucción del amor o del poema desde las trizas, desde esos golpes de Estado que nos da la vida cada tanto. Cito, a propósito de poemas de amor, unos versos de Cola de gallo:
Entre tú y yo hay un bosque
Extenuante y oscuro
De intenso y expléndido follaje
El cual a tientas debemos atravesar
Finalmente termino esta hagiografía de dioses degollados o santos civiles que convoca el poema: los gitanos que suele frecuentar el poeta, los diaguitas a quienes invoca, la lavandera del virrey, el marinero borracho salido de una rima de Coleridge, el anciano terrible, Byron y Simon Bolívar, Wordsworth.
A los poetas les corresponde nombrar el mundo, darle visa temporal a las cosas que pasan desapercibidas por no habitar esa selva primitiva, ese desierto laberíntico de cerros curvos, esa infancia que se le pide a la Antacolla que nos devuelva. De esa manera podemos fascinarnos y descubrir “un nuevo sentido / como el del corazón en el cerebro / y el vigor de la voluntad en los ojos del ganso.”

Germán Carrasco (Santiago de Chile, 1971). Poeta, autor, entre otros libros, de La insidia del sol sobre las cosas, Calas, Clavados y Mantra de remos. Más en www.germancarrasco.cl

Un poema fatal (La Virgen de los tajos, 2001)

1
Me quería matar con un cuchillo,
encerrarme en un círculo,
en una circunferencia llena de dientes, sangre y ojos de miradas fulminantes.
Quería que el viento negro me despeinara.
Quería verme suicidado. Eso quería.
Regalarme manojos de flores marchitas.
Ahorcarme, cortarme las venas,
clavarme agujas infectadas de malos agüeros.

Sin embargo, desde lo alto de un árbol
uno de sus demonios se compadeció
de ver a alguien demoníacamente inútil.
Sus ojos llamearon y vi la luz,
que es luz y es salvación.
Entonces grité y las estrellas más distantes
parpadearon en el cielo infame de la desesperanza.

Qué haré,
qué haré con esta vida y el sentido contrario,
contrariedad plena y satisfactoria,
que aloja sus substancias inmensas
en el hemisferio oculto de la creación.

2
Me quería matar con una escopeta,
hacerme un forado en el centro del equilibrio,
agujeros distintos desde donde yo vería
la flor roja del fuego
que arde rodeada de almas en pena.
Eso quería.

Yo le blasfemé.
Oré a algunos dioses que se mantuvieron al margen.
Las confusiones se extinguieron
y el dolor quedó a solas
como el fragmento de un cuerpo celeste
que desintegrado cae a la tierra.
Y ella, la tierra, tembló.
Y la culpa no era mía
ni tampoco de ella.
Era la venganza de nosotros mismos.

Qué haré, qué haré, me dije
y el éter que es propiedad de los sueños
me llevó a un mundo lleno de niebla
donde los árboles crecían invertidos
y las raíces en lo alto se extendían
y señalaban la semicurva línea de un horizonte vertical.

Me quería matar con una escopeta,
arrancarme los ojos,
cercenarme el miembro,
avasallar, avasallar.

3
Me quería matar con una piedra
angular y cuyo significado ella no comprendía,
llevarme a nadar a los pantanos,
a las arenas movedizas,
caminar a los desiertos del Sahara y de Atacama.
Eso quería.

Como yo ya tenía mi vida deshecha,
no le hice caso.
Entonces me habló de un colibrí
que bebía de sus labios,
de un pajarillo que batía sus alas
en el encierro que ella quería.
Que ella quería.

Entonces fue cuando quiso con un palo
golpearme la nuca,
el cerebro.
Sustraerme,
volverme loco,
llevarme de la mano a un precipicio feroz,
a un acantilado, a un acantilado.

Me quería matar con una piedra, un cuchillo, una escopeta y un palo,
arrojarme al vacío,
hacerme feliz.


Fuentes de las imágenes de Álvaro Ruiz: 
En cabecera: Rozas, Daniel. "La academia puede destruir a un poeta". La Segunda. Santiago, 18 de mayo de 2018, p. 40. Fotografía de Alejandro Balart. Disponible en Letras.s5
En cuerpo: Filebo. “De Álvaro Ruiz a Róbinson Gaete”. Las Últimas Noticias. Santiago, 8 de septiembre, 1991, p. 36.

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