[El que desata los caballos]. Por Christian Kent

Escribir de memoria en tiempos de pandemia cuando el acceso a las bibliotecas está restringido, escribir con el riesgo de olvidar, escribir también sobre las memorias literarias que son, en nuestros países, memorias nacionales y militares, materializadas en el patrimonio de piedra de monumentos y estatuas.
Christian Kent (Asunción, 1983) escribe sobre este discurrir de la memoria y su construcción, anclando su escritura en la producción de los poetas del modernismo en Paraguay. Sobre estos procesos finalmente políticos de la monumentalización del pasado, concluye como respuesta imaginativa: “Se me ocurre un posible monumento: un pedestal vacío, en honor a todo lo que podría ser. O bien, un pedestal vacío en homenaje al olvido, que siempre es justo, y tarde o temprano, se impone a la piedra, al caballo, al soldado, al poeta”.

El que desata los caballos

Marcos Maíz me dijo que a Hipólito Sánchez-Quell no le gustaba su nombre por una razón etimológica. Etimología es el arte de hallar siempre lo que se busca. Y si no se halla, se inventa. La razón por la que Sánchez-Quell aborrecía su nombre latino es porque, según suposición suya, significa “caballo de piedra”. Una versión más difundida dice que es “el que desata (lúein) los caballos (híppos)”, que equivale a decir guerrero.
Es posible que Maíz no me haya contado esta anécdota, sino alguien más, pero me parece justo atribuírsela a él. Otras veces, viéndome con sus ojos pequeños, aumentados por el grosor de sus lentes, me ofrendó jugosos datos literarios. Parece importante atribuir a alguien más lo que perfectamente podríamos decir solos. Dice Cervantes (o su personaje) en el prólogo del Quijote: “Soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos”. Borges cuenta que Macedonio Fernández, generosamente, atribuía sus mejores ideas a sus interlocutores. A menudo la gente hace pronunciar aforismos que nunca dijo a Neruda, pero que mejor hubiese sido que los dijera.
En fin, de estas dos etimologías (no sabemos cuál es apócrifa) podemos sacar algo.
“El que desata los caballos” es un precioso epíteto. Se nombra a los caballos para nombrar al guerrero. Pero no solo al caballo, sino la acción de desatarlo. Es la manera en que mejor conviene inmortalizar al guerrero, en medio de una acción (epos, épica), alistando la cabalgadura para la conquista. Además, el caballo, decía Claudio Eliano, es hijo del viento. Hay una sensación de movimiento, de fuerza y de ligereza, en el acto de desatar los caballos.
Es menos preciosa y menos dinámica la imagen del caballo de piedra. Pero nos ayuda a contar algo más sobre Sánchez-Quell, que al parecer estimaba los monumentos. Personalmente, me parece que ser eternizado en la memoria de otros es un destino ingrato; me agota y me desahucia ver al General Artigas alzando eternamente las patas delanteras de su cabalgadura en el centro de la Plaza Uruguaya. Quizá, hubiese querido estar con un mate, contemplando un frondoso jacarandá de bronce. Es preferible el olvido, ser borrado enteramente por el codo de Dios, de la Tierra y del recuerdo, que acabar siendo una calle, un busto sin brazos ni cuerpo, un epitafio ingenioso.
También en los monumentos uno suele encontrar lo que desea. Los obeliscos de Roma, por ejemplo, para Wilde recuerdan “las columnas de fuego que guiaron a los hijos de Israel por el desierto a su salida del país de los Faraones”. Para Juan Emilio O’Leary:

índices que se levantan, como llenos de hastío
señalando en el cielo la realidad, la nada

En la última estrofa del mismo soneto son primigenios penes:

al Falo Erecto rinden eterna pleitesía
y en su honor se levantan bajo la luz del día.

Sanchez-Quell emprendió la venturosa tarea de una Autoantología, que puede encontrarse en el salón de literatura paraguaya de la Biblioteca Municipal (“mi biblioteca es la biblioteca”, decía Pedro Henríquez Ureña), cuyas ventanas miran la calle Benjamín Costant. Si exceptuamos de nuestra consideración la cuota de vanidad y de narcisismo que puede haber en semejante empresa, queda la dificultad de tener que elegir, en la propia obra, aquello que es esencial, y descartar lo que nos parece olvidable.
En ese libro hay un capítulo dedicado a la relación que hubo entre Rubén Darío y el Paraguay, tema que ocupó a más de un escritor paraguayo, entre ellos Raúl Amaral, en su estudio sobre la generación novecentista (El modernismo poético en Paraguay. Alcándara: 1982).
Darío fue cónsul en París de un país que jamás conoció y que no es necesario conocer para consularlo, pues tiene menos de real que de legendario (“Tierra de sol, tierra de épica historia, tierra de leyendas”. R. D.). Quiso de este país la lengua guaraní (“lengua armónica, melodiosa y sensitiva”. R. D.), alguna conversación con Gondra, que fue también su libelista, los textos de O’Leary...
En una famosa revista de la época (Mundial), Darío dijo del guaraní que “tal lengua tiene su literatura. Una literatura llena de brillo y sentimiento, que cuenta con poemas de vasta inspiración en que son naturales: el natural amor, el río de plata, la flora magnífica”. No todos en Paraguay, país que, según el antologador de Joyas Poéticas Americanas (1897) Carlos Rongorosa, “no tiene un poeta digno de figurar”, devolvían al poeta de los cisnes el mismo afecto.
Manuel Gondra tiró la primera piedra, al decir que “[Darío] no ha alcanzado a tener sentimiento americano”. Amaral atribuye esta opinión al hecho de que Paraguay estaba en pleno proceso de “dolorosa reconstrucción” después de la guerra y no tenía tiempo para la retórica del modernismo dariano. “Aquel cortejo -prosigue Gondra- de princesas, marquesas, abates, cisnes, pavos reales, sátiros, ninfas, etc., aquella evasión del contorno inmediato, no consultaba la realidad del Paraguay”.
En Paraguay hubo una modernidad nacionalista, cuyo mito fundante fue la “maternidad indígena” (padre español, madre india), la idealización del pretérito guaraní. Los casos más ejemplares son el Alma de la Raza (1899) y “¡Salvaje!”, de Manuel Domínguez; “Don Quijote en el Paraguay” de O’Leary y el “Credo Nativista” de Natalicio González,

Pálido Cristo, yo no soy cristiano,
el gran Tupang, en el cielo mora

entre otros.
Arsenio López Decoud, que coincidió con Darío en la Tercera Conferencia Internacional Americana de Río de Janeiro, imagina un encuentro entre el poeta y su demoledor, Gondra. “Si Rubén Darío hubiese conocido a Gondra, que raro hubiese encontrado para sus raros a su distinguido demoledor”, sentencia Decoud. Darío retruca lo propio: “En aquellos días de Río de Janeiro, no había complacencia para mi espíritu como ir en unión de nuestro amigo Decoud, a sentir la palabra platónica de Manuel Gondra, hoy ingratamente, para tristeza suya, elegido presidente de Paraguay. Tenía para mí el motivo simpático de haber combatido mi literatura, pero de manera gentil”.
Todos estos datos sobre Darío y el “Paraguay de fuego” son harto conocidos y pueden encontrarse fácilmente en la Biblioteca Municipal. Sánchez-Quell aporta una minucia, que nos hará regresar a los primeros párrafos de este escrito, sobre la importancia o la inconveniencia de los monumentos. Es una lástima que no tenga a mano el libro y que no pueda a ir a consultarlo a la Biblioteca, que está cerrada por motivo de la pandemia de covid-19. Trataré de preservar lo esencial de la anécdota, en palabras menos afortunadas que el autor.
Se queja Hipólito de que no haya en París, en los jardines de Luxemburgo, siquiera una triste y solitaria estatua que recuerde a Darío, que tanto favoreció a Francia y su literatura, al Darío que dijo “Verlaine antes que Sócrates”, al Darío que en Los raros prefirió nombrar parisinos que españoles y que en su poesía trajo al castellano las formas de la lengua de Hugo (idioma de “sensibilidad espuria” dispara De Quincey). En cambio, el ombligo de América le destinó un monumento que, según Sánchez Quell, alguna vez estuvo en “los jardines del Parque Caballero”.
En el año 2017, con razón del centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos, a lo largo y ancho de Paraguay brotaron como hongos los bustos de Bastos. Algunos de suprema fealdad. Si ya era feo (cosa que no afirmo), lo hicieron feísimo. Otro de los riesgos que supone ser recordado: la memoria deforma, corta y pega, elije y descarta. En otra oportunidad visité la capilla del cementerio italiano en Asunción para comprobar que allí estuviese el polvo de Guido Boggiani. Fue todo menos aurático. Estuve parado, en una iglesia vacía y abochornada por el calor y el olor a muerto, frente a un jarrón blanco igual a cualquier otro jarrón blanco. 


Recientemente fui a la ex quinta del General Bernardino Caballero, caminé bajo las sombras del vetusto bosquecito en busca del busto de Darío... No estaba ahí. Puede que Hipólito Sánchez-Quell lo haya imaginado todo, puede que lo hayan robado para fundir el bronce o por el simple placer de derribar un ícono. Lo cierto es que Darío se salvó de ser eternamente defecado por palomas, se salvó de estar por siempre solo y sin brazos y sin canto.
Se me ocurre un posible monumento: un pedestal vacío, en honor a todo lo que podría ser. O bien, un pedestal vacío en homenaje al olvido, que siempre es justo, y tarde o temprano, se impone a la piedra, al caballo, al soldado, al poeta.


Pedestal vacío del monumento a Baquedano. Plaza Italia, Santiago de Chile, marzo 2021. Fuente: En la hora.

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