20 noviembre, 2019

[El mundo herido. Un olvido recordado]. Por Luis Valenzuela Prado

“¿Quién leyó a este Méndez Carrasco? ¿Cuál fue el público de las cinco ediciones de El mundo herido? ¿Quiénes la leerán hoy? Pensar, de este modo, el olvido recordado de este mundo herido, un intento por dar continuidad a ese proyecto social clausurado de futuro”. Escribe Luis Valenzuela Prado sobre la primera novela de Armando Méndez Carrasco (1915-1984), reeditada por Tajamar Editores.

El mundo herido. Un olvido recordado

Ya sabemos que la narrativa de Armando Méndez Carrasco (Santiago, 1916 - Los Ángeles, Estados Unidos, 1984), junto con la de Gómez Morel, Luis Cornejo y Luis Rivano, han ocupado un espacio doblemente marginal en la escena literaria chilena, en tanto mundos representados, biografìas de sus autores y formas de autoedición y distribución de sus libros. No obstante, desde la última década del siglo XX ha habido un giro importante para Méndez Carrasco y este grupo.
En 1997, con prólogos de Alberto Fuguet y Jorgelina Martínez, editorial Sudamericana reedita El río de Gómez Morel y, al año siguiente, LOM hace lo propio con Barrio Bravo de Cornejo, con prólogo de Luis Alberto Mansilla, en el marco de la Colección Clásicos de la Novela Social Chilena. Desde esos años ha habido una recurrente mirada hacia ellos, desde algunas notas de Diamela Eltit, Alberto Fuguet y Ramón Díaz Eterovic, pasando por continuas reediciones recientes, o lo que en su momento Hugo Herrera me comentaba en torno al interés de jóvenes estudiantes por estos autores, plasmado en la gran cantidad de tesis de grado y postgrado escritas. Incluso, por ahí da vueltas hace algunos años la filmación del documental de Daniel Rozas sobre El río y la serie televisiva grabada por Christian Morales: Marginales, sin olvidar el trabajo crítico de Rodrigo Carvacho Alfaro, con su libro Clásicos de la miseria. Canon y margen en la literatura chilena, pronto a ser reeditado por Narrativa Punto Aparte. En lo personal, preparo un estudio breve sobre este grupo, que debiera salir en un año más. Lo relevante de esta vuelta radica en la paradoja del olvido recordado en el cual se encuentran inmersos estos autores, cuyos libros fueron leídos por lectores que no alcanzaron a darles un lugar destacado dentro de la escena literaria, tal vez, por no ser parte del engranaje letrado y académico que otros sí tuvieron a su favor. Lo relevante, entonces, es el rescate e interés, al menos, afuera de la academia.
Tajamar Editores se hace cargo de este regreso de Méndez Carrasco con una novela que requería una nueva lectura. Lo hace con un prólogo íntegro de Juan Andrés Piña, quien había escrito el de la narrativa completa de Luis Rivano, que sienta las bases necesarias para situar la novela como una de iniciación sin redención. Pero sobre todo asume el ejercicio de una edición crítica que fija el texto y entrega un registro de sus variantes con anotaciones que permiten comparar variaciones significativas de las distintas ediciones, cinco en total, publicadas por Méndez Carrasco, con el fin de enfatizar el perfeccionamiento del oficio de escritura desarrollado por el autor. En ese sentido, rescatar esta novela, sostiene Piña, “no solo constituye el reconocimiento al trabajo de un autor importante en el canon de la literatura chilena, sino que es una buena oportunidad de ofrecerles a las nuevas generaciones una categoría narrativa que debe apreciarse sin prejuicios ni anteojeras” (23).
Releer esta novela es adentrarse en una herida humana compleja, aún sin cicatrizar. Según Diamela Eltit, las estéticas de las novelas de Méndez Carrasco se organizan “desde relaciones no exentas de placeres, de jolgorio, de farras, sitios de amores fugaces aunque consistentes, situaciones plagadas de cuerpos entregados al nomadismo de la noche” (Emergencias: escritos sobre literatura, arte y política, 2000). Esta organización se urde con la situación de inestabilidad existencial, de un presente que duda entre un tiempo pretérito y un futuro muchas veces clausurado. En El mundo herido prima lo segundo y ciertos hechos lo anticipan: “El nacimiento de una vida obscura y deslumbrante” (33), una vida vacilante y contradictoria en una novela que antecede la tetralogía autobiográfica de Armando Méndez Carrasco titulada Chicago chico. Así, la infancia, la pobreza y experiencia de la calle cimentan la compleja y asediada vida de Curipipe, quien intenta afirmarse frágilmente en el tiempo, proyectándose desde la infancia hasta la adultez. Por contraparte, la familia aparece como cuadro en descomposición, una institución inconsistente desde la cual Curipipe se configura como sujeto en tránsito oscilante entre el entusiasmo tibio y la vida oscura, entre la felicidad y la derrota latentes.
Curipipe no pisa “suelo primario” (40), lo cual exacerba su condición liminar, al lado de afuera de la frontera social, con un resultado concluyente para su madre: “Es un perdido. Tiene talento de gañán” (40). Un niño perdido, como sus amigos, a juicio de su madre. Amigos para quienes el futuro no es tema relevante, en tanto serán acompañados por la pobreza hasta la muerte. Un niño que crece herido, a la luz de una nueva experiencia: “Un mundo desorbitado, atrayente, sombrío” (54). Un mundo sin esperanzas es el que desarrolla Méndez Carrasco, solo con huidizos haces de redención: “Quiero aprender a leer y a escribir bien y saber de todo, mamá. Tú me ayudarás ¿verdad?” (49). Momento cuando la madre intenta matarse junto a Curipipe, aunque este la convence de lo contrario, dando cuenta de ese haz de vida mínimo, al que a veces se aferran los personajes.
La posibilidad de estabilidad personal, familiar, económica es fugaz, condición inherente en Mendez Carrasco y en las narrativas que lo acompañan. La libertad es pasajera, el presente funesto acecha y si el dinero se presenta se esfuma para retornar “a la miseria clásica del pasado” (146). Sin duda, hay plena conciencia de esa situación, por cierto, la conciencia de clase se hace presente en el reto de su madre, cuando lo llama “¡Roto anarquista!” (185), en el momento que aflora, en Curipipe, el interés por las injusticias sociales: “¿Por qué unos tienen más que otros?” (185). Incluso la madre reivindica la miseria de la clase media a la cual pertenecen: “Hay una clase que no puede gritar a la calle sus miserias. Es una clase social que se muerde; es clase intermedia; es clase digna y, sin embargo, pisoteada” (215). La miseria social es parte de la condición existencial intrínseca de los personajes. Asumen su realidad de manera estoica, como reverso de la sociedad capitalista en donde prima el valor del dinero y la mercancía.
La exacerbada fragilidad de Curipipe es complementada con la vulnerabilidad espacial del Cerro el Litre, azotado por temporales, por la pobreza y el injusto trato de los dueños de las ranchas. Con todo, el optimismo emerge a ratos como destello residual, como laso motor del proyecto del personaje: “No volví al cerro en pensamientos; solo deseaba tejer algo acerca de mis futuros pasos” (289). Mirada que se proyecta en el tiempo, no obstante se diluye, porque el “mundo herido” carece de la esperanza, por ejemplo, que alimentó Nicomedes Guzmán.
La reedición de esta novela remarca la importancia de esta y su autor. Es posible que el lenguaje incomode al lector letrado, como cuando Lucía Guerra dejara en evidencia a la crítica tradicional, encarnada por Raúl Silva Castro, quien se distanciaba del lenguaje grosero de La sangre y la esperanza del nombrado Nicomedes Guzmán, imponiendo “sus propios valores al mundo representado en la ficción”. En ese sentido, resulta relevante preguntarse ¿quién leyó a este Méndez Carrasco? ¿Cuál fue el público de las cinco ediciones de El mundo herido? ¿Quiénes la leerán hoy? Pensar, de este modo, el olvido recordado de este mundo herido, un intento por dar continuidad a ese proyecto social clausurado de futuro.


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