04 septiembre, 2019

[Tizne de Ismael Rivera]. Por Verónica Jiménez Dotte

Tizne es el tercer poemario de Ismael Rivera (Santiago de Chile, 1986), autor que también ha incursionado en la poesía musicalizada con los discos Desbautízame (Sello Remolino, 2015) y La última cena de los buitres (Sello Precario, 2019). La poeta Verónica Jiménez Dotte presenta este reciente libro de Rivera a partir de sus relaciones intertextuales con Gonzalo Rojas y otras fuentes literarias y religiosas.

Tizne

El nuevo poemario de Ismael Rivera propone una imagen enigmática: la palabra tizne, esa materia grasienta, difícil de quitar. Tizne es la huella del humo sobre los objetos, pero también y, por encima de todo, sobre los rostros, sobre un rostro cualquiera; el tizne es una materia que oculta, que borra las facciones humanas y que, al mismo tiempo, deja la marca de una ofensa, un ataque ¿contra qué?, nos preguntamos. ¿Contra el honor, contra la dignidad, contra la inocencia?
Nos hallamos en el plano de la poesía, parece decirnos el autor; hay aquí una denuncia que hacer, pero no del modo explícito de decir al que echan mano los discursos sociales o políticos.
Paul Valery hace una hermosa precisión acerca de la poesía. “Si un fabricante de perfumes adoptara la estética 'naturalista', ¿qué aromas envasaría?”. La pregunta que surge, siguiendo a Valery es, ¿qué aromas quiere “envasar” Ismael Rivera en este libro, puesto que recurre al lenguaje de la poesía y rehúye de lo prosaico?
El poemario abre con la imagen de unos jinetes de la lluvia ante los que el lector evoca al mismo tiempo al jinete del poema de Gonzalo Rojas y a los jinetes del Apocalipsis.
“Descienden los jinetes de la lluvia
dejando charcos a cada paso
en el silencio de una mañana:

aún despiden la luna roja”.
Confronto estos versos con el poema “Carbón” (Contra la muerte, 1964) de Rojas:
“Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río”.
No está demás mencionar que la segunda parte del libro se titula, precisamente, “Carbón”.
El diálogo con el poema de Rojas es absolutamente probable. No existe evidencia en los textos de que sea un diálogo buscado intencionalmente por el autor, pero, en cualquier caso, el intertexto abre la lectura, de un modo inevitable, hacia todas las posibilidades que tiene la denuncia social de convertirse en el centro de la reflexión poética, en el centro del poema.
Los jinetes de la lluvia en el poemario de Ismael Rivera nos conducen a ratos en la dirección de aquellos que aparecen en el libro del Apocalipsis de la Biblia: la risa no borra el fuego infligido, la justicia a gotas recubre falsamente al perdón, nos señalan unos versos. “Muere la inocencia en los campos ocupados”, dice otro verso que nos representa la reclusión infantil, esa reducción contemporánea de la humanidad en su estado más puro a meras cifras, números fáciles de encarcelar tras un cerco de alambres.
Un niño de cinco años, uno de los tantos niños que aparecen en el libro, que son muchos y el mismo niño; un niño pregunta a su padre por qué no acuchillar a un soldado. Lo dice en un paisaje de olivos, otra imagen recurrente del libro, que nos remite a aquel monte, símbolo de la cultura occidental que hemos recibido como herencia y que se asocia con el sacrificio de los más débiles, de los desarmados, de los que llevan en sí su propia existencia como única arma para oponerse a todos los poderes: el poder de los muros, el de las alambradas, el poder del hambre, del fuego y de las balas contra los “cuerpos sin coraza”.
Ismael Rivera nos habla en su libro de esa antigua condena, transmitida a través de siglos por medio del lenguaje del mito y de la religión:
“Del polvo al polvo
mas no cubre las capas
de historia que explota en el hombre
en el mineral”.
Una condena que también está grabada en el lenguaje de la historia y contra el cual el poeta se rebela:
“Sin importar cuán grande sea
la bandera
jamás podrá cubrir su propio charco
de sangre”.
La segunda parte del libro nos habla de la deuda del mundo con el poeta, con la poesía: el poeta escribe sobre un vidrio empañado, en un presente que lo pone frente a la injusticia como frente a una mala visión, ante la nausea de enfrentar la impotencia de una voz propia que intenta envasar un perfume y que se rinde a ratos ante la presencia de la muerte y de lo indecible:
“Escribir sosteniendo la respiración
los latidos en las sienes
los golpes de adentro
hacia afuera: el silencio”.
Ese silencio del que nos alerta este verso es una grieta oscura en los poemas de Tizne, una falla geológica provocada por las incesantes guerras y despojos de toda índole que de alguna manera nos advierten que es el mundo el que está siempre en deuda consigo mismo, mas no la poesía.

Verónica Jiménez Dotte (Santiago, Chile, 1964). Poeta y editora de Garceta. Autora de libros de poemas como Palabras hexagonales (2002), Nada tiene que ver el amor con el amor (2011), La aridez y las piedras (2016) y la novela Los emisarios (2015).

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