10 julio, 2019

[La violencia de las palabras: Fuerza Bruta de Maha Vial]. Por Jorge Polanco

El siguiente texto escrito por Jorge Polanco Salinas (Valparaíso, 1977) sirvió de presentación de Fuerza Bruta (Valdivia: Kultrún, 2019), el más reciente libro de la poeta, actriz y dramaturga Maha Vial.
Vial, nacida en Valdivia en el año 1955, ha publicado, además, los libros de poesía La cuerda floja (1985), Sexilio (1994), Jony Joi (2011), Maldita perra (2004), El asado de Bacon (2007), Territorio cercado (2015).

La violencia de las palabras

A menudo es mejor alejarse para ver. Como el reconocimiento entre las personas, la escritura necesita su tiempo, una cierta demora y atrevimiento. No se trata de establecer una distancia, sino de encontrar un ángulo de la mirada. En otras ocasiones, la poesía demanda asumir un riesgo y plantarse bien en escena dejando de lado las dilaciones. Escribir desde la urgencia, no desde el taller. Ingresar a una zona en que la poesía inerva el “primer gesto del alarido”.
La poesía de Maha Vial suscita este segundo modo de ver; próximo y cercado. Entrar al poema “a combos y patadas”, cuando la violencia ha despedazado las posibilidades de significación. Ocupar las secuelas del lenguaje, respondiendo a la mutilación de la experiencia con la misma energía con que fuimos expoliados.
Fuerza Bruta suscita esta sensación que cruza dos espacios contradictorios: Valentía y fragilidad. Rasgar los paños de la escritura, con la fortaleza de quien enfrenta el caos y la herida sin victimización, pero teniendo claridad sobre la sangre derramada. No cejar en la persistencia de la poesía y a la vez sentir el vértigo de la pérdida. Tristeza y osadía: “Para que no se note que tras de la cortina estoy sola”, dice Maha Vial, la estrategia no consiste en el llanto, sino exigir a la escritura lo que esta, quizá, no pueda entregar, aunque es preciso demandarle.
Es como si los poemas intentaran abrir algo; tocar una puerta que conduce a ninguna parte, pero que se sigue tocando y desvencijando, con las manos rotas golpeando el umbral de una imposibilidad de sentido, anterior incluso a las palabras. No se trata exactamente de una desposesión; más bien se percibe el deseo de apropiarse de una intensidad que atraviese el lenguaje, que, por medio de la repetición y la exacerbación de la búsqueda, se rompa el candado de la informe oscuridad y, gracias al cuerpo de las letras, la derrota sea sobrepasada, articulando el poema.
Digo “poema”, porque Fuerza Bruta puede leerse como un solo intento de organizar una voz y una plasticidad. En la numeración de estos 25 retazos, la serie persiste en una continuidad de la rudeza. Mantiene el derrame de un hilo de sangre, donde la sexualidad puede verse como una poesía orgánica y teatral; una fuerza matérica que cobra su vigor en la batalla contra algo inextricable. Una fosa que se quiere excavar como un vientre.
Este libro de Maha Vial invita a ser leído como escritura y performance; es decir, como poemas que sobrepasan el verbo: una latencia que comparte habitación con la lucha entre la garganta y el empellón de sangre de las palabras (citando a Gabriela Mistral, aludida al parecer en el libro). Antonin Artaud y Francis Bacon presentan quizás dos claves de lectura: el teatro de la crueldad y el vigor de la materia se hacen cuerpo en este libro.
Por una parte, la violencia física propinada en y contra el poema (que podríamos traducir como el mundo) y, por otra, la violencia de la fragilidad ante los golpes recibidos, muestran una obstinada potencia expresiva. Una animalidad poética que la escritura hereda tanto de una experiencia luctuosa y valiente de las mujeres como del deseo ligado a una pasión multiforme entre “la poesía y la espada”. Es lo que en el libro aparece mencionado como “las brutas”.
Sudor, sangre, besos, entre otras menciones a viscosidades del cuerpo, dan cuenta de una “palabra desollada/ pero viva”. ¿Contra qué o quién lucha el poema?
Da la impresión de que en esta poesía pervive un extraño rito; una lejanía que acude desde una revelación secreta y animal –fuera o anterior al taller, como dijimos al comienzo–, de donde surgieron las escenas sexuales del anhelo; la pugna que articula el grito y el aullido de las palabras, y que después fueron mesuradas por la secuencia del discurso.
Herzog, tal vez, podría diseñar una tercera clave escenográfica de lectura, y no una llave, por cierto. La brutalidad de “las brutas” indica el despliegue de energías desmesuradas, previas y latentes en la supuesta “cultura”. Fíjense en las repeticiones, en las cadencias que insisten en versos breves; ¡al hueso!, en un doble sentido: precisos en su performatividad sonora, y prehistóricos –como anuncian los primeros poemas– que indican una huella anterior al rostro representativo de la significación.
Lo prefigurativo atraviesa asimismo esta poética; una alternancia entre la potencia del poema –sobre el cual se puede incluso dormir– y la feroz lucha de sentido que deja exhausta a la voz en el deseo de significación. Fuerza bruta no es fuerza de trabajo; en la escritura de este libro la poesía surge de la huella de lo erótico, de la herencia oscura de lo inanimado, pero también una poética de lo incipiente, vibratorio y, a veces, asémico y visceral. No se trata de explotación ni producción, sino la energía que teje la pulsión de la escritura, enfrentando la reducción que propina el actual régimen de vida. Fuerza Bruta convoca a devorar sensualmente el espacio entre el poema y el mundo.
Quisiera volver hacia el ángulo de la mirada. Contemplación (cum-templum), el templo, es el recinto de lo sagrado. La perspectiva que funda una ciudad y un mito. Maha Vial ofrece, por el contrario, un espacio roto en un territorio cercado, fisurado del poema, una fuerza simbólica de herrumbes como el cansancio de la lluvia, como los signos vísceras de Artaud: Deseo y pavor.
En Fuerza Bruta se cuelan los orificios de los significantes, la rotura de la vida que desarma el verso hacia un ritmo, diría, contrapuntístico, como en las improvisaciones del free jazz o, lisa y llanamente, en las onomatopeyas del punk. Maha suena a choque, a golpes, a goteras sobre un paraguas negro. “Ardan, ardan, ardan / los ritmos / todos esos ritmos / que no se pueden bailar”, que no se pueden trasladar, sumaría, a la acción poética y su situación ardiente.
La brutalidad es la representación de una mirada anhelante, una poesía que en la fascinación y en el deseo del fornicio, desborda la productividad requerida sobre el cuerpo. En el despliegue de un erotismo del valor de uso, la escritura ofrece amores “sin llantos ni remordimientos / nada más mirando al sol / pero de frente (…) seguimos como si nada / y de paso nos pintamos / los labios”.
Creo que un pasaje de George Bataille da cuenta de esta comunión entre el primer alarido, el duelo de la realidad y la violencia poética: “La poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo: a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y, por medio de la muerte a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar, que se fue con el sol”. Violencia y prohibición, dirá más adelante Bataille, no pueden separarse; entrelazan una frente a otra el trabajo y el derroche.
En este vaivén, la pulsión de Maha nos hace pensar en dos fuentes de la poesía: el oficio de escritura y la intensidad que perfora la continuidad del lenguaje. Escribir desde la urgencia, desde la palabra “sangrosa sobre la página”, desde la letra candente. Maha Vial ofrece un ejemplo de cómo persistir con la frente en alto; persistir en la poesía, a golpes y patadas, y sin traicionarse.

Valdivia, 28 de mayo de 2019

Fuente de las imágenes de Maha Vial (por orden de aparición)

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