17 julio, 2019

[Cuerpo-palabra y trans-mutación de la realidad/materia: sobre Todos mis quchillos de Andrea Alzati]. Por Isidora Vicencio

El siguiente texto, escrito por Isidora Vicencio (Puerto Cisnes, Chile, 1992), fue leído en la presentación de Todos mis quchillos (Komorebi ediciones, 2019) de la poeta mexicana Andrea Alzati. El evento se realizó en la librería Los Libros del Gato Caulle, ubicada en la ciudad de Valdivia, el pasado 5 de julio de 2019.
Andrea Alzati nació en Guanajuato en el año 1989. Ha publicado el libro de poemas Animal doméstico (Juan Malasuerte, 2017) y el libro de dibujos y textos Algo tan oscuro que no tiene nombre (Dharma Books & Publishing, 2018). Otros trabajos están disponibles en www.andreaalzati.com.

Cuerpo-palabra y trans-mutación de la realidad/materia: sobre Todos mis quchillos de Andrea Alzati

Existe cierta especie de lucidez enigmática no necesariamente consciente que parece repetirse cada cierto tiempo en los momentos históricos. Parece que en cada ciclo devienen clave los eventos de contacto con el cuestionamiento de los límites de la consciencia y la percepción. La pregunta sobre la definición de la realidad es antigua. Tan antigua como el lenguaje. Palabra, cuerpo, consciencia y materia encuentran sentido al reunirse cada cierto tiempo para (des)armar estructuras lógicas. Por eso tiene sentido encontrar estas cuatro dimensiones en Todos mis quchillos (Komorebi Ediciones, 2019) de Andrea Alzati.
Este gran primer cuerpo poético presente en el libro es atravesado y atravesante, un corte múltiple, de tantas multiplicidades como posibilidades caben para combinar. Atraviesa porque duele y duele porque atraviesa. Atraviesa un cuerpo que es una fruta o una mesa o un yo. La palabra atraviesa, la “espada de la palabra” duele
“la mesa es atravesada
por una manzana
nadie espera ser atravesado
excepto cuando sucede
las quince extremidades
los sesenta y cinco dedos
las dieciocho lenguas exclaman
¡por qué habías tardado tanto
en atravesarnos!

el cuchillo responde
flotando sobre la mesa” (11).
Ser todo en sus partes, mutando cuánticamente, como cuerpo disuelto, (re)constituido todo, desarmado y vuelto a armar como otro, es una de las señales de cuestionamiento a la materia, a la (im)posibilidad de la materia, aquí se construye un cuerpo material antojadizo, equiparando la realidad y la subjetividad a la multiplicidad de las realidades pensadas.
El dolor es profundamente íntimo, por eso ronda en el espacio de un cotidiano personal. El espacio donde se sirven alimentos, donde sucede la vida, donde se habita
“… las mujeres de tres generaciones que sirven comida día tras día
atraviesan la mesa

los ojos de las mujeres de tres generaciones
vistos bajo el microscopio
contienen cuchillos que giran

cuchillos de distintos tamaños y formas
flotan dentro de sus ojos” (12).
Y la intimidad no es solo del dolor y el habitar sino también la soledad
“¿qué cosa atraviesa la manzana
cuando nadie la está mirando
cuando nadie la toca?” (13).
Tres generaciones de mujeres: el poder de la naturaleza, control de energías y elementos, es una triada que llama a la representación del tiempo de un poder oculto, utilizando para su sabiduría el conocimiento del dolor que sobre la manzana flota como una corona, sobre las mujeres flota dentro de sus ojos y el silencio, la ausencia de reclamo, el pacto de la espera, en la apariencia inofensiva de servir alimentos
“el amor de mamá es un circulo
una serpiente mordiendo su propia cola
o un perro persiguiéndose el rabo
mamá la boca de una taza de café́” (52).
Las dimensiones parecen contraponerse entre naturales que son incontrolables e íntimas aparentemente controlables, como el cielo, el mar, los pájaros, las perlas y la mesa, el cuchillo, la manzana, la sal. Pero luego todo se revuelve y forma parte de una cosa indistinguible, siempre mutante. El cuerpo compuesto de las cosas que le rodean, trans-mutando continuamente, nunca es el mismo, estas trans-mutaciones lo unen todo, en una unidad que no es uniformidad de mismidad, sino que singularidades cambiantes donde la mujer es dimensión natural e íntima, un puente de la percepción. No está instalada ahí forzosamente, viene por sentido armónico.
Luego, sobre este cuerpo cambiante, aparece el logos (la palabra, la razón de la palabra, el nombre)
“el mar es atravesado por tu nombre

tu nombre es dulce tiene esquinas
rompe los cuchillos
cierra el cielo
se alimenta de mandarina
no tiene corazón” (24).
El nombre es cláusula final, lo que ordena, lo que obliga a mantenerse en una forma, a la posesión y al dominio material, termina supuestamente con el atravesamiento doloroso que es existir, pero cierra el cielo y no tiene corazón, “es un animal nuevo” (25) como nosotros, atrapados en el dominio del logos.
En la segunda parte del libro “Cursivas” hay una continuidad en el desarrollo de esta denuncia del significado, su fuga, la borrosidad de la representación que es espejo de las cosas que están en el mundo. El aire atraviesa como los cuchillos, las palabras atraviesan como el aire, el lenguaje duele, porque anula la multiplicidad. Escribe la autora
“no hay un río
está la palabra río
que no dice agua” (35).

“el viento que entra por las ventanas
lo convierte todo en bandera” (38).

“confías ciegamente
en las palabras que llegan
en línea horizontal
trazando el margen de la tierra” (40).
Pero el nombre es también inevitable, es parte de la dimensión material humana. Vivimos el dolor porque vivimos. Nombramos porque duele y el nombre nos duele. Nos atraviesa
“… hablar con los perros y los pájaros
se parece tanto a hablar con dios
a hablar solo
a hablar por hablar
y sería inútil esperar una respuesta

me resisto a nombrarlos más allá del rojo,
el amarillo, el del pico medio roto

los pájaros que alimento no son sublimes
como las aves de los documentales
y por eso los amo y les hablo
y considero a veces nombrarlos” (46).
En este libro se percibe una circularidad que enfrenta e intercambia continuamente las dimensiones echadas al juego, como por ejemplo lo acontecido dolor/palabra (nombre) y la posibilidad de tras-mutar las formas del cuerpo, tal vez como una forma de equilibrio inestable
“el camino para llegar al propio cuerpo
debería trazarse de la misma forma

la manera más veloz para explicar un gesto
es repetirlo con el cuerpo” (44).
La aparición del cuerpo representador, el cuerpo como lenguaje es también una forma de cuestionar la verdad del cuerpo en tanto su materia. Aquí se construye un cuerpo-palabra que acepta un devenir borroso con la esperanza de comunicar que la realidad es tras-mutable y, por tanto, múltiple. La verdad no tiene lugar.

Isidora Vicencio (Puerto Cisnes, Chile, 1992). Autora de la plaquette de poesía Primeras Casas (Monterrey, México: Caletita, 2016). Fue antologada en Contramarea (Lima, Perú: Editorial Summa, 2012) y en Escritores en el Zaguán. Tomo III (Concepción, Chile: Editorial La Tregua, 2016). Algunos de sus poemas se encuentran disponibles en formato digital en revistas electrónicas de literatura como Círculo de poesía (México) y La ubre amarga (Bolivia). Su libro más reciente es el poemario Casas enterradas (Concepción: LAR, 2018).

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