[Máquina para hablar con los muertos de Carmen García]. Por Rodrigo Olavarría

El pasado viernes 13 de mayo se celebró el lanzamiento del tercer libro de la poeta Carmen García (Santiago de Chile, 1979), Máquina para hablar con los muertos (Bastante, 2016). En la ocasión el libro fue presentado por el narrador Álvaro Bisama y el poeta y traductor Rodrigo Olavarría
Lee a continuación el texto con que el autor de Alameda tras las rejas presentó el libro.

Máquina para hablar con los muertos

Quiero partir esta presentación agradeciendo la oportunidad de presentar este nuevo libro de Carmen. El tema Carmen García me atrae vigorosamente desde hace ya varios años. Estuve presente en los lanzamientos de sus dos primeros libros, La Insistencia (2004) y Gotas sobre loza fría (2011), los he leído y releído con atención, he seguido desde hace trece años su desplazamiento anual a lo largo del zodíaco, la analizo y la comparo consigo misma, todo lo cual me da derecho, creo yo, para considerarme un carmencista fogueado. En esta ocasión nos presenta el viaje mítico de una mujer, un viaje para ser leído con la disposición psíquica del protagonista de Aurelia de Gerard de Nerval, cuyas primeras líneas podrían perfectamente formar parte del libro que hoy presentamos, Máquina para hablar con los muertos. Paso a leer esas primeras líneas de Aurelia:
El sueño es otra forma de vida. No podría traspasar, sin estremecerme, esas puertas de nácar o marfil que nos separan de ese mundo invisible. Desde los primeros instantes en que el sueño nos domina, realmente es la sombra de la muerte quien se apodera de nosotros, un velado ensueño arrebata nuestro pensamiento y ya no podemos determinar el instante preciso donde el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia en un difuso subterráneo que poco a poco dispersa sus tinieblas, para desencadenar en la penumbra de la noche a las pálidas, rígidas e inmóviles figuras que habitan en la morada de los limbos.
Una mujer habita una isla. Una mujer que podría ser uno de los primeros vertebrados en abandonar el océano, respirar y caminar sobre la tierra. Ese océano es un mar de palabras y de tiempo, es el pasado, y desde ahí emerge esta mujer para respirar incertidumbres y cumplir el rol adánico de ponerle nombres a todas las cosas.
Esta Eva anfibia es consciente que ahí donde está la oscuridad, ya sea en el fondo del mar o a la sombra de los árboles, existen voces que murmuran, voces que pueden ser ladridos, pero que bien escuchados empiezan a convertirse en antenas transmisoras de las voces de los que no están aquí.
Por eso se hace difícil contestar el teléfono para la habitante de esta isla. Si las ranas croan sus mensajes y todo pareciera estar mutando o murmurando presagios, entonces la idea de una voz concreta al otro lado de la línea telefónica se hace intolerable.
Todo lo imaginado se vuelve real. Y todo lo que alguna vez fue imaginado porta secretos que trae desde ese lugar de no existencia del que un poder extraño los saca para volverlos reales. Los sueños son una fuente de estas presencias que se materializan, un portal por el que viajan las voces que habitan a esta mujer y que la emparentan con otra mujer, una muchacha que está bajo el mar y digo está porque no sabemos si vive o no, ni siquiera si alguna vez vivió.
En su soledad se prepara para las eventualidades. Para abandonar la isla o recibir una visita. El tiempo la agobia, la soledad la agobia. Y observa. Es testigo de las actividades de visitantes seguramente surgidos de las sombras y que también buscan una revelación. Dos muchachos que caminan hacia atrás y trepan un árbol sagrado hacia su copa, hacia la luz de la luna, hacia una luz que los oculte de las sombras y sus murmullos. Y de pronto, la luz desaparece de la isla y se hace necesario huir.
Este viaje la lleva a una ciudad que arde, una ciudad vaciada como por una bomba de neutrones, de esas que aniquilan la vida pero dejan intactos los edificios, una ciudad donde alguien apagó las luces y donde los muchachos están a punto de irse o de pie y bañados por el rocío que cae en las esquinas.
Y, de pronto, cambia la estación y nieva. Se sueña con la protección del cielo, pero las palabras, que antes fueron las aliadas con las cuales dar sentido al mundo, las espadas que se esgrimían ante la oscuridad se vuelven vacías, fríos monumentos sin una razón. Esta mujer recorre la ciudad y se cruza con hombres de ojos blancos para los cuales tiene en la punta de la lengua todas las respuestas porque todas las preguntas le pertenecieron en algún momento. Pero este conocimiento no la salva del miedo y la soledad.
Es en ese instante en que, además de perder el refugio de las palabras, pierde la vista y todo se vuelve blanco, todo lo visible es un inabarcable caballo blanco hecho todo de luz. Y la mujer intenta cambiar el refugio de las palabras, por el refugio de la desaparición, por la paz que proporciona el olvido. Un olvido que aleje del dolor y que sea también una escalera que le permita salir del agujero que ha cavado dentro de sí misma.
Tiene cien años y desde niña sabe que el mayor placer es la desaparición. Y es la ciudad el lugar que le permite efectuar este acto de magia, ser invisible, pero es también la ciudad el lugar donde el lenguaje deja de ser el de los presagios y se empieza a volver el lenguaje de todos los días. La poesía cruza las “puertas de nácar o de marfil” de las que hablaba Gerard de Nerval y se integra al mundo de la ciudad, tal como la experimentó García Lorca en Nueva York.
Ese paso es también el paso de la inocencia al conocimiento, del sueño al despertar o de la infancia a la madurez. Es la llegada a un estado donde se acepta las sombras, donde se las echa de menos. Es un estado de vitalidad que le permite abandonar la ciudad y emprender el viaje de regreso. La primera parada será el muelle donde se reúnen los muchachos y desde donde puede verse la isla, que duerme y que la recibirá como si nunca la hubiese conocido pero como si siempre hubiese sido su hogar. Y lo es. Su hogar, quiero decir. Un hogar inagotable, donde siguen apareciendo cosas que nombrar, donde siempre hay espacio para un nuevo lugar y nuevos animales que se acerquen a hablarle al oído. La vida continúa en esta historia de ecos bíblicos y modernos.
Esta es la historia de Arthur Rimbaud y también la de Patti Smith que habría querido escribir cuando escribió Éramos unos niños. Es la historia de todo poeta moderno. Ahora, recién, cuando escribí la línea “esta es la historia de Arthur Rimbaud”, recordé ese verso de Neil Young, cuando dice “esta es la historia de Johnny Rotten”. Tal vez esta sea incluso la historia de Johnny Rotten.
Y ahora, para cerrar, quisiera leer el epígrafe que Carmen le dio a su libro. Un epígrafe no solamente bello, sino perfecto para su Máquina para hablar con los muertos.
Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras
sin cesar y sin cesar llegaras.
Olga Orozco

Comentarios

Anónimo dijo…
Excelente Odrimel.

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