[Magenta de Fernando Ortega]. Por Felipe Cussen

El siguiente texto, escrito por Felipe Cussen, fue leído a manera de presentación del libro Magenta (Libros del Pez Espiral, 2014) de Fernando Ortega (Viña del mar, 1983), el día 1 de abril de 2014. Además, forma parte de la investigación en proceso del proyecto Fondecyt Regular #1131136 "Samples y loops en la poesía contemporánea".

Magenta de Fernando Ortega.

No sé muy bien cuándo ni por qué me escribió por primera vez Fernando Ortega para que nos reuniéramos. Entro a Gmail para buscarlo y encuentro su primer correo, del 21 de enero de 2012, el número 353 de "muchos". Me contaba de sus proyectos poéticos y también de sus estudios en artes mediales, y me envió un "link" a algunos poemas suyos y un canal de Youtube: "por su canal de Youtube los conoceréis", me decía. Luego nos conocimos en persona, y hemos seguido conversando frecuentemente, no sólo por nuestro mutuo interés en la combinación de la escritura y las tecnologías digitales, sino también por la tensión entre la emotividad y el lirismo frente a una actitud más fría y experimental.
Recuerdo todo esto mientras reviso el archivo en PDF de este nuevo libro que sólo en este instante acabo de conocer en su formato impreso. Magenta invita desde su título a leer esa mezcla de influencias, prácticas y reflexiones. La misma palabra "magenta", que leemos usualmente en los cartuchos de las impresoras, esconde un origen más antiguo: la alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, el 4 de junio de 1859, y que luego se convirtió en un color de moda. También la cubierta de este libro juega en dos planos: por afuera, la portada generada en processing por Christian Oyarzun nos ofrece una trama vertiginosamente regular, y la tipografía y la información de las solapas se presentan como si fueran la etiqueta de un producto industrial. En la parte superior de éstas, sin embargo, se transparenta un documento corporal, unas ecotomografías, esa extraña manera en la que mediante rayos traducidos en pixeles podemos penetrar aún más adentro que nuestro interior.
La serie de poemas, en cambio, se inicia con su cara más personal e íntima: el primero es sobre la muerte del padre, pero está escrito con un tono sobrio y distante. El segundo, uno de mis favoritos, es "Ojos de Claudio Arrau", donde se propone una extraña combinación de historias familiares con disquisiciones tecnológicas. Se contrastan los vinilos del pianista con sus videos en youtube, pero no se fetichiza la melancolía del soporte antiguo ni la novedad de la página web; lo que se busca es el tipo de efecto homólogo que puede provocar en los auditores:
Los planos en que Arrau mira a la cámara
son escasos; en ellos busco
lo que mi tía encontró en sus vinilos".
Una ecuación parecida se repite en otros dos poemas notables que tematizan el chat y la escritura de correos electrónicos. Estas escenas son similares a las de aquellas películas de época en que se muestran las viscisitudes del proceso íntimo de la preparación de una carta, las dudas sobre qué poner y qué no poner, y la ansiedad provocada por la demora del envío. Aquí no existe esa demora, y es precisamente esa diferencia la que añade una especificidad:
En la ventana del chat veo sus letras
Gmail me indica cuándo están escribiendo
o dejan un mensaje a medio terminar
sé lo que corrigen, infiero sus caras.
Esa relativa pérdida de la privacidad no le quita el valor afectivo a esas declaraciones, e incluso se intenta recargar la materialidad de las letras sobre la pantalla com
o si fuera una hoja escrita a mano, que tuviera hasta el perfume de la amada. La solución es irónica:
Le puse 'no leído'
al email en que me escribes te quiero
como reciclando una bolsita de té.
Hacia la mitad aparece otra zona de la búsqueda de Fernando, que ya estaba presente en su libro anterior, Cian. Se trata de textos menos vivenciales, más abstractos, pseudo-lógicos, casi concretos. Uno de ellos es Tao, que termina con una instrucción parecida a las de Yoko Ono o las de muchos artistas conceptuales: "Piensa en un cuadrado blanco". Después se añaden otras discusiones cromáticas: "el magenta es el no verde// pero el verde/ no es el no magenta", que desembocan en un pimponeo absurdo:
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde
el pasto es verde

¿de qué color es el pasto?
Esta insistencia en el problema de la denominación de los colores es quizás su modo más preciso para referir la inadecuación de las palabras y las cosas, ese desfase que conocen tan bien los diseñadores cuando la imagen de la pantalla no corresponde con la de la impresión. La incomodidad se traspasa también a otro plano, más cotidiano, el de mostrarse como "escritor" frente a los demás. El sujeto se queja de aquellas "[c]hicas a las que les gusta tu poema/ y te encuentran tierno", y no responde cuando una amable amiga le pregunta si escribe "con inspiración".
Creo que si hay un punto en el que se pueden reunir los versos de Magenta es precisamente en esa constante duda que se asoma de muchas formas entre situaciones anodinas y problemas metafísicos. La escritura, un viejo medio, es su herramienta para dudar, una forma tan artificiosa, sofisticada y dificultosa como cualquier "software". Un poema puede ser un ejercicio tan inútil o efectivo como escribir un "e-mail". Publicar un libro puede ser algo parecido a enviar un "spam". La pregunta siempre es la misma: ¿está seguro de que desea enviar este mensaje?

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