04 octubre, 2018

[Lo inefable del azar y la historia alternativa en El doble de Juan Gabriel Vásquez]. Por Daniel Rojas Pachas

Daniel Rojas Pachas escribe sobre el relato “El doble” del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Para Rojas Pachas, este texto, aparecido en la antología de cuento latinoamericano Bogotá 39 en 2007, "presenta una reelaboración original del tema del doble, pues el escritor colombiano no se centra en lo fantástico y tampoco en lo meramente psicológico".

Lo inefable del azar y la historia alternativa en El doble de Juan Gabriel Vásquez

El relato “El doble” (2007) de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) se estructura mediante una narración en primera persona. La historia nos cuenta la confrontación de un destacado escritor colombiano con su pasado. El narrador protagonista se ve forzado a revivir un hecho fortuito, el cual de forma deliberada decidió olvidar para seguir con su vida lejos de su país de origen:
“No supe después si los Wolf me habían creído o si habían reconocido la mentira grosera: nunca contestaron a mi nota y yo nunca los busqué después del accidente (...) Me fui a París (...) Me fui a Bélgica (...) En octubre de 1999 llegué a Barcelona” (369).
El accidente que la cita alude se refiere a la muerte del mejor amigo del protagonista. Ernesto Wolf, nieto de inmigrantes alemanes refugiados en Colombia, fallece en un ejercicio de entrenamiento unas semanas antes de concluir su servicio militar. El hecho que antecede a la tragedia y que provocó que Ernesto tuviera que enrolarse es azaroso.
El azar será un factor crucial para la historia que construye Juan Gabriel Vásquez. En palabras del narrador: su vida quedó “enredada” (368) a la de su amigo. “El doble” desarrolla su historia a partir de una jugada del azar; un sorteo que decidió cuál de los dos jóvenes debía cumplir su deber con la milicia. A partir de ese momento, la suerte del protagonista y su amigo Ernesto podría pensarse como intercambiable: “Sacar la balota roja me mandaría al ejército; la otra mandaría a mi amigo. El sistema era muy sencillo” (365).
El título del relato nos remite al tema del doble. Tópico que en la literatura universal tiene una larga trayectoria en textos escritos por Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Ernst Hoffmann, Carlos Fuentes, Joseph Conrad y José Saramago. Además, la noción de doppelgänger es un arquetipo analizado con profusión por Carl Jung y Sigmund Freud en sus estudios psicoanalíticos.
Esta lectura propone que los elementos con que el autor construye el tema del doble son el azar y una versión contrafáctica del pasado así como una ucronía que se desarrolla en la mente obsesiva del padre de Ernesto Wolf. El azar será revisado a partir de lo que plantea Ian Hacking en La domesticación del azar: la erosión del determinismo y el nacimiento de las ciencias del caos (1991), mientras que las dimensiones de la historia alternativa presentes en el relato, tanto lo contrafáctico como la ucronía, las abordaré a partir de lo postulado por Neal J. Roese y José Ferrater Mora.
Por último, esta lectura hace una aproximación a lo inefable en el marco de lo intrahistórico pues el texto, a partir de la tragedia que sufre la familia Wolf, presenta un anhelo de historia alterna o deseo de cambiar el pasado dentro de la pequeña gesta privada. Hay que considerar que el relato no presenta un hecho que afecte un punto crucial en la historia.
“El doble” se aparta de otros textos que han usado lo contrafáctico y la ucronía como una modalidad narrativa que sirve para generar obras de ciencia ficción en torno a hechos que dan un vuelco a toda la realidad, como por ejemplo Watchmen (1986) de Alan Moore o el Hombre en el castillo (1963) de Philip K. Dick.
La obra tampoco establece una realidad alternativa a través de un efecto fantástico que altere el tiempo y los hechos acaecidos en la diégesis. El autor desarrolla el doblaje a través de la obsesión de Antonio Wolf y las aprehensiones del protagonista, el cual debe confrontar su vida como una posibilidad que se verificó producto del azar.
“Lo imaginé coleccionando con dedicación la vida de alguien más, sintiendo que reemplazaba con la fuerza de los documentos ajenos el vacío que la ausencia de su hijo provocaba en su vida. Lo imaginé hablándole a la mujer de ese muchacho que escribía libros y que vivía en otra parte. Lo imaginé, por las noches, soñando que ese muchacho era su hijo, que su hijo estaba vivió en otra parte y que se había dedicado a escribir libros. [...] Lo imaginé sintiendo, durante los breves momentos de la mentira, la ilusión de la felicidad” (376).
La primera parte del relato se centra en el elemento azaroso que determinará la vida de todos los personajes de la obra. El primer indicio que lleva al protagonista a pensar que su vida pudo tomar otro camino, intercambiándose su destino de éxito con el de su mejor amigo, es el apellido.
La proximidad de estos sujetos no solo está mediada por la camaradería, sino que también por sus patronímicos que se suceden en el listado de clases, por estar escritos con las últimas letras del alfabeto: “En la lista del curso nuestros apellidos eran vecinos, porque después del mío no suele haber muchos apellidos en Colombia (a menos que se trate de uno extranjero o de alguna curiosidad: Yáñez o Zapata, Yammara o Zúñiga)” (365).
Ian Hacking hace un recorrido extenso por las distintas interpretaciones que se han hecho del azar. El filósofo canadiense muestra la injerencia del azar en la Historia y en el devenir de nuestra especie, si pensamos en cómo se formó el universo y qué condiciones tuvieron que confluir para que hubiese vida en el planeta y, desde luego, su rol en nuestras vidas.
Lo postulado por Hacking abarca diversas posiciones filosóficas, científicas e incluso estéticas. La postura más ecléctica indica que el azar es una apariencia o el nombre que damos a situaciones que carecen de explicación, pues no podemos rastrear las causas, más allá de que estas se encuentren determinadas por la naturaleza o una voluntad suprema.
“El azar es una mera apariencia, es el resultado de líneas causales que se encuentran en un punto de intersección. Esta idea que salva las apariencias y que preserva la necesidad fue propuesta una y otra vez, por ejemplo, por Aristóteles, por santo Tomás de Aquino y por el probabilista del siglo XIX A. A. Coumot” (33).
Hacking en su estudio no impone una verdad unívoca, más bien trata de proveer al lector un completo análisis con respecto al trayecto que ha tenido el azar en la cultura.
“Supongamos que uno se encuentra ‘por casualidad’ con otra persona en el mercado (...) dos series de causas juntas implican que ambas personas cruzarán sus caminos (...) no hay nada “indeterminado” en el encuentro. Nosotros lo llamamos azar” (33).
En “El doble” conocemos una de las causas que fuerza el enredo entre la vida del protagonista y su amigo. Ambos comparten apellidos con las últimas letras del abecedario, sin embargo, si profundizamos en la raíz de estos apellidos y la presencia de los Wolf en Colombia, las causas se van difuminado, pues la obra pone especial atención en la condición de migrante de Ernesto y sus padres.
“Ernesto, nieto de un extranjero que una vez fue acusado de apátrida en un periódico de importancia, hijo de un padre que había crecido sin saber muy bien de dónde era –aunque hubiera sido bautizado con un nombre de santoral para no desentonar–” (366-367).
Los Wolf son parte de una segunda generación de alemanes en el país y las razones que trajeron a esta familia a Sudamérica pueden ser muchas: la pobreza, las oportunidades de trabajo o los desplazamientos provocados por la Segunda Guerra Mundial. La carta de Antonio Wolf llega al protagonista junto a muchas otras misivas que migrantes alemanes en Colombia le enviaban a propósito de una obra que el escritor realizó en torno a los desplazados por el nazismo:
“En diciembre de ese mismo año, mientras pasaba las fiestas con mi familia en Colombia, conocí a una mujer alemana que había llegado a Colombia en 1936. (…) Años después usé esos papeles (...) para escribir una novela” (369).
En esa medida, la obra conecta el drama íntimo de la familia Wolf con la historia de la humanidad, por tanto dentro de los factores que ubican a Ernesto en ese determinado momento, en el Teatro Patria, se ciernen causas ulteriores que escapan al control de cualquiera. Se trata de un hecho imposible de prever y más aun de evitar. Antonio Wolf en su carta comunica un pensamiento alusivo al destino infausto que acarrea su apellido.
“Si tú te llamaras Arango o Barrera en lugar de llamarte como te llamas, mi hijo todavía estaría vivo, yo todavía tendría mi vida en las manos. Pero mi hijo está muerto, tiene este apellido de mierda y está muerto por tener este apellido de mierda, el apellido que aparece en su lápida. Y tal vez lo que pasa es que no me perdono por dárselo” (371).
El segundo elemento fortuito que plantea la obra es el juego de azar. Es una especie de lotería la que confronta a Ernesto y al protagonista, dejando un cincuenta por ciento de probabilidades para cada uno de ser elegidos. El destino militar pudo tocar a cualquiera de los dos. Esto tampoco es algo previsible y controlable por los sujetos.
Finalmente, la muerte de Ernesto en la escuela militar está dada también por un hecho imponderable. Una correa de su arnés se rompe durante una práctica, lo cual provoca que el joven se estrelle contra el fondo de un barranco. La obra a partir de esta suma de circunstancias negativas construye un contexto, cuyas causas son imposibles de determinar, sin embargo, los hechos marcarán la vida del protagonista y en especial el futuro de Antonio Wolf.
Sin embargo, hay que mencionar que antes del accidente se produce un momento de transición en que Ernesto, tras los resultados del sorteo, acepta con docilidad su suerte. El protagonista además acompaña de cerca las peripecias de su amigo:
“Los domingos, en las visitas a la Escuela de Lanceros o en la casa de los Wolf en Bogotá, Ernesto se sentaba –sobre el paso seco, si la visita era en Tolemaida; si era en Bogotá, en la cabecera de la mesa– y contaba cosas (...) comíamos y nos mirábamos” (368).
El narrador se integra a la familia a través de visitas a la región donde está destinado Ernesto, asiste a cenas con los padres durante los días de salida de su compañero y también realiza pequeños gestos, los cuales buscaban hacer más llevadera la suerte de su camarada:
“Me pareció que la amistad me obligaba a echarle una mano a su patriotismo. Madrugué un domingo; en el monumento de Los Héroes saqué una Polaroid y se la llevé a Tolemaida envuelta en una página de periódico” (367).
Estos momentos serán significativos para el clímax de la historia. El protagonista, ya maduro y consagrado como escritor, regresa a Colombia. Durante su estancia en el país se ve obligado a confrontar el pasado a partir de la misiva que le envía Antonio Wolf. El padre de Ernesto se muestra obsesionado con la trayectoria del escritor y en la carta revive el recuerdo de su hijo.
“Yo no sé qué habría pasado en mi vida si hubiera podido darte un abrazo el día del entierro y decirte gracias por venir, o si hubieras ido a la casa a almorzar una vez por semana como hacías cuando Ernesto estaba en el servicio y tenía salida. Hablábamos del dragoneante Jaramillo, Ernesto nos contaba del calabozo aquel y de la boa que los cadetes se ponían en los hombros. A veces pienso que lo habría llevado todo mejor si hubiera podido recordar eso contigo sentado en la mesa. Ernesto te quería, iban a ser de esos amigos que uno tiene para toda la vida. Y tú habrías podido servirnos de apoyo, nosotros te queríamos (me decía la carta), te teníamos el cariño que te tenía Ernesto” (372).
Esta apelación da cuenta de una primera faceta que tendrá la historia alternativa, al interior de la diégesis. Antonio señala que su vida habría sido otra o que sus decisiones personales, las que llevaron a la destrucción de su matrimonio y eventual pobreza, quizá no se habrían verificado de haber contado con el apoyo del amigo de su hijo, para sobrellevar el duelo.
Esta primera dimensión de la historia alternativa se ajusta a lo que Neal Roose denomina pensamiento contrafáctico. Roose se enfoca esencialmente en un deseo de cambio en torno a lo acaecido, más allá de posibles alteraciones respecto al futuro. Lo que se desea intervenir con esta forma de pensar es el hecho pasado:
“El término contrafáctico significa, literalmente, contrario a los hechos. (...) los contrafactuales son frecuentemente proposiciones condicionales y, como tales, abarcan tanto un antecedente y un consecuente (por ejemplo, si Madame Bovary se hubiera casado con un mejor hombre, ella habría sido más feliz; si Cyrano se hubiera acercado a Roxanne cuando la pasión golpeó por primera vez, su vida podría haber sido emocionalmente más rica). Para mis propósitos, restrinjo el término contrafactual a versiones alternativas del pasado. Es decir, contrafactual no se refiere a perspectivas futuras sino solo a negaciones de hechos establecidos” (133-134).
El pensamiento contrafáctico es un mecanismo sicológico que busca hacer frente a hechos traumáticos. El deseo de Antonio Wolf por alterar el pasado se irá complejizando así como su cuestionamiento en torno a un ¿qué tal si? Antonio, tal como muestra el relato, edifica una realidad alternativa. En esa medida, la vinculación con la ucronía se hará más profunda, pues Antonio agrega en su carta que otra historia se contaría, si el protagonista hubiese sacado la bola roja en lugar de Ernesto.
“Te odiaba porque no eras Ernesto, porque hizo falta muy poco para que fueras Ernesto y sin embargo no fuiste Ernesto. Fueron al mismo colegio, sabían las mismas cosas, jugaban en el mismo equipo de fútbol, estuvieron en la misma fila el día del Teatro Patria, pero tú pasaste antes por la bolsa de las balotas, tú sacaste la balota que le tocaba a Ernesto. Tú lo mandaste a Tolemaida, y a mí eso no ve me va de la cabeza” (371).
Este pensamiento lo comparte el protagonista, pues al inicio del relato recuerda su sensación al sacar la bola. El narrador afirma haber signado el destino de su compañero.
“Metí la mano, saqué la balota azul, y antes de que tuviera tiempo de pensar que había condenado a mi amigo, mi amigo había invadido el escenario para abrazarme” (366).
Este sentimiento tendrá resonancia en un episodio que se verifica cuando Antonio Wolf, junto al protagonista viajan a recoger a Ernesto a la estación de buses. En ese momento el padre de Ernesto demuestra su confianza con el protagonista, pues le confiesa al interior del auto: "Pero tú no hubieras querido" (368).
El comentario alude al hecho de enrolarse y perder el tiempo en una actividad forzada e inútil como entrenar con armas y ponerse en peligro lejos de su familia. Esta situación el narrador la recuerda como la encrucijada. Un punto en que las vidas y el tiempo se enredan, a tal nivel que el momento es también recordado en la carta de Antonio, pues este luego de agredir a su esposa en Navidad, busca consuelo y sin darse cuenta maneja hasta ese sitio en donde él y el amigo de su hijo sostuvieron esa charla, quizá con el anhelo de regresar a un momento clave en su historia, cuando Ernesto aún estaba vivo y algo se pudo hacer para evitar el trágico resultado.
“Manejé sin saber muy bien adónde iba, y de que solo después de parquear en cualquier parte me di cuenta de que estaba en Puente Aranda, en el mismo parqueadero adonde llegaban los buses de Tolemaida, en el mismo sitio donde tú y yo esperábamos a Ernesto a veces y donde tuvimos una vez una conversación que nunca se me va a olvidar” (372).
La actitud de Antonio Wolf implica un deseo por construir, aunque sea de modo ilusorio, una historia alternativa o lo que Ferrater define como ucronía en su Diccionario de filosofía (1965). La ucronía es “lo que hubiera pasado si...”, y supone la posibilidad de un cambio radical de la historia por la más ligera desviación de su curso conocido en un momento determinado (844-845).
En la obra, Wolf hace operar este anhelo de una historia alternativa por medio de dos mecanismos. Primero con la construcción de un registro documental que hace de la trayectoria del protagonista; tarea que desempeña con obsesión por años. “La cronología de mi vida desde la muerte de Ernesto Wolf. Allí estaban las noticias de mis libros, cada reseña o entrevista que hubiera aparecido en la prensa colombiana” (p. 375).
El segundo mecanismo es forzar al protagonista a ser parte de esta ilusión. Esto se precipita tras la muerte de Antonio Wolf, pues el narrador en una primera instancia guarda la misiva y procura olvidar la apelación que el padre de Ernesto le hace:
“¿De qué tienes miedo? ¿Tienes miedo de que un día te toque? Te va tocar (me decía la carta), eso te lo juro, un día te va a llegar un momento así, te vas a dar cuenta de que a veces uno necesita a los demás, y si los demás no están en el momento correcto puede venirse tu vida abajo” (372).
Años después, el protagonista recibe una segunda carta ligada a los Wolf, esta vez anunciando el fallecimiento de Antonio. El protagonista decide aventurarse a la que fue la casa en que el padre de su amigo terminó sus días. En el empobrecido barrio, una mujer le entrega un archivo. El padre de Ernesto deja como si se tratase de un legado compartido, un álbum de recortes. El archivo es el instrumento que fuerza un movimiento empático.
El eje axiológico del protagonista, a partir de las notas y subrayados en las fotografías y artículos de prensa, se ve forzado a confrontar la muerte de su amigo. En ese momento se produce el efecto de doblaje, pues el escritor debe reconocer el hecho que estuvo evadiendo por tanto tiempo.
“En las notas relativas a mi novela sobre los alemanes en Colombia, los pasajes subrayados eran más y en cada comentario sobre el exilio, sobra la ida en otra parte, sobre la dificultad de adaptación, sobre la memoria y el pasado y la manera en que heredamos los errores de nuestros ancestros, las líneas de Antonio parecían llenas de un orgullo que me incomodó, que me hizo sentir sucio, como si no me correspondiera” (372).
El protagonista se ve a sí mismo desfasado pues comparte esa sensación que tuvo Antonio Wolf desde que murió su hijo, ver su vida desdibujada. La realidad del narrador se plantea como un cúmulo de circunstancias que bien pudieron no ser favorables y su destino pudo intercambiarse con el de Ernesto tal como le indicaba la carta del padre de Antonio.
Un último elemento a destacar en el archivo creado por el padre de Ernesto es la especial atención que las notas dan a la situación de los exiliados, sujetos fuera de lugar. Esto contribuye a que el narrador ahonde en las posibles causas, tras esa tarde en que su vida se vio enredada a la de su amigo. Hay que destacar que el texto de Juan Gabriel Vásquez presenta una reelaboración original del tema del doble, pues el escritor colombiano no se centra en lo fantástico y tampoco en lo meramente psicológico.
El lector enfrenta un encuadre íntimo. “El doble” nos remite a sujetos cuyo drama puede resultar intrascendente en el gran panorama mundial. Antonio Wolf transmite este sentir al protagonista: “Tú vives allá, lejos de este país donde uno presta el servicio militar y puede que no salga vivo, tú vives una vida cómoda, ¿a ti que te va a importar?” (371).
En cuanto a lo inefable, eso que no podemos decir o para lo cual no tenemos palabras, y que George Steiner desarrolla en “El silencio y el poeta” (1966) al señalar: “De las puertas de la muerte el hombre hace brotar el torrente vivo de las palabras” (55); el relato lo manifiesta de modo sutil. La carta que Antonio Wolf envía al protagonista será un catalizador de la historia. La misiva revela que la muerte de Ernesto fue algo que todos buscaron de algún modo evadir.
El protagonista corta vínculos con la familia de su amigo y deja el país, mientras que el padre, Antonio Wolf, precipita su vida al fracaso y opta por hacer frente al dolor, gracias a mecanismos compensatorios que le permiten soñar una realidad alternativa, pues su identidad, como indica la obra, quedó desdibujada tras la muerte de Ernesto.
“Fíjate qué curioso (me decía la carta), en español no hay una palabra para lo que soy yo. Si se muere tu esposa eres viudo, si se muere tu padre eres huérfano, pero ¿qué cosa eres si se muere tu hijo? Es tan grotesco que se muera tu hijo que el idioma no ha aprendido cómo llamar a esa gente, a pesar de que los hijos llevan toda la vida muriéndose antes que los padres y los padres llevan toda la vida sufriendo por la muerte de sus hijos” (370-371).
La obra no ignora los cruces con la historia al dar cuenta de que la realidad se construye a partir de la suma de experiencias y testimonios de miles de desplazados y el dolor de sujetos apócrifos que por circunstancias que no pueden prever terminan por ver sus vidas despedazadas.
El protagonista no solo confronta su pasado reconociendo que su vida pudo tener el destino que le tocó a Ernesto, además hay una certera apelación, con respecto a la indiferencia que podemos tener en torno al dolor de miles de personas alrededor, cuyas historias instrumentalizamos sin poner atención en las circunstancias, las familias y rostros detrás: “Si te has escondido desde la muerte tu amigo por puro miedo de poner la cara y ver que hay una familia destrozada, que esta familia hubiera podido ser la tuya y no lo fue de puras vainas” (371-372).


Bibliografía
Ferrater Mora, José. Diccionario de filosofía. Volumen II. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1965.
Hacking, Ian. La domesticación del azar: la erosión del determinismo y el nacimiento de las ciencias del caos. Barcelona: Gedisa, 1991.
Roese, Neal J. “Counterfactual Thinking”. Psychological Bulletin. Volumen 121, número 1, 1997.
Steiner, George, “El silencio y el poeta”. Lenguaje y silencio: Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Barcelona: Editorial Gedisa, 2003.
Vásquez, Juan Gabriel. “El doble”. Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano, Bogotá: Ediciones B, 2007.

Fuente de fotografía de Juan Gabriel Vásquez: "Los hechos que marcaron nuestra historia son momentos de engaños". Arcadia, 20 de noviembre de 2015.

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