10 octubre, 2018

[El mar y las piedras. Estudios sobre la distancia de Florencia Smiths]. Por Marina Arrate

El pasado 24 de agosto de 2018, la poeta Marina Arrate presentó el más reciente libro de Florencia Smiths: Estudios sobre la distancia, publicado en Santiago de Chile por Libros del Pez Espiral. Para la autora de Tatuaje y El libro del componedor, el propósito de esta escritura motivada por la ausencia es “establecer una distancia. No solo con el sujeto ausente, sino con los efectos de esa distancia”.

El mar y las piedras

Lo que llama inmediatamente la atención de Estudios sobre la distancia es aquello que en sordina aparece, a pesar de todo, con claridad en el texto. En sordina y con claridad. Se señala al comienzo del poema una llamada infructuosa a un tú, que no responde y que permite atisbar el comienzo de un duelo.
Es esta ausencia, la no respuesta del tú, la que genera esta escritura. Es esta ausencia o, yo diría, cualquier ausencia. Quisiera convocar en este momento lo que señaló al respecto Pilar Errázuriz en su libro: Filigranas Feministas. Memoria, Arte, Psicoanálisis, donde reflexiona acerca de cómo la obra de arte está teñida, marcada, determinada por el empeño de alcanzar el objeto perdido.
Citando a Kristeva, Pilar Errázuriz escribe: “Se ha recalcado suficientemente el vínculo entre el arte y la melancolía como para no plantear brutalmente la pregunta: ¿Cómo lo hacen quienes no sucumben a ella?”. Según Kristeva, quienes no sucumben a la melancolía resexualizan las palabras, los colores, los sonidos. Sin embargo, Pilar Errázuriz ahonda mucho más:
“Lo erótico de la fantasmática convocada en la sublimación poética consiste, a mi modo de ver, en sostener la tensión deseante desde el lugar del desamparo. Solo el desamparo –deseo exacerbado a partir del rechazo del otro–, su ausencia, permite a Eros reproducir su búsqueda de desencuentro. Puesto que el deseo está marcado por la falta y está abocado al desencuentro, solo recurriéndose a una supuesta identidad retratada en el fantasma de la impotencia se dará cuenta de la erotización en el deslizamiento por los significantes” (95).
Y más adelante, continúa: “Toda la letra, la escritura, el pensamiento se erotizan nuevamente, permitiendo –en el mejor de los casos– una elaboración de la compulsión a la repetición, es decir, una repetición restitutiva” (95).
¿Qué quiero decir con esta cita, aparentemente intrincada? Quiero decir, desde el psicoanálisis, que la escritura es quizás el proceso de elaboración de duelo por excelencia. Es este proceso el que faculta, permite y alimenta la creación de arte.
Pero, vamos al texto.
¿Por dónde transita esta hablante que estudia la distancia?
En un bus, un joven arrogante escucha reggaetón. En el regreso a casa, aparece una soledad de nuevo orden:
“Recostada en horas abúlicas me llamo
como una muerta ora por su alma
para que no se le salga más”.
En horas abúlicas, se fantasea con reemplazar al perdido por un joven semejante al original. Se elige “una casa al centro de una piedra” (18) y “vagar años por el reconocimiento de tu rostro en el espejo” (18). Arrancarse las palabras desde las vísceras, las palabras que asemejan dientes, para sentir el dolor de la extracción en las encías despojadas de su natural contenido: los dientes, “para recordar cuánto duele la devoración / del otro en sí misma” (19).
“Escribo contra mí” es el primer verso de esta cuarta entrega de Florencia Smiths. Cómo arrancarme a mí, de dónde, es una de las preguntas que giran en este texto. Y, sin embargo, aquí, en medio de esta dura elaboración, los siguientes versos: “Me duele crecer hacia la realidad / el mar azota las piedras” (19).
Uno de los pasajes más hermosos de este libro es el estudio de la relación del mar con las piedras. Cito:
“Me pregunto cómo es la relación del mar
con las piedras
acaso realmente es la más intensa de todas
las relaciones de la naturaleza
las piedras se dejan azotar y ruedan con sus
venas invisibles
van y vuelven en su mareo inhóspito
se acercan y se alejan de la orilla
y el mar en su gesto inusitado
las conmina a pequeñas muertes

No hay cansancio en las piedras
tampoco en el golpe sordo del mar a la orilla
me pregunto
si cuando a las piedras les toca ser el mar
actúan con la misma fuerza y potencia de su ritmo
si cada vez que caen
quiebran el tiempo en su estocada de espuma
derramándose por entre las arenas
como por los segundos” (22-23).
Grabado en portada pertenece a la serie "A la rueda, rueda" de la artista colombiana Yennifer Cano

Múltiples lecturas surgen de esta observación de la relación del mar con las piedras. La primera lectura que me surgió tenía que ver con una metáfora del asedio de la distancia. El azote del mar figuraba la tenacidad del golpe de la ausencia sobre las piedras; al decir de la sujeto del texto: “elijo una casa al centro de una piedra” (18).
En un segundo acercamiento me pareció contemplar la metáfora sobre la tenacidad de las palabras que arremeten contra la sujeto del texto para dar cuenta de la distancia. Un tercer acercamiento tenía relación con la fuerza de la realidad: “Me duele crecer hacia la realidad / el mar azota las piedras”. Esta relación, la más intensa de todas las de la naturaleza –cavila la hablante del texto–, se relaciona con la forma en que la realidad, el mar, azota las piedras, a la sujeto del texto y finalmente a todos nosotros.
Ambas potencias, el mar y las piedras son equivalentes. Una es incansable, el mar, y la otra, dura y virtualmente inconmovible (las piedras). Curiosamente, son términos intercambiables. El mar podría aludir a nuestros esfuerzos denodados y repetidos por conmover algo la realidad (las piedras). Y así, podría esta reflexión sobre la relación entre las piedras y el mar, una relación aparentemente infructuosa, por lo demás musical, estar señalando la escritura. La escritura se produce en esta fricción entre ambos elementos, es el resultado de esa fricción.
Comencé a recordar a otros poetas que hablan de las piedras: allí estaba Francis Ponge con “El Guijarro” y nuestra querida Mistral con una colección de poemas sobre las duras piedras del Norte.
Por otra parte, esta relación intensa entre el mar y las piedras es observada con distancia, que es el propósito de esta escritura. Establecer una distancia. No solo con el sujeto ausente, sino con los efectos de esa distancia. Debemos reconocer esta característica en esta escritura. No hay estridencia, a pesar de lo desgarrador que intuimos en una operación tan salvaje como es, por ejemplo, la metáfora de arrancarse los dientes, que son las palabras, que es el ausente, que es sí misma de sí misma.
El punto más alto de Estudios sobre la distancia se encuentra en estos fragmentos acerca de la relación entre el mar y las piedras. Llaman la atención estos fragmentos, que saltan de modo inesperado en un contínuum de palabras y observaciones asociadas a la pérdida, al vacío, al cuerpo propio, al pueblo puesto en venta, a una casa vacía, a un colchón que no se ha terminado de pagar, a una cama también vacía, a una taza de té, a la porfía de la mano que escribe, a unos vecinos que discuten por una cuenta de luz.
Sin embargo, y curiosamente, no hay distancia entre el mar y las piedras. Esta relación estrecha, infinita en el tiempo, en un vaivén acompasado por el ritmo de las olas, de las mareas, está allí, en este texto, ¿para contradecir la distancia? ¿Habla de la imposibilidad de la distancia? ¿Habla de una relación eterna? ¿Hablará, como plantea Pilar Errázuriz en su texto, metafóricamente de una representación de la relación con el ausente? ¿O con la ausencia?
Todas estas preguntas plantean posibles líneas de investigación en el texto de Florencia Smiths. Por mi lado, yo continuaría pensando acerca de esta relación acudiendo a Francis Ponge, a Gabriela Mistral, incluso a Gaston Bachelard, que tanto escribió sobre la poética de los elementos.
Alcanzo a leer demasiado rápidamente como algunos teóricos asocian el guijarro de Francis Ponge con el tiempo, cuestión que aparece en los versos de Florencia Smiths: “Si cada vez que caen (las piedras) / quiebran el tiempo en su estocada de espuma / derramándose por entre las arenas / como por los segundos”.
Preciosos los fragmentos acerca de la relación del mar con las piedras. Es aquí cuando acabo por darle la razón a mi extinta amiga Pilar Errázuriz: la elaboración del duelo permite que salte, como una estocada de espuma, la obra de arte.

Marina Arrate (Osorno, Chile, 1957). Poeta. Estudió en la Universidad Católica, donde se tituló de psicóloga clínica y, más tarde, obtuvo una maestría con mención en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Concepción con una tesis sobre Por la Patria de Diamela Eltit. Ha publicado Este lujo de ser (Concepción: LAR, 1986), Máscara negra (Concepción: LAR, 1990), Tatuaje (Concepción: LAR, 1992), Uranio (Santiago: LOM, 1999), Trapecio (Santiago: LOM, 2002), El libro del componedor (Santiago: Libros de la Elipse, 2008), “Carta a don Alonso de Ercilla y Zúñiga”. Memoria poética. Reescrituras de la Araucana (Santiago: Cuarto Propio, 2010) y Obra reunida (Santiago: Cuarto Propio, 2017).
Sitio web: https://www.marinaarrate.cl

Bibliografía
Smiths, Florencia. Estudios sobre la distancia. Santiago de Chile: Libros del Pez Espiral, 2018.
Errázuriz, Pilar. Filigranas Feministas. Memoria, Arte, Psicoanálisis. Santiago de Chile: Libros de la Elipse, 2006.

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