16 marzo, 2018

[Operación réquiem de Juan Pablo Sáez]. Por Carlos Crisóstomo


Carlos Crisóstomo (Santiago, 1991) escribe sobre la primera novela de Juan Pablo Sáez (1974), Operación réquiem, publicada recientemente por Random House. Sobre el libro, que recrea la figura de la "mujer metralleta" y los años del proceso que se bautizó como de "transición a la democracia", Crisóstomo expresa: "Yo que nací en 1991, me imagino la transición como un eterno zapping. Recuerdo los programas infantiles del fin de semana, las teleseries, el animé, pero también las apariciones esporádicas de Pinochet".

Operación réquiem de Juan Pablo Sáez

Operación réquiem es la historia de una ausencia. La búsqueda de un personaje sin historia. Se le invita a ser protagonista, pero no acepta ingresar a la novela. Queda entonces como un leitmotiv y se pierde. Este es un relato que apunta a un tipo que se extravía buscando a una mujer de varios nombres. “Si hay un desaparecido en esta historia no es precisamente él” (64), piensa en algún momento este hombre, pero se equivoca. Aquí muchos se desvanecen tras seguir pistas. Sería mejor, quizá, sentarse a esperar que todo lo solucionen las palabras bonitas, como transición, desarrollo o democracia.
El autor se llama Juan Pablo Sáez (Santiago, 1975) y este es su primer libro. La mujer se apoda Verónica G., y se llama Ángela Schmidt; esto lo averigua, lo recuerda bastante rápido Julián Oses, el hombre que investiga. Indaga en su pasado pues ella fue compañera de un taller de fotografía en sus tiempos de universidad. Ahora ha cambiado la cámara por una metralleta y se dedica a asaltar bancos con las Brigadas Revolucionarias, una pequeña guerrilla donde oficia de líder. El diario donde trabaja Julián agoniza, es preciso salvarlo con esas imágenes que son el ayer, donde no sirven los tramos que recorrieron juntos huyendo de una protesta, ni el roce de sus labios en una bodega oscura. Necesita el presente, donde su cintura, sus manos, también son esquivas.

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Un par de fotos se cruzan en el camino del periodista. Jack Ruby disparándole a Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente Kennedy, “un victimario que se transforma en víctima, un secuestrador como Valdemar que quiere matar al secuestrado, pero termina muerto en una balacera” (78). Ciro Valdemar, otro miembro de las Brigadas que dícese murió tras raptar a un general. ¿Quién es la verdadera cabeza, quién es el mártir? Julián observa en una revista las capturas del atentado de Kennedy, “son borrosas como si la ansiedad del camarógrafo por captar el tiroteo sacudiera el pasado hasta hacerlo ininteligible” (90-91).
Otra foto que Julián mira con su polola muestra a tres mujeres en los funerales de Neruda: “La del medio domina el cuadro. Parece contener el llanto apenas, revelando la dignidad de quien acepta una derrota sin resquebrajarse ante el vencedor. […] Es observada por la otra mujer, la de la izquierda, con actitud escrutadora. Pareciera desagradarle ese rostro al borde del llanto. La tercera está más alejada, mira hacia la cámara con calma resignada” (123). A Julián se le asemeja al cuadro de las tres Marías frente al cadáver de Cristo. Es una foto que es “puro silencio, pero [las mujeres] dicen mucho” (123). El narrador lo calla, pero estas mujeres podrían representar a las mujeres de su vida: su exesposa, su hija, su polola. Su cuerpo que no deja de inmiscuirse en el pasado, y el silencio que va rodeándolo como una descomposición que se finge natural, ya que la libertad ganada así debe conservarse: lisa, sin cicatrices, en valor nulo. Mejor sumemos y no nos acordemos de las restas. Es esta una fiesta y la alegría se aproxima.
“Va hasta la habitación y saca del clóset dos álbumes con fotos familiares. Las amontona en la tina de baño y les prende fuego. Se queda allí, mirando, hasta que todas las imágenes se vuelven papel quemado. Abre el grifo de la tina y no lo cierra hasta que no queda más que una pelota negra de papel” (67). Julián había vuelto a tomar luego de un año de abstinencia. Su mujer se fue del país rumbo a Francia, llevándose a su hija. Con la investigación, las amenazas. Nada puede hacer, nada más que beber vino. Por la seguridad de los que quiere, la memoria debe ser churruscada, disminuida, encogida como el movimiento final de una araña, retorciendo sus patas como una flor nocturna que cierra sus pétalos. Un círculo negro como un vacío, un simulacro de ausencia que se desperdiga en cenizas. “El vino le ayuda a dormir, a no tener sueños ni pesadillas” (67). Lo que viene después de la pesadilla es un despertar con parálisis, reunir los restos entre unos dedos de piedra. Todo se hace polvo. El corazón es un ánfora rota y el país un cementerio.

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Para hacer la revolución hay que dar la espalda al padre. Diría Piglia: “El revolucionario es un hombre marcado. No tiene intereses personales, nada propio: ni siquiera un nombre. Todo en él está sujeto a un interés exclusivo, a una sola pasión: la lucha revolucionaria”. Pese que aquí se habla de una mujer revolucionaria, también aplica la definición: una mujer de dos nombres, con un nombre verdadero y un apellido trastocado, con un nombre falso y una inicial de apellido verdadera. Una mujer sin nombre concreto, que se desprende del peso del apellido de elite, para estudiar en la Arcis y allí encontrar camaradas. “El primer sistema al que se enfrentan estos tipos no es el Estado, sino sus propias familias. […] Deben desligarse de cualquier cosa que los ate a su antigua vida. Esta huevada es lo más cercano a un apostolado, […] a un tipo que se encierra de por vida en un monasterio y pierde conexión con el mundo” (80), le dice a Julián su jefe. Pero Ángela-Verónica, hija del general Gorostiaga, es una santa que ha descendido por Plaza Italia con un pasamontañas como velo y balas como cuentas a las que reza sus misterios con los dedos ocultos bajo los bolsillos. Viene renacida, renegando del cielo, disparando para derribar estrellas de los galones.

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Entonces el padre olvida. “No hay sentimientos cuando se disecciona el pasado: hay que olvidarlos. Ya se lo dije: aprender del pasado, olvidar lo que debe ser olvidado y aplicar lo aprendido para batallas futuras. Y yo olvidé a mi hija […]. Cuando hizo lo que hizo. Debí olvidarla” (201), dice el general para salvarse. Es la década de los noventa y los padres, los generales, olvidan. Pasan años, una larguísima transición, una nueva década, y siguen olvidándose. “No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto y si fue cierto, no me acuerdo”, diría otro para morir en impunidad.

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“Pasa por varios canales sin quedarse más de un minuto en ellos. Apunta el control remoto a la pantalla y apaga el televisor” (134). Yo que nací en 1991, me imagino la transición como un eterno zapping. Recuerdo los programas infantiles del fin de semana, las teleseries, el animé, pero también las apariciones esporádicas de Pinochet. Como Julián al verlo con Thatcher, prefería cambiar de canal, pero solo porque interrumpía la transmisión de los dibujos animados sobre todo en el periodo de detención en Londres. Cambiar de canal como de partido y de discurso, transitar por shows de variedades como por tribunales jugando a la inocencia, disfrazándose como corpóreos de Cachureos o Zoolo TV. Así, parecidos a las barbies, nos quedamos en las casitas que nos dejaron, medio estáticos y sonrientes para la foto, como seres disecados, adornando la democracia tan experta en taxidermia. Y con ropa moderna, de marca, creímos ser otros. Pero el cuerpo aunque mute responde igual: “Si a este cuerpo le entra una enfermedad grave, digamos un cáncer, el cuerpo ocupa los métodos de siempre para defenderse. […] En el caso de una nación es lo mismo [...]. Nuestra nación cambió, es verdad, pero frente a las amenazas que ponen en peligro su estabilidad utiliza los mismos métodos de siempre, exactamente los mismos, con mayor o menor fuerza pero siempre los mismos” (108-109), diría un exiliado-torturador a Julián. De este modo, pese a que apretásemos insistentemente el botón, componiendo una canción con distintas voces, siempre venía tu padre y desenchufaba la tele. El control remoto era inútil y no quedaba más que acostarse.

Carlos Crisóstomo (Santiago, 1991). Licenciado en Literatura de la Universidad Diego Portales. Ha recibido el primer lugar en 3° Concurso de cuentos policiales de la PDI “Sitio del suceso”, 2016; primer lugar en Concurso de cuentos Santiago Nocturno organizado por revista Cólera y diario HoyxHoy, 2016; y finalista en Concurso de cuentos de la revista Paula 2017, compilación editada y publicada por Alfaguara con el título Los huesos y otros cuentos.

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