13 febrero, 2018

[El gran sueño del sueño de las luciérnagas. Ideas sobre Buenas noches luciérnagas de Héctor Hernández]. Por Nicolás López-Pérez

Nicolás López-Pérez escribe sus ideas y lecturas sobre Buenas noches luciérnagas (Ril, 2017), de Héctor Hernández Montecinos, libro que reúne sus primeros textos, además de notas de diarios y otros apuntes.
Para López, este libro combate los estereotipos de la poesía para “salir de la torre de marfil y renunciar a todos los títulos y prerrogativas que las circunstancias les otorgaron a los poetas”.

El gran sueño del sueño de las luciérnagas. Ideas sobre Buenas noches luciérnagas de Héctor Hernández

Creer que se lee bien no es difícil, la verdadera dificultad reside en hablar sobre lo que otro escribió, sobre los motivos de la escritura. Buenas noches luciérnagas (2017) de Héctor Hernández Montecinos es un libro que bocas, ojos y oídos hispano-comprensivos no deberían evitar.
En primer lugar, este libro resulta relevante para aquellas personas que, sin ánimos de ser taxativo, no bajan de tres lustros de antigüedad en esta tierra. Aunque su genuino rango etario bordea los treinta y tiene como límite los cincuenta y nueve años. Para los que cancelan tarifa de adulto mayor, su lectura puede ser bastante provechosa, si es que desean entender qué está pasando bajo las mesas de la “Unión chica”, bajos sus ombligos y pantorrillas con reumatismo.
Las estrellas habitan el cielo como significados, como poder y como humor, son parte del panorama que describe el libro, cuya fortaleza y debilidad está en su afuera: los lectores. Cuantitativa y cualitativamente ellos se cruzan por clivajes interesados en el estatus de la poesía chilena actual. Algunos, en la lotería de las posibilidades y ocupaciones, son malos lectores y otros, muy malos. Los muy buenos lectores se convierten en editores, si adoptan un compromiso comunitario. Los buenos lectores son un caos, siempre caminan con un revólver en la mano. En público, profesantes de fe libran batallas contra otros vestidos de crítico despiadado. Esta lucha es capaz de articular una lectura que efectivamente dispute lo político. “La utopía del poema es habitar juntos” (227), probablemente el ideal común entre los lectores, pero los monaguillos, ciertamente, no entienden que la opresión es imposible como forma de convivencia compartida. A ese vértice se aferra Hernández Montecinos al jugársela por otra concepción poética en la tradición poética chilena o parafraseando algunas relaciones de palabras impresas y muertas (306-307), comprometidas con la evolución del poema.
Héctor Hernández se separa de los cultores y promotores de la poesía como objeto cultural o como obra literaria y salta a una especie de tercer estadio histórico de la poesía como operación poética sobre el papel, sobre el libro, sobre otros soportes que desembocan en la vida misma o, incluso, sobre la vida misma.
Reconozco que en la poesía es posible hablar de dos grupos genuinos de costumbres, prácticas y acciones poéticas: lo que se puede tratar como poesía y lo que se puede vivir como poesía. En ambos casos, posibilitando, esa utopía del poema, un diálogo respetuoso, fructífero y jovial entre los distintos racimos de productos poéticos: para que valga la pena el “Aullido para Carl Solomon” y “no a las respetables putas de la belleza”, “Amor América” y “Amor América, 1400-2004”.
La luz llama a la luz: como luciérnagas en busca de lo que atesoran, la propia existencia, dar origen a esa conciencia, esa fantasía (Walter Benjamin), esa excitación del ánimo (Novalis), ese desarreglo de sentidos (poeta vidente), a esa forma de estar juntos (“la vida es muy hermosa, incluso ahora”, Raúl Zurita), a esa forma de dejar de morir y más. Entonces, sí, como la luz llama a la luz, el poeta reconoce en otro un aliado en la trayectoria mágica. Como tesis, esta se confronta con su contraria: lo que debe ser combatido por no ser poesía, eso implica la visión política que se articula desde una comunidad. Parte de toda lógica que abusa del maniqueísmo. El conflicto es señal de igualdad, por eso Hernández Montecinos lo quiere y no, y sus desafiados lo evitan. Para conocer esto y salir de este laberinto digresivo personal: se nos presenta un rango abierto, pero acotado, el objetivo es reclinar la cabeza en esa fisura entre una vida que es y una que no. Detrás de la plausible paradoja, escombros y escombros, hay un compromiso con el resentimiento o esa infancia de volver a sentir el mundo como nunca, hay poesía que no debiera ser tratada como tal. La determinación del objeto-a-no-sentir es subjetiva y telúrica, la zona de terror y temblor está en la producción de un espectáculo a partir de la no-poesía. Vale decir, evitar que todos los esfuerzos de una posición conviertan la vida en algo imposible de transformar. Esto es lo hermoso de la militancia, la frontera entre una tensión de existir y otra de resistir entre las ruinas latinoamericanas que brillan para nosotros.
Cuando se hable de poesía, nombrar a muchos otros, refutarlos o reforzarlos agota. Esta transescritura vale la pena, tanto como mencionarlos a todos y no porque escribe un pequeño que se pone al lado de otros para engrandecerse, sino por el afecto cosmoestético dispensado, o sea el parto de lo escrito debido al amor entre una idea decantada y el rigor documental que acerca al individuo a una suerte de historia universal de la conciencia o al sugerimiento de una preferencia.
Para los eventuales lectores o deslectores, las formas de enamoramiento dependen de generación en generación. Hernández Montecinos, desnudo después de este libro cuya tapa cambia de color al fotografiarla con mi teléfono, ha velado las armas después de decirle a una generación que era tiempo de nacer y a otra que no era tiempo de morir y morir, sino que de revivir y acompañarse en la lucha. Pero no es solo una y otra generación, sino una epopeya que se empuja desde los poetas (casi) más longevos y que sienten responsabilidad con el cuerpo y sangre de Chile hasta los nonatos, los que serán poetas desde el vientre materno. El problema es que los primeros están resignados a la muerte sin pasaje de vuelta y sus sucesores tienen un raro compromiso con el honor y la gloria, como si creyesen en un estereotipo de poeta. Eso es precisamente lo que se combate en Buenas noches luciérnagas, salir de la torre de marfil y renunciar a todos los títulos y prerrogativas que las circunstancias les otorgaron a los poetas. También puede leerse como una crítica a quienes no hacen talleres ni se involucraban en la poesía pensando en el futuro colectivo. No hace falta nombrarlos. Este libro está pensado para generaciones venideras. Para los demás, el enamoramiento está en saber qué armas tomar para ir a la batalla, en saber en quién tengo que pensar cuando esté a punto de morir. Un amor como el profesado por Paula Ilabaca a Héctor o por este último a Antonio Silva. “Esto no es Bonsái”, puede tomarse como un gesto de amor, pero es más un ejercicio de honestidad y una alianza pública en busca de lo colectivo.
Es difícil llevar el ritmo si se trata de testimoniar el acto de leer que coincidió con otros fenómenos psicomotores, sin embargo, estoy pensando en otros tópicos tangenciales del libro. La fuerza que da la unión y la pérdida del miedo en el epicentro de la hiperdictadura: la exageración del control y la vigilancia organizada, por parte del Estado y sus órganos policiales, sobre todos los individuos de la sociedad.
Yo nací en posdictadura, en una familia donde poco se hablaba, pero donde mucho se me indujo a transitar por el camino del rechazo a este Chile de la transición. Dieciocho años y Santiago me presentaba una coyuntura política por la que valía la pena luchar: la escuela de Derecho de la Universidad de Chile reivindicándose a partir de un poderoso movimiento juvenilista, una toma de cuarenta días exigiendo la renuncia del decano acusado de plagio académico. La vejez muestra conformidad con el orden y la opresión nos parece abominable. Por eso decir no a las respetables putas de la belleza e irrumpir en la vida más allá de una cadencia y un ritmo verbal para garantizarse un follón sin química (el engaño de la poesía únicamente vista como poemas de amor). La hiperdictadura me causa indignación y espanto, lo mismo que la invisibilidad de la poesía en un país de poetas.
Buenas noches luciérnagas reforzó esa conciencia en mí, que no basta con tener seis años y pararte frente a un patio de colegio lleno de niños de tu edad y levemente mayores que tú, profesores y apoderados, recitando la “Oda al caldillo de congrio” de Neruda, ni meter en la JVC del vecino el solo instante de decir el caldillo, sino que necesitamos de una transformación de la realidad a partir del poema. Más caldillos de congrio en las picadas, en los restaurantes, en la casa de tus viejos, cuando prepares la cena para tus más queridos y cuando pienses en desempeorar el tiempo que legarás a otros. La poesía se hace responsable del anhelo, del deseo que está ahí, pero que no sabes qué es. El sehnsucht de Hernández Montecinos es capaz de empujarnos por encima del cuerpo y darnos la seguridad que vale la pena seguir leyendo, escribiendo y leyendo. Este es el gran sueño del sueño, ¡vamos, todos juntos!
Creo que es importante hacer presente lo que Hernández Montecinos hace en “Alamiro”. Este apartado resume toda la estética de una generación, de una que está en pleno vigor hoy. Punto seguido para “Exquisito Cadáver”, un lujo para sacarle punta a la poesía chilena, sobre la cual se quiere guardar cercanía y demostrar más que afinidad, filiación. Aunque esta declaración de principios es admirable, es un compromiso que empuja a ser cuidadoso con miras al mañana para fortalecer el carácter de los venideros poetas o simplemente, dar la mejor de las luchas cuando la poesía chilena vaya a morir.
El libro de Héctor Hernández Montecinos nos muestra la belleza de la mitad de una vida consagrada a la literatura. Esta es la revelación de la revolución y viceversa: la literatura es una tarea para, apasionadamente, darlo todo. Su valentía y entrega es la que, en último término, susurra como el editor y poeta estadounidense Lawrence Ferlinghetti en una entrevista de 2016: “un escritor no se retira hasta que no puede sostener el bolígrafo”. Mi arenga de afectos después de glosar, releer y resentir esas páginas. Es lo que seguiré pensando cuando mañana esté en la batalla junto a otros. Buenas noches.

Nicolás López-Pérez (Rancagua, 1990). Abogado, reside en la ciudad de Santiago de Chile. Administra la mediateca de poesía universal del ayer, “La comparecencia infinita”. Publica ocasionalmente en “Prosopofía para perros”. Actualmente escribe sus primeros poemarios.

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