26 enero, 2018

[Ensayos sobre el silencio]. Por Kurt Folch y Anamaría Briede

A continuación publicamos dos presentaciones del libro Ensayos sobre el silencio. Gestos, mapas y colores de Marcela Labraña. La primera es un texto de Kurt Folch y la segunda, una presentación sonora a cargo de Anamaría Briede, ambas realizadas en Fundación Lumbre en la ciudad de Limache, el pasado mes de noviembre de 2017.

Acerca de Ensayos sobre el silencio de Marcela Labraña

El arte y la literatura tienen ejemplos emblemáticos de silencio. El anonimato de cientos de pintores religiosos medievales; el extraño mutismo de Cordelia ante la estupidez de Lear, la “Señora de los silencios” de Eliot en “Miércoles de ceniza”; los casos de silencio creativo o editorial (Rimbaud, Oppen); la renuncia a decir del poema con Mallarmé o el esfuerzo de Celan por empujar o deshacer su lenguaje hasta alcanzar un laconismo extremo. Esto sucede en casi todas las formas de expresión artística. Ejemplos como estos confunden un poco. El silencio no nos parece en principio un asunto complejo, sino que algo común y natural. Desde una óptica positiva lo entendemos como pausa y descanso o, en caso contrario, como misterio, secreto, mentira. Llevado a su extremo el silencio es, o casi es, sinónimo del vacío. La hermenéutica sobre el silencio tiene, pues, una larga tradición que desemboca en el límite de lo conceptualizable/nombrable. En cualquier caso, tanto la dimensión negativa del concepto como la positiva resultan fundamentales para intuir sus alcances.
Hace un par de años, convocado por Anamaria Briede, el Foro de Escritores sesionó en el Taller República 760, cerca de aquí, en Limache. Entre las actividades de ese día Marcela Labraña hizo una presentación de la investigación que cristalizó en estos Ensayos sobre el silencio. Al finalizar la exposición no pudimos sino quedarnos abrumados y sorprendidos. No digo esto para jactarme de una reunión privada, sino para dar testimonio del esfuerzo y paciencia invertidos por Marcela Labraña en la investigación. Marcela superó la confusión y la ansiedad que despierta ese límite conceptual que siempre se aleja, inalcanzable para el lenguaje. Con paciencia y rigor ha trazado un mapa, una costa, que nos guía por el silencio, por la ausencia, la ausencia de uno, la ausencia de saber, como objeto de estudio. Quizá la lingüística no se adentre demasiado en esta dimensión o elemento estructural del lenguaje, pero sí lo hace la filosofía, la estética, el arte y la poesía que a través de él logran ir más allá del límite comunicacional logrando la evocación e intuición de aquello que no se dice, ni se dice salvo como ausencia. Labraña, utilizando imágenes de poetas y artistas va iluminando múltiples dimensiones del silencio. No lo hace desde la imposición teórica, sino desde la reflexión, sistematizando sus hallazgos apoyándose en la poesía y la estética (el libro en su recorrido utiliza el trabajo de un sinnúmero de poetas y artistas). Una buena síntesis de lo que ocurre en estos ensayos está en los versos de Roberto Juarroz citados al final del prólogo: “En el centro de la fiesta está el vacío. / Pero en el centro del vacío hay otra fiesta”.
Los versos plantean una dialéctica al infinito e ilustran perfectamente la imagen (facetada) que desde la literatura comparada y la investigación interdisciplinaria, ha llegado a formarse Labraña de su objeto. El silencio, desde el gesto de hacer callar, hasta el color blanco inmutable que, como su opuesto (en el centro hay otra fiesta), es la suma de todo y ninguna de sus partes. En ambos casos se trata del vacío generativo. Labraña muestra que existe una hondura infinita, un mapa de nada, entre un sonido y otro, entre una grafía y otra, entre un símbolo y otro, entre una imagen y otra. El silencio, dice Labraña, citando a Le Breton, es “el idioma de Dios que contiene todas las palabras, es una reserva inagotable de comunicación”. Pero, para el pensamiento no es posible penetrar aquello de donde surge y a donde vuelve la palabra. El lenguaje, nos permite interpretarlo, pero no desentrañar su naturaleza. Hablamos del límite infranqueable del origen y el fin. Así, las metáforas para el silencio van desde la simple “muestra de respeto y solemnidad”, o “como signo de ironía o burla, como expresión del absurdo existencial o de la epifanía y la plenitud, como una renuncia”, hasta “la inefabilidad de los misterios divinos, como manifestación de sabiduría o estrategia política”. El discurso se abre en un arco que cubre, a grandes rasgos, al silencio entre la experiencia mística y la filosófica. Es decir, el silencio de la realidad espiritual y el silencio del no hablar de lo que no se puede hablar. En este sentido, el silencio (y sus aspectos: el blanco, el vacío y la nada) se vuelve metáfora de la metáfora o crítica de la metáfora poética en cuyo centro se encuentra ese vacío y la fiesta al interior de aquella nada. En el arte y la literatura la palabra y la imagen quieren ser resina que se desprende de ese límite. O al menos una cara de la poesía lo es. La autonomía de la forma poética depende tanto de la voz-palabra como del silencio que le precede y le sucede. Surgir del silencio para ser sumida de regreso en el silencio, que es igual pero distinto al mismo tiempo. La alegoría, la metáfora, el símbolo necesitan de ese espacio, o más que espacio, del vacío generativo que podemos nombrar como lo que no tiene nombre. Estamos entonces ante la proyección concreta del Uroboros, la serpiente que se autogenera devorándose a sí misma. O al revés. Doble hélice.
El silencio es escuchar al silencio porque sabemos que el silencio es oír, descender capa tras capa de vibraciones que son y configuran los fenómenos de acción y reacción hasta el propio pulso. El silencio dice Northrop Frye es pulso, ritmo, el reposo de la voz en la estructura métrica. Es el relámpago y el trueno de la realidad que aparece tal como es cuando el sujeto alcanza a verse/oírse tal como es. Estos ensayos nos dan innumerables ejemplos de este fenómeno, de alguna manera lo comprueban, dan testimonio de una cuestión que a medida que se aborda resulta más y más indefinible y real al mismo tiempo. Se trata de una guía y un salvavidas invaluable en el interior inagotable de la madre de las metáforas. Gracias y felicitaciones para Marcela Labraña.

Kurt Folch (1970). Como poeta ha publicado Viaje Nocturno (1996), Thera (2002), Paisaje Lunar (2010), Líquenes (2014) y La Dormida (2014). Como traductor, los libros Las alegres casadas de Windsor de William Shakespeare (2002), Secciones Eternas de Tom Raworth (2011), George Oppen, poesía ensayo y entrevistas (2012), y Chomei en Toyama de Basil Bunting (2017). Colabora con el Foro de Escritores.


Presentación sonora de Anamaría Briede


Anamaría Briede Westermeyer (Valparaíso, 1971). Artista visual. Actualmente vive en Limache y Valparaíso. Estudió arte en la Universidad de Chile y en Alemania, becada por el Intercambio Académico Estudiantil Extranjero Alemán (DAAD, Goethe Institut). Desarrolla su trabajo visual con los medios de dibujo, poesía, sonido, movimiento y espacio. Trabaja en colaboración con la poeta Agatha Grodek. Actualmente colabora en Ejercicios Impermanentes, proyecto que desarrolla un trabajo con el cuerpo y la instalación en espacios eriazos. Ha hecho exposiciones individuales y colectivas en diversas salas de arte contemporáneo en Chile y el extranjero, como: Museo de Arte Contemporáneo, Museo Nacional de Bellas Artes y Sala de Arte en Santiago de Chile, Dinamarca 399 - Ejercicio 01, Casa Nekoé, Sala Puntángeles en Valparaíso, Ayuntamiento de Asturias en España y Museo de Arte Contemporáneo en Ahlen, Alemania.

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