05 noviembre, 2017

[El pueblo bajo el yryvu ruvicha]. Por Cristino Bogado

El pueblo es una película filmada en las localidades de Tobati, Villeta y Mba’e Pirungá (Capiatá, Paraguay). Dirigida por el cineasta paraguayo Carlos Saguier en 1969, la película fue rescatada y digitalizada a partir de una copia en video en septiembre de 2013. El sonido fue remasterizado en abril de 2014 a partir de los segmentos originales captados en Nagra IV-L durante el rodaje en 1969, la banda de sonido cuenta con la Sinfonía número 11 en G menor de Dmitri Shostakovich. La película está dividida en dos segmentos, uno filmado en blanco y negro y, el segundo, a color, remontado en Nueva York, en abril de 1970.
Según Cristino Bogado, la historia de El pueblo –exhibida durante 2015 en el Centro Paraguayo Japonés en Asunción y, durante agosto de 2017, en el ciclo "Turlututu"– “casi merece otra película, que cuente sus vicisitudes, su infortunio y su final sobrevivencia milagrosa”.

El pueblo bajo el yryvu ruvicha

Guahu y metralla
Un pueblo bajo la salmodia de un novenario, un pueblo bajo la mirada vigilante del yryvu ruvicha [el cuervo jefe], un pueblo golpeado por una sequía interminable. La tierra está cuarteada como la cara de la lechã’i que prende una vela o calienta su pava para el mate, resquebrajada por los polvos del tiempo seco, apergaminada de humo de cigarro poguazu [cigarro grueso torcido] y campanadas llamando a misa en español.
La versión de cuarenta minutos que vimos en “Turlututu” tiene el kunu’u [afecto, cariño, caricia] de la Undécima de Shostakovich; la sonrisa del adagio, sobre todo, amansa su ritmo dramático, angustiante. Shostakovich vela más que tapa el canto ubicuo del kyju ogakue [grillo de casa vieja] y el llanto bogomilo del niño al despertarse con la película.
La fotografía se encuadra en naturalezas muertas con mano: mano ya vacía, ya empuñando un cigarro. Asistimos a un tiempo aureolado de velas de sebo y esperma, de farol mbopi [literalmente, murciélago; se refiere a un estilo de farol] y lámpara Petromax, pre-Itaipú, cuando la bendita Ande no pasaba todavía de San Lorenzo, un tiempo de vasos y saleros de vidrio, de damajuanas de caña, de ollas de hierro o de metal abollado. La cámara también busca una síntesis; se detiene por ejemplo, en un angelote que hace de cariátide del altar de la iglesia o en una hormiga que pasea por la saliente moldura de una repisa tallada.
La seca, como dicen los pueblogua [pueblerinos], manda en el pueblo, mientras la mujer machaca maíz y cierne su harina hablando en jopara, “ja tanteamina” [“vamos a probar”], un karai para suspender la ingestión de caña y cigarros, dice en guaraní “jaha jake mba’e” [“¿Vamos a dormir o qué?”]. La seca se expresa de igual manera por medio de su lenguaraz viento norte sacudiendo las ramas de los eucaliptos, agujereadas por los espadas del sol despiadado, ese San Gabriel tratando de cortar la cola de la sierpe eucalipto, árbol que absorbe el agua de la tierra, árbol secante…
El segundo día es multicolor, florido y psicodélico. Recuerda el final enigmático de Odisea en el espacio de Kubrick. Parece la otra escena, utópica o pesadillesca, de la rutina de una aldea que vimos antes, pero sometida ahora al bombardeo inmisericorde de los infrarrojos que delatan los huesos del pueblo traspasados de guahu [canto] y de metralla.








Bulebú con soja
“Lo que hemos pescado lo hemos dejado y lo que no hemos pescado lo traemos”, cuenta la tradición que dijeron a Homero unos jóvenes en la isla de Ios. O, en la versión de Heráclito: “Lo que hemos visto y atrapado‚ no lo traemos; lo que no hemos visto ni atrapado‚ lo traemos”.
Eso dijo Carlos Saguier a su equipo de Cine Arte Experimental para emprender la marcha al Paraguay profundo –a Tobati, Villeta, Mba’e Pirungua (Capiatá) en 1969–. Acaso, como los burlones isleños de la leyenda de la muerte de Homero, fueron en busca de peces sin saber que volverían con una presa que cambiaría radicalmente su vida y, con el correr de los años, la del mundo cultural paraguayo.
Hoy, en la era del fin de la poesía –o del cine de Saguier–, la nueva generación informatizada también marcha, al Mercado 4, a la Chacharita, para traer su cine de alfombra roja, que revela el mercantilizado ser paraguayo actual, lo hierofántico trocado en farsa. A veces uno deja volar la imaginación y se pregunta qué hubiera pasado si esta película –inaugural y a la vez quintaesencial del cine nacional– se hubiera exhibido en las salas comerciales de la década de 1970, en el aire acondicionado del Roma, el Granados, el Splendid, el Cosmos, el Victoria, en cartelera doble y triple junto a una peli de Pasolini, Bergman o Zulawski, frecuentes entonces, pese al stroessnismo.
Hoy, sujeto por otros aguiluchos, algorítmicos, digitalizados, el pueblo retro-neoliberal que es el Paraguay de Cartes aún repta, pero bajo el gran urubú mecánico de los drones de ¡Google y Facebook! Predomina, en el cine como en la vida cotidiana, no el develamiento poético de El pueblo de Saguier, sino el exhibicionismo instantáneo, la eyaculación precoz –como diría Baudrillard– del aceleracionismo actual.
La historia de la película casi merece otra película, que cuente sus vicisitudes, su infortunio y su final sobrevivencia milagrosa. En ella, metáfora de la historia cultural del país, olvido, abandono, pérdida, derrota van juntitos, hermanados, cual sombra fatal, con la creación, el afán, la insistencia, la vitalidad, el estoicismo.
La belleza y el arte son eso que deja algo en mí, que me afecta profundamente, que llena de sensaciones e ideas mi vida aburrida y elemental. El resto es bulebú con soja.

Cristino Bogado (Asunción, Paraguay, 1967). Ha publicado los libros Plagio inconsciente de Leopoldo (España: cartonerita niña bonita, 2014), Contra el fútbol y otros nihilpoemas (2013), Ysypó-paraguay-Rembó, (Chile: La calle Passy 061, 2012), Punk Desperezamiento (Lima-Perú, 2007), Amor Karaíva (Buenos Aires: Milena Caserola, 2010). E-mail: kurubeta@gmail.com


El pueblo de Carlos Saguier en Youtube

Fotografía de Carlos Saguier: Diario ABC.
Notas del guaraní: Christian Kent.

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