15 mayo, 2019

[Veneno de escorpión azul]. Por Víctor Quezada

Las notas que siguen surgieron de una invitación: a un diálogo en torno a Un puño de brasa (Editorial Virus, 2017), reunión de ensayos sobre la obra del poeta Gonzalo Millán, pero también a una relectura, una invitación a regresar al diario de vida y de muerte (Veneno de escorpión azul, que Millán emprendió una vez conocido su diagnóstico de cáncer), el regreso al hogar y la montaña.

Veneno de escorpión azul

“Diario morir / Diario vivir
Diario de vida / Diario de muerte
Hechos consumados / Desechos consumados
El día a día. Células grandes
En el umbral de la muerte / Cerca del fin
Poemas a la muerte / Poemas de despedida de la vida
Jisei
Adiós al pasado
Testamento / Preparación para el viaje”
Gonzalo Millán (1947-2006).

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Tuve dos encuentros con Gonzalo Millán o más propiamente uno.
En el auditorio Rolando Mellafe de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, quizás en el año 2004, asistí a una lectura pública de poesía, seguramente propiciada por la profesora Soledad Bianchi, en la que Millán leyó en solitario.
El auditorio estaba relativamente lleno y relativamente sombrío, era un día brumoso de invierno en Santiago. Me impresionó su manera de fumar un cigarrillo tras de otro: “No un hombre, ¡una nube en pantalones!”.
En el año 2006, unas semanas después de su muerte, me invitaron a participar en calidad de joven poeta en el Congreso de Poesía de la Universidad de Chile. En esa oportunidad, uno de los otros invitados recitó un hermoso poema luctuoso en su memoria, frente a un auditorio conmovido.

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Esta manera (casi trágica) de comenzar podría ser un género en sí misma: el relato cursi del poeta sobreviviente que ante la muerte individual rememora la amistad con el difunto, la muerte del lazo social o la injusticia de un mundo en que, también, la poesía ha muerto.

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Yo solo quería decir que una vez vi y escuché a Millán y fue de lejos, cuando miraba desde más adentro de mí mismo, con los ojos que están detrás de los ojos.

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Ante este montón de hojas, cuál es el factor que decide qué pertenece al diario, qué al ensayo, qué al poema, qué entra en el libro.
Estas notas, formas breves que de lejos parecen sino un montón de hojas, no pretenden ser una escritura homogénea o, menos, el producto de una subjetividad “fuerte”, “anclada”. Muy por el contrario.

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A lo lejos, la escritura es mantillo, capa sensible del mundo.

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Me invitaron a participar de una conversación en torno a un conjunto de ensayos sobre la obra de Gonzalo Millán (Un puño de brasa. Santiago de Chile: Virus, 2017). Agradezco la invitación pues me permite leer nuevamente Veneno de escorpión azul, su diario de muerte, el libro de despedida, el jisei-no-ku.


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Me llama la atención antes que todo, una actitud que parece transversal al conjunto: la muerte de Millán. Sin embargo, ninguno de los ensayos trata en particular sobre Veneno de escorpión azul, sino que abundan en la compleja dinámica de la despersonalización de su escritura. Creo, no obstante, que el diario está presente, muy presente, en cierto deseo de los autores de manifestar una relación personal con el muerto.

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“Gonzalo buscaba algo, por eso repetía, por eso coleccionaba. Quizá nunca lo encontró, y nosotros, yo en este caso, no sé muy bien qué era, tal vez era solo salvarse o curarse de una obsesión. Tomó al fin la oportunidad de confrontarse con el umbral vida/muerte. Se le hizo corto el tiempo, pero le opuso palabras, las palabras de Veneno de escorpión azul. Quizá solo buscaba hacer una llamada, como esa llamada que esperaba Marilyn Monroe en el poema de Ernesto Cardenal. Acaso por eso, al revés, en alguna tarjeta del Archivo Zonaglo, hay anotados números telefónicos de personas que quizá aún esperan la llamada de Gonzalo, ese umbral o abismo ante el cual nos detenemos” (Walter Hoefler, p. 72).

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“La conjunción de ambos textos [‘El presagio’ y ‘A story about the body’ de Claro/oscuro] sugiere sin sombra de duda la amenaza de un tumor cancerígeno, que sin embargo no se nombra: primero como presagio y luego como causa médica de una amputación de ambos pechos. Este motivo adquiere una resonancia diferente para quienes sabemos que Gonzalo Millán moriría de cáncer algunos años después de publicar estos poemas” (Fernando Pérez, p. 139).

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[Santa Águeda]
“sueña que está desnuda
palpándose los pechos y buscando algo,
algo duro como un botón o un hueso”
(“El presagio”).

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Estos ensayos, de alguna manera, en mayor o menor medida, parecen motivados por la muerte de Millán.
Su muerte parece ser el signo que hace legible la obra. Ahora bien, desde el punto de vista de la enunciación, la muerte como signo hace también legible una imagen: la de quien escribe mostrándose más o menos cercano al muerto.
Hay un signo-disparador (que ilumina un conjunto de libros): la muerte; y hay también un ethos, una presentación de sí: la imagen del ensayista como testigo. Un testigo que con su testimonio quiere hacernos a nosotros testigos indirectos de su cercanía, de su sinceridad.

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Recuerdo que a Manuel Bilbao (que escribió en 1866 la biografía de su hermano Francisco) se le reprochaba (Zorobabel Rodríguez, entre otros) una “adhesión ilimitada al muerto y a cuanto el muerto amó”.


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“Me dedicaré a escribir mi epitafio en los ratos libres” (Veneno, p. 17). El diario de muerte, el libro de despedida: jisei-no-ku.

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El jisei o poema de despedida fue muy popular en la tradición de la poesía japonesa. Usual entre monjes del budismo zen y samuráis, estos poemas eran escritos en el lecho de muerte o cuando la muerte ya parecía cercana. El antecedente más antiguo de un poema de despedida, según Yoel Hoffmann (Japanese death poems, 1986), apareció en el primer registro de la historia del Japón, el Ko-jiki (712 d.C.), donde se relata la muerte de Yamato Takeru-no-Mikoto y su transformación en un pájaro blanco.

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El jisei, que se escribía usualmente en la forma del tanka, implicaba una cierta concepción de la transitoriedad de la vida, un cierto saber sobre la muerte y su inminencia.

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“El mundo:
¿a qué lo comparo?
A los campos en Otoño
iluminados tenuemente al anochecer
por relámpagos”
Minamoto-no-Shitago (911-983)

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Según K. Ogawa y T. Ogawa (A short study of Jisei, 2016), para comprender la popularidad que vivió el jisei, entre el periodo Heian (794-1185) y el Edo (1603-1868), se debe considerar como un antecedente que el promedio de vida entre los japoneses oscilaba entre los 20 y 40 años. “Entonces, es entendible que nuestros ancestros, que vivían vidas efímeras como las ilusiones, trataran de expresar sus últimos sentimientos haciendo uso de nuestro familiar estilo tanka” (p. 322-323).

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“La vida fue algo así como
la luz de la luna
reflejada apenas en el agua
que recogí en mis palmas”
Ki no Tsurayuki (868-945).

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Me parece mejor, sin embargo, esta respuesta alternativa. Para Matsuo Basho (1644-1694), todo ku es un jisei: todo verso / todo poema es un poema a la muerte, un poema de despedida.
= Si la vida es transitoria, todo poema / todo acto es una despedida.

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“Si no hubiera sabido
que estaba ya muerto
habría llorado
la pérdida de mi vida”
Ota Dokan (1432-1486).

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“Tanto el vencedor
como el vencido
no son sino gotas de rocío
rayos de luz.
Así deberíamos ver el mundo”
Onchi Yoshitaka (1507-1551).

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Frente al sentimiento de transitoriedad, de lo efímero de la vida, reflejado en las breves formas del jisei, la escritura de Veneno da la sensación de querer prolongar el tiempo, anotando la rutina diaria del moribundo.


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Existen momentos en que las notas parecen indicar no más que el hecho de estar siendo escritas, por ejemplo:
"2 de septiembre de 2006
(…)
16.00
Después del almuerzo (pizzas de Telepizza).
16.30
Fin galleta".
Hay sin embargo una diferencia entre ambas anotaciones, mientras a las 16:30 se indica una acción realizada en un tiempo preciso, la nota de las 16 horas pareciera simplemente constatar que “escribo esto, que (todavía) estoy aquí”.

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Las notas. Algunas actitudes: escribir aquí y ahora, como quien está aquí y ahora / indicar / constatar / recordar / acordarse: despertar.

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“Trabajo mi epitafio cuando duermo; al despertar, al recordar lo olvido. Estará escrito el día que no despierte del sueño. Estará escrito en mi casa cuando no despierte” (p. 140).

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Según Hoffmann, hasta el siglo XVI, casi toda la poesía escrita en japonés tomó la forma del tanka. El tanka es un poema corto de 5 versos que ocupa la siguiente estructura silábica: 5-7-5 y 7-7.
Usualmente, el tanka muestra dos imágenes complementarias a manera de espejos: en el primer espejo se refleja la naturaleza y, en el segundo, la figura del poeta.

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La forma del haiku, por otro lado, encuentra sus raíces en la introducción del poema encadenado o renga, una especie de poesía que se escribía entre dos o más poetas. Los poemas encadenados del renga se componían por turnos, siguiendo estructuras de tres versos de 17 sílabas (5-7-5) y de dos versos de 14 sílabas (7-7). Cada poema se entrelazaba con el otro de distintas maneras, a partir de las imágenes representadas, asociaciones o juegos de palabras. Con el tiempo, estos poemas encadenados derivaron en dos estilos en la tradición del renga: primero, el que seguía reglas formales y trataba asuntos “graves” o “serios” con un lenguaje refinado; y segundo, un estilo formalmente menos riguroso y de tono más popular, conocido como haikai-no-renga, cuyo impulsor de mayor renombre en Occidente fue Basho.
De este último estilo habría nacido la forma de 17 sílabas distribuidas en 3 versos (5-7-5) conocida como haiku.

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El haiku no es un tanka compactado, aunque, en algún sentido, esas 14 sílabas del tanka ausentes en el haiku representan el espejo que refleja al poeta.
Sin complemento meditativo, si el haiku es un espejo, solo refleja la naturaleza.

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En el haiku existe un intento de decir algo sin decirlo.

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“Se oscurece el mar:
el graznido de un pato
suena apenas blanco”
Matsuo Basho (1644-1694).

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“La luna en el agua
da una vuelta de carnero
y se va con la corriente”
Oshima Ryoti (1718-1787).

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“Me dedicaré a escribir mi epitafio en los ratos libres”. ¿Cuál es ese tiempo libre?
Un tipo especial de tiempo (la ausencia del futuro como proyección) y un tipo especial de escritura (la que no se puede anhelar o recordar, por demasiado íntima, demasiado presente).
Sin futuro o pasado, este deseo: que el encuentro entre tiempo y escritura posibilite la libertad.

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¿Cuándo?, el epitafio, por un lado; el tiempo de la libertad, por otro.

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“Me voy de viaje. No sé cuándo. Parto de muerte” (p. 17). Y se escribe “parto” como quien dice parto de viaje, como quien dice que nace a la muerte.

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“Trato de acostumbrarme a la idea de que ya no emprenderé aventuras nuevas. En adelante solo retoco y corrijo lo escrito, completo los libros inconclusos. Me faltará seguramente el tiempo. Recibirán esos títulos la marca de lo incompleto y lo truncado” (p. 24). La marca del tiempo que falta: que es el único del que se dispone.

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“Escribir Veneno de escorpión azul es hacer algo antes de morir, luchar por tu vida” (p. 40). Son las 10 AM del 5 de junio de 2006 y Millán se refiere por primera vez a este conjunto de notas por un título.

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En el diario anotamos lo inminente –lo que amenaza con presentarse–. A veces, en la forma de lo biográfico: un reconocimiento (nuevo) de quienes somos en el presente, bajo la luz del pasado. Otras, con una nostalgia pura y triste, ideológica, por odio a la muerte y contra la vida (pues la nostalgia es la negación de la vida).


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He leído tres veces Veneno de escorpión azul.
La primera, impaciente, con vergüenza ajena, con indignación por lo que entendí como un aprovechamiento editorial.
La segunda, a saltos, unos años después, por una motivación, digamos, académica, tratando de entender qué era aquello, ese deseo de escritura (de trabajo) que sobreviene cuando se descubre que la muerte es “algo real y no solo temible” (Barthes).
La tercera, con detalle y calma, con un saber nuevo, “golpeado” por la vida: como hermano.

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Este saber, una obviedad: tomar conciencia de la muerte es hacerse consciente de sí mismo en tanto que mortal.

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“Este es el último día
en que veré a los patos
graznar en el Lago Iware
luego desapareceré
en las nubes”
Príncipe Otsu (663-686)

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“La muerte como una bienvenida. Como un regreso al punto de partida, al origen” (Veneno de escorpión azul, p. 275)

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Partir como parir:
El salmón que remonta el río hasta su muerte.
Ir a morir a los santuarios (práctica antigua del sintoísmo) ubicados en las montañas: el lugar de donde la vida surge y resurge.

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En la naturaleza no se muere solo. En el sintoísmo el problema de la salvación individual no existe por lo que la pesadez de la muerte se esfuma. En un mundo de continuidades cíclicas, se surge y resurge, se vuelve a lo natural, al clan, a la familia.

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Es la muerte como proceso la que permite entender la muerte propia como un retorno.
Es la muerte que participa de la vida (familiar / cotidiana / natural), la que permite entender la propia muerte como bienvenida.

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Gonzalo Millán desea (escribe: en este plano, escribir es manifestar un deseo / fantasear) pasar agosto, morir en primavera:
“En primavera hay que vencer las ganas de treparse a los árboles, el llamado de la madre arbórea a participar en el brote, partero de las hojas sin orejas” (Veneno, p. 307).

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“Deseo morir en primavera
bajo las flores de cerezo
cuando la luna está llena”
Saigyo (1118-1190)

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“Sigue el ladrido y encontrarás al perro que será tu acompañante. Abre los oídos del árbol y encontrarás al pájaro que te mostrará el camino” (Veneno, p. 311).

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Un deseo que deberá ser recibido como sorpresa por mi yo futuro: que la escritura “ensayística” y la del diario / que el poema y la “novela” sean de una misma especie, distinguibles solo de cerca, por la arruga sobre el ceño la una, por la mancha en el hombro el otro, por sus pecas y por sus cicatrices.

***
Adenda
“Siete meses, tres semanas y un día después
encuentro una pestaña sobre la superficie
blanca de la bandeja de patas de madera
(…)
Enferma, en cama, releyendo la última prueba
del Veneno, una leve pestaña en el rincón derecho,
ese pegado a mi cuerpo”
Mané Zaldívar. Luna de Capricornio (2010).


Enlaces

Bibliografía

VVAA. Un puño de brasa. Santiago: Editorial Virus, 2017
Millán, Gonzalo. Veneno de escorpión azul. Santiago de Chile: Ediciones UDP, 2008
Hoffmann, Yoel. Japanese Death Poems Written by Zen Monks and Haiku Poets on the Verge of Death. Japón: Charles E. Tuttle Co., 198
Ogawa, Kiyoko y Ogawa, Tadashi. “A Short Study of Jisei (Swan Songs): Death, Cosmos and Its Transmigration”. The Cosmos and the Creative Imagination. Estados Unidos: Springer, 2016

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