27 noviembre, 2017

[Escribir a la sombra del dintel. Cuaderno esclavo de Rodrigo Olavarría]. Por Víctor Quezada

El pasado viernes 24 de noviembre de 2017 se realizó el lanzamiento de Cuaderno esclavo (Hueders, 2017) de Rodrigo Olavarría. Este libro está compuesto a partir de las notas de un viaje desde Santiago de Chile hacia Río de Janeiro. Con el propósito de recuperar el contenido de un cuaderno perdido, el personaje se propone reconstruir ese pasado al tiempo que su experiencia del portugués lo obliga a internarse en su propia lengua, proceso en el que encuentra en la escritura una forma más íntima de ser y de vivir.

Escribir a la sombra del dintel

Es probable que sin querer haya traspasado el umbral del que hablaba antes, el sitio donde estuve elucubrando cómo seguir siendo quien creo ser y cómo reestructurarme sin traicionarme. He dado pasos que me alejan de la certeza, pero eso no significa que en el futuro no pueda asentarme en las inmediaciones de este dintel y realizar excursiones temporales a uno y otro lado. Escaramuzas. La idea es siempre internarme más allá de la línea de sombra, triunfar o zozobrar y regresar, victorioso o abatido, pero siempre informe, siempre distinto (Rodrigo Olavarría. Cuaderno esclavo, 31).

Umbral
El monstruo espía a la familia De Lacey por unos meses en los que crece en su pecho la esperanza de ser comprendido –más allá de su apariencia horripilante– como un ser bondadoso. En uno de los episodios más llenos de patetismo de la novela, el monstruo, temblando por la incertidumbre y el miedo a ser rechazado, decide, por fin, salir tras de las tablas de su refugio y traspasar el umbral de la puerta de la cabaña, para descubrirse frente al anciano y ciego padre de la familia.
La experiencia del umbral es conmovedora en Frankestein. El monstruo, que para entonces ya había sido rechazado por su propio creador, sabía que su cuerpo despertaba repulsión en los otros, pero aún no se convertía en un monstruo para sí mismo. En Cuaderno esclavo, la experiencia del umbral es también decisiva pues desestabiliza esa subjetividad a medio camino entre lo que cree ser y lo que quiere ser, la obliga a emprender el viaje, despierta en ella el deseo de estar en movimiento.
En el umbral de la vida adulta y sus responsabilidades identitarias, el protagonista de Cuaderno esclavo emprende un viaje a Río de Janeiro como una forma de desidentificarse: dejar de ser el mismo y, de paso, dejar de ser para los otros (yo, parado en el umbral, intento avanzar a un punto medio, leer de uno y otro libro sin llegar a comprometerme con ninguno, volver siempre a descansar bajo la sombra del dintel).
A partir de notas que intentan, por una parte, asir la inminencia del presente (inminente es lo que amenaza con presentarse) y, por otra, los destellos del pasado, el libro de Rodrigo Olavarría se propone tres tareas de manera más o menos manifiesta: recuperar el cuaderno de notas perdido en algún lugar entre el libro anterior (Alameda tras las rejas) y el que leemos; recrear ese pasado (que no deja de pasar) a partir de la experiencia fragmentada del presente y, por último, reconstruir una memoria en la que sea posible decir yo sin violencia o cinismo (vivir, como quería César Vallejo, “dulcemente / en representación de todo el mundo”).
Enfrentados a la puerta (de salida o entrada a la cabaña: la cabaña es acá una metáfora de la lengua), ambos simulan ser un viajero en busca del merecido descanso de sí mismos. El monstruo le cuenta al anciano su historia, le ruega que interceda para obtener la protección de unos amigos que, enceguecidos por los prejuicios, solo pueden ver en él a un monstruo despreciable. El personaje de Cuaderno esclavo está “parado en un umbral” que separa lo que lo espera, “un territorio inexplorado aunque vagamente previsible”, según nos dice, del “espacio familiar y seguro” (25) que representa Santiago de Chile, necesita salir de la ciudad, de las imágenes de una vida cómoda y sedentaria, y así: “aprovechar esos momentos en que uno deja de ser uno mismo para multiplicarme” (25).
Por supuesto, una vez cruzado el umbral, todo es horror, gritos, desmayos y violencia. El monstruo, rechazado por la familia De Lacey (convertido definitivamente en un monstruo), huye de regreso a la espesura de los bosques.
El umbral representa la indecisión, el miedo a lo desconocido, pero, también, la expectativa, la pura posibilidad de cambiar o renacer, recomenzar. Para el protagonista de Cuaderno esclavo, la promesa de la vía alegre, del encuentro de la belleza, “original e inagotable”, de una “vida literaria”, esa vida que algunas personas eligen vivir en cierto momento de su adolescencia o en la niñez. Para el monstruo, haber traspasado el umbral significa identificarse de una vez por todas con el odio.

Lengua
La experiencia del umbral está antecedida por otro episodio de importancia en la novela. Tras las tablas de la choza en la que se esconde, el monstruo espía la amable vida familiar del viejo patriarca y sus hijos, Agatha y Felix. Este último ocupa sus días en enseñarle a Safie, la joven árabe que es dueña de su corazón, los fundamentos del francés, su lengua materna. A partir de estas lecciones, el monstruo, que espía por entre las tablas, adquiere un lenguaje; quien no sabía sino del hambre, el frío y el calor, conoce una cultura.
Grabado de la serie Vigilantes, de Santiago Cancino
Por otro lado, el personaje de este cuaderno tiene dificultades para darse a entender en un portugués que balbucea en sus aventuras por las calles de Río de Janeiro, en la Casa da Cachaça del barrio de Lapa o en la playa de Ipanema. Excluido de la experiencia cotidiana de la lengua, ajeno a la vida del turista, el viaje lo obliga a volver sobre sí mismo para examinar la huidiza idea de su propia interioridad: “Por primera vez estoy en la situación del expatriado”, escribe, “que solo escucha su idioma dentro de su cabeza al leer o fuera de su cabeza al hablar solo” (57).
El umbral de Cuaderno esclavo presenta el problema político de convertirse en otro sin traicionarse. Atravesar el umbral es emprender un viaje que es tanto físico como subjetivo: salir –al revés del monstruo que sale del espacio indeterminado de las sensaciones para entrar a las representaciones de la lengua– del anquilosamiento del habla (nacional, personal, afectiva); salir, primeramente, de las imágenes que proyecta la vida familiar y la monogamia y, de manera más significativa, no dejar nunca de salir como una alternativa político-práctica de combate contra el ego, de combate contra la lengua (porque, sabemos, la lengua obliga a decir, de ahí = fascista, R. B.).
El lenguaje supone una condena, al tiempo que permite entender el mundo (gracias a él puede el monstruo nombrar su realidad como monstruosa), nos cristaliza en imágenes más o menos felices o infaustas, más o menos enojosas, y nos impele a vivir a partir de ellas bajo ciertas reglas, ciertas expectativas de lo bueno y lo malo, lo deseable y lo justo.
La adquisición de una lengua es la condena del monstruo. Tras cruzar el umbral, se ve excluido ya no solo de la vida biológica de los humanos, sino también de su vida cultural. Es el lenguaje, como resto humano específico, lo que termina por convertirnos en unos monstruos.
A la inversa, el viaje del Cuaderno esclavo es un viaje que saliendo del habla, se interna hacia los límites de la lengua propia: esa interioridad que solo puede ser vivida como lenguaje y, en términos particulares, como diálogo con uno mismo. Salir para encontrarse con una lengua extraña y, de paso, reencontrarse con la propia lengua bajo una forma más íntima, la escritura: “Por otra parte”, leemos, “escribir en castellano se siente como un descanso o como la posibilidad prácticamente infinita de operar con el lenguaje” (57-58).

Dintel
Este cuaderno, que es esclavo del cuaderno perdido que su escritura se propone recrear, recuperar o reconstruir, es también esclavo de otros libros que el protagonista lee o compra en Santiago de Chile o Río de Janeiro, versiones portuguesas de Kafka o Rimbaud, libros de Elizabeth Bishop o Clarice Lispector, Julio Ramón Ribeyro, Jarry o Gombrowicz. También de otros libros a los que no se alude de manera directa, pero que podemos ver por entre las aberturas de las tablas, aventurarnos más allá, tras cruzar la puerta del Cuaderno esclavo, para leerlos y volver a entrar.
El libro de Rodrigo Olavarría es una puesta en cuestión de la identidad, del ser para uno mismo como vida pasiva. Para ello recurre a experiencias que tratan de tentar un más allá desconocido como política de desindentificación. En este sentido, el deseo de someterse al devenir del presente y la memoria hace de la escritura una búsqueda, luego un registro y, finalmente, un abandono.
El Cuaderno esclavo está escrito bajo el dintel, luego de haber salido a la espesura del bosque o la selva y de vuelta a la cabaña. No debemos olvidar acá que escribir (o leer) bajo el dintel es dejar la puerta abierta a lo que adviene (a la aventura); de alguna manera, esta nueva experiencia indica un modo de vida en que no se es completamente: ni eso que creo ni lo que quiero ser pues en creer o querer está el peligro.


Imagen de portada: Tienda Hueders.

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