14 septiembre, 2017

[Apuntes sobre Nogales de Rodolfo Reyes]. Por Andrés Florit

Andrés Florit nos ofrece su presentación de Nogales, segundo libro del escritor nacido en Punta Arenas Rodolfo Reyes Macaya. El lanzamiento del libro, publicado por Hojas rudas, fue realizado el sábado 9 de septiembre en Santiago de Chile.

Apuntes sobre Nogales de Rodolfo Reyes

Lo primero que le comenté a Rodolfo Reyes cuando me envió el archivo de Nogales, su nuevo libro (Hojas rudas, 2017), es que me pareció una novela en miniatura, bella y precisa. No recordaba en ese momento que iba a ser un libro-objeto; al verlo, me parece que el texto se ajusta bien a ese espacio poco convencional. La editorial informa que el autor eligió el modelo "Un cuarto de círculo" o Quarter Circle Book, que tiene varios movimientos en su arquitectura y puede adoptar distintas formas al desplegarse.
Pero antes de tener el objeto en mis manos, ya he releído Nogales varias veces, sin cansarme, con el objetivo de tomar algunos apuntes para esta presentación. Y el hecho de que su relectura no canse a un sujeto por lo general cansado como el que habla, me parece que algo dice sobre su composición. Está escrito en primera persona y tiene la estructura de un diario de vida, pero el narrador no se alarga explicándose cosas a sí mismo, justificándose o haciendo descripciones innecesarias. No anota cada detalle de su experiencia, ni se abstrae en teorías pretenciosas, sino que fija todo en apuntes acotados que se sostienen en imágenes visuales pero también auditivas, táctiles, olfativas.
Son los apuntes que toma el sobrino de la dueña de una parcela, a quien le han dado el trabajo de cuidar una plantación de nogales. En la tercera semana, el sujeto dice: “Cuando mi tía me dio este trabajo, creí que leería un montón, que escribiría un artículo acerca de una foto –Tolstoi vestido de campesino y el privilegio de abandonar los privilegios–, que empezaría algunos poemas”. Luego pasa a describir brevemente la caseta donde duerme, desde donde ve la casona de su tía, con piscina y sala de juegos.
La conciencia de los privilegios, el trabajo y la propiedad es una de las hebras temáticas que desarrolla el narrador. Otra, relacionada, es el oficio de cuidador propiamente tal, su relación con los temporeros y el capataz, la dificultad para tener diálogos horizontales con ellos. “Me incomoda la distancia: soy el sobrino de la patrona. ¿Creen que tengo plata? ¿Creen que mi vida ha sido emocionante? Me gustaría no decepcionarlos”.
El protagonista ha estado antes en la misma parcela, cuando niño (“nos pasábamos a la parcela de al lado a robar naranjas y nueces. Hoy, en cambio, me dedico a cuidar nogales”), y esa es la otra capa que se va develando, poco a poco, en la narración. Una historia familiar mezclada con una historia de amor, de la que nos vamos enterando a partir de pistas muy ligeras, nunca explicitadas del todo. Son flashazos breves de la memoria, elusivos y fantasmales, de algo que sin embargo no forma parte del pasado, sino del presente.
Estas distintas historias entrelazadas me hacen pensar que se trata más de una novela en miniatura que de un cuento o un diario-de-vida-de-verdad, aunque creo que la diferencia en el rótulo no es importante. Ya en su primer libro, La proximidad del tsunami (Zindo & Gafuri, 2015), el autor traspasaba con tranquilidad los límites de los llamados géneros literarios, buscando un híbrido entre poesía y narrativa, con el que lograba construir un mundo personal. Aquí también sucede lo mismo: si bien predomina un impulso narrativo, hay poesía desde el principio. Las imágenes de los “haces de linternas entre los nogales” que ve una noche el temporero Cárdenas, el “pitido en los tímpanos y la acritud de la pólvora” que marean al protagonista cuando dispara en piyama algunas salvas al aire, y el posterior hallazgo de “tres baldes llenos de nueces, el único rastro de los ladrones”, bien podrían formar un poema aparte. Ese tipo de imágenes son las que sostienen la narración y, por eso, me recordó, dentro de nuestra tradición, a autores como Adolfo Couve o Marcelo Matthey, quienes por momentos tampoco caben cómodamente en ningún género y comparten una perspectiva poética de la escritura y contemplativa de la existencia.
Hace un año, entrevistaron a Rodolfo a propósito de su primer libro y contó lo siguiente:
Hay ciertos elementos autobiográficos, si bien completamente deformados, en los textos que he escrito (…) Por ejemplo, hoy por hoy vivo en el campo y cuido una plantación de nogales. Desde que estoy aquí he hecho algunos relatos breves donde se repite un personaje. Este personaje vive en el campo y cuida nogales, como yo, pero es completamente diferente a mí, su vida tiende hacia otros derroteros. Esto me divierte. Muchas veces hago personajes para reírme de mí mismo, sobre todo cuando estoy atravesando procesos de indolencia. También me divierte el malentendido, y la primera persona hace que muchos lectores confundan la figura del narrador con aquella del autor. Creo que esta confusión se da por una necesidad y búsqueda frenética de lo real en nuestros días.
Creo que el autor lo dice mucho mejor que el presentador, así que iré dejándolo hasta aquí. Solo quiero agregar que luego de leer Nogales a uno le dan ganas de que el autor siga cumpliendo sus propios deseos, expresados en esa misma entrevista que le hizo Mijaíla Brkovic:
No quiero cargar mi vida con mucho peso. Mi única meta como escritor es escribir. ¿Escribir sobre qué? Es una pregunta importante y sin embargo secundaria. Podría escribir sobre el viento puelche que azota los coigües, sobre los desastres de una guerra que nunca he vivido, sobre el amor entre hombres que se hacen matar por nada en el desierto, sobre personas sencillas que son en realidad personas excepcionales, o podría escribir sobre nada, como quería Flaubert. ¿Escribir cómo? He probado diversos registros. Cada texto responde a esta pregunta de una manera diferente y en esa diferencia radica su valor. Por otra parte, dentro de veinte años, espero tener la dentadura indemne, el hígado aún dando la pelea y las piernas sanas para continuar la fuga.


Breve selección de Nogales

Jueves. Un mapa al carboncillo y, después de un corte, las manos ajadas con venas protuberantes de la abuela, ahogando gatitos en el canal.
Sábado. El naranjo no sólo está verde, también está cargado de frutas. Las miro, les saco fotos como una manera de apropiarme de ellas. Cuando éramos niños, con la Carla nos pasábamos a la parcela de al lado a robar naranjas y nueces. Hoy, en cambio, me dedico a cuidar nogales.
Lunes. A ratos me acuerdo del Bruno pedaleando cuesta arriba para comprar vino y volver al taller. En sus relatos había un personaje que decía, sin que viniera a cuento: ama el pequeño oficio que aprendiste, deja todo lo demás.
*
Martes en la noche. Entran a robar. Cárdenas, uno de los temporeros, ha visto haces de linternas entre los nogales. Cargo la pistola. Aunque ya estoy en piyama, subimos al furgón, cruzamos el canal. Cuando disparo cuatro o cinco salvas al aire, el pitido en los tímpanos y la acritud de la pólvora me marean. Cárdenas encuentra tres baldes llenos de nueces, el único rastro de los ladrones.
Miércoles. Hoy me he dedicado a mirar las nubes. Pasan muy rápido, sin orden ni cansancio, sobre mí.
*
Jueves. Cuando mi tía me dio este trabajo, creí que leería un montón, que escribiría un artículo acerca de una foto –Tolstoi vestido de campesino y el privilegio de abandonar los privilegios–, que empezaría algunos poemas.
La caseta tiene una litera, una estufa a parafina, una cocinilla y un balón de gas. Al lado, una bodeguita con varios sacos de nueces peladas. Tras una ventana veo la piscina y la casona de mi tía.
Como mi tía casi nunca viene, hay días en los que entro a la casona: descubrí cómo forzar la puerta de la sala de juegos. Juego al pool, tomo café de verdad y me baño en el jacuzzi.
Jueves por la noche. Puse, con scotch, un poster en la pared de la caseta. Aparece un tigre siberiano. Cuando lo veo, pienso que cruzo la tundra en busca de comida o un par de metros cuadrados para descansar.
Sábado. Carla, te imagino hinchada encendiendo la estufa (¿Cuánto tienes ya? ¿Seis meses?), mirando hacia el mar, sin verlo.
Domingo. Cárdenas me trajo al mediodía una botella de enguindado. Le dije que ya no tomaba, pero una hora después estábamos borrachos.

Enlace
"La escritura vino como una manera de cartografiar el camino". El Guillatún, 23 de mayo de 2016.

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