18 agosto, 2017

[La errancia como factor de vida. Charapo de Pablo D. Sheng]. Por Joaquín Pérez Arancibia

Joaquín Pérez Arancibia (Santiago, 1991) escribe sobre la primera novela de Pablo D. Sheng, Charapo, publicada por Editorial Cuneta durante  2016.

La errancia como factor de vida. Charapo Pablo D. Sheng

Charapo es una novela contemporánea. Se hace cargo de una escritura que avanza tanto hacia su propia condensación como aborda la urgencia de sujetos con arraigo mutilado.
Desencantada de las grandes narraciones, esta novela parece estar en el momento de instalación de una cosmovisión que –a partir de la fugacidad de los hechos representados en fragmentos– privilegia la comunicación directa más que la construcción de un texto sujeto a la interpretación.
La novela de Pablo D. Sheng, en su totalidad, parece ser una acumulación de momentos literarios extraídos de la realidad o la experiencia. Quizá la antigua unidad libresca del capítulo –o el episodio– es la que poco a poco ha ido perdiendo sustancia en el devenir de la escritura contemporánea.
Por otro lado, logro ver una relación de simetría entre la escritura estrecha y fragmentada y los desplazamientos que produce la inmediatez del tiempo. El espacio no es un elemento al cual el personaje puede recurrir ya que es justamente su principal carencia y su más urgente necesidad. Lo único que tiene es su eterno presente. Un momento que se caracteriza por la fragilidad de su naturaleza y la delgadez de sus límites. De tal modo, no podría ser de otra forma, el personaje aborda sus experiencias, utilizando el fragmento como mecanismo de expresión.
La de Charapo es una escritura del deslizamiento que produce el presente circunstancial e inesperado. Es una escritura “protoliteraria”, que se constituye como tal desde la fisura que provoca la discontinuidad o la errancia del personaje. Describe y, en tanto tal, es una escritura de la sensación superficial y de la observación, del acontecimiento espasmódico, fugaz e irrelevante. La precisión del autor está justamente en conectar lo que puede nacer inconexo, en dar un tejido estructural a una serie de nudos de escritura que se sostienen a sí mismos. La justa medida está, en este caso, en la corrección.

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Probablemente, nunca la palabra “desarraigo” operó con tanta profundidad como en estos tiempos, aun cuando la migración pueda ser un fenómeno discreto, no por eso es menos visible. Buscar oportunidades obliga a convertir el viaje en una opción forzada, una decisión que lleva a las fronteras de lo conocido para que, una vez cruzadas, el porvenir se torne grisáceo, vacío y con poca hondura.
En Charapo, Camacho, quien sostiene la historia, aborda una vida que extrapola las nociones de inmigrante e indigencia, en donde no se observa a ciencia cierta si vida es precisamente lo que logra llevar el personaje. Este sujeto carga en sí una necesidad familiar, que se derrumba en breve, que porfía a cada nuevo intento de comunicación en una estrecha caseta de llamados internacionales que, en definitiva, no se justifica cuando es informado que a su hija dejada en el Perú le impostaron un nuevo padre. Desamparado de su espacio geográfico natal, al personaje además se lo ultraja de su única razón para estar donde está.

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Arreglar las aberturas del entretecho era cuestión de tapar con yeso un par de hoyos y de cubrir las tejas con latas. Habíamos ido a la ferretería. Luisa, como esperábamos, nada nos descontó. De alguna manera, le dije al Charls, debíamos hacerlo. Viviríamos aquí por mucho tiempo. Al menos eso pretendía. (13)

Camacho es un sujeto que malamente logra estabilizar bases sólidas en el Santiago actual. Su anclaje único se basa en sanar el imperio de sus entrañas, alcanzar del modo que sea una liquidación que mejore su errancia. Camacho es un cuerpo que amolda sus condiciones –precarias a lo largo de la obra– a las necesidades de sus empleadores, alineadas al crecimiento del capital, la productividad y el rendimiento.
Es precaria su condición. Ello llega a afectar toda especie de relación humana, las que no parecen funcionar más allá de lo que resulta meramente conveniente. El cuidado que realizó a quien fuese su arrendataria es descrito como si la rutina motivara cada actividad, evidenciando una mecanicidad en el personaje que no lo abandona en todo el libro. Camacho, menos que un sujeto, es más bien una entidad, una hoja de otoño deslizada de un lado a otro sin saber por qué.

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Es interesante Charapo. Gusta su actualidad, su sensibilidad y los espacios que abre dentro del escenario de la narrativa chilena. Trabaja desde las sombras, desde las zonas que mantienen una penumbra desagradable e insoslayable. Impacta precisamente porque vuelve lo irreal en cotidiano, vuelve propias realidades que queremos entender como “superadas”. La inmigración en esta novela ofrece una perspectiva desalineada a nuestro siempre recordado aislamiento geográfico.
Decía que Camacho poco y nada se logra constituir como sujeto: las condiciones materiales muchas veces le impiden hacerlo dentro del relato. El paso siguiente estaría en ver cómo un personaje foráneo desenvuelve su subjetividad en un terreno impropio, cuáles serían sus afirmaciones, desde donde se realizan, cuáles serían sus soportes emocionales y materiales. Ello, sin embargo, no supera la sensibilidad demostrada por Pablo D. Sheng en Charapo, un libro que demarca un espacio definido dentro del panorama actual.

Joaquín Pérez Arancibia (Santiago, 1991). Fundador de Carbonada Ediciones y locutor del programa literario “En busca del tiempo perdido” de Radio Federación. Gestor de actividades culturales en la Universidad Alberto Hurtado, entre las que se cuentan el “Certamen Poético Jorge Teillier” y “Cardiograma. Festival de poesía y música”. Otros textos de su autoría están disponibles en su blog personal.

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