14 agosto, 2017

[Johnny Marr & Juan Emar]. Por Felipe Cussen

El pasado jueves 10 de agosto, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, Felipe Cussen presentó, junto a Gastón Carrasco, el libro robert smithson & robert smith (Ediciones Overol, 2017) del poeta Mario Verdugo, quien, además, es autor de los libros La novela terrígena (2011), Apología de la droga (2012), Canciones gringas (2013) y Miss poesías (2014).
Sobre robert smithson & robert smith, Cussen escribe: "si hay algo que nos enseña este libro es que todo es perfectamente confundible, ahora mismo".

Johnny Marr & Juan Emar

“Quedó bonito el librito”, suelen decir los poetas y sus editores ante su obra recién impresa. “Me gustó tu texto”, le dicen los otros poetas al presentador del libro, durante el coctel.
Pienso que así debería iniciar esta presentación, mientras camino por el centro leyendo Playa de escombros de Lucas Costa. No sé por qué, si son libros muy distintos, pero leer uno me lleva a pensar en lo que debería decir del otro. No sé por qué, tampoco, si tantas veces me han advertido que no debo leer y, menos aún, escribir en el celular, mientras camino.
Pero en eso pienso y, también, en cuando le escribí un mensaje por Facebook a Mario Verdugo para decirle que me había gustado mucho Miss Poesías. Podría citar exactamente lo que le dije, aunque, si mal no recuerdo, Mario se salió de Facebook por motivos que desconozco, pero sin duda admirables. O capaz que me haya bloqueado y no me he enterado. Por las dudas, vuelvo a revisar en Facebook y sí aparece, quizás nunca se fue o quizás solo me desbloqueó ahora porque estoy presentando su libro. Y sí encuentro lo que conversamos hace casi tres años, que podría resumirse básicamente como sobadas recíprocas de lomo, pero no cito más porque ya en otras presentaciones he ocupado ese recurso y está muy gastado.
Pero no nos desviemos. Volvamos al libro de Lucas Costa. Cuando lo termino, pienso que el título está muy bien escogido pues define de manera muy precisa la atmósfera que define el conjunto de poemas. Y cuando termino el libro de Mario Verdugo, por más que lea una y otra vez la solapa de los editores, me resulta imposible comprender qué tienen que ver Robert Smithson y Robert Smith con lo que acabo de leer. Simplemente, me resisto a devanarme los sesos y forzar una interpretación como si fuera una clave oculta; solo puedo decir que no creo que lo sea y que creo que es más importante valorar ese gesto en su plena arbitrariedad, en su ruptura con la costumbre de que el título es un resumen o explicación de lo que sigue. Apenas se justificaría por los epígrafes que abren el libro, con dos citas atribuidas ambas a “R.S.” que, solo por contexto, se pueden asignar al artista visual y al músico, aunque quizás en unas décadas más podrían resultar perfectamente confundibles. Aunque si hay algo que nos enseña este libro es que todo es perfectamente confundible, ahora mismo.
Ahora mismo, entonces, me pongo más serio. Este libro está compuesto por tres partes o series. La primera es “mencionado”. En ella, veintiún personajes secundarios sacan en cara sus dudosos logros y repiten una y otra vez: “No lo olvides”; “Agradece”; “Es por mí”; “Me lo debes”, produciendo un insoportable eco mediante su actitud “apostrófica”, como explicaría Wikipedia. Este efecto aumenta gracias a la regularidad métrica y rítmica (aunque no de rimas). Gran parte de los versos son dodecasílabos y, a veces, se combinan con tetrasílabos y octosílabos, pero lo más llamativo es la extrema constancia de la acentuación que, en cada grupo de cuatro sílabas marca siempre la tercera, lo que, siempre según Wikipedia, correspondería a un pie llamado “Tercer epitrite” (o, si prefieren, la suma de un “espondeo” con un “yambo”). Por ejemplo:
Si defiendes las costumbres de otras tierras
con un celo que era en ti desconocido,
se lo debes al secreto de mis playbacks
que la crítica adscribiese al eurodisco.
(Obviamente escogí esta estrofa porque menciona el eurodisco, un estilo musical que, tal como dice Matías Rivas, considero una “clave cultural”). Pero prefiero no seguir, porque capaz que ahora aparezcan Rafael Rubio o Juan Cristóbal Romero en la audiencia y descubran que estoy blufeando. Quizás podría ocupar términos más sugerentes y hablar de la cadencia o, mejor aún, de la respiración de estos poemas, pero nunca he sabido a qué cresta se refieren los poetas cuando hablan con tanta certeza de la respiración de un poema. Solo prefiero señalar que esta obstinación solo refuerza la tozudez de estos apestosos “hablantes” que, sin embargo, saben contar muy bien sus acentos y sílabas.
La segunda serie es “bretaña”. Aquí el molde opera a nivel gráfico: cada poema tiene cuatro estrofas con tres líneas y media, justificadas. Se mencionan las vicisitudes de los habitantes de numerosos países o ciudades de Europa y otras partes del mundo, pero los hechos que se cuentan, irrelevantes y clichés como cualquier nota de la sección internacional de las noticias, podrían estar ocurriendo ahí o en cualquier otra parte. Lo único claro es que parece que en todas partes se están obsesionando con los quinchos, ese particular invento nacional que fuerza a las personas a creer que un asado es algo entretenido:
de forma paralela están por
determinar con absoluta certeza el
número de quinchos que se han
levantado el último año.
Cuando la leo por segunda vez, me detengo en la mención a un lugar específico: Vasconia, que es uno de los nombres con que se conoce al País Vasco. Yo viví gran parte de mi vida en Vasconia, en la casa de mis padres en calle Vasconia, en la comuna de Providencia. Antes también vivimos en California. Después me mudé cerca de Holanda. Mi abuela vivió un tiempo en Austria. Una amiga vivía en Suecia. Me baja entonces la obsesión y compruebo que los lugares de estos poemas son también calles de Providencia, Ñuñoa o incluso Las Condes o Barnechea y que, por supuesto, podrían serlo también de otras comunas, ciudades y países. Lo que se consigue, pues, es una sensación de completa deslocalización. Y por primera vez comprendo, al menos parcialmente, la justificación del primer epígrafe del libro: “un lugar puede representar a otro lugar que no se le parece”
De la tercera serie, “p300”, tengo poco que decir, salvo que hay muchos arcaísmos, lo que la emparenta con otros libros previos, como La novela terrígena. Sin embargo, me atrevería a proponer que, en el fondo, estos textos más breves son una perfecta parodia de los versos más siúticos y herméticos de David Rosenmann Taub:
Hotentote.
Sinecura.
Anquilosis.
Hace un par de días leí una interesante reseña de este libro a cargo de Álvaro Gaete Escanilla, a quien, creo, solo conozco por Facebook. Hacia el final de su comentario señala: “La crítica que se puede hacer del texto es que se espera una verdadera vuelta de tuerca desde Apología de la droga. Un texto arrítmico, o con una métrica que se distancie de lo que ha publicado. Sin perder fuerza, potencia, y quizás desde una posición más personal, hasta la fecha, solo se vislumbra ejercicios de escritura. Quedan en duda las segundas intenciones. Quizás ahí está la letra chica. Que una de ellas, de sus intenciones, sea desmitificar la escritura y el concepto de obra”. Creo que pone el dedo en la llaga, porque es justo ahí donde este y los demás libros de Mario nos obligan a tomar una postura: o los consideramos solamente juegos o bien nos comenzamos a preguntar los motivos de su extrema insistencia en estos recursos. Ahí se produce una tensión clave entre la banalidad de los elementos que se conjugan, la arbitrariedad de sus conexiones y el virtuosismo compositivo. Sabemos que Mario podría, perfectamente, escribir otro tipo de poesía, pero no quiere. Prefiere ocupar estas ideas tontas con inteligencia, utilizar materiales fomes para hacer algo entretenido.
Ya mencioné que podíamos llamar “series” a cada una de las partes de este libro y, por extensión, a toda la obra de este autor. Si las analizamos, podremos detectar rápidamente las decisiones que las conforman, a nivel semántico, sintáctico, fonético, etc.: de cada una se podría desprender, con mucha transparencia, un algoritmo. Por eso, me gustaría traer a colación un término utilizado por algunos críticos gringos: “procedural”, que puede traducirse como “procedimental”. Joseph M. Conte, en Unending design. The Forms of Postmodern Poetry, lo define así:
Procedural form consists of predetermined and arbitrary constraints that are relied upon to generate the context and direction of the poem during composition. No longer able to suppose that a grand order is either discernable or desirable in the world, the poet discretely enacts a personal order that, if not cosmic, is no less real.
Luego añade que, en este esquema:
The poet decides on a set of restrictions or chooses an elaborate form prior to composition. Formal choices thus precede content, and the arbitrary constraints are relied on to generate, not contain, the material of the poem.
Esta arbitrariedad tiene un potencial polémico, porque choca contra las expectativas de los lectores, pero, además, como dice John Ashbery, también produce paradójicamente un efecto liberador, que permite romper con las inhibiciones.
Antes de leer este libro, y también antes de leer el libro de Lucas Costa en la calle, sabía que citaría algo de esto. Pero ahora que lo he leído y he tratado de reflexionar un poco a partir de él, quisiera considerar qué ocurre si lo pensamos en relación con robert smithson & robert smith. Quizás noto una diferencia con lo que plantea Conte porque, en este caso, no creo que la forma esté generando el contenido a posteriori, sino que más bien Mario ya ha dispuesto previamente de distintos contenedores sobre los que operar. Los imagino como frascos de vidrios con dulces, perros de ropa, botones e infinitos objetos, pero que en este caso están llenos de autores desconocidos, acciones inconducentes, anécdotas extrañas. Es ese el mundo que libera, y al decir “mundo” pienso en la estúpida costumbre periodística de llamar “mundo” a un puñado de políticos que creen que representan a alguien: el “mundo liberal”, el “mundo conservador”, el “mundo democratacristiano”. Sí, el mundo de estos libros es como un “mundo democratacristiano”, por decir cualquier cosa, un mundo donde todo se mezcla con todo, de manera completamente arbitraria. Y eso no solo es entretenido. También provoca vértigo, terror. Imagínense un mundo en el que todos y todo fuera democratacristiano.

Quedó bonito el librito.
Espero que les haya gustado mi texto, aunque ahora no va a haber coctel.


Nota: esto es casi lo mismo que leí el 10 de agosto, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, para el lanzamiento de robert smithson & robert smith de Mario Verdugo (Ediciones Overol), en el que también participó Gastón Carrasco. Tal como expliqué al inicio, habría querido titular esta presentación con una combinación de artistas o músicos con nombres parecidos para hacer un juego de palabras similar al del libro que nos convocaba, pero no se me había ocurrido ninguna. En ese momento, Mario Verdugo dijo: “como Johnny Marr & Juan Emar, por ejemplo”, y así quedó bautizado este “texto”.

* Fuente de las imágenes: Ediciones Overol en Facebook.

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