08 marzo, 2017

[Canción de mi hermana de Giannis Ritsos en la traducción de Natalia Figueroa]. Por Juan Manuel Mancilla

El siguiente texto escrito por Juan Manuel Mancilla fue leído en la presentación del libro, traducido por la poeta Natalia Figueroa, Canción de mi hermana de Giannis Ritsos en la XXXII Feria Internacional del Libro y la Lectura de La Serena.

Canción de mi hermana de Giannis Ritsos en la traducción de Natalia Figueroa

Quisiera comentar y compartir en breve dos aspectos sobre Canción de mi hermana (Bordelibre Ediciones, 2016) del poeta griego Giannis Ritsos en traducción de Natalia Figueroa. Como he dicho, me referiré a dos asuntos principales, el primero tiene que ver con la idea de traducir y el otro, con el poema en sí.

Traducir
En un texto de 1923 denominado “La tarea del traductor”, Walter Benjamin se pregunta:
¿Se hace acaso una traducción pensando en los lectores que no entienden el idioma original? ¿Qué “dice” una obra literaria? ¿Qué comunica? Muy poco a aquel que la comprende. Su razón fundamental no es la comunicación. Y sin embargo la traducción que se propusiera desempeñar la función de intermediario solo podría transmitir una comunicación, es decir, algo que carece de importancia (…) una transmisión inexacta de un contenido no esencial.
A la luz de la cita, si para Benjamin no es la comunicación el punto clave de la traducción, entonces, ¿qué es lo que constituye aquello que se quisiera “esencial” de este ejercicio? Cada lengua es incompleta, no obstante, al traducir emerge un complemento en cuya constelación coordinada co-opera una especial manera de configurar el sentido y la significación de lo traducido. Podríamos agregar como una de las posibles respuestas a la interrogante abierta por Benjamin que la tarea traductora sería entonces la de expresar esa íntima relación entre las lenguas, que el ejercicio traductor logre enunciar ese algo en el difuso margen, posicionar las palabras en el cruce fronterizo que vincula y actualiza los puntos de comunión y conexión entre aquello que revela el poema y aquello que contacta a los seres humanos en la experiencia receptora y lectora.
En relación con lo anterior, Octavio Paz en el ensayo “Traducción: literatura y literalidad” reflexiona lo siguiente:
Aprender a hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su madre por el significado de esta o aquella palabra, lo que realmente pide es que traduzca a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua no es, en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas.
Estas palabras de Paz nos sitúan ante una perspectiva reveladora del lenguaje en tanto posibilidad y realidad. Creo ver, en la imagen de ese niño preguntando, la apertura de una puerta que conduce a pensar el idioma desde donde deja de pertenecernos, es decir, desde donde ya no podríamos hablar de tal o cual lengua “propia”, una y única madre lengua. No podríamos hablar de tener o ser dueños solamente de una propiedad aislada del lenguaje, pero tampoco de algo que se nos manifiesta como ajeno, por el contrario, las palabras aunque “extranjeras” y “extrañas”, en su fenomenal aparición, se nos revelan más bien por y desde aquella “distante cercanía” hablada por Benjamin –deseo tan necesario hoy– en donde aparezca la diferencia del otro y no su desaparición por reprobación. Una revelación, una necesidad de saber, una cualidad humana de significar lo desconocido, de descocer lo que hay tras de la palabra. Una instancia única para desentramar la trama tramada, para escudriñar en el tejido de palabras, las relaciones dadas entre dos o más lenguas que, aunque diferentes, símiles en lo que secretan o pactan camino del verso.
A partir de la década de 1970, los estudios de traducción se alejan de una postura normativa y fiscalizadora sobre las supuestas correspondencias entre texto original y traducido. Autores como Jacques Derrida o el propio Benjamin contribuyen al surgimiento de un nuevo enfoque respecto de la traducción, en donde el precepto de originalidad pierde su carácter primordial, como así también su estatus prestigioso de categoría analítica. Esta variación apuntó a comprender y problematizar la traducción como un proceso dinámico que conlleva una serie de consecuencias al considerar, por ejemplo, que el ejercicio traductor marca su propia alteridad portadora de un valor distintivo, diferencial y autónomo respecto del texto base. De esta manera, la traducción se trasforma en un acto de transmisión cultural, de comunicación y de intercambio cooperativo en el que el arte literario, quizás como ningún otro, se concreta como posibilidad cierta; un ejercicio que en la transposición idiomática no solo se centra en la búsqueda de equivalencias sino también en la sensibilidad actualizada y recontextualizada del acto de traducir.
En relación con lo que hemos planteado y comprendiendo la literatura como un conjunto dialógico de intercambio y relación, Susan Bassnett ha señalado que la traducción es un espacio interdisciplinar, antinormativo y dinámico, donde no existiría un canon universal a partir del que se juzguen los textos, sino cánones que se mueven, mutan y trasladan y, por lo tanto, donde tampoco podría haber una traducción definitiva desde un texto de partida restringido hacia un solo punto de llegada. De esta manera, al mismísimo Giannis Ritsos debemos considerarlo como un traductor no solo de los textos de Neruda a la lengua griega, sino como un vaso-verso comunicante entre Grecia y Chile, más allá de una posible exactitud traductora.

El poema
Canción de mi hermana se abre con una dedicatoria epigráfica y en ella encontramos la circularidad sonora que reúne el texto desde el principio hasta el fin:
Para mi hermana LULA

En los tormentosos espejos
de los llantos
se quiebra el tranquilo rostro
de la eternidad
pero aun escuchamos dentro de nosotros
la calma, susurrando (17-18).
Poesía musical. Un poema canción. En este sentido recuerdo la definición de Paúl Valery, aquello de que la poesía es una vacilación entre el sonido y el sentido. Poesía lírica, como la cantada y recitada con cítara por aedos en la Grecia mitológica de Homero, descendientes indirectos de Apolo o de Orfeo al son de sus flautines versificando. Lo tormentoso sonoro, el llanto que también sonoro, el quiebre, serie de elementos que se reúnen en la humanal acción de escuchar y distinguir del ruido el sonido, el susurro suave deslizado con su despacio canto.
En esta misma línea, repasando los anteriores títulos de Ritsos, nos encontramos con una trilogía poética abierta por Canción de mi hermana (1937) y donde la música es un primer referente: Sinfonía de primavera (1938) y La marcha del océano (1940). Esto vendría a afinar la idea de una poesía en la que la referencia musical está ubicada desde la línea de despegue.
En este poema encontramos también la enfermedad y la catástrofe como signos de un tiempo nefasto, de una era humana en donde la muerte se presenció de tal manera que tuvo la triste capacidad de definir un nuevo y otro antes y después en la historia de Occidente, una modernidad cuya frontera separa al mundo de hoy en un antes y después de los acontecimientos de Auschwitz, las dos grandes guerras en Europa, el mundo de postguerra que incluye en sus repercusiones la segmentada repartición y ruina de África así como la herida nunca cicatrizada de las dictaduras latinoamericanas. Era esta en que se cifra el crepúsculo definitivo y sin retorno de los dioses y la desaparición de la fe y la confianza en la especia humana. Guerras como catástrofes colectivas, pero también la enfermedad como la Gran Guerra individual, la lucha del ser humano consigo, cuyo tópico central en el caso del texto de Ritsos coincide con la demencia de su hermana Lula:
HERMANA,
una nube ensombreció siempre
tus párpados.
apoyada en el balcón
-niña aún-
mirabas el mar
desenrollando el sueño
del desierto infinito (…)
El pálido reflejo de tu cara
se arrastraba por el piso
de nuestra casa.
Nunca te vimos llorar.
Solo ahí en tus sienes
las delicadas venas,
diseños de luz azul,
dejaban ver la fiebre
de tus labios cerrados (…)
Y cuando se vino abajo nuestra casa
tú quedaste todavía en pie
–sombra de la virgen–
en medio del techo abierto.
Ahora tu silencio se rompió
y en la pequeña caracola que escondiste
oí los gritos del océano.
Hermana mía, no me queda
piedra en la que apoyarme (31-33).
La enfermedad (de su hermana), la ruina (pérdida de tierras y propiedades) y la muerte (de sus hermanos y madre) se constituyen como puntos trágicos y suspensivos en la vida de Ritsos, materia testamentaria y dramática que cruzó gran parte de su obra y del presente poema. En este sentido, si nos adentramos por la vía vida-poesía, Canción de mi hermana es una extensa oda-elegía a la muerte y enfermedad de Lula, la hermana mayor del poeta, pero también es un himno, una música, una canción para parar y subir la vida. Leo a la hermana como metonimia de la poesía y a la poesía como sinécdoque de la palabra en donde toda esta relación del todo por su parte no es sino una posibilidad restauradora de lo imposible, aunque sea solo para referir desde la distancia lo indecible de una muerte o el dolor intransferible de una enfermedad, siempre ajena, siempre impropia, incluso para el mismo sujeto que la lleva y padece.
La poesía, la palabra ante la imposibilidad del decir, pero quizás como la única realidad no palpable que avizora lo máximo para acercarse a eso inefable de expresar, ya sea la belleza o el dolor, lo que conmociona los sentidos humanos, lo que sin golpes nos galopa absortos con ese “no sé qué que queda balbuceando” en la emoción de una garganta semiagria y agrietada por la lágrima.
El poema Canción de mi hermana recurre en el empleo de anacronías en el sentido que Georges Didi-Huberman plantea. Este recurso de alteración temporal tiene una profusa presencia en el texto y su función se concreta como la de entender y extender el tiempo en tanto una materia rebelde, no sujeta a nada, sino como puro devenir, puro fluir. Tiempo anacrónico que se rebela e insubordina ante la linealidad histórica, su rebeldía con gracia está dada por la capacidad de reunir dos temporalidades y enfrentarlas en su distante cercanía:
Niños y niñas de pelo dorado
con un hermoso destello en los ojos
abrirían los póstumos
testamentos de mis canciones (…)
Ah, la comitiva que esperaba
mi entrada en Jerusalén.
Como un cristo enmudecido
oía la trompeta de los cielos
adivinaba las calles
cubiertas de ramas de palma
y la paciencia no me faltaba
en mi quemante sentencia (29).
Aquí la referencia a una era de esperanza, colmada de fe por la entrada del mesías, la del hijo de Dios en tierra santa, que leída hoy y despejada la imagen del dogma doctrinal de un neoliberalismo cristiano, apostólico, católico y vaticano, se eleva como la llegada de la Hermana a manera de un salvador, de un curador, de un ser lleno de bondad que solamente viene a dar afecto a un mundo en ruinas, carente y despojado de toda sincera fraternidad, libertad e igualdad. Tal como en estos otros versos:
Las estrellas chocan
en el fondo de tus ojos
y las peleas de los dioses
hacen sangrar tus vísceras (43).
Un otro tiempo conjugado del pasado, tomado y sacado del pretérito imperfecto, anacrónico, quebrado, alterado y que, sin embargo, en sus visiones viene a golpear actualizadamente como olas en las orillas de este nuestro presente con su ausencia en inusitada presencia tuya y mía.
Para finalizar, celebramos entonces la poesía como un catalizador de encuentros en tiempos de cierre de fronteras. En este sentido, plenamente está dada la resonancia del ejercicio de la traducción pues todo es ganancia, amplificación y acercamiento entre las distancias para contemplar desprejuiciadamente las bienvenidas diferencias idiomáticas y culturales.

Valparaíso 2016 / La Serena, 2017.

Bibliografía
Benjamin, Walter. La tarea del traductor.
Paz, Octavio. Traducción: literatura y literalidad.
Segura, Adriana. La anacronía como el ojo de la cerradura en Georges Didi Huberman.

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