14 octubre, 2016

[La inocencia nunca inofensiva, algunas notas sobre Camarote]. Por Álvaro Gaete Escanilla

Álvaro Gaete escribe sobre el primer libro de Nicolás Meneses, Camarote, publicado por Ediciones Balmaceda Arte Joven el pasado 2015. 
Vinculando la historia heroica de la infancia con los animé del género shonen como Dragon Ball Z, Samurai X o Pokemon, nos dice que la búsqueda que existe en Camarote es parecida a la búsqueda que hacen la mayoría de los protagonistas de estos animé: "armar la historia a partir de la vida propia abandonando la heredad. No hay préstamo de mirada. Esa es su forma de hacer política".

La inocencia nunca inofensiva, algunas notas sobre Camarote

En Kuroko no Basket, un animé de deportes, el protagonista se despega desde un principio de la jerarquía que le corresponde. Confía a su compañero esa disposición para ser su sombra y convertirlo en el mejor jugador de básquetbol a nivel escolar de Japón. Hago esta referencia para comenzar a hablar de Camarote de Nicolás Meneses por los siguientes motivos:

El primero de estos es que en Camarote, la televisión generalmente está encendida. En ella aparecen dibujos animados, en su mayoría de origen japonés. El hablante llega a convertirla en el cuarto personaje (Hermano, hablante, abuela, televisor) que configura las respiraciones y transcursos de tiempo, como sugiere en la apertura “Hagamos una apuesta: a que no explicas la noche sin luz eléctrica” (11). La televisión y la radio, ambos aparatos eléctricos, son la banda sonora de la casa en donde “la tarde avanza con la pauta del control remoto” (13). Tarde que es amenazada por el transcurso de las teleseries.

La segunda razón es que el hablante, el hermano menor, acompaña al mayor en las aventuras que surgen desde la espontaneidad: toma la posición de sombra, como un espectador expectante y compañero implacable.

La tercera es la introducción de animés en Chile como relato de época. Si bien a fines de la década de 1970 hubo una proliferación de este género, con "monitos" tales como Candy, Mazinger Z, Marco, que alimentaron nuestro compendio de cultura pop, no es hasta los años noventa que llega al país la segunda ola importante de referentes, aquellos que aparecen en el libro. Este grupo selecto marca un cambio de público y, a su vez, un cambio en el mercado japonés y el resto del mundo. Los animés ya no salen en búsqueda solo de un público infantil, al contrario, aparecen más series del género shonen, (es decir, ligeros, para un público joven, de preferencia masculino) como Samurai X, Pokemón, Digimon, Los Caballeros del Zodiaco, Dragon Ball Z, que se dirigían, principalmente a un público adolescente y, en algunos casos, adulto dispuesto a entrar al intercambio cultural. Referentes que marcan no solo un cambio de generación, sino un cambio de la mirada. La televisión que a fines de los años setenta quería mostrarle a los niños aventuras y peleas entre robots, imposibles y distantes, ahora exhibía cierta humanización en los personajes, que peleaban con armaduras o sin necesidad de ellas, mostrando lo que los padres querían evitar que los hijos vieran décadas atrás, por razones obvias: la posibilidad de dar la pelea. La puesta en contexto.

Así como la teoría del héroe que propone Joseph Campbell, también hay una propuesta arquetípica en el shonen o, al menos, un rasgo distintivo que tiene que ver con las relaciones familiares. Estas historias son protagonizadas por los niños que viven su propia historia, invisibilizando de paso una problemática familiar quizás profunda. Podríamos hablar, por ejemplo, de un Ash Ketchum, que salió a los 10 años de Pueblo Paleta, mientras su madre, quién lo cría soltera, continúa con su vida en casa, en el pueblo, sirviendo como tótem: no solo vuelve al pueblo, vuelve a la madre. La búsqueda de Ash es la misma búsqueda que hacen la mayoría de los historias shonen: armar la historia a partir de la vida propia abandonando la heredad. No hay préstamo de mirada. Esa es su forma de hacer política.

“Caminamos por la orilla de la playa. Mi hermano recoge conchas con la herida del dedo. Quiere hacer un hoyo en la arena. Se detiene cerca del agua y me pasa la bolsa. Yo las saco con cuidado y me pongo a escuchar el mar que está en la otra orilla” (16). Respecto del ambiente que recrea, el hablante cuenta sus aventuras mientras la tierra vibra. Hay una problemática que no es problema: un trasfondo familiar. Ahí es donde está empleada la suma sutileza, no hay subliminalidad ni dobles lecturas.

Este no es un libro acerca de la relación de otredad entre campo y ciudad. Es un libro de la infancia, de cómo los elementos primigenios construyen el imaginario poético. En el segundo capítulo, "A través del espejo", se nos da una buena muestra de ello: “Papelucho y el marciano. Gokú ante Piccoro. Un niño flaco y una nave espacial” (27). Tomar el mundo conocido y afirmase de lo propio para armar referentes. No existe enunciación de otredad, ni siquiera en el texto "Linderos", que sitúa con nombre y apellido la posición geográfica, lo que hace potente la concepción de mundo que tienen los hermanos. Este mapa está armado a partir de un mundo único e indivisible, aun cuando hay viajes a la playa. Aun cuando la nieve parece otro país.

Para leer Camarote hay que abandonar la idea de que al ser un libro de infancia las imágenes son grotescas o sin importancia. El ojo que relata goza de suma sutileza. Es un ojo que atesora los movimientos y sus momentos. Un ojo que los únicos detalles que supervisa son la separación de acontecimientos, una decantación que solo tacha lo que queda en la superficie dando como resultado una imagen honesta y sin imposturas.

Camarote es un libro abierto a los lectores. No exige una cercanía a la poesía, sus imágenes, su estructura en prosa fragmentada, invita de forma fraterna, a la manera de un niño que cuenta sus aventuras, ofreciendo con ello su tímida amistad, a su lectura, tenga esta la etiqueta de género que tenga.

Álvaro Gaete (Santiago, 1994). Estudiante de Pedagogía en Castellano (UMCE). Participó en el taller Al pulso de la letra. Pertenece al “Proyecto la urdimbre”, instancia de coordinación y autoformación de estudiantes de la misma casa de estudios, que trabaja a partir de las necesidades del aula, enfocándose principalmente en didácticas, literatura chilena reciente, lingüística y el rol del profesor.

No hay comentarios.: