21 octubre, 2016

[Insolaciones. Historial de navegación de Carlos Araya Díaz]. Por Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng nos presenta Historial de navegación (Alquimia, 2016), segundo libro del narrador Carlos Araya Díaz (Calama, 1984).

Insolaciones. Historial de navegación de Carlos Araya Díaz

El tendido eléctrico. Alguien que instala la luminaria de una feria de entretenciones. Con una foto en blanco y negro, tomada por él mismo, Carlos Araya Díaz abre Historial de navegación, su segundo libro, este de trece relatos, todos conducidos por un aliento que nos frena, nos lleva a las antípodas de la imagen y nos guía bajo dos temáticas, claras y recurrentes, la muerte y la soledad.
Diría que estos son los relatos de un tono, de una cámara lenta que dibuja una red de espacios transitados, una taxonomía de lugares. Araya Díaz esboza un mapa de subjetividades que confluyen, a medida que las sitúa y nombra, en una voz colectiva que vehicula lo individual. Así, vemos flotar, como ocurre en casi todos los relatos, una bolsa de plástico celeste.
El primer relato, “La última película”, es una historia de dos amigos, determinada por la economía de Calama. La primera escena manifiesta una necesidad: conocer a la hija de Sandra. Más allá de este arco, el lector se queda con las texturas, los espectros que estas intimidades delinean: el aire que parece agua hirviendo, el cuarto de Sandra en un barrio de mineros contratistas e inmigrantes latinoamericanos. Desde ya, me enfrento a personajes extendidos, donde el sol, la luz, sus matices, tienen una incidencia en aquello que captan, recolectan.
Calama, las choperías, el aire tóxico, la insolación, las prostitutas, los inmigrantes, la minería y sus horarios, Chuquicamata, los zorros y la constante pregunta de si los calameños son chilenos o no, dan vida a este conjunto que es armónico en su desarrollo. No tan solo por los lugares donde los personajes transitan, sino por la consistencia del proyecto. Ya en el segundo relato “Fernando Jopia” –texto finalista del concurso de cuentos Paula el 2015-, vemos la muerte del padre, las reconstituciones de escena que funcionan como ejes de una memoria en constante exposición. Este relato es un mapa de imágenes desplazadas, inexactas, como el lugar en el que encontraron el cuerpo de un padre muerto. 
“Fernando Jopia” dialoga muy bien con “El mapa de mi hijo”. Ambos textos confrontan la filiación. Las escenas constituyen una búsqueda, crítica por lo demás. El sitio de los protagonistas parece negado, un cúmulo de sensaciones complacientes. Sin embargo, el protagonista de “El mapa de mi hijo” se vincula a su hijo de manera tal que solo lo aleja y lo convierte en un cuerpo ajeno. El sol y su acecho, los paisajes de una cámara de video donde el hijo protagoniza cada encuadre. Este, en rigor, es un relato que se lee como un monólogo del padre a su muerto, por lo que las imágenes incandescentes dispersan los relieves, la crueldad y los afectos cobran vigor en la medida que el fraseo corto traza la depuración de un estilo, amplifican la realidad.
El libro termina organizándose en estos mapeos. En unas cuantas páginas conocemos vidas violentadas, objetos que tiñen ausencias, atmósferas disociadas. Basta, por ejemplo, un chat de Facebook para que la vida de Julia Cardona y su padre no se borre. Que sepamos que ella viene a trabajar a Calama, es colombiana y, en un contrapunto, leamos la publicidad de El Mercurio de Calama ligada a la prostitución e intuyamos que Julia vino a prostituirse. Si en el conjunto hay acercamientos a la tecnología, es porque su lugar, en la propuesta de Araya Díaz, no radica en lo temático. Muy por el contrario, resultan coagular con la depuración del lenguaje, la sustracción para contar cosas, matizar y desplegar personajes particulares. En sus hendiduras, entonces, la textura de una ciudad que es la negación del centralismo, de Santiago, la textura de los sueños de un joven que vuelve a su tierra y solo halla el aire encerrado de una bolsa de plástico arrastrada por el viento de las alturas calameñas.
El conjunto finaliza con el relato “El año más caluroso de la historia”. Está construido a partir de anotaciones. Son 24 párrafos. 12 de ellos cumplen una anotación mensual, los demás son apreciaciones del paisaje de Santiago, de la Cordillera de los Andes. Sus tonos y texturas a medida que el año pasa. Noto que la cordillera encierra, no deja respirar y la escritura tampoco resulta mucho. La voz recorre lugares, mientras la luz sofoca a quien ilumina en su paseo, en su proceso de observación y duelo. Todo lo anterior nos depara la última imagen del libro: Chuquicamata vista desde Calama. Su tajo abierto y los residuos que la minería explota, deja hilada la pregunta, “¿supiste que ahora puedo reconocer el sabor del arsénico en el agua potable?”
Historial de navegación es un libro desarraigado, violento y frágil, que nos propone releer el norte de Chile siempre desde un fuera de campo y corriendo riesgos. Como dice el mismo autor en una entrevista para revista Intemperie, el ojo que acecha construye un Calama filtrado por un lente manchado con humo y gotas de cerveza.

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