02 junio, 2016

[Sobre Los celacantos y otros hechos extraordinarios de Marcelo Guajardo]. Por Natalia Figueroa

Los celacantos y otros hechos extraordinarios de Marcelo Guajardo Thomas (Santiago, 1977) fue publicado por ediciones Overol el año 2015. Para Natalia Figueroa el trabajo de Guajardo es el de un poeta interesado en "una cualidad de la poesía que ha permanecido viva, sobre todo, en la literatura popular, y que dice relación con su poder de conjuro e invocación".


Sobre Los celacantos y otros hechos extraordinarios de Marcelo Guajardo

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Más allá y más acá de las lógicas de la ciudad, de la vida organizada conforme al capitalismo, del impacto de los medios y la tecnología y de los modelos sociales que promueven modos de ser para “encontrar un lugar” en la máquina. Un elemento profundo, irreductible. Más allá, también, de los subproductos de una cultura de ruido y pocas nueces, la apuesta de Los celacantos y otros hechos extraordinarios, último libro de poemas publicado por Marcelo Guajardo, es por representar un movimiento vital, en un escenario donde la cultura ha sido devastada:
Capitales 

Muy breve es el tránsito de las capitales, hacia su vagabundeo
de la multitud en el interior de vasijas y tarros. Muy breve
su fuego, la forja inhala y exhala para el hierro, las armas, las bagatelas
la música de la corte. Muy frágil es el tránsito de las capitales
se alzan con el nuevo día y sucumben a la dentellada de la noche
su fuego se extingue y con él la seguridad de los recursos, sucede
otra vez el mismo recorrido hacia los incineradores, la brasa
permanente del estómago, la mente, el ingenio, los artefactos
pura materia enracimada.
Se trata de un libro que desde su título alerta sobre esta cualidad “fuera de orden” que tendrá su realidad representada. Si bien lo extraordinario acá no está relacionado con la irrupción de lo maravilloso (según quisieron, por ejemplo, los surrealistas), sino con algo natural en el proceso evolutivo del planeta a través de los siglos: una idea de progreso eterno parece hacernos olvidar que en cualquier momento la catástrofe se precipita:
Tempestad 

[…] Se quiebran los postigos
el mal se avecina en torbellinos
la tempestad se acerca
los vertebrados vuelven a sus madrigueras.

Decrecen los estambres, las colonias decrecen
el hambre arrecia, se tuercen los bufones en sus torres

[…] Se requebrajan las cortezas
la tierra se resquebraja, los lechos lacustres

[…] Se desplaza el estercolero
los hombres se desplazan
arrecia la jerga
el lenguaje se disgrega
se extiende la incertidumbre
el calor se extiende
arrecia el viento del suroeste
los hitos desaparecen
las demarcaciones
decae la intensidad
la revuelta decae
el devenir decae
los hechos se precipitan.
Quien haya leído algún trabajo anterior de Guajardo, reconocerá los campos semánticos y el léxico que utiliza el autor para crear y enriquecer sus particulares mundos poéticos donde se dan cita estercoleros, ciervos, borregos, desfiladeros, postigos, papiones, etcétera. Se trata de una cualidad poco vista hoy y que hace muy peculiar a este autor en el contexto de la riqueza y variedad de registros de la poesía chilena contemporánea: su capacidad para urdir poemas sobre escenarios “extraordinarios”, su inventiva.

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La línea argumentativa de Los celacantos y otros hechos extraordinarios encuentra su punto de partida en el celacanto, pez cuya antigüedad se remonta a cuatrocientos millones de años y que hasta 1938 se creyó extinto. Es este uno de los seres marinos más cercanos a los vertebrados terrestres, testimonio vivo de la evolución de las especies, en el proceso de transición agua-tierra; proceso que en el libro que comento, funciona de motor para representar el movimiento de avance y retroceso, de transformación, desaparición o exterminio de las especies.
A través de nueve poemas de variable extensión, que configuran un relato unificado, con escenarios y procesos bien definidos a partir del título de cada poema ("Escampa", "Llovizna", "Templanza", "Oscurecimiento", "Cacería", "Tempestad", "Capitales", "Víspera" y "Escampa"), y acompañado de las elegantes y bellas ilustraciones de la diseñadora Daniela Escobar, Marcelo Guajardo, utilizando la misma imagen al inicio y al final de su texto, le da una circularidad a su relato, sugiriendo la perpetuidad del movimiento en cuestión: una tribu sobrevive a los avatares del tiempo y se desplaza hacia otro lugar en busca de mejores condiciones. Leemos en “Escampa”, el poema inicial:
Los aborígenes, los primeros de su linaje, llegaron a nosotros en la madrugada.
Mientras la lluvia escampa y el oro emerge a la superficie.
Con los vestigios de un antiguo asentamiento.
Los poemas que siguen dan forma a estos continuos movimientos desde una perspectiva retrospectiva y futurista a la vez, en la que los tiempos están mezclados pero van empujando todos hacia la misma catástrofe. El libro cierra con un poema de idéntico nombre: “Escampa”, en que se muestra, también, a una tribu:
A la luz del amanecer
por el declive de los estuarios
hacia las nuevas comarcas
una pequeña tribu avanza
luego de la tempestad.

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El que este libro construya su espacialidad poniendo el foco en una cualidad instintiva de supervivencia, recuerda a las exploraciones de los surrealistas en torno a lo primitivo y salvaje, con su sentido del renacimiento del hombre tribal, de su mentalidad, antes de que el trabajo técnico sometiera al hombre, separándolo, según decían, del universo.
Solo que no se ve, en Los celacantos..., ese afán restaurador y reivindicador que sí tuvo el surrealismo y que lo llevó a ser una suerte de avatar del romanticismo. El modo de Guajardo de dar forma a lo representado, en este libro, semeja más bien una exposición poética de algo constatable: venimos de una catástrofe y vamos hacia otra. Su libro se construye atento al final que sobreviene de manera abrupta, como la muerte inesperada, como un terremoto.
Tal vez sea esta conciencia de lo finito aquello que hace aparecer aún más banal y ridícula esta cultura actual que se percibe sin sustento ni base intrínsecamente humana, de humanidad. Cuando lo que queda es un grupo desarrapado de hombres intentando sobrevivir, el poeta, quizás en busca de ese elemento profundo, irreductible, y que sí fue un mérito de los surrealistas destacar, el poeta canta al amor:
Templanza 

Cantamos al bien de los que aman, al estuario fuimos
los pocos que quedamos, la tribu de andrajosos de descreídos.
Partimos al amanecer cuando las criaturas dormían
a los pequeños charcos de agua dulce a las colmenas,
cantamos el amor de todos, volvimos en busca de los arenques
los nuevos cardúmenes, los acongojados, los parias
los nuevos inquilinos. A la razón del labriego, por el sendero a los retoños
al corazón del bosque, harapientos, desarrapados.
Volvimos cantando el amor de todos, hacia los confines
por la tierra arrasada y de vuelta a su mansedumbre
las criaturas, nuevamente criaturas.

Poema que en sus expresiones de cantar “al bien de los que aman”, “al amor de todos”, remite ciertamente al Zurita de La vida nueva; realizo también esta filiación para resaltar otra característica de la poesía de Guajardo: en muchas ocasiones cultiva la forma poética del canto, a través de frases cuya repetición genera una rítmica cultual, mántrica; se trata de un poeta, entonces, interesado en trabajar con una cualidad de la poesía que ha permanecido viva, sobre todo, en la literatura popular, y que dice relación con su poder de conjuro e invocación.
Pero la poesía de Guajardo no es meramente apelativa; también performa. Mediante series acumulativas que son reiteradas y desarrolladas, genera un relato. En este sentido, otra filiación de Guajardo la encuentro en la extraña y sutil poesía de Gustavo Barrera, muy dado a la creación de escenarios poéticos que son descritos por secuencias generadoras de sentido. Hay, pues, en el trabajo de Guajardo una palabra que narra pero que a la vez funciona como un conjuro, así cuando leemos:
En manadas hacia los valles
con pequeños pero sostenidos pasos
en manadas hacia los valles
sin dientes aún, en manadas hacia los valles
por los acantilados, en manadas hacia los valles
unidos por el vientre, en manadas a los páramos
por las cordilleras y las playas, en manadas
recién nacidos, en manadas hacia los valles
preñados, húmedos, en manadas hacia los valles
vertebrados, respirando por la piel y las branquias
en manadas, unidos al mar, hacia los acantilados
los páramos, los campos de trigo.


4
Qué duda cabe de que la poesía chilena actual está en un buen momento. En los últimos años un gran número de poetas, diferenciados en sus voces, ha irrumpido con gran potencia y rotundidad. Leer a Marcelo Guajardo me lo confirma. Y me pone contenta que su voz sea capaz de integrar distintos estilos manteniendo un tono propio y profundamente original. En el contexto de la producción literaria de hoy, creo que no vale defender un estilo por sobre otro, sino que aprender y disfrutar cada uno.
Finalmente, y a propósito del relato que tiene lugar en Los celacantos y otros hechos extraordinarios, quisiera recordar la imagen final del libro de Roberto Bolaño, Amuleto, en que una multiplicidad de escritores va cayendo al mismo despeñadero.

Natalia Figueroa

*La portada y diseño gráfico de Los celacantos... que se utilizan en esta entrada son obra de Daniela Escobar.

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