24 enero, 2016

[Colecciones, antologías y otros atajos al relato fantástico]. Por Christian Kent

Desde Asunción, Paraguay, Christian Kent (1983) hace un libre recorrido por la literatura fantástica, presentándonos cuáles son, en su consideración, los libros que conforman su antología personal del relato fantástico, pues "qué otra cosa si no el gusto, el placer, condicionan los libros que elegimos en el breve lapso de una vida".

Colecciones, antologías y otros atajos al relato fantástico

Me propongo – a pesar de la poca autoridad que reúnen mi escasa actividad literaria y una difusa y traspapelada incursión en el hábito de la lectura – ejercer el papel de Virgilio en este desordenado viaje por el relato fantástico; lo cual, no sin alguna injusticia, sitúa a quien me lea en el lugar del poeta que se encuentra perdido en el bosque oscuro de la biblioteca.
Poca autoridad y escaso rigor, pues, no es, y nunca fue, mi propósito establecer cronologías, fechas, procesos de formación, momentos fundacionales, ni siquiera aventuras hermenéuticas que agrupen, clasifiquen o impongan lecturas institucionalizadas sobre las obras que componen la literatura fantástica que prefiero.
Es mi intención dar cuenta de preferencias, caprichos personales que me conducen a sacar un libro y no otro de la estantería del género. Los estudios serios abundan y han sido escritos por plumas más firmes que la mía. Y qué otra cosa si no el gusto, el placer, condicionan los libros que elegimos en el breve lapso de una vida.
Tal vez le sirva a aquel lector que, lejos de interesarse por aquella literatura “comprometida”, abnegada diría yo, con los aspectos más prosaicos de la realidad, se siente atraído por la fantasía.
Sobre el género fantástico ha recaído el prejuicio académico, que lo ha llamado literatura juvenil, subgénero o con algún otro nombre que nos da a entender que las cuestiones serias no pueden ser encontradas entre unicornios, laberintos o vampiros. Literatura de evasión nos dicen, pero ellos mismos se dejan engañar por un escenario tan difuso, y tal vez menos verdadero, que llaman “realidad”.
En mi definición de la literatura no existe algo así como la literatura de evasión, ni la literatura comprometida, existe aquella que me place y, aquella otra, que no. No vale pues ninguna discusión sobre el tema.
La fantasía sin dudas le ha servido a Borges, fervoroso lector de Kipling, de Hawthorne, de Stevenson y de Machen; puede servirle también al oficinista, a la ama de casa y al prisionero; tal vez le sirva a la señorita de quince para pulir la piedra bruta del aburrimiento.
“Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”, escribió Jorge Luis Borges. No será necesario trazar un camino hacia la propia obra de Borges, cada uno encontrará, de alguna manera u otra, su propio camino, ya que es tan grande como Roma. Pero sí, en cambio, es interesante señalar algunos de los autores y títulos que construyen el extenso motivo de su orgullo. Para ello, no hay que hacer ningún esfuerzo, pues él mismo nos ha dejado más de una selección de sus obras predilectas.
La amistad de Borges con Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela, más conocido como Jacobo Siruela, editor y propietario de la editorial Siruela, tuvo como resultado la aparición, en 1983 (año en que nací) de la colección Biblioteca de Babel (este es el mismo nombre de un maravilloso cuento de Borges, incluido por primera vez en la serie “El sendero de los jardines que se bifurcan” y posteriormente en “Ficciones”) dirigida y prologada por el propio Borges. Cada ejemplar es una joya, no solo por reunir una nómina insuperable de autores, sino por la sobriedad y el tino que caracterizan a los comentarios de Borges.
Son 33 títulos los que componen la colección, recomiendo especialmente “La Isla de las voces”, de R.L. Stevenson; “La pirámide de fuego”, de Arthur Machen; “El convidado de las últimas fiestas”, de Villiers de LIsle-Adam; “La carta robada”, de Poe; “La casa de los deseos”, de Kipling; “El gran rostro de piedra”, de Hawthorne; “El país de Yann”, de Lord Dunsany; y el “Libro de los sueños”, del propio Borges, que se tomó la libertad de incluir algún trabajo suyo también, con mérito suficiente.
Otro gran amigo y colega de Borges, con quien compartió autoría de varios libros, como Seis problemas para don Isidro Parodi, Un modelo para la muerte y Crónicas de Bustos Domecq, es Bioy Casares. Bioy casares fue esposo de Silvina Ocampo, cuentista y poeta argentina, cuya obra no tuvo, claro está, la misma trascendencia que aquellas de su marido y su amigo. Entre los tres editaron, en 1940, la Antología de la Literatura Fantástica, cuyo prólogo estuvo a cargo del propio Bioy Casares, escueto, pero con un par de aciertos.
Entre los autores seleccionados aparecen – John Aubrey, Max Beerbohm, José Bianco, Adolfo Bioy Casares, Léon Bloy, Jorge Luis Borges, Delia Ingenieros, Martin Buber, Richard Burton, Arturo Cancela, Pilar de Lusarreta, Thomas Carlyle, Lewis Carrol, Jean Cocteau, Julio Cortázar, G.K Chesterton, Chuang Tzu/, Santiago Davobe, Alexandra David- Neel, Lord Dunsany, Macedonio Fernández, James George Frazer, George Frost, Elena Garro, Giles Holloway Horn.
Una curiosidad que me gustaría resaltar en esta antología es la presencia de Alexandra David-Neel, con el brevísimo cuento “La Persecución del Maestro”, extraído de Parmi les Mystiques et les Magiciens du Tibet (1929), que es en verdad un diario de viaje, donde la fantasía y la realidad comparten límites en las visitas que hace la exploradora a las cuevas de los anacoretas y el templo de los lamas tibetanos. Alexandra David-Neel, una cantante de ópera francesa de clase acomodada, pasó toda su vida estudiando la espiritualidad tibetana y el budismo lamaísta. Es por lo menos cuestionable que un texto de la naturaleza de Magos y Místicos del Tibet aparezca en un compendio de relatos fantásticos, pues en el contexto en que fue concebido no está fuera de las posibilidades de lo real. Los monjes tibetanos del Himalaya, sobre todo en los años veinte, antes de la invasión China, no conocían lo maravilloso, como un pez no conoce el agua donde vive. A pesar de ello, es cierto que puede ser leído como fantástico, ¿acaso no pueden ser todas las cosas leídas como fantásticas?
Jacobo Siruela fundó su editorial el 82. En 1987 publicó la antología de literatura fantástica El Ojo sin párpado que, confieso, nunca he visto, mucho menos leído. Recién en 2013 publica una de sus ediciones más interesantes, que reúne autores de tres continentes y de dos siglos (XIX y XX), Antología Universal del Relato Fantástico.
Además de la excelente selección de obras, el prólogo escrito por el mismo Siruela es muy revelador en cuanto a la naturaleza y el desarrollo del relato fantástico. Lo más interesante de este prólogo es que, sin delimitar el concepto de lo fantástico ni fijarlo con alfileres a un proceso histórico, como lo hiciera en su momento la crítica estructuralista francesa, Siruela identifica los rasgos fundamentales que identifican el carácter del género, entre los cuales sobresale uno en particular:
Lo fantástico nos sitúa súbitamente en presencia de lo “inexplicable”: en el mundo común y cotidiano, regido por hechos, un fenómeno extraordinario pulveriza de pronto, en pocos segundos, “el orden natural de las cosas”. Roger Caillois definió esta repentina rasgadura de lo real como una “irrupción de lo inadmisible”.
En el siglo de las luces, en plena era del racionalismo francés y el cientificismo, irrumpe en la escena del pensamiento una literatura fundamentada en la fantasía, en lo sobrenatural, en las tradiciones mitológicas, para producir un efecto numinoso o una sensación de ensueño. Otro rasgo, asociado a los efectos perturbadores de la fantasía, es la tradición del terror, que comienza con Horace Walpole y su Castillo de Otranto y alcanza las dimensiones cósmicas del horror lovecraftiano. Walpole, con un relato mediocre y de excesivos adornos, a mediados del 1700, convirtió los castillos embrujados y los fantasmas vengativos en una moda de la juventud.
El relato fantástico introduce, de acuerdo a Siruela, la confrontación entre lo real y lo imaginario, entre lo racional y lo terrorífico, en plena Era de la Razón. El enciclopedismo ilustrado margina la posibilidad del mito para explicar el mundo de los fenómenos, pero, como bien dice Jacobo Siruela, la imaginación encontró su refugio en la ficción literaria:
De esta manera inesperada, lo numinoso encontró en el arte su mejor refugio; al fin y al cabo, es el único lugar en donde puede campar a sus anchas, fuera del alcance y poder de la ciencia.
En la antología está reunida una impecable selección de cuentos de Pushkin, Poe, Wilkie Collins, O’Brien, Dickens, Turgueniev, Kipling, Ambrose Bierce, Machen, Margaret Oliphant, Lovecraft, Kafka, Silvina Ocampo, Borges, Cortazar, Lugones, O. Henry, entre otros.
Dos autores que me gustaría destacar de esta antología. El primero, Ambrose Bierce, autor de “El diccionario del diablo”; en esta obra, Bierce confecciona su propio diccionario, eligiendo otros significados para las palabras, imbuidos de una ironía descarnada, de un desprecio por la hipocresía humana y su malgastado lenguaje. Este es un ejemplo claro de lo que una amiga llama “un libro de consulta”. El segundo, O. Henry, es un maestro del relato breve, que además institucionalizó en la literatura los finales ingeniosos y sorpresivos, al punto que los escritores americanos hablan de un final “a lo O. Henry”. Hay un premio O. Henry, que en una oportunidad se lo dieron a uno de mis escritores de cabecera, Ray Bradbury.
Otra guía fundamental para introducirse al relato fantástico es el ensayo de H. P. Lovecraft, el sumo sacerdote del horror cósmico, titulado “Supernatural horror in Literature”, traducido llana, e injustamente, como “El horror en la literatura”.
Las primeras dos líneas de la introducción de este ensayo quizás sean las que mayor trascendencia alcanzaron, en ellas el escritor de Providence especula sobre los remotos orígenes del relato de terror: “La emoción más antigua e intensa de la humanidad es el miedo, y el más intenso y antiguo de los miedos es el miedo a lo desconocido”.
En la misma introducción ventila algunos elementos constitutivos del cuento preternatural, como, por ejemplo: “el pavor a las fuerzas exteriores y desconocidas” o “el asomo – expresado con una seriedad y con una seriedad de presagio que se van convirtiendo en el motivo principal – de una idea terrible para el cerebro humano”. Para Lovecraft no es tan importante la mecánica de la trama como las sensaciones que puedan generar sus aspectos “menos terrenos”. Como una obra musical, que nos va llevando, paulatinamente, hacia una sensación o un embrujo.
En los siguientes capítulos Lovecraft hace un estudio, guiado por los gustos o disgustos que le ocasionan las obras, del relato fantástico a lo largo del tiempo y de los diferentes contextos geográficos. A Edgar Allan Poe le dedica un capítulo entero, el séptimo y más interesante de todo el estudio. Critica también, con poca consideración, las obras de Walpole, Radcliffe, Lewis, Maturin, Beckford, Shelley, Hoffmann, Hawthorne, Maupassant, Bierce, Stocker, Machen (una de sus mayores influencias), entre otros.
En cuanto a la obra del propio Lovecraft, no es difícil forjar un camino propio, sus Obras Completas fueron editadas en español por Valdemar y están disponibles en formato digital, solo se exige de uno el esfuerzo del download y la posterior lectura.
Existe una antología, bajo el título Los Mitos de Cthulu, donde aparecen los precursores del mito (Lord Dunsany, Ambrose Bierce, Chambers, Blackwood), su ascenso y apogeo (Lovecraft, Robert Howard, Hazel Heald, Robert Bloch) y los mitos póstumos (Derleth, Bloch, Ramsey Campbell, Joan Perucho). Este libro es un obligado.
¿Qué pasó con el terror fantástico después de Lovecraft? Un nombre: Thomas Ligotti. Dos libros: La fábrica de pesadillas y Noctuario.
El camino propuesto en este escrito, que fue impulsado por el ocio y el excesivo calor que nos obliga a permanecer encerrados, debería ser suficiente para comenzar a caminar en el maravilloso mundo de la literatura fantástica. Sin olvidar que los libros clásicos siempre deberán ser leídos, siempre, pues no hubiera sido posible un Stevenson sin Las mil y una noches; ni un Necronomicon sin El Libro de Enoch; ni la Novia de Corinto de Goethe sin Sobre los hechos maravillosos de Flegon; como hubiera sido imposible el goticismo romántico sin el Beowulf anglosajón, sin las brujas de MacBeth, sin el Doctor Fausto, sin la venganza de Caín y el hurto de Prometeo.
La cita es de Bioy Casares: “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”.

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