04 mayo, 2013

[A propósito de Ramal de Cynthia Rimsky]. Por Daniel Rojas Pachas

Ramal, novela de Cynthia Rimsky, fue publicada durante el año 2011 en Santiago de Chile por el Fondo de Cultura Económica. El texto que sigue, escrito por Daniel Rojas Pachas, es otra presentación del libro, en otro contexto, el de la 3ª Feria Internacional del Libro Zicosur (FILZIC, 2013), realizada en la ciudad de Antofagasta, en el norte de Chile.



A propósito de Ramal de Cynthia Rimsky

mis viajes que no son imaginarios / tardíos sí –momentos de un momento-
 no me desarraigaron del eriazo / remoto y presuntuoso (…)

Hay pocos antecedentes en la literatura de ficción chilena en que se establezca un vínculo entre el viaje como tema, el sujeto y su identidad y la importancia de la máquina como dispositivo o técnica (en este caso el ferrocarril) que además de permitir el desplazamiento, funge como elemento para configurar la atmósfera del relato. Es curioso, y agradezco sin duda la oportunidad de hacer la presentación del libro en Antofagasta (FILZIC 2013), pues a esta ciudad en particular, se encuentra vinculado uno de los pocos autores que como Cynthia, se han atrevido a explorar el problema del viaje en dicho terreno.

Me refiero a Mario Bahamonde y su libro “Ruta Panamericana” editado por Nascimiento en 1980. Bahamonde, consciente del tedio de las carreteras, detalla un viaje desde el norte extremo a Santiago (viaje que forma parte del crecimiento vital de muchos de nosotros); por ello, a propósito de Bahamonde y el norte, me permito una leve digresión sobre el  desierto, las distancias que nos aquejan entre una comunidad y otra, los asentamientos relegados a ser sólo una gasolinera, un puesto de comida o un control policial; a fin de cuentas, espacios de descanso entre los tan temidos aislamientos de horas entre cuestas y, de pronto, la camanchaca y el vacío absoluto, el entorno que se desdibuja para el observador, tal como ocurre en Ramal con “el que viene de afuera”.
Es importante agregar, que ambos libros dan cuenta de esa “loca geografía” chilena y su poder sobre la psicología del hombre, la necesidad intrínseca de todos por definirse y quizá reencontrarse al estar en movimiento. También se dan cita las ineludibles tensiones en la intimidad, las crisis y “el pavor” presente en las familias que se suceden, y claro, el anhelo del progreso y las contradicciones de un desarrollo económico que no sabe convivir con la naturaleza, condenando a los habitantes, que imposibilitados de trasladarse o por tozudez, permanecen en dichos lugares habitando no sólo un espacio físico sino también la nostalgia y la añoranza de un porvenir que les fue prometido.
En ese sentido, comparto plenamente lo que Sergio Chejfec señala de Ramal al proferir que nuestros países saben bien que la  ruina puede ser un modo de vida: “(…) lejos de la agonía y más lejos aún de la felicidad. El borroso protagonista de estos viajes interrumpidos, asume una doble misión: representar a un Estado que no sabe qué hacer con todo aquello y revisar las huellas de ese paisaje en su propia memoria”.
Aprovecho de compartir uno de los pasajes de Ramal que me resulta de una sutil violencia y lucidez:
“Entre los planes de ayuda del gobierno hay un estímulo para la cría de corderos. El préstamo alcanza para tres corderos, pero como los lugareños no tienen experiencia, los animales que no mueren crecen flacos. Ahora último aparecieron un par de funcionarias de turismo. Estuvieron en las cabañas de la hermana en Maquehua. Después de beber su té y probar su mermelada de guinda ácida, determinaron que el lugar no es apto para el turismo. El que viene de afuera ha sido el primer turista que alojó en las cabañas. Al mencionar que el proyecto para salvar el ramal lo haría volver, la hermana creyó que comenzaría a vivir del turismo”
Cabe destacar cómo en los procesos vitales que se evidencian entre tramo y tramo del relato, y a través de la ruta material de Talca a Constitución con que Ramal edifica su cuerpo, emergen la soledad, la violencia y la locura, develando a ratos con ternura y en otros con implosiva desesperación, rutinas y decursos que nos pueden parecer absurdos o imposibles, sin embargo, esos personajes/personas, que escapan a nuestra comprensión de la realidad estándar, existen y no son meras postales o efigies del exotismo folclórico premoderno que se vende a los turistas.
Asimismo, creo importante destacar que Ramal no es sólo un viaje de ida y vuelta en tren, y menos un relato que se agota en un trayecto lineal, cada nodo o punto en el mapa que abre el libro (que se acompaña además de otras imágenes en blanco y negro del Maule que enriquecen la textura de la obra), va ramificándose junto a la experiencia de traslación que experimenta el lector, pues “el que viene de afuera” no es un simple meteco, un extranjero indeseable. Con cierta familiaridad el observador se introduce en el mundo rural y habita, transita a pie, en balsa, come con los locales, conoce los lugares de festejo, sus medios de supervivencia y se impone de sus historias, se empapa de nostalgia, pasando en algunos casos a ser un hito o momento en las vidas de estas personas y su espera. Por tanto, la actitud de observador, así como el contexto del viaje que suele ratificar la persistencia del viajero, operan como un espejo, pues lo observado dialoga con el trayecto interno, los recuerdos y aprehensiones de “el que viene de afuera” y por intermedio de la genealogía de este, cruza al lector que ante el viaje del libro debe revisitarse en un juego en que la memoria se cruza y superpone.
Ejemplar de esta mixtura, me parece el siguiente pasaje que transcribo.
“El que viene de afuera cruza la plaza, pregunta dónde queda el Hotel Central, el Hotel La Playa, el Club de Regatas, El Dique, El Edén, El Pullucullán. Nadie los conoce. Pregunta si todavía existe el Hotel Central, el Hotel La Playa, el Club de Regatas, El Dique, El Edén, El Pullucullán. No Existen. Bajo la nube maloliente que desciende sobre la costa, el hijo contesta de mala gana el llamado del padre que pide hablar con su ex esposa. No está en casa. Cuando pregunta al hijo por qué está solo, el hijo cuelga. La podredumbre que despide la planta de celulosa impide al padre insistir en que el hijo vaya a su encuentro”.
Para finalizar me gustaría hacer hincapié en la opacidad y distancia que inevitablemente interfiere en la mirada de “el que viene de afuera”, pues por mucho que su intención altruista de salvar el Ramal con un proyecto turístico lo conduzca a entrometerse de forma vouyerista en las historias de los pobladores que interroga, hay un elemento de peso que opera como frontera en el proceso de empatía con los individuos que cruzan su camino, pues si bien procurará entenderlos, simpatizar e incluso compadecer sus dramas, uno termina por preguntarse, ¿cómo subsanar la lejanía con extraños que en su familiaridad revelan la génesis de nuestro propio extrañamiento? Allí las vueltas de la historia se tornan circulares y nos remiten a la familia de inmigrantes de la cual desciende “el que viene de afuera”. Su abuelo, al trasladarse desde el campo a Santiago, mantiene el cordón atado al ferrocarril, en la viaje casa del barrio Maruri, mientras que el personaje, tal como señala la obra, se esfuerza inútilmente en alejarse de lo que ese espacio cerrado del hogar refleja:
“Durante los nueve años que estuvo fuera del país, varias veces soñó que caminaba por la calle Maruri y que, al llegar al lugar donde debía estar la casa de sus abuelos, se encontraba con otra”.
Allí se templan las ausencias que luego son traspasadas de generación en generación hasta el hijo. De modo que los vínculos filiales con el trayecto del Ramal, tal como señala Héctor Rojas, son: “el desdibujamiento de una cultura, y es ahí donde Cynthia Rimsky instala su novela: en el paso del tiempo sobre una familia y en la desaparición del presente que provoca que todo vaya quedando en los recuerdos abandonados del ramal”.
Enfrentamos, una manera dilatada de volver al hogar paterno, un instinto de retorno, un viaje grabado en la memoria que sitúa al lector entre viñetas por acabar, siluetas que se cuelan por entre medio de ventanas que delatan el desgaste y el constante transitar, imágenes que se perderán en el tiempo por la rapidez de los días, la indiferencia, el abandono y el miedo a la familiaridad, a la repetición de los caminos que entraña la sangre.

Daniel Rojas Pachas
Antofagasta 2013

1 comentario:

Jero PRODUMU dijo...

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