25 marzo, 2013

[TIERRA INCÓGNITA: Hic sunt dracones]. Por Cristián Geisse Navarro

"Tierra Incógnita" (Centro de Estudios Mohammed VI, 2012) es una antología de poetas vinculados a la ciudad de La Serena, Chile, cuya selección y edición fue realizada por Natalia Figueroa. Revisa ahora el acercamiento de Cristián Geisse (Vicuña, 1977).



TIERRA INCÓGNITA: Hic sunt dracones


Hace algunos años, en Valparaíso fue publicada una antología llamada “El mapa no es el territorio”, en la que se reunían poetas vinculados al Puerto. El título siempre me pareció afortunado: provenía de una frase de un renombrado lingüista de origen ruso, Alfred Korzybski, mediante la cual quería hacer notar que las palabras no son los objetos que representan, que las palabras y las cosas que designan son fenómenos diferentes. Desde el título entonces se precavía al lector que la antología necesariamente era una abstracción, era arbitraria, que quería corresponder con la realidad, pero que era consciente de que posiblemente no podía ser un retrato fiel del todo. Creo que una de las características más notables de nuestro tiempo es esta conciencia de las limitaciones y alcances del lenguaje, de su importancia para nuestra cognición, pero también de la saludable suspicacia en relación a su veracidad. Seguimos creyendo, pero siempre desconfiamos tanto de los complejos cuerpos teóricos que describen los fenómenos más amplios, así como de la influencia determinante que las palabras tienen sobre los más cotidianos de nuestros actos. En suma: estamos desarrollando una cada vez más acabada autoconciencia de nosotros mismos y de la forma como aprehendemos la realidad mediante el lenguaje y las ilusiones de nuestra mente.


El mapa no es el territorio entonces. No podemos sino aceptar que es cierto. Pero también debemos aceptar que tanto los mapas como el lenguaje son herramientas fundamentales para facilitarnos la exploración, la búsqueda, los hallazgos.

“Tierra incógnita” por su parte es una muy antigua designación de tierras sin recorrer, paisajes y territorios que no estaban mapeados, carencia de cartografía, reconocimiento de la ausencia de la exploración. La creencia popular veía en esas zonas aún invisibles, monstruos y dragones. “Hic sunt dracones”, solía decir en esos mapas. La ficción entonces se hacía cargo y si bien reflejaba el temor a lo desconocido, también nos preparaba para la maravilla.

Por supuesto en aquel tiempo esa autoconciencia de la forma como nuestras mentes llenan los vacíos, como resuelven lo que ignoran, como pueblan los paisajes que no conocen, estaba menos avanzada. Es decir, la mayoría de la gente que veía y estudiaba esos mapas, probablemente sí creía que había allí leviatanes, monstruos, dragones. Pero hoy sabemos, creemos, pensamos –sospechamos- que todo es demasiado parecido a la ficción como para creer a pie juntillas en cualquier cosa. Por ejemplo, a estas alturas ya es fácil deducir que toda antología es un pastiche, un collage, una suerte de ficción, una abstracción llena de arbitrariedades. Que no siempre están los que son ni son los que están. Pienso que Natalia Figueroa tenía algo así en mente cuando eligió ese título para esta selección. Prefiere entonces, más que la rigurosidad, el gesto del artista que ordena los materiales recogidos de la realidad, de acuerdo a preferencias, personajes y gustos asumidos como propios e íntimos.

Creo entonces de partida –y esto nos tiene que quedar muy claro- que posiblemente lo que se pretende con esta antología no es entregar una cartografía, una fotografía del territorio, un registro, un arqueo, un mapa, sino más bien mostrarnos a los dragones, es un gesto artístico más que analítico o taxonómico.

De todas formas hay claves, indicios. Como explica Korzybski: “Si el mapa pudiera ser idealmente correcto, incluiría (en escala reducida) el mapa del mapa”. A mí me parece que –de alguna forma- la tierra incógnita a la que accedemos en este texto, tiene pistas suficientes que nos permiten movernos entre sus meandros y al igual que esas zonas sombrías y nebulosas de los mapas antiguos, además de los dragones, nos deja pistas, un pequeño mapa del mapa. Notamos ciertamente una vocación minimalista en estas claves para el lector, pero son claves al fin y al cabo. Todo indicio entonces es útil para el explorador. Los paratextos que acompañan a este libro son breves, mínimos, pero decidores. No hay prólogos, no hay epílogos, tampoco datos bibliográficos, o notas al pie. Para mí es fácil suponer que esto tiene una razón de ser. Sabemos por la tapa y el lomo que la selección y edición es de Natalia Figueroa. Luego en la primera solapa se nos indica que Natalia Figueroa nació en La Serena en 1983, que es Licenciada y Magíster en la Universidad de Chile, que actualmente realiza estudios de doctorado en la misma universidad y que fue Directora de la Revista de política y literatura “2010”. Es fácil deducir a partir de este paratexto, que Natalia Figueroa no es una aparecida, una ignorante o una negligente. De hecho creo que de alguna forma ése es un indicio de que –más allá de lo que se pueda creer de buenas a primeras- hay una estructura pensada para este libro. Que ella es altamente consciente de su responsabilidad como antologadora, que más allá de formar un canon impositivo, un registro exhaustivo, estamos hablando de un sistema de preferencias personales. Es posible que esté extrapolando, cayendo en la lectura aberrante, pero es curioso que parte del índice, sino el índice todo parece un poema en sí mismo:

“Exilio, tiempo perdido, a la deriva. Golem. Alma – zen post república. Deleuze. Fina caridad. Beckett. Clínica Santa Clara: Claridad.
Regreso, desde el almuerzo desnudo, un almuerzo de todos.

Domador. Tardanza. Escritura. Indicios. Ardid.
Segundo acto: en el ojo del huracán, un elefante caminaba por la calle.
Mi hermana no olvida de ciertas imágenes y semejanzas ser mujer.

Inocencia, nunca fui a ninguna parte. Las nubes pasan de San Diego a Monjitas.
Sueño la insanía de bastarse a sí mismo.
No fuimos capaces de incendiar la casa en el lento vuelo de la avutarda.
Solsticio un domingo cualquiera: Abandono.

Palabras: el lugar que habitas, retórica de Paul de Man.
No hablo contra nadie. Podríamos acaso hablar de tiempos mejores
Bajo cada piedra, escritura.
Muy temprano aún, calembour.

En el veterinario, camino a la librería. Hotel Maury. Barcelona: María Kokkari.
Venecia.

La destrucción del mundo interior: Árbol de hoja angosta, encuentro un sitio para ti. Comida cruda a la provincia. Has estado haciendo los detalles del viento.

Argel. Mar del frío. No woman no cry. La gramática de la muerte, la imposible carretara del exceso: La Serena Revisited.

Las novelas por entrega y encargadas por correo son responsables de mi actual condición. Bukowski sale reventado del Bronx, Vladimir Ilich Ulianov Lenin.

Tierra incógnita. Bomba de tiempo. Última cena”

Cada una de estas estrofas que forman parte del poema que podría ser el índice, nos entregan una percepción –me parece a veces bastante certera- de algunos de los escritores. La idea de un exilio y un regreso –más espiritual que político- en el caso de Jaime Retamales; la centralidad de las palabras y el lenguaje en Walter Hoefler; la presencia de la mujer y la visión lúdica de la existencia en Teresa Calderón; la mezcla beatnik de misticismo, política y Bukowsi, en Tristán Altagracia; un larismo con más oscuridad y menos nostalgia en Álvaro Ruíz; la ferocidad y el pavor tanto dentro lo exótico como de lo cotidiano en Thomas Harris -y así. Todo esto sin duda es una lectura algo rebuscada, pero aún así, indicio de que hay trabajo y estudio en la selección de los poemas de cada antologado.

El otro paratexto mínimo está en la contratapa y dice escuetamente que “Tierra incógnita reúne textos publicados e inéditos de ocho poetas vinculados a la ciudad de La Serena”. Vuelvo a repetir: en este minimalismo, esta concisión y silencio respecto de las intenciones de esta antología, debemos observar necesariamente una conciencia de subjetividad. No estamos –repito- por tanto frente a una antología que busca el rigor del rastreo. Entonces, más allá de las posibles polémicas que suelen acompañar a cada antología que se publica, no debiera importarnos que falten nombres, nombres importantes como Arturo Volantines –que perfectamente podría estar acá- o bien Kundalini –que es una figura visible, participativa y aglutinante- o bien Claudia Hernández, quizás Benjamín León, tal vez Piñones, quizás Ignacio Herrera. Y se me escapan muchísimos nombres, pues a pesar de que a simple vista, para el mortal y el no iniciado, en La Serena parece no haber mucho movimiento, en el fondo, en el laberinto escondido bajo la ciudad, los poetas son inquietos y bullen, son legión, como en todo este pueblo chico e infierno grande que es Chile.
Por eso, más allá de lo que se pudiera pensar a vuelo de pájaro, la omisión, la elipsis, de datos biobibliográficos de los antologados parece estar también cargada de significación. Se nos parece decir, mediante estos silencios, que lo que se espera es que los poemas caigan por su propio peso, que lo que se encuentre en juego sea más bien el enfrentamiento del lector con el efecto poético, sin intermediarios, sin influencias externas sobre quién ha ganado qué premios, quién ha publicado tales o cuales libros, quién ha sido antologado acá o allá. A mí eso no me parece mal. Los estructuralistas lo pedían –abjuraban de la biografía y la historificación- y para ellos el texto debía bastarse por sí sólo. Yo no les creo del todo, pero entiendo el gesto. Borges por lo demás nos pedía que el poema, el texto, se leyera sin importarnos cuándo fue escrito, tomándolo como un eterno contemporáneo, exigiéndole actualidad en cualquier tiempo o edad. Una especie de ejercicio mental, algo parecido a esa meditación budista que exige que pensemos que Buda nunca fue una figura histórica, que no existió en lo que podríamos llamar “realidad objetiva”, que lo importante no es el personaje, sino su legado en palabras, su mensaje.
Sinceramente creo que estas directrices que parecen ordenar esta publicación cumplen su cometido. Después de leerla por primera vez me pareció que funcionaba tomando en cuenta la calidad de los poemas. Los hay muchos sobresalientes. Es una muestra –bastante breve, pero significativa, qué duda cabe- de algunos de los monstruos que se conectan con esta "Tierra incógnita".
Y si bien el lector debe descubrirlo por sí mismo –y es fácil hacerlo- no quiero perder la oportunidad de decirle –sobre todo a aquellos menos enterados- que al leer esta antología se va a encontrar con poetas con trabajos consistentes. Con voluntad de estilo. Y que si decide indagar un poco va a dar con que la mayoría de ellos ha realizado intervenciones poderosas en lo que podríamos llamar el campo cultural local. También nacional. Y hasta internacional.
Más allá de todo eso, "Tierra incógnita" nos interpela sobre todo a sentir en carne propia el fuego –acogedor, pavoroso o destructor- el fuego del dragón en el Territorio que aún no exploramos.


Cristian Geisse Navarro (Vicuña, Chile, 1977). Licenciado en Letras por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura Hispánica por la Pontifica Universidad Católica de Valparaíso. El año 1997 fue becario de la Fundación Neruda para su taller de poesía en la casa museo La Chascona en Santiago. Mediante un proyecto ganador del Fondo del Libro del Gobierno de Chile, publicó una colección de textos literarios de Alfonso Alcalde durante el año 2007. El año 2010 publicó una antología ficticia de poesía titulada "Los hijos suicidas de Gabriela Mistral". El año 2011 la editorial porteña "Perro de puerto" publicó su conjunto de cuentos titulado "En el regazo de Belcebú". Durante el 2012 fue coeditor de "El pequeño odioso: antología de poetas precoces chilenos". Ese mismo año la Biblioteca Viva La Serena presentó "El debe y el haber", la primera exposición de su trabajo como artista visual

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