31 agosto, 2011

[VOCA de Simón Villalobos: Vusco volvvver de golpe el golpe]. Por Juan Manuel Silva

Voca (Piedra de sol, 2011) es el primer libro del poeta Simón Villalobos Parada, aunque en estricto rigor es su segunda publicación. Antes publicó la plaquette "Edad Oscura" (AM Libros, 2010). Es el primer libro de Villalobos porque su escritura es anterior a "Edad oscura". Y hace ya un lustro conocimos algunas personas una versión medianamente definitiva del texto que ahora está a disposición del público. Juan Manuel Silva Barandica, en este sentido, nos habla de Voca de Villalobos. Continúa leyendo tras el salto.


VOCA de Simón Villalobos: Vusco volvvver de golpe el golpe 


Vusco volvvver de golpe el golpe. 
Sus dos hojas anchas, su válvula 
que se abre en suculenta recepción 
de multiplicando a multiplicador, 
su condición excelente para el placer, 
todo avía verdad. 
César Vallejo 

Breves, como nos tienen acostumbrados los títulos -por cierto, no todos- de las últimas producciones poéticas son también los comentarios que se hacen en torno a las mismas. Abogaré “caínicamente” por sumar una glosa a este restringido acervo, mediando la mención al llamado que me hace la amistad con el autor de este libro y lo próximo que estoy a esta poesía. Digo que me llama, puesto que el título, además de referir a una homofonía (voca y boca suenan parecido –no igual-), instala ese gran problema de la diferencia que extensamente discutieron los postestructuralistas europeos con Jacques Derrida a la cabeza. La raíz que intensamente buscó este filósofo para invertir los procedimientos de interpretación y así transformar el modo de representar y entender la realidad (o el estatuto de verdad, que no es más que convención), en este caso linda con el llamar y ser llamado. Vocare es el verbo latino del que vienen, derivadas por felicidad u olvido, palabras como invocar, evocar o el mismo nombre del vocativo, caso de la declinación latina que servía para llamar a una persona o cosa personificada. 
El llamado que hace Voca podría leerse desde el poema IX de Trilce, quizás el libro más importante en la lírica castellana del siglo pasado, en el que se advierte la pugna entre la legibilidad de una lengua y el arrobamiento que conduce al sujeto a descomponerse, subvirtiendo las reglas hispánicas. Así, la simbólica y femenina cavidad que propone la letra V aparece reiterada enfáticamente para abrir los sentidos convencionales, a saber, el decir patrístico y masculino, hacia esa erótica colindante a los espacios de la violencia. Se lee el poema de Vallejo desde un tono violento, pues el sujeto choca contra las normas astillando su lenguaje: un decir que tiende hacia una enunciación otra, pero que colisiona irremediablemente contra la razón. De este modo, el llamado de Voca también es la ambigüedad propuesta por los textos que habitan el texto, pareciendo, a veces, difuminarse quién o qué es el intérprete o aquello interpretado. 
La lectura es la música que atraviesa los contenidos, las materias: Quevedo, Lezama Lima, Pablo de Rokha, Marosa di Giorgio, Martín Adán, dialogan con la escritura de Voca en esa tensión de llamar y ser llamado, es decir, la necesidad de una lectura y un carácter tradicional como acervo, aun a sabiendas de que esta materia pueda ser una tara, un óbice. Ya Lezama lo plantea en el primer ensayo de “La expresión americana”, abordando el cansancio creativo que provoca la reiteración cíclica del mito, aunque en “Voca” esta pulsión de erotismo, violencia y ruptura con las convenciones de la contemporaneidad se desplacen hacia la crítica del poema en lo actual, asumiendo los modos de la metapoesía. Aunque quizás, más que presentar una metapoética o una poética sobre la poesía de nuestro momento, “Voca” representa una serie de críticas y lecturas sobre la poesía circundante: lecturas, relecturas, recitales, traducciones. 
Dice: “y la palabra es un cilindro por donde sopla el neuma / envase de madera y hojas / algo que debe morir” (P.12), pues hay algo en la poesía contemporánea que no es pura finalidad, que no es la realización en sí, sino la traducción y conducción de una sustancia otra, un material alado, lo inerme y volátil que al asentarse desaparece. Quizás la primera crítica que se aprecia en “Voca”, es que tanto la confianza en el arte que halla su fin en sí mismo, como la idea de que la creación es medio o soporte de otra realidad, inefable, inenarrable, son fútiles. Por esto “la manta que recibe, los espacios que se amoldan y vacían, como quien entra en su otro signo” (P.13) son los poemas mismos y el hacer en la palabra que configura un espacio de tránsito, de alteridad y transmigración, en la que el neuma de cada experiencia debe hallar su caudal distinto y diferente. El primer poema de la sección dedicada a Robinson Crusoe (sección que, más que indicar una filiación con el viaje y la soledad, tiene que ver con la lucha contra un paisaje, a saber, la razón europea contra la naturaleza) se lee que “lo único verdadero son las comas y los acentos (…) y otro poema viene a solucionar el problema que nadie notaba (…) la alternativa es escapar (…) baba o polución de un éxito bailable; mentir, mentir a ultranza, toda la utilería repartida y a pedazos tragada durante la ejecución de un cisne (…) lo cierto son las comas y los golpes de un tacto embrutecido por el uso y abuso de situaciones solemnes, cruciales” (P.28). En este poema advertimos que la metapoesía busca cuestionar, más que un modo de representación actual, el proceder de los sujetos fuera de la enunciación, es decir, el relleno o la validación de los discursos por asuntos extraliterarios: el valor cultu(r)al. Al cabo, aprender el oficio de un taller y repetir como borrego las direcciones de la vanguardia o el realismo, oscuridad o claridad en la expresión, sólo reproducen el binarismo, o bien lo actualizan. Por otra parte, el poema se usa como valor de cambio y medio de ascensión social: se hace presente el escape de una situación de asfixia, no espiritual, sino material, en la que los sujetos se construyen y despliegan para replegarse en un cubículo de funcionario, para alcanzar el éxito bailable, la canción fácil y repetir la utilería de un tinglado pobre que representa la miseria en las relaciones sociales. En resumen, toda la porquería que ha instalado el capitalismo salvaje en las comunidades se posicionó como bien deseable en la producción estética. 
Deteniéndonos un momento en la estructura de “Voca”, podríamos decir que es difícil representar críticamente siquiera una forma de entender esta posible arquitectura, dado que quizás ella misma está ausente, creciendo la broza del poema más allá de un centro, flor o tallo central que comunique con raíz. La enredadera de “Voca” busca el sol arrebatada mas no se organiza ni temática ni estilísticamente. Descubre su ley en el exceso y sus formas en la itinerancia y el vagabundaje de versos lacónicos a prosa, que al perder su cabo acaba por arrobarse e ignorar su rabo, errabunda de un sentido como el de las calles o de las palabras, en ese viejo juego de desmontar el discurso del realismo y la razón (mediante la destrucción de la sintaxis hilada y referente a ordenamiento temporal, lógico o causal) suspendiendo así -con las formas de la función referencial de Roman Jakobson- al mismo referente y a la representación realista. En otros términos, las alegorías propuestas por “Voca” no participan del resignificar las materias tradicionales o la simbólica occidental, por el contrario, toma segmentos del texto literal realista para construir con la suma de retazos una experiencia hiperrealista, sobrerealizada, en la que se excede la experiencia del mundo, reproduciéndolo. Asimismo, la alegoría se figura como una larga cadena de segmentos ungidos por la metonimia o relación por contigüidad, que acaban desplazando el aparente sentido que tenía cada expresión, palabra o frase, hacia un choque frontal contra las convenciones y las fronteras de la inteligibilidad, no mediante el shock o el espasmo de los sentidos, sino desde el avance sostenido de una sensación de algarabía e incomprensión. 
Este desarrollo de una poética se identifica con la experiencia de las calles y la erráticas peregrinaciones por la ciudad. Y si es que “Voca” puede ser pensado como un poemario citadino, debería ser restricto a la sombra de esa ciudad que es Santiago. Lo que la palabra inaugura es la representación de los faldeos y espaldas del cerro San Cristóbal, el lugar biográfico en que Villalobos reside y desde el cual problematiza la verosimilitud de su poesía, el carácter testimonial y cómo materias foráneas se hacen parte de lo cotidiano. 
Ya lo plantea en “Voz calle Francisco Silva” donde se lee “La niebla ha escondido las cosas más allá de la ventana y queda el lugar tibio donde vendrá la luz a borronearlo todo; un trozo de concreto bajo la niebla tendrá que levantar su columna si es azul o volver a golpes” (P.39), que la experiencia nublada del trazado urbano es similar al sentido de la VOCA, el llamar y ser llamado, lo activo y pasivo de una lengua simultáneamente, de modo liminar advierte que tal impresión es frágil como el azul del sueño en el expresionismo alemán y la flor azul del sueño de Novalis; este azul que menciona el sujeto es la columna que emerge de las ruinas, el umbral en el que se conecta la escritura biográfica con la ficción del torrente, el amasijo de palabras como cantos rodados venidos de un alud: tal es la vocacalle “La voca será el reino, la alabanza, la disolución de los cuerpos pequeños fluidos materiales navegarán el mismo surco en un mismo golpe largo, Ave ciudad” (P.49). Así, la lectura/escritura del caminar por la ciudad, surcándola y leyéndola existe gracias a la acción del golpe, ya no del shock, actualiza la violencia simbólica a una réplica corporal de ese gran terremoto que fue la Dictadura. Los golpes que recibe el sujeto son los ecos de esa violencia física y simbólica, casi tanto como la presencia de la oscuridad y la sombra, residuos de un imaginario dual inaugurado por Nicanor Parra y Tomás Lago en nuestro pobre país, y replicado por estupidez e ignorancia por una infinidad de lectores hasta el día de hoy. 
En el forzoso y duro diálogo entre binariedades, “Voca” explora y redimensiona una vieja dinámica interpretativa de la violencia expresiva; como Pablo de Rokha, Villalobos destruye el continuum del torrente lírico con restos de una construcción sólida y productiva: la lucha de clases. Y aunque no esté planteada de modo claro, los escombros se transforman en armas y hay una nublada insatisfacción, quizás parecida al resentimiento, que se hace presente descoyuntando – en los momentos más lucidos del libro- un lirismo a veces añejo y solipsista “El dinero nos cagó / nos cavó un orificio fecal entre los hombros, ahí colocamos, intercambiándolos, nuestros ojos” (P.48) o “la alacena va quedando sola, hicieron sus nidos los insectos” (P.68) o “las sobras de mí trabajan de día / junto al yo mediocre/ por la causa común de la economía familiar/ Progresaré hasta generar/ trabajo para todos” (P.69) Esta interrupción también está mediada por cómo se ha contaminado las ideas del marxismo con la crística salutación al trabajo, al desarrollo y al mejoramiento. Como una querella con el gran relato del progreso, este tono y estas formas de representar el hambre, el odio, la realidad destruida y aquello que nace al sol como una resaca de alcohol barato. Se diluye entonces la drástica comprensión del realismo socialista bajo la inutilidad de su representación, quedando la ausencia de orden, ese sentimiento amargo y oscuro, en nada parecido al arrobamiento y embriaguez romántica, que “Voca” aprovecha para parodiar la raíz misma de su falsa conciencia: la que comparte una clase media itinerante entre una decente pobreza y una acomodada frugalidad. 
Lo barrial del libro estriba en su irracional apego a múltiples vocaciones, vocalismos y modos de llamar situaciones diversas. De un modo similar, el despegue de una ética barroca, transliteraría –por no decir que va desde el texto a la vida- que instala el vacío central del orden religioso (desde el orden religioso mismo y su afán de religar, reunir y conciliar a los contrarios). Se lee en uno de los poemas “La mandrágora el hijo del pintor Murillo cave su nombre en el muro azul y decapite, era la estación de los cubiertos de logia, la pantomima de los modos calzados y majestad una tela de escarcha. Las manos piaban la filigrana de los astros, los llevamos en andas todos los renacimientos y encandilados a precio de oro central, a precio de oro legítimo de indias. Eleva tu corazón a los santos” (P.50) . Considero significativo este poema, pues instala subrepticiamente una poética alternativa al neobarroso o al transbarroco luciferino. Más cercano a Lezama, la parodia de lo sacro y elevado, digamos, ese tono sublime que propugnan con voz espectral los vates, aparece escenificado en un diálogo con ese notable poema “El pintor pereza” de Pezoa Véliz, recreando el boato propio de las artes liberales y su cenital importancia en las altas capas de la sociedad. Ese oro central, el oro de indias es la imagen de la adoración americana; cómo lo que estaba en posición del sol se transforma en la trampa de la deuda, otra fe, fundamento del crédito y la especulación. En este sentido, el desplazamiento barroco que ejecuta “Voca” emula el paso de la centralidad letrada al voceo callejero, a un choque, al golpe de la poesía civil. Es curioso, por decirlo menos, que de un espacio cerrado como el del cultivo de la escritura barroca se pase a otro espacio cerrado, aquel que existe entre la familia, el hogar y aquellos fragmentos de un mundo incomprensible, que se vuelve a astillar para hacerlo más próximo y asible. “Voca” recrea la ficción barroca y anula nuevamente – como en toda América- la pontificia plenitud cristiana, aunque asume que tales intuiciones fundamentan el orden social, cuestión que pesa en el decir del libro y se hace carne problematizada en el instante que el erotismo asoma como liberación. Pareciera ser que no hay escape de la sumisión económica y política, siendo la escritura desbordada, el torrente, el modo de dibujar otra ciudad distinta a la ciudad barroca, diseñando también mediante el artificio los artificios de la superestructura artística y la importancia del arte, prurito de la crítica literaria, que el libro desarrolla hasta anular la ejecución poética misma como una respuesta, un efecto de los golpes del mundo: se escribe como se golpea y se hace gracias al golpe mismo. 


“Voca” es en sí una experiencia de lectura que se corresponde negativamente con la incapacidad que presentan los lectores hoy en día. Difícil, oscura, incoherente, según la tara que el lector apruebe, la expresión de su escritura atraviesa muchos y diversos asuntos que no cuajan de manera clara. Podría decirse que mi crítica hace eco de la crítica hospedada en sí, como en casi todo poemario que se precie de tal. Ahora bien, la contumacia de volver a problemas que se suponen superados y que se actualizan desde la necedad y la pobreza, ambas mías, en este caso, compite con la falta de objetividad que advertí al comienzo, llamando caínico el gesto de escribir sobre la poesía de un amigo, justamente, porque al final está el fracaso. Es imposible ser objetivo y por esto asumo como el santo invertido que se repite en su escritura, que “Voca” es un proyecto vivo, transformándose, mutando, como la nave Argos de la que habla Roland Barthes, que durante el viaje cambió cada una de sus partes conservando su forma, de la semilla al mendrugo.

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