31 julio, 2011

[Un mundo feliz: los historiadores del 2018]. Por Víctor Quezada


Sicpoesiachilena.cl es, en concreto, un sitio Web sobre la recepción crítica de la poesía chilena en periódicos de circulación nacional durante el siglo XX, pero es, también, el producto de una investigación emprendida en el año 2010 con largas sesiones en la Sala de Investigadores y la sala de microformatos de la Biblioteca Nacional de Chile, la que tiene como uno de sus objetivos, examinar la construcción de las imágenes del crítico y el poeta en la sociedad chilena del siglo pasado, cómo van cambiando esas imágenes, o si, efectivamente, cambian.
Los principales ejecutores de este proyecto, que desde mañana lunes 1 de agosto estará en línea con el producto de las primeras dos décadas de publicaciones (desde 1900 hasta 1919), son Daniela Acosta, Eduardo Peñafiel, Carolina Melys y yo mismo, sumada la participación de Cristián Matta en la producción.
El evento de presentación oficial del sitio Web será el día 25 de agosto de 2011 en BiblioGam del Centro Cultural Gabriela Mistral, ubicado en Alameda 227, Edificio A, tercer piso, Santiago de Chile, a partir de las 19:30 horas.



Pero esta entrada –más allá de pertenecer al ámbito de la auto-promoción- sirve para presentarles uno de los textos más interesantes que forman parte de [SIC]. Según mi parecer, en la crítica escrita por Omer Emeth y publicada en el diario El Mercurio el día 5 de agosto del año 1918, encontramos, junto a la gran ironía que la configura, una intención de marcada posición respecto de la literatura, el contexto social de la Gran Guerra, y la validez moderna del discurso científico.

Debemos tener en cuenta que Omer Emeth (pseudónimo literario de Emilio Vaisse) fue un sacerdote francés llegado como misionero a Sudamérica en 1886, cuando pasaba la treintena de años. Un hombre largamente instruido en la cultura greco-latina y europea, y, por tanto, capacitado para entender las producciones literarias que por ese entonces tenían vigencia en Chile.
Fue, sin ningún lugar a dudas, el primer crítico literario del suelo chileno, quien por más de diez años sostuvo su crónica bibliográfica semanal en El Mercurio, en la que hablaba desde economía hasta teatro, de Bergson a los arquetipos del roto chileno. Fue, cómo no, uno de los primeros en hablar de las vanguardias históricas. Sin embargo, su misma educación y consiguiente conservadurismo, impidieron, quizás, que viera como un fenómeno respetable las primeras manifestaciones de las vanguardias literarias en América Latina, nada más que “barbaridades” según se expresaría en otro lugar.
En el artículo que nos convoca, Laudatorias Heroicas de Antonio Bórquez Solar, Emeth parece escabullir el juicio categórico sobre el libro del poeta Bórquez Solar y lo enmarca en una especulación sobre el estado de la cultura y la sociedad cien años hacia el futuro.
El año 2018 –especie de reducción al absurdo del contexto que se vivía en el mundo por ese entonces- le sirve para marcar su posición política respecto de los conflictos de la Primera Guerra Mundial, situando al mundo en un ideal estado de inactividad y pacífica solidaridad entre los países, con el dominio de la ideología socialista: un mundo despolitizado y preocupado por el futuro y nada más que el futuro. Sin embargo, no niega la natural curiosidad del hombre, por la cual aún existirán historiadores.
Imagina, entonces, la situación de un historiador futuro enfrentado a Laudatorias heroicas y supone su perplejidad y total distancia respecto del contenido bélico del libro y la exaltación de las figuras de los araucanos, transportadas a un pedestal épico:
¡Curiosa gente la que compartía los gustos de Bórquez Solar! Y curiosa la sociedad cuyos ideales este distinguido poeta expresaba en versos épicos!
Lautaro, Tegualda, Rengo, Colocolo, y otros indios eran sus héroes… A estos celebraba el poeta con un lirismo desenfrenado, y no a los verdaderos grandes hombres: a Karl Marx, a Engels, a Bebel, a Lenin y a Trotsky que han reformado y salvado al mundo. ¡Extraño, muy extraño!

Pero esto no es todo, la primera sorpresa del historiador del año 2018 se convierte en disgusto:
¡Qué horror!... Al leer estas bélicas estrofas, el pacifista del año 2018 nos mirará con disgusto… “Esto leían, esto amaban, esto admiraban los hombres en 1918… ¡Qué fieras!... y había críticos para celebrar semejante inhumanidad”.
Todo, para por fin declarar su postura sin tapujos de ninguna clase:
Los había, los hay, y soy uno de ellos, porque, gracias a Dios, creo, con el señor Bórquez Solar, en los héroes, en la patria y en la espada. Y muy lejos de inculcarme ideas pacifistas, los sangrientos espectáculos de hoy me inducen a maldecir del pacifismo, cuya morfina, propinada por los sofistas revolucionarios, adormeció en provecho del enemigo a los pastores de los pueblos. Sin el pacifismo de “anteguerra”, es seguro que la guerra actual no habría estallado. “Si vis pacen para bellum”.
Estas apreciaciones nos son impensables en la actualidad. Como impensable nos sería leer en cualquier parte una afirmación en la que la verdad religiosa y la verdad de la ciencia susciten una contradicción tan clara como la que, Emilio Vaisse, sacerdote de la congregación de los Padres Lazaristas, nos entrega:
En repetidas ocasiones el señor Bórquez Solar habla de los pumas en su libro. A mi modo de ver, convendría que los poetas estudiasen la vida y las costumbres de estos animales […]. El puma, parece demasiado experto en materia de retiradas estratégicas y muy llorón para figurar dignamente en epopeyas y laudatorias heroicas […] conviene que este asunto se averigüe bien. Porque, al fin y al cabo, los poetas han de obedecer al precepto de Aristóteles, según el cual es menester que la poesía esté siempre acorde con la verdad, hoy diríamos: con la historia natural…

Sin más preámbulos, los dejo con el texto completo de Omer Emeth:
Antonio Bórquez Solar: Laudatorias Heroicas
En 2018 el mundo revolucionado (y probablemente no mejorado por el cataclismo político y social que ahora presenciamos), no se parecerá al actual. Todo en él habrá padecido un completo trastorno; los corazones, el lenguaje y las obras serán nuevos.
Podemos creer que la “liga de las naciones”, hoy bastante utópica, habrá realizado en el orbe entero la unión y la paz. Ya la guerra y la mentalidad que ella supone y origina, será cosa del pasado, de un pasado unánimemente aborrecido. No existirán ejércitos: apenas habrá, para recordarlos en cada país, pequeños grupos de pacíficos gendarmes. El mundo, organizado según el modelo socialista, consagrará sus mejores esfuerzos al “far niente”. Se trabajará lo menos posible. La humanidad descansará de las fatigas atávicas…
Es lícito creer que, en 2018, la curiosidad, vicio natural en el hombre, no se habrá apagado y que los chilenos de entonces, como los de hoy, apetecerán noticias del pasado. Habrá, pues, historiadores.
¿A dónde irán estos en busca de datos fidedignos? Las bibliotecas que tal vez habrán sobrevivido a las revoluciones, serán para ellos una mina inagotable.
Supongamos que un investigador abra en 2018 las “Laudatorias Heroicas” del señor Bórquez Solar y las lea con la atención que merecen. ¿Qué deducciones sacará de ellas?
Ante todo, la simple inspección de los títulos en el índice, le bastará para medir la enorme distancia recorrida en un siglo, el abismo espiritual que cien años habrán creado entre su época y la nuestra.
Pensará: ¡cuán distintos somos hoy de lo que eran un siglo atrás, nuestros antepasados! Hoy lo que nos interesa es el presente y el futuro; al pasado aplicamos la frase de Cristo: Dejad que los muertos sepulten a sus muertos.
¡Curiosa gente la que compartía los gustos de Bórquez Solar! Y curiosa la sociedad cuyos ideales este distinguido poeta expresaba en versos épicos!
Lautaro, Tegualda, Rengo, Colocolo, y otros indios eran sus héroes… A estos celebraba el poeta con un lirismo desenfrenado, y no a los verdaderos grandes hombres: a Karl Marx, a Engels, a Bebel, a Lenin y a Trotsky que han reformado y salvado al mundo. ¡Extraño, muy extraño!
Pero veamos, dirá aquel investigador, la composición intitulada “Laudatoria a los Manes inmortales”, pues, sin duda, ha de contener en sí toda la esencia de este libro.
El investigador pacifista quedará asombrado oyendo al poeta que dice:
“Tengo la suerte de cantar ahora
cuando se cumple la primera centuria
de nuestra vida de nación libérrima,
y así mi voz humilde se ennoblece
despertando en las almas las audacias
aquilinas, poniendo fuego en todos
los fuerte corazones, y un anhelo
de hacer prodigios de grandeza lírica,
al revivir la gloria de los toquis,
al evocar sus manos inmortales”.

Bórquez Solar era militarista, dirá tristemente nuestro investigador, y recordando que este poeta fue de los más apreciados en su época, deducirá de allí que el militarismo era en 1918, general en el país: “¡Mucho camino hemos andado!” añadirá el historiador.
Prosiguiendo su lectura, tropezará con los siguientes versos, para mí muy hermosos y benéficos, pero que serán para él una blasfemia, un sacrilegio, una atrocidad imperdonable:
“¿Cómo, pues, no sentir un sacro fuego
dentro del corazón, que se acrecienta
al recordar nuestro abolengo heroico
en estos días de la patria joven?

¡Y cómo es bello y enardece el brío
este recuerdo de pasadas guerras!
¡Y qué ancho el corazón se ensoberbece
porque la nutre una orgullosa sangre!”

Y como el poeta escribe para 1918 y no para 2018, no repara en el horror con que lo leerán dentro de un siglo, los apocados y pacifistas de entonces… Dice, en efecto, desembozadamente:
“…Amemos, pues, los triunfos de la fuerza,
hasta el fragor de las revuelta lidias,
el espectáculo mismo de la muerte
que fortifica el corazón magnánimo;
que al alma varonil que nada teme,
que a las audacias todas de la espada,
la tierra subyugada se la entrega,
la tierra subyugada galardona.”

¡Qué horror!... Al leer estas bélicas estrofas, el pacifista del año 2018 nos mirará con disgusto… “Esto leían, esto amaban, esto admiraban los hombres en 1918… ¡Qué fieras!... y había críticos para celebrar semejante inhumanidad”.
Los había, los hay, y soy uno de ellos, porque, gracias a Dios, creo, con el señor Bórquez Solar, en los héroes, en la patria y en la espada. Y muy lejos de inculcarme ideas pacifistas, los sangrientos espectáculos de hoy me inducen a maldecir del pacifismo, cuya morfina, propinada por los sofistas revolucionarios, adormeció en provecho del enemigo a los pastores de los pueblos. Sin el pacifismo de “anteguerra”, es seguro que la guerra actual no habría estallado. “Si vis pacen para bellum”.
Contagiándome estoy, bien lo veo, con estos versos; pero es un contagio benéfico y digno de cultivo…
Sea de ello lo que fuere, conste que una colección de poemas puede ser […] una fuente de revelaciones históricas..
Para mí la nobleza del sentimiento inspirador de un poema es lo que constituye su valor y cuando la forma literaria con que este sentimiento viene revestido, no resulta indigna de él, ¿quién le rehusará sus alabanzas?
Versos habrá prosaicos, y vocablos de dudosa prosapia; pero estos defectos desaparecen en el movimiento y el calor, en la belleza del sentimiento heroico que anima al libro desde su primera hasta su última página.
Chile, sus héroes antiguos y modernos, su tierra y su mar, su cordillera, he ahí el tema de estas “laudatorias”.
“Mis “Laudatorias”, dice el señor Bórquez Solar, al final de su libro, tienen por objeto entusiasmar y fortificar a los niños y a las vírgenes, a los jóvenes y a las vírgenes, a los jóvenes y a los hombres maduros, en el culto de los héroes y en el amor a los laureles épicos. Y no más…”
¡No más! Pero no terminaré este artículo sin agradecer de corazón al señor Bórquez Solar los versos en que, después de celebrar el heroísmo chileno, ensalza y alienta el de Francia, Italia y Los Estados Unidos.
Señalaré, pues, a los aliados, los tres himnos que el amor a la libertad y a la justicia ha inspirado al señor Bórquez Solar: “¡Ardiente Francia!” – “¡Adelante Saboya!” – y “A la bandera estrellada”.

P.D. – En repetidas ocasiones el señor Bórquez Solar habla de los pumas en su libro. A mi modo de ver, convendría que los poetas estudiasen la vida y las costumbres de estos animales en la monografía intitulada: “Apuntes sobre el puma” (Santiago, 1917), que el señor Roberto Rengifo les ha dedicado. Creo que de esa lectura saldrían los poetas para siempre, desengañados. El puma, tal como el señor Rengifo nos lo pinta, parece demasiado experto en materia de retiradas estratégicas y muy llorón para figurar dignamente en epopeyas y laudatorias heroicas. Cierto es que el señor Rengifo ha estudiado la psicología del puma, principalmente en la región central de Chile. Puede, por tanto, suceder que en los bosques del sur el animal, tantas veces cantado por nuestros poetas, se porte en forma menos indigna del glorioso nombre de “león” que se le ha concedido. Pero conviene que este asunto se averigüe bien. Porque, al fin y al cabo, los poetas han de obedecer al precepto de Aristóteles, según el cual es menester que la poesía esté siempre acorde con la verdad, hoy diríamos: con la historia natural…
Omer Emeth.
El artículo original en [SIC] Poesía Chilena del Siglo XX.

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