15 febrero, 2011

[Las malas juntas de José Leandro Urbina]. Por Juan Manuel Silva

La historia editorial de Las Malas Juntas es particular. Publicado originalmente en Canadá el año 1978, es reeditado en 1986 en Chile; en 1993 se publica su tercera edición corregida y aumentada con más de doce textos nuevos; el pasado 2010, Lom publica esta versión definitiva del famoso libro de José Leandro Urbina.
Conoce un poco más de esta historia en el artículo que Juan Manuel Silva escribió para La Calle Passy 061.



Las malas juntas de José Leandro Urbina

Mientras el prólogo de Grínor Rojo a Las malas juntas de José Leandro Urbina, en su última y definitiva versión del año 2010, se cierra diciendo que “La querella entre los buenos y los malos es, como el lector podrá en ellos comprobarlo, una historia de nunca acabar…”, podría yo, desde un sitial mucho más modesto –claramente-,plantear que la querella que propone el género del cuento, al menos en gran parte del siglo veinte, es una querella entre buenos y malos cuentistas. No sé si atribuir esto a que la mayoría de los cuentistas de la postvanguardia olvidaran el imperativo literario de cuestionar el género al cual adscriben o la confusa novedad y búsqueda de lo nuevo por las cuales naufragan los jóvenes. Puede ser que el aburguesamiento de la noción de relato e historia (sin diferenciarlos), o la saturación que provoca el simulacro de intimidad, referencialidad y aquello verdadero, sean culpables. Pero no. Aun así, aunque se lo trate de agónico, quienes lo siguen leyendo y quienes lo piensan, saben que no hay tal funcionamiento ordenado, ni siquiera en una posible historia de la muerte del cuento.
Podrían enumerarse tendencias o autores que contravienen este binomio, claramente, ubicándose a la diestra en el sentido de la valía o trascendencia; aunque lo curioso se hospede en ese cambio que advierten varios pensadores a principios del siglo pasado, estableciendo una analogía entre el arte y la técnica, más específicamente entre la producción en serie y el trabajo pleno de sentido, aquí y ahora.

“Para ser significativa, la eficacia literaria sólo puede surgir del riguroso intercambio entre acción y escritura; ha de plasmar, a través de octavillas, folletos, artículos de revista y carteles publicitarios, las modestas formas que se corresponden mejor con su influencia en el seno de las comunidades activas que el pretencioso gesto universal del libro. Sólo este lenguaje rápido y directo revela una eficacia operativa adecuada al momento actual. Las opiniones son al gigantesco aparato de la vida social lo que el aceite a las máquinas. Nadie se coloca frente a una turbina y la inunda de lubricante. Se echan unas cuantas gotas en roblones y junturas que es preciso conocer.” (Dirección única, p.15)

En ese sentido, si ya los dos notables prólogos problematizan la situación de los géneros referenciales y la efectividad del cuento como una partícula de la realidad social y cultural, atomizada por la violenta irrupción militar en el golpe de estado de 1973, pareciera no quedar otro ámbito que cuestionar o criticar. Como ocurre con la experiencia, el relato pareciera ser inenarrable. Asimismo, cobra valor el fragmento de Walter Benjamin dentro de la supuesta fragmentariedad de los cuentos y microcuentos de Urbina. Considero que no es exacta la analogía entre la destrucción de la memoria y el colectivo y la fragmentariedad del relato, pues no hay una voluntad, creo, de establecer siquiera un efecto o halo de absoluto o totalidad con respecto a la experiencia del exilio y la dictadura. Por el contrario, como haría un clochard (pensando en París del siglo XIX) o, mejor dicho, un recolector (productivizando el reciclaje en Nelly Richards), Urbina trabaja los retazos de un tejido entrecortado para realizar su patchwork, o bien, si lo pensamos desde la fragmentación de los recipientes, como un mosaico. Por lo mismo, más allá de dar cuenta de la distancia y el abismo, su narrativa en Las malas juntas reconstruye una sensibilidad, digamos, un ámbito colectivo, marcado por el fracaso, el dolor y el exilio físico y espiritual. Podría decirse que todos los sujetos están arrojados al mundo, en una posición excéntrica, fuera de sí. Al contrario de referentes narrativos como Tejas verdes de Hernán Valdés, en el que justamente se representa el hiato entre los sujetos vejados, a modo de hipérbole terrible de la incomunicación entre las clases o roles que se dan en la sociedad, Urbina se allega a las historias de oídas, esas crónicas aún sin publicar de quienes al perder un país, descubrieron la solidaridad y la empatía en la más abyecta situación.
Notable también, la primacía que Urbina le da a la ficción y a una tropología de arte mayor, en la que no podemos descubrir a ciencia cierta si los símbolos estables (culturales, pop, religiosos) son parodiados u alegorizados hacia una visión más abarcadora del momento. La ambigüedad literaria, sin socavar los fundamentos de la historia o el relato testimonial, abre la posibilidad de múltiples lecturas, perspectivas que complejizan aún más el arduo diseño dictatorial en Chile. Al cabo, la voluntad de literaturizar es la de presentar la lectura –esa forma de habitar desde las subjetividades el mundo- como un modo no monológico de comprender el tejido y texto social . Ahora bien, si en este punto que nos detenemos, la variedad de lecturas que entrega Urbina es sorprendente, pues parece que quisiera representar la sensibilidad desde los sentidos, como en el cuento “Visión”, esa impresión de tacto que pareciera existir en “El amuleto” mediante el contacto con la tía Marta, el sonido metálico de las últimas palabras de un viejo a su hijo “No llorís, Juanito. Muera como un hombre” en “Dos minutos para dormirse” o la sinestesia propuesta en ese final que tanto recuerda al Sonido y la furia o a Mishima en “La fuga de Voluntad”. Así, representa tanto lo sentido como quien lo siente, reflejando en el inexacto cristal de los relatos una verdad que está en fuga y que desde la lectura podría condenar a estos cuentos a un contexto inmediato. Por ende, como planteaba Benjamin respecto a la eficacia literaria, tanto la fijación al contexto – por la lectura referencial o la visión alegórica – como a una continuidad de fracasos en la historia republicana (¿?) de Chile, conviven bajo una forma literaria que ya no tendría que ver con el monumento sino que con el documento, tecnificada y puesta en relación con las máquinas, es decir, un arte que se vuelca hacia la productividad del mercado, aunque tomando sus armas para hacerlo girar hacia otro norte, a saber, la democratización de la literatura.
Si bien no es exacto el caso, es interesante pensar cómo cambió esta ambivalencia, este pharmakon que sostiene y destruye la eficacia literaria, así como ha acabado impulsando la producción artística hacia la brevedad y la oleosa sustancia de lo prosaico. Aunque Benjamin – que para muchos no se equivoca nunca- situara la efectividad literaria en la metáfora de la máquina, no es la sola repetición de tan nobles pensamientos lo que productiviza y sociabiliza los constructos artísticos; muy por el contrario, hoy podría pensarse que tales estrategias son las que usan los escritores y ciertas editoriales para fomentar la vagancia lectora. En ese sentido, hoy no asistimos más que a parodias de fragmentariedad o de “efectividad literaria” como Benjamin señalaba. Aun así, es fundamental pensar cómo esta forma del cuento corto – de no tan larga data-, si bien presenta una agilidad brutal, del mismo modo permite la validación cultural de un producto, como, por ejemplo, ocurre en microcuentos urbanos o concursos de microcuento. Por otro lado, Las malas juntas de José Leandro Urbina, pareciera señalar un camino distinto, un tercer camino al binarismo. Este es el de invertir la operación de la efectividad literaria para, con los medios de la propaganda, la publicidad y la velocidad comunicativa, trabar los engranajes de la máquina, ya no con mucho aceite, sino con su ausencia.
Cuentos secos, ásperos, que cuesta digerir, son los que nos entrega Urbina después de casi veinticinco años. Narraciones que en su momento fueron, mediante la literatura, un modo de compartir las vivencias, los temores y la angustia de vivir en una constante orfandad. Es elocuente, en ese sentido, la primacía de los espacios públicos, expropiados o aquellos a los que llegan los personajes como allegados. Cuesta pensar en cómo pudo cambiar tan radicalmente la forma de enfrentar los dilemas narrativos y, por ende, históricos en los últimos años, pues aunque Urbina no quiera dar cuenta de las tragedias o las experiencias comunes, esto no desemboca en el paroxismo de la intimidad de clase media o directamente burguesa en la que ha devenido la narrativa chilena actual. Podría ir más allá y decir que también ha contaminado la poesía, haciendo vista gorda del trabajo, las penurias de la vida comunitaria, los conflictos en una noción de familia que se resquebraja y una suerte de contrato social inexistente. Al contrario, la literatura actual va de la mano del mercado, afianzando una imagen de lo actual, lo nuevo y lo deseable, con respecto a exotismos de siglo XIX, cultos del pop, melomanías varias, histerias sexuales o sensibilidades falsamente hiperestésicas. Si bien hay excepciones, el libro de cuentos que propone Urbina como edición definitiva, sobre todo en el relato del que toma el título el libro, al plantear una relación de dos amigos que representaban en su infancia las historias de indios y cowboys como una dialéctica binaria y opositiva, nos devuelve a esas dos formas de leer nuestro país y nuestra literatura, quizás, como si no fueran nuestros. El extrañamiento que me causa la lectura de este libro, aunque afincada en la desaparición de ese país, me hace más sentido desde la posibilidad de volver a leerlo, de interrumpir esa eficacia literaria, esa comodidad instalada en la crítica, desde la crítica, con respecto a la lectura. Tal vez sea un buen momento para volver a considerar esta interminable mutación de buenos y malos no sólo como la expresión de un juicio de valor. Probablemente sea más justo decir que hay buena y mala literatura en relación a los clientes literarios, los compradores, los lectores de reseñas y quienes aseguran la rigidez del campo desde la impotencia, el cansancio, la derrota. Literatura efectiva y mala literatura.

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