31 diciembre, 2010

[Ruda]. Por Pablo Torche

Para algunos, Ruda de Germán Carrasco es el mejor libro del 2010, pero como esto no es una competencia, o un juego de niños, el crítico y narrador Pablo Torche nos dice: "la poesía de Carrasco ha dado muestras de una consistencia y sentido de autonomía notables, profundizando siempre en torno a caminos poéticos propios y privativos, que vuelven a explorarse en Ruda con renovada maestría". Continúa leyendo esta crítica que cierra el año 2010.




Ruda


Tal vez no valga la pena atribuir a nadie en particular la relativa desconsideración con que se ha tratado en Chile la obra del poeta Germán Carrasco (Santiago, 1971), y que ésta se deba solamente a la escualidez generalizada (por no decir derechamente desnutrición) del medio crítico, reflexivo y periodístico nacional. Pero también es cierto que son los mismos que cada tanto hacen abluciones por los supuestos “poetas malditos”, o las “glorias olvidadas” de la tradición nacional los que en el presente –cuando hay una oportunidad concreta de abordar el problema, y rectificarlo- apartan la mirada de la poesía actual y deniegan a los autores que realmente la están construyendo, el reconocimiento o, tan solo, la recepción crítica que toda obra en formación requiere.
Por alguna razón en Chile nos gusta destacar a la gente cuando está muerta o, en su defecto, cuando la muerte ya la ronda. Pareciera que únicamente cuando los autores alcanzan cierta edad (después de una vida de anonimato y marginalidad) se vuelven realmente admirables y dignos de confianza. Entonces, se los transforma de pronto en unas especies de vacas sagradas que merecen alabanza y devoción por todo lo que hacen. Curioso regalo para la vejez y, de alguna manera, una forma inversa de ostracismo, esta apreciación acrítica y un poco zalamera de cualquier gracia, chiste o frasecita irreverente o sexópata que el poeta “veterano” tenga a bien emitir. Pero antes de eso hay muy poco de lectura atenta y valoración reflexiva y la poesía que se está armando en Chile tiene una difícil labor para mantenerse a flote en el pantano de nuestra anémica vida cultural.

Ejemplo notable de este fenómeno, así como de capacidad de sobrevivencia y rigor, es la obra de Germán Carrasco que con su sexto libro, Ruda (Cuarto Propio, 2010), consolida una poesía de excepción. Su carrera se inicia en 1997, con la publicación de La insidia del sol sobre las cosas, libro que de alguna forma recogía toda la tradición poética nacional y era capaz de sintetizarla en una propuesta nueva y original, completamente plausible para los tiempos que corrían. Por sobre todo, La insidia… ofrecía un lenguaje propio y auténtico para experimentar el Chile de los “90, huérfano de las grandes utopías, así como de las paternidades poéticas, y en el cual los sujetos vagaban angustiados y a la deriva, en busca de algún punto de apoyo en el cual reposar. La influencia de este libro en la poesía joven o germinal de la época fue enorme y justificada, y con su mundo de fachadas continuas, gatos “que con su sola presencia permiten que no se desate el caos absoluto”, y versos como: “Ya que bañarse o enamorarse no estaba presupuestado / no trajiste bikini ni yo escafandra”; sentó las bases de una nueva poética y abrió caminos para toda una generación.

Desde entonces, la poesía de Carrasco ha dado muestras de una consistencia y sentido de autonomía notables, profundizando siempre en torno a caminos poéticos propios y privativos, que vuelven a explorarse en Ruda con renovada maestría. En aras de la economía expresiva, destacaré en esta crítica principalmente tres.
El primero de ellos es el intento permanente por fundir, o quizás, mejor fusionar, el lenguaje elegante y el popular, que es sin duda una operación política, un intento de echar luz sobre lo marginal, lo periférico o simplemente lo humillado, pero también una búsqueda de un lenguaje auténticamente contemporáneo, un rechazo de todo que resuene a formas líricas añejas, vencidas, pura forma sin contenido. Se repite así en Ruda la “fusión entre lo elegante y lo demótico”, según el “dictum” de resonancias programáticas que se anticipara en La Insidia…, a través de la inclusión del habla coloquial y “flaite” y el favoritismo por el coa y por todo lo marginal. Actitud que se registra a un nivel lingüístico pero también escénico, por ejemplo con la visualización de la ninfa Calipso (de la poesía homérica), paseando en un taxi por Santiago al ritmo de la cumbia, o la interpelación directa al mismísimo Zeus, en un argot muy a tono con la sombría masculinidad actual: “–sé que te cogiste / a la bella Leda / ¿gemía Leda / desnuda y vencida / mientras salían chispas / de los ojos de un / Pan voyeur, triple / equis?” (“El cisne”).

A través de esta mezcla o entrelazamiento de hablas se va construyendo un lenguaje nuevo, o más precisamente auténtico, que busca hacer ingresar en la poesía el conjunto de elementos o símbolos que forman parte de la vida actual, sin los cuales la poesía necesariamente se anquilosa y finalmente se aliena. Este es, quizás, el rasgo más notorio de la poesía de Carrasco, y el que ha resultado de alguna forma más influyente, visible sobre todo en las imágenes sorprendentes, a veces irreverentes, con que se busca recuperar para la poesía elementos como las canciones pop, las películas triple X, los calzoncillos Calvin Klein o los invisibles “cables de telefonía celular / que esquiva el golondrinaje”. El inicio de “Mama Maremma” ofrece un buen ejemplo de esta propuesta, que es a la vez una forma de establecer un diálogo renovado con la tradición poética precedente:


Tras estos plátanos orientales sobre los que se desmadeja
el crepúsculo, como el culo
de un alegre Neruda sobre un espumoso e hinchado bergere
rescatado de la utilería de una de Tim Burton;
tras estas 777 –por no decir 1.000–
variaciones de rojo

está el Pacífico, Julián: respira hondo y sin ansiedad.


El tercer camino expresivo que me interesa destacar es quizás el que Ruda explora con mayor devoción, y que se relaciona con una constante reflexión acerca del lenguaje poético en sí mismo, y de lo que es el poema, esa conexión rara entre experiencia y literatura.

El abordaje de este tópico aparece de manera genial en “Interior”, uno de los poemas más logrados del libro, que se estructura en torno a las manchas de sangre, primero de un suicida, asperjadas sobre un muro blanco de tal manera que hacen recordar un cuadro de Pollock, luego de una mujer en su período menstrual, golpes o hematomas sobre la piel y finalmente el manchaje impresionista de los árboles florecidos en primavera. A través de estas conexiones tensas, corrosivas, a veces violentas, el poema avanza hasta el oficio de la escritura, la poesía como una mancha en la página de la vida, una mancha que intenta sacar a luz algo de ese interior inexpresable, el alma, el corazón o, como prefiere llamarlo el poeta a lo largo de este libro, el “cuore”: “un cartucho de tinta adulterada / que arruina la impresora, el escritorio, los papeles.”

A lo largo de esta reflexión acerca de la poesía, Carrasco avanza en Ruda hacia una poética que coquetea con el silencio, pero que no llega nunca a callarse, que es en realidad una alusión a lo otro, lo previo, la experiencia intransferible e irrepresentable que da origen al poema pero que también lo supera y lo vence. Sus influencias no son el objetivismo mínimo, ni siquiera el lenguaje condensado (de hecho, todos los libros de Carrasco son cuidados, pero profusos), sino más bien el rechazo persistente a toda forma de grandilocuencia y exageración. El mantra de Keats que lo guía “Heard melodies are sweet, but those unheard are even sweeter” (“Las melodías que se escuchan son dulces, pero son más dulces las que no se escuchan”), sirve como punto de partida para la búsqueda (verbalizada, poetizada diríase), de un fundamento del lenguaje, algo que le dé sustento, sentido.

Se propone así, en “Azaleas”, otra de las piezas claves del volumen, un “flirteo con la transparencia / el silencio dentro de la palabra / la palabra que imita la brisa”, que deriva finalmente, y como es fácil de predecir en realidad, en una pregunta por el amor, un amor que es a la vez el amor sensualizado de Neruda y la búsqueda de una poesía primaria, original: “la pareja / que es susurro y voz entrecortada / por eso el poema en voz alta / no existe / es pura alharaca.” Al igual que la poesía, el amor: “exige voz baja / el canto de los pájaros raros / o el mantra del pattern de tu jadeo / desnudo en la oscuridad”.

A través de esta búsqueda por lo fundamental, el intento de retornar a la fuente de donde mana el lenguaje, Ruda revela una preocupación insistente por la trascendencia que, si no llega a resultar angustiada al menos sí parece cada vez más punzante. Hacia el final del libro aparece de forma mucho más explícita en “Imagen y semejanza”, un poema largo, que parece la repetición o ensayo de la misma historia en varias versiones. Si el ejercicio resulta un poco monótono, y no del todo logrado, la metáfora que lo sustenta, genial y característica, sirve como compensación: se imagina que Dios padece una enfermedad ocular, una especie de mancha en el ojo que le dificulta la visión y deja un punto de la Tierra al amparo de su mirada. Y es este punto o foco de oscuridad, esta pequeña patria móvil y literalmente “sin Dios”, en la que Abraham intenta refugiarse, huir de Dios, cuando recibe la orden de matar a su hijo. El poema se transforma rápido en una travesía espiritual invertida, en la que resulta difícil no leer una preocupación trascendente e incluso solapadamente religiosa, a pesar de que el poeta advierte varias veces a lo largo del libro en contra de interpretaciones de este tipo.

Se trata en todo caso de una veta también permanente en la poesía de Carrasco, que ya desde sus primeros libros recurría a la imagen poética del paraíso como única resolución definitiva para la situación del hombre en el mundo, pero que adquiere aquí una dimensión más palpable. Desde luego que no es una aseveración definitiva, ni siquiera una propuesta de ribetes intelectuales o especulativos; se trata más bien de una apertura o una pregunta, una “apertura a la pregunta”, por la capacidad del hombre de darse un destino por sí mismo en el mundo, por el sentido de la vida humana. En este último poema, esta pregunta resuena en todo su espesor a través de la imagen repetida de Abraham vagando por el mundo tratando de escapar de Dios. Por supuesto que no hay una respuesta, ni en este libro ni en la poesía de Carrasco. Eso sería no sólo doctrinario e irritante, sino banal. Pero en este terreno, y sobre todo en la poesía, lo que importa no es la respuesta, lo importante es la pregunta. Y quizás en el hecho de no esquivarla, sino de enfrentarla directamente, y en el terreno poético, resida el valor más alto de este libro, el signo más claro de su fuerza y originalidad. Con Ruda, Carrasco da un paso más en una carrera ya destacada, jalonando la poesía nacional a través de los desgastados tiempos que corren, hacia los desconocidos que vendrán.

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