30 junio, 2010

[Hoy que olvidamos los demás libros: Bruto y líquido de Juan Manuel Silva Barandica]. Por Vicente Bernaschina


Donde el pasado, o la irremediable infancia, encuentra sitio, nace la amistad, el amateur: el aficionado, el que ama. Y la siguiente crítica, desde su representación, trata de sobreponerse a sí misma o escapar a la amistad. Vicente Bernaschina nos cuenta parte de su lectura de Bruto y Líquido (AM Libros, 2010) de Juan Manuel Silva Barandica, organizador, entre otras iniciativas, del ciclo de lecturas de poesía y conversaciones Antología en Movimiento.



Hoy que olvidamos los demás libros
Acabo de subirme a un tren que cruza Berlín. Es pasado el medio día y voy camino a trabajar. La luz entra por la ventana y me ciega. Inmensa, emblanquece el frontis de los edificios, lustra las copas de los árboles; aquí dentro, el vagón en penumbras queda abandonado a las siluetas distraídas, absortas en sí mismas o ante toda la luz. Al fondo, una sombra se levanta y sale al andén. A pesar que ya no está, la figura permanece en mi retina. Decido tomar su lugar y mientras lo hago, no dejo de pensar en los versos que acabo de leer.
Más allá de imponernos otro lenguaje, abre el camino paso a paso para que la poesía sea nuevamente una actividad transformadora y reflexiva.
Una sola imagen atrapada entre el sol y mis alucinaciones, que apropiándose de la forma del Haikú, lo torció, lo agrandó, lo mutiló; dejó entrar en este mundo las dos caras de esa realidad que no es posible abarcar de una sola mirada:
Pierde el adobe su estado, gota a gota
La cañería se desangra
Fango del tiempo salpica el caballo
La silla deja un cuerpo que atardece
Lenta imagen de ceniza en la muralla (“Sombras”).


Suena una bocina que escucho ensordecida detrás de los audífonos. Una mujer advierte la partida, las puertas se cierran y el tren avanza. Pero yo ya no estoy aquí. De un golpe he sido arrebatado de mi sitio y si bien mis ojos miran por la ventana los techos y las calles de Berlín, se posan sobre la torre de televisión que corona Alexanderplatz, no puedo quitarme de la cabeza los viajes eternos que tenía que hacer diariamente de mi casa a la Facultad y de regreso. Arriba de la micro, los autos atascados fuera, nosotros atascados dentro. Padeciendo la modorra contagiosa de tanto cuerpo con el atardecer encima, o el amanecer, con la viva sensación de que todos nos desprendíamos de nuestro peso y cansancio. Ese “aciago supurarse día a día,” con el que:
la piel como la historia
aumenta, crece, muta
y para vivir, deja
nos va dejando a nosotros en las cosas (“Piel”).


De golpe, ya no estoy en el lugar en el que estaba y mi memoria no es la misma. Todo alrededor se me aparece cargado de historia y de un irremediable devenir. Lo que empezó como una lectura distraída, un paseo por la calle con un par de papeles en la mano, se transformó en otra cosa. El tren y estos diecinueve o veinte poemas para leer en él, la micro y la gente a mí alrededor confluyen en un punto suspendido entre la sombra que se fue y el asiento que vine a ocupar. ¿Cuántos otros cuerpos, cuántos otros viajes, qué infinito de humanidades deshaciéndose a diario sólo para vivir?
Bruto y líquido de Juan Manuel Silva Barandica se abre así, desde un tono cotidiano que se enfrenta al tedio, desde la imagen de un gato que se lame los pelos, que bosteza, y nos aproxima con parsimonia a una realidad transfigurada. Más allá de imponernos otro lenguaje, o de buscar la conjunción oculta entre la máquina de escribir, la mesa de disección y un paraguas, abre el camino paso a paso para que la poesía sea nuevamente una actividad transformadora y reflexiva.
A Juan Manuel lo conozco desde la Universidad, así que mi lectura de sus poemas no fue desprejuiciada. Fueron innumerables las veces que nos quedamos resolviendo los problemas del universo, de las fuerzas ocultas que se van comiendo todo a nuestro alrededor. Que alienándote, te insensibilizan, te matan, te hacen tibiamente feliz. Innumerables las botellas que se acumularon en los basureros del campus, de la esquina, de su casa o de la mía. Y no podemos escapar a esto: “El basurero es un reloj que guarda cada instante / hasta llenarse su destino” (“Polaroids”). Acaso en este momento se esté cumpliendo parte de él.
Conociéndolo, conociendo sus poemas juveniles, sus inclinaciones esotéricas y el abuso de palabras arcanas, Bruto y líquido me sorprendió. Con esa línea que da título al primer poema, que da título a este comentario, destruyó todas mis expectativas. Me obligó a pensar dos, tres, mil veces qué es lo que iba a leer. Qué era aquello que yo esperaba leer. Los poemas me invitaron a pensar su propuesta con serenidad y fueron ellos los que me llevaron a escribir lo que sigue.

En Bruto y líquido, la sugerencia va por el lado de las formas, de los nombres, de la asimilación paulatina de tradiciones aparentemente lejanas, que se encuentran en la mirada, en los gestos, en el trabajo diario. En la sorpresa de que las cosas que me rodean, que lentamente he ido acumulando, no son simples objetos sino una prolongación de mi vida y mi cansancio, de mis alegrías y tristezas. Y más aún, de mi formación y de mi historia.
Teñido todo el recorrido de los poemas de un ambiente crepuscular, en el que “sólo lo que cae debe ser reconocido” (“Otoño”), las imágenes de este decaer del día y su renacer, se van mezclando con nombres, eventos y guiños que reconstruyen con un extraño afecto las temibles décadas de nuestra infancia. Los años ochenta y los noventa se respiran en descripciones de la cocina, de los objetos que allí se acumulaban. En los juguetes que podíamos tener y la ilusión de esos otros que, desde las vitrinas, nos sugerían vidas muy ajenas a las nuestras (“Lego Land”). En la radio y la televisión, en esas series como “Lobo del aire” y la presencia de máquinas de coser con las que había que hacer durar la ropa de estos niños que se agrandaban y se desbordaban ante la siempre contenida economía familiar (“Té”).
De modo que desde esta acumulación de experiencias y memorias cotidianas, de pronto empiezan a destacarse nombres y señales de mundos que estando ahí, evidentes, expuestos, nadie había reparado con verdadera atención. Todas esas cosas tienen a su vez su historia y sus raíces. Tradiciones lejanísimas que, a pesar de la distancia, ya fueron nuestras en esos años. Mediante una extraña amalgama, las múltiples existencias que nos anteceden, los mundos aplastados por esos otros que elegimos o eligieron por nosotros hace ya tantas generaciones, se asoman dispuestos a reclamar justicia en un universo donde Tanizaki (“Polaroids”), el budismo (“Ventanas”), el asombro de lo material (“Palta” o “Capas”), se encuentran con la televisión, el fútbol (“1991”) y el animé (“La tumba de las luciérnagas”). Una educación en sensibilidades ajenas que lentamente regresan a tomar cuerpo y sentido, donde ese dejar de la piel en las cosas es a su vez un dejarse transformar por el pasado abandonado.
Y si a ratos hay poemas que parecen perder el ritmo, la cadencia mínima que marcan los versos del inicio y sus imágenes, al cabo de un rato me los figuro tambos en el camino del Inca. Refugios y descansos en esa eterna ruta hacia las cuatro regiones del universo. Acaso, dirán algunos, a la poesía de Silva Barandica le sobre reflexión, pero como ante todo arte después de su hegeliana muerte, no me es posible hacer oídos sordos al proyecto que me ofrece. Ante la retirada de la naturaleza, ante la hegemonía del puritanismo burgués, la poesía se hizo reflexión y abandonó el mundo para intentar romperlo desde dentro y desde afuera.
Recuperar esa historia y saber su momento y su necesidad, es indispensable. Tal como la novela actual tiene, inevitablemente, que confrontar al realismo que le dio origen para terminar de una vez por todas con esas narraciones contenidas y fruncidas en las que la armonía y el estilo pretenden deslumbrar y sólo logran reducir al mundo a “la literatura,” Sliva Barandica nos insiste que en la poesía es urgente encarar la agonía del pensamiento romántico. No para resucitarlo, sino para saber dónde tenemos que empezar a escarbar.
Bruto y líquido se apropia, entonces, de los gestos característicos de diversas tradiciones poéticas e irrumpe en nuestro afán por quedarnos con las líneas hegemónicas y basta. No reconocer, como lo acusa Soledad Bianchi en La memoria: Modelo para armar, la multiplicidad de propuestas poéticas que inundaban la literatura chilena hacia los años sesenta. Quedarnos en la pereza intelectual de ver en el espacio poético solo “lo que hay,” según el turismo literario: Chile, este país de poetas, consagrado en una clara “línea recta,” que más bien parece madeja enredada, que conjuntaría a Mistral, De Rokha, Neruda, Parra, Lihn, Teillier, Lira y Zurita (donde no es gratuito que haya sólo una mujer, al inicio de la lista, conservada ahí porque así lo exigen los reconocimientos mundiales).
Así, estos poemas de Silva Barandica nos presentan un tejido de formas y guiños en los que me parece ver vivas de nuevo las confusiones y debates entre el gerundio rokhiano, repudiado y castigado por el purismo de Miguel Arteche; la metafísica de Rosamel del Valle y de Humberto Díaz Casanueva, erosionada por las voces insólitas de Hugo Goldsack, Jaime Rayo o Gustavo Ossorio. Realmente un campo de batalla en el que el grito de Neruda: “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta,” encara su límite y transformación: “Hasta que aprendiste a callar para que otros hablaran por tu boca” (“Hoy que olvidamos los demás libros”).
No queremos nada nuevo, amenazan los poemas de Bruto y líquido. Basta ya del engaño fácil de la novedad. Al menos no hasta que hagamos regresar lo viejo renegado. Que vuelva a aflorar, como en tantas otras veces en nuestra historia, para decirnos todo, absolutamente todo, lo que hasta ahora no le hemos permitido.
Al final de mi viaje, no sólo estaba en el tren y en la micro, abandonado entre la multitud, paseándome por Juan Gomez Millas, sino también sentado en un sillón con olor a naftalina; las piernas colgando del borde, las rodillas rotas por algún resbalón en el pavimento después de una pichanga o de una vuelta en bicicleta, esperando con ansias que se iniciara el desfile de dibujos animados que iluminaría el prolongado atardecer.
Eran los fines de semana que se estiraban en la casa de mi abuela; los primeros romances tímidos de la adolescencia.
Al final de mi viaje, también fui la sombra que dejada en el asiento, salió hace dos estaciones del vagón para seguir su vida.
Precisamente hoy fue un día en el que no olvidé, no pude olvidar, los demás libros.

Vicente Bernaschina Schürmann.
Berlín, Alemania.
8 de mayo, 2010

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