15 enero, 2010

[Las memorias del Baruni y uno que otro problema del realismo]. Por Juan Manuel Silva


En la Furia del libro II, feria de editoriales independientes realizada en diciembre del pasado 2009, Juan Manuel Silva Barandica se hizo cargo de presentar Las Memorias del Baruni (La Calabaza del Diablo, 2009), novela de José Leandro Urbina. El que un grupo de jóvenes se reúna a espaldas de las instituciones que los avalan simplemente en su fútil cualidad de jóvenes, debería ser una práctica política, pensamos, sobre todo teniendo en cuenta los esfuerzos de Libros La Calabaza del Diablo con ya significativos años en la "movida cultural" independiente. Por eso, a menos de dos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en este pequeño país llamado Chile, publicamos este texto con una especie de esperanza: aquella, histérica quizás, de hacerse notar.



Las Memorias del Baruni y uno que otro problema del realismo.

Debiera al menos importarnos que la novelística actual tenga un resabio adolescente, es decir, algo como un sabor a cerveza mala, a barrio de clase media arribista o, de modo directo, de culto a las profesiones universitarias humanísticas, al sufrido destino del intelectual de izquierdas o al difícil diálogo entre poesía y política. No son sencillos los días que pasan, como tampoco lo fueron en el pasado. Y así como dar cuenta de una dificultad no soluciona nada, decir que la narrativa chilena del último tiempo pareciera salida de una cervecería de Ñuñoa, de las aulas de alguna universidad privada (o pública, ¿qué más da si nada es gratis?) o de una biblioteca en Cataluña, no aporta mucho al problema. Lo que sigue tampoco.

Creo que es sorprendente que en el cono sur de América, hoy en día, con las severas injusticias sociales, las acomodaticias e irresponsables carreras profesionales y la exacerbación del éxito o esa parodia suya que es la derrota, siga planteándose un arte verbal pendejo y amariconado. Me explico. Nada tiene que ver esto con edad o preferencia sexual. Por el contrario, hablamos de discursos. Discursos débiles, comprables y huecos, como una cajita de Casa Ideas. Novelas amorosas, novelas sucias, novelas limpias, oscuras y claras, en las que los personajes ya sean idiotas o genios, reflexionan profundamente sobre la escritura, abisman su texto, jugando además con especulares estructuras. Novelas para viejas de veinticinco años, ávidas de fornicio y lectura, cine francés y cultura americana, o siendo más específico, norteamericana. Por ventura no es este el caso del primer libro de las vastas Memorias del Baruni, suma de registros, discursos, modulaciones y de novelas que, como podría haber planteado Baruni sobre estos artistas burgueses, melindrosos y afectados “Me los paso por la corneta, (…) recordando los viejos dichos de mis ancestros”.
José Leandro Urbina

Las memorias del Baruni hace saltar desde la biografía del personaje, la estancada y fétida agua de la historia democrática, planteando continuidades, interrupciones y quiebres entre la vida particular y la vida social o colectiva. Así, mediante la figura del manuscrito, el texto biográfico, el documento que tensiona los límites entre ficción y referencia objetiva, literatura e historia, José Leandro Urbina bajo la categoría de editor de los textos del Baruni, organiza los dispersos escritos, recordándonos a Los siete locos y Los lanzallamas, a Jan Potocki y Don Quijote. Pero lo que la novela plantea no es tan sólo un asunto de géneros o estatutos de ficción, no es tan sólo la querella entre crónica, novela o historia reciente, es más, pues tomando aspectos de la novela de formación, el despertar sexual de la novela francesa y la narrativa realista chilena, traza un desordenado mapa de relaciones entre la extranjería de los Baruni, la mezcla de religiones y costumbres, la diversidad de sentidos del espacio urbano en Santiago y la perversión de una ética del trabajo, entre otros aspectos. De ese modo, aunque los Baruni sean de familia extranjera sólo pueden asumirse como chilenos (cosa que ha dejado de ocurrir), asimismo, la incapacidad de producir y ser disciplinados en sus respectivos quehaceres, más que el detalle de un retrato costumbrista, acaba presentándose como un aparato de lectura crítica de la realidad chilena actual, digamos, de la representación de esa realidad fragmentada que es la narración democrática postdictatorial. En este sentido, el Gordo Baruni encarna la verdad de un estudioso joven que, en vez de coordinarse con el progreso nacional, refleja la secreta dirección del paso de los años: la destrucción, la ruina, el derrumbe. Basta ver el espacio que habitan los personajes, el profundo y lleno de sentidos barrio de Independencia, para comprender cómo se han ido borrando los cronotopos, anulando las superficies de inscripción histórica, al punto de quedar únicamente la corporalidad singular, como testimonio de una microhistoria de los vencidos, alegoría del gran relato social que anuló el Golpe de Estado.

La sexualidad, la violencia, las excrecencias y las repetidas alusiones obscenas, grotescas pullas, presentan esta historia singular, no como la letanía de un país que fue destruido, sino como la representación dramática de un error. Por lo mismo, la parodia, la ironía y la risa se vuelven armas críticas para desbaratar una seriedad aristocrática y latifundista, que anega gran parte del burgués proyecto realista en la novela chilena. También esta gravedad está en las revolucionarias y marxistas academias, en los informadísimos lectores y los sapientes y zahoríes escritores. Tal elitismo y falsa erudición, el privilegio de un tono alto, sublime y sacro, es anulado por el escarnio al que se somete y es sometido el personaje en sus múltiples encuentros amorosos, en las burlas a sus compañeros de infancia y en la negación al trabajo honesto y disciplinado, se puede entender el diálogo del cuerpo y el espíritu, lo moderno y premoderno, lo ilustrado y lo bárbaro, así también una síntesis carnal, un mapa de secreciones que se revelan en su pura superficialidad, es decir, la humanización y dignificación de las experiencias cotidianas, burdas y abyectas.

Podría decirse que la historia reciente del país es representada por el decurso ideológico y sentimental de Baruni, aunque probablemente no lo sea, esto, pues otro aspecto cuestionado es la generalización, lo esencial y transituacional. Por ende, los valores universales, las leyes y convenciones sociales, pierden valor ante el carácter festivo de los personajes. Sería interesante plantear, además, que lo íntimo, lo privado –salvo en el caso del fornicio- es exteriorizado hasta hacerlo público. Gran ejemplo de esto, son las representaciones de la elección de Frei y Allende. Así, los proyectos populares, la lucha por la dignidad de las personas, como un discurso se juega paródicamente junto a las experiencias del Baruni. Las promesas colectivas, quizás previstas por los problemas familiares, acaban desmoronándose como las relaciones interpersonales pierden la profundidad y el enigma. Aun así, no es esta primera entrega el eco del llanto y la victimización.
Celebratoria, carnal y humana, Las memorias del Baruni, devuelve el tono de Méndez Carrasco a la novelística, la superación del binarismo mediante el humor y el absurdo, recordándonos que aquello que pasó no acaba aún de pasar y que existen opciones más allá de la frígida tendencia a la disolución y la teoría europea, los sentimientos volátiles y el programa de ascensión social. Juzgo necesario celebrar también el ocio del Baruni, frente al carácter funcionario de aquellos jóvenes artistas nacionales subcontratados por el tibio proyecto concertacionista de un arte analgésico, onanista y de consumo.

1 comentario:

Pablo Lacroix dijo...

Don Urbina.,.. gran escritor... gran profesor universitario tambièn!