02 noviembre, 2009

[Tarot de la carretera de Manuel Illanes]. Por Rodrigo Olavarría

Tarot de la carretera (Ed. Fuga, 2009) es el primer libro del poeta chileno Manuel Illanes (1979). El libro fue lanzado en dependencias de Balmaceda 1215, el pasado viernes 23 de Octubre. A cargo de su presentación estuvo el poeta y traductor Rodrigo Olavarría, texto que ahora publicamos.

Tarot de la carretera de Manuel Illanes

Partamos por describir el objeto que nos reúne hoy. Tarot de la Carretera es un libro dividido en cuatro partes que llevan por título: La sed, Arcanos, Las Puertas del Edén y Tarot de la Carretera. Como se dieron cuenta, el título del libro es también el título de la última parte del mismo. Yo puedo agregar que además es el título del último poema del libro. No se trata de una obra esotérico-beatnik como algún malintencionado podría llegar a pensar. Es a la vez un libro de poemas, un cuaderno de notas y el diario de un viaje físico y vital. Es también el sumidero de decenas de pequeños cuadros a la manera de Millet, donde conviven pescadores chilotes, un viejo mariscador y su perro que muerde a una cría de lobo marino y una familia peruana jugando fútbol en las ruinas de Saqsaywaman.

Manuel Illanes en lanzamiento Tarot de la carretera.

El libro contiene notas sobre tres viajes, que van de Temuco a Castro, de La Serena a Ovalle y de Ovalle a La Paz, cada uno de estos constituye una de las tres primeras partes del libro y es cerrado con un poema. Cada capítulo y poema está tapizado con toponimias, operación con la cual el hablante se sitúa y se hace parte de los lugares, tal como ocurre en el poema El Exiliado del Sur de Violeta Parra: “Mis nervios dejo en Graneros, / La sangre en San Sebastián / Y en la ciudad de Chillán / La calma me bajó a cero; / Mi riñonada en Cabrero / Destruye una caminata / Y en una calle de Itata / Se me rompió el estrumento.”

Los viajes que trazan los capítulos del libro de Manuel Illanes son la representación viva del territorio chileno, no hay más direcciones que el norte y el sur, arriba y abajo. No es casualidad que Santiago sea mencionado sólo como lugar de escritura del libro (y como apellido de un tal Mario), pues no hay un hogar, no hay un centro al cual regresar pues ocurre que el verdadero hogar son las palabras, la misma escritura: “Una verdad moderna: no hay Penélopes, no hay hogar.” (p.22)



Manuel Illanes en Antología en Movimiento


Y es en esta relación entre la ausencia del hogar y la palabra donde podemos establecer una de las poéticas posibles para explicarnos este libro. El sujeto se define a veces como un paria, tal como ocurre en el blues, donde casi retóricamente se alude a la inexistencia del hogar y la eternidad de la carretera, con lo cual se fija el canto como centro mismo de la existencia: “I ain’t got a home... I ain’t got a home” (“No tengo un hogar... no tengo un hogar”) canta Robert Johnson mientras el perro del diablo le sigue el rastro. Este mismo sentido se transmite vía blues al rock n’ roll, es cosa de recordar estos versos de Matchbox de Carl Perkins: “I’m an ol’ po’ boy, long way from home” (“Soy un pobre chico muy lejos de casa”) o al joven Dylan preguntando cómo se siente no tener hogar, ser un completo desconocido, ser una piedra que rueda. De la misma manera en que el blues al ser ejecutado se convierte en el hogar del bluesman, la palabra se vuelve el hogar del hablante de Tarot de la carretera.

En Tarot de la carretera se viaja con el rostro vuelto hacia el pasado con versos de poemas y canciones a la manera de mantras que mantienen el vínculo permanente con la secta integrada primero por Wiracocha y luego por César Vallejo, Gabriela Mistral, Martín Adán, Violeta Parra, Arthur Rimbaud, Enrique Verástegui, Bob Dylan, Mario Santiago, el fantasma de Arturo Belano y otros.

Este vagabundo no viaja con una guía Turistel bajo el brazo, muy por el contrario, su guía para el viaje la constituyen libretas de notas, poemas, novelas y una garganta cargada con versos e ideas que configuran sus inseparables ética y estética. Está consciente de que el viaje es una exposición, primero al sol que lo distingue de los ciudadanos respetables, a la lluvia que pulveriza las “torpes ilusiones de trascendencia” y a la enfermedad que asoma de vez en cuando su rostro familiar.

Al reunir los textos producidos tras estos desplazamientos, el libro de Manuel Illanes se emparenta con los antiguos diarios de viaje de los escritores del siglo XIX, textos como Viaje a Italia (1786-1788) de Goethe, Viaje a Oriente (1849-1851) de Gustave Flaubert, Cuadros de Viaje (1826-1831) de Heinrich Heine o Diarios de Viaje de Stendhal. Pero en realidad no es con estos textos decimonónicos con los cuales es afín, pues en ellos se tiende con demasiada facilidad a la nota costumbrista y pintoresca, propósito muy alejado de aquel planteado por el sujeto de este poemario, quien no manifiesta interés alguno por esos detalles, tal vez porque nunca se plantea como un extranjero o un turista:

“(...) renegando de las comidas típicas” (p.13)

“Es vergonzoso reconocer que la mayoría de las reflexiones sobre los países que visitamos, se reducen a comentarios sobre la comida, el clima, la ropa.” (p.50).

Por supuesto, es posible rastrear los textos y actitudes vitales que configuran la estética y el ethos del viajero de este libro. Desde la Invitación al Viaje de Baudelaire, a los viajes de Rimbaud documentados en sus reportes a la Sociedad Geográfica de Francia o los inmóviles desplazamientos de Mallarmé. Aquí me permito una digresión, para hacer notar que la Invitación al Viaje, texto paradigmático si existen textos paradigmáticos (“Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!”), está dedicado a Maxime Du Camp, quien fuera amigo, confidente y compañero de viaje de Flaubert en su viaje a Egipto Imaginémoslos por un segundo de pie sobre la cúspide de la pirámide de Keops y luego retornemos a esta sala.

Ángela Barraza (editora Fuga), Manuel Illanes y Rodrigo Olavarría.

La actitud del hablante de Tarot de la carretera se parece mucho más a aquella del católico François Mauriac, quien en sus “Memoires” no hace relación de eventos, ni nos presenta una página llena de causas y consecuencias, sino cómo las personas, eventos y lugares afectan su memoria e imaginación. Así mismo, vemos cómo estos resuenan en el sistema escritural del autor, donde ética y estética están inseparables ligados.

En el Tarot de la carretera no se observa intención alguna de jerarquizar los poemas por sobre los textos en prosa donde aparecen las impresiones del viaje, con lo cual podemos afirmar que el autor no distingue entre experiencia, poesía y materia poética, sino todo lo contrario. El viajero sabe que en la frente lleva un signo que lo distingue, posee la convicción de la identidad entre poesía y materia poética, la conciencia de que la poesía es capaz de renovar la experiencia y la esperanza de que esta sea, en algún grado, un medio de redención.

El desorden temporal en que están presentadas las notas crean la impresión de que los textos son posteriores al viaje, pues en este libro todo es iluminado por la fértil maduración de la experiencia, no se trata de la febril transcripción de los hechos, pues se tiene la certeza de que el significado del viaje no está en la anécdota ni en las minucias del acontecer diario. Wallace Stevens decía que la poesía era una renovación de la experiencia, pues bien, en estos textos se realiza un vuelo dorado por sobre las simas de la memoria; montado en las alas de la materia poética hacia la redención propia y de los sujetos que vivieron/sufrieron los lugares visitados.

Y este es el ámbito en que este libro de Manuel Illanes es político, pues nos presenta un mundo de “lucha desesperada por el pan y la justicia”, un mundo gobernado por el dinero donde el amor vive en constante y muy real amenaza, pues en medio del camino que lleva de Chiloé a La Paz están los espacios donde se “pacificó” la Araucanía, los restos de las salitreras, la escuela Santa María de Iquique y el morro de Arica, recuerdos vivos de las carnicerías en que se sitúan los cimientos de la república chilena.

Alguien podría pensar que, dada la mención de la carretera en el título del libro, el tema del viaje y el uso de la anáfora como principio estructurante en dos de los poemas del libro (“La sed” y “Primavera negra”), que estamos ante un texto “beat”, lo cual sólo tiene asidero en ciertos elementos temáticos, pero que constituye una simplificación para con el fondo del libro, donde resuenan aun más las reflexiones de José Carlos Mariátegui, José Martí, Henri Michaux o el Ernesto Guevara de los diarios de juventud.

Tarot de la carretera no presenta verdades predeterminadas como suele ocurrir con la poesía que se dice política, sino que plantea a la poesía como una emanación cultural y estética de la naturaleza que nos permite sumarnos a un mundo del que no podemos participar, en este caso, el pasado inca, un pasado ante el cual lo contemporáneo parece ser sólo una incómoda excrecencia.

Manuel Illanes.

Manuel Illanes nombra para crear mediante la palabra hechos consumados donde se recupera la experiencia del asombro y el goce puro, así recupera imágenes que nos recuerdan a las creadas por Vadim Yusov en El Espejo, por ejemplo:

“Ninguna catedral podría generar la atmósfera de absoluta paz que nos ofrecía aquella terraza en pleno campo. Corría un viento suave que encrespaba las hojas de la parra y las flores danzaban en el aire incandescente de la tarde. La vida se había reducido al goce del instante, abierto para nosotros como un higo maduro.” (p.54)

Un goce constantemente atenuado por el recuerdo del sufrimiento en el pasado y en el presente, recordatorios encarnados en los cadáveres oxidados de las salitreras, en las fichas para sus almacenes y las construcciones e ídolos de piedra de una cultura vencida que inspira una profunda humildad. Esas apariciones, así como la lluvia, el frío y la enfermedad pulverizan esas “torpes ilusiones de trascendencia” a las que, como diría Herman Melville, “cualquier muchacho de frente huesuda y ojos socavados” es tan proclive.

Los poemas contenidos en la cuarta parte y final de Tarot de la carretera nos hablan ya sin ambages de la amenaza que significa la realidad contemporánea para el amor, del delgado hielo sobre el cual patinan los amantes y las familias; de una cruzada de niños musicalizada por un llanto de saxofón eli eli lamma lamma sabacthani que estremece las ciudades mientras ellos se alejan como espermios camino al oscuro germen de las cosas.

Permítanme una broma. Manuel Illanes viaja como un reflexivo Sergio Nuño que hace relación de sus viajes en una serie de documentales televisivos que podríamos titular: La Noche en que Vivimos y cuyo último episodio ojala sea la entrada en las espléndidas ciudades donde seremos por fin testigos de la navidad en la tierra.


Rodrigo Olavarría.
23 de Octubre, 2009.

Puedes leer o descargar el e-book de adelanto de Tarot de la carretera. Si te gustan dichos poemas, comunícate con el equipo de Editorial Fuga (editorialfuga@gmail.com) para comprar el libro.

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