03 octubre, 2009

[El margen del cuerpo de Florencia Smiths]. Por José Ignacio Silva y Natalia Figueroa


El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008) es el primer libro de la poeta Florencia Smiths (San Antonio, Chile, 1976). Interesante e intenso poemario, las siguientes críticas a cargo de José Ignacio Silva y Natalia Figueroa, sitúan sus reflexiones a partir de un decir infantil, anterior a las convenciones del nombre el primero, y desde el lugar marginal que aún ocupa la escritura de mujeres en el ámbito de la poesía chilena joven la segunda.

Cartografía del reverso. Por José Ignacio Silva

Tarde o temprano, el poeta visita y revisita el lugar donde se genera la materia prima del misterio. En algún momento de su vida, el poeta intenta acercarse y aprehender todo lo que sea posible aprehender en ese lugar oculto e inefable donde se origina la palabra poética, intenta mapear el dictado, cartografiar el momento en el que la palabra llega sin pedir permiso. Sucede con frecuencia en los poetas aficionados y escritores amateurs, que tras jugar un rato con la palabra, tras haber ordenado de forma novedosa algunos símbolos, se deslumbran con los engranajes de la literatura, y los glorifican, moldeando una molesta y limitada superconciencia de la literatura y sus posibilidades. El poeta, en su asombro irresoluto y perenne escarba los muros insalvables de la palabra y su azarosa ocurrencia en el poema.
Hay que señalar que la fascinación (o a veces malestar) ante este súbito nombrar no es patrimonio de las plumas noveles, sino que ha cautivado afanes y configurado obras completas. Ese impulsivo afán de develar el enigma de la palabra poética y su ocurrencia es el motor que mueve los versos de El margen del cuerpo (Ed. Fuga, 2008), primer poemario de la poeta y profesora de castellano Florencia Smiths (San Antonio, 1976). Smiths debuta en el formato del libro individual, pero no es una aparecida en el cosmos de la poesía nacional, pues ya se ha hecho un nombre participando durante casi una década, en una serie de antologías y encuentros poéticos.
Smiths plantea un prosa poética, en la que recorre de forma trepidante el salto valiente a la poesía, el fortuito encuentro con el ejercicio del decir desde un tierno origen, la niñez. Smiths inaugura el recorrido con la referencia a las palabras: De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saberleerloscortes, el desparpajo de un cuerpo cosido con ilaciones que nunca usó, calladas atroces, de estructuras desencajadas, rudas.
El poema fluye como un recorrido a tientas, como un palpar de ciego en las turgencias de la poesía. La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje, angustiándose por no haber contado con una perfección ilusa, Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. Sufrimiento y maravilla ante el surgimiento de la poesía como un modo de ordenar el mundo y configurar una existencia, Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse.
El recorrido que hace la autora al interior de este limbo poético nunca es concreto, por definición no puede serlo. No puede ser definible ni delimitable, dada la esencia de la poesía, de su creación y del acto de escribirla. El misterio reside en ese loco afán de tratar de unir los puntos que se van difuminando de forma constante. Un afán donde se prefiere la inseguridad al inconformismo, y querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).
La autora comparte una bitácora de un viaje sin timón y en el delirio, como dijera el poeta mexicano Mario Santiago, nos da su propia versión de un ejercicio intransferible –hablan sus imágenes, habla su yo, sus circunstancias, su persona y tiempo- al que otros dijeron que no, y lo envidiaron, como hizo y escribió Enrique Lihn pensando en Rimbaud (acaso el epítome más total del enfrentamiento con la poesía, con el agregado y rotundo gesto de su negación total).
Florencia Smiths ha elegido convertir su opera prima en el reverso de su palabra poética, ha elegido convertir su primer libro individual en la caja con instrucciones de un juego donde el recorrido es incierto en medio de la espesura, donde la pregunta por la poesía se asemeja a la pregunta por la realidad, pero insoslayable, sin negociaciones ni arreglos posibles. Florencia Smiths recorre el tablero armada de su cuerpo, sus sentidos, sus pulsiones, sus márgenes, Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir.




José Ignacio Silva A (Santiago, 1980). Periodista y crítico literario. Ex editor periodístico del sitio web de Plagio (www.plagio.cl), colaboró en revistas como Grifo, Revista de Libros y Artes y Letras de El Mercurio. Actualmente escribe en El Periodista, Plagio, Dossier, Revista UDP y cursa el Magíster de Edición de Libros en la misma UDP, -donde estudió la carrera de Literatura Creativa y fue incluido en la antología de poesía y cuento "Voces germinales" (2003)-, además de trabajar en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam).


A propósito de la lectura de El margen del cuerpo. Por Natalia Figueroa

Poesía de mujeres jóvenes en Chile. Existe. Y abunda, no obstante la omisión de que ha sido objeto de parte de estándares críticos masculinos, poco denunciados y tal vez inconscientes aunque plenamente constatables a través de los mapas o códigos de lectura que de la poesía chilena vienen generando los críticos literarios y en los cuales las poetas son las grandes ausentes. Visiones incompletas y quién sabe si por lo mismo erradas, llevan a preguntar por el grado general de masculinización que se cierne sobre el panorama poético chileno, desde el punto de vista de la recepción de lo que los críticos insisten en llamar “poesía joven chilena” cuando en realidad están hablando de “poesía de hombres jóvenes de chile”. Esto por una parte, pues, en un intento de equilibrar posturas, es necesario decir, frente a la abundancia de voces femeninas, que ser mujer, escribir y, en muchos casos, publicar un libro, no es suficiente a la hora de hablar de calidad. Claro que tratándose de poéticas emergentes lo común es alegar generosidad en el comentario en razón del coraje a la hora de publicar un libro en el marco de una escritura que por su juventud está en formación. Al tanto de estas y otras cuestiones que difícilmente sabría decir si responden más a complicidades piadosas entre personas que a la valoración de propuestas escriturales tangibles, creo que vale siempre recordar, más allá del hecho de que las casas editoras necesiten publicar tal cantidad de libros por año y que en este sentido sus validadas apuestas siempre estarán afectas a relativización, recordar digo, que un libro debiera bastarse por sí solo, y no en virtud de la experiencia de su autor o de su casa editora, sino del planteamiento esbozado en él y del mayor o menor logro y autenticidad que este alcanzare en ese intento que incorporará sobre todo en poesía, una relación de dependencia entre forma y contenido.
Desde esta conceptualización básica sino rústica, me atrevería a decir que a la poesía de mujeres le falta mucho para traspasar el margen en que se encuentra confinada en razón de una mezcla entre sus deficientes y tendenciosas maneras de expresión, y de las líneas críticas imperantes, lo que por cierto, en nada justifica la omisión de la crítica en relación a excepcionales publicaciones. A modo general, constato cierta tendencia al extravío que bien puede ser radicalizada con fines ilustrativos, considerando los dos extremos en que suelen caer las poéticas de mujeres. Por una parte, en un desborde sentimental no canalizado ni regularizado, que si bien transmite en muchos casos una cadencia genuina, a la hora de entrar al análisis de la materia involucrada, opera en contra de cualquier concreción lograda de decir algo, volviéndose los poemas, en muchos casos, profusos en reflexiones errabundas que se pierden en variaciones prosódicas dentro de una imaginería profusa que finalmente conduce a ningún lugar sino a su propia mostración, cual en la ópera clásica las coloraturas establecidas como el momento de virtuosismo que la cantante tenía para lucirse. Por otra parte, en la expresión de ideas o reflexiones en verso, donde el despliegue consciente, me atrevería a decir, de inteligencia, decanta en textos sesudos que ilustran una instrumentalización escrituraria, por cuanto reducen la expresión poética a un modelo que se arma para decir lo que se piensa, como quien trabajara desde cierta idea programática de la poesía.
Es desde esta disyuntiva que rescato el libro de Florencia Smiths, El margen del cuerpo, como paradigmático de una conjunción lograda y sostenida, entre la rítmica alcanzada y su contenido textual; todavía considerando que la esencia de la rítmica, dada desde la dríada repercusión (golpe) y resonancia (eco), como efectos con que reacciona la mente en acto de conocimiento, activando un campo tópico complejo que muestra la manera en que surge en el sujeto una experiencia de sustancia mental, se encuentra plenamente incorporada en los presupuestos temáticos del libro, relacionados con el acto de nombrar y contemplarse a sí mismo en el acto de poner nombre. De esta forma, si bien El margen del cuerpo, a primera vista, se trata de un texto que puede inscribirse en una constante temática identificable, cual es la del cuerpo como territorio escritural; debe estarse en guardia pues no se está acá, como indica la tendencia, frente a una victimización femenina imposibilitada de toda apertura en virtud de una culpa que siendo del mundo, del entorno, de los padres, en fin, de otro, genera que el cuerpo sea, escrituralmente hablando, un territorio corrupto, degradado, violentado, mutilado, etcétera; sino que inscribiéndose el hablante poético en el margen, y siendo el margen no sólo aquello donde algo termina sino también desde lo cual algo comienza a ser lo que es, se nos presenta una visión interiorizada en pos de la búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir, siendo la única culpabilidad posible, la que pudiera tener la propia hablante si se desviara del dictado de ese lugar desde el cual se asoman y emergen las palabras en su totalidad inasible. Planteado en estos términos, y en medio de un panorama que tiende a decantar en delirios violentistas que nos muestran degradación e imposibilidad achacadas al mundo y que escasamente, según pienso, cuestionan los límites y hegemonía que esa victimización impone a la propia escritura en pos de una verdadera construcción de lenguaje, viene este libro, editado de manera independiente, a recordarnos que la poesía femenina, realizada en su justa medida y sin programas de por medio, sí tiene qué decir en nuestro medrado aunque productivo medio poético.


1 comentario:

Lía. dijo...

Que bien que emerjan escritores jóvenes para así re-inventar y dar un nuevo brío a la lectura mas contemporánea que tantas veces es tan poco considerada.
Suerte con el libro.