10 octubre, 2008

[Poesía chilena joven. La crítica y su voluntad inaugural]. Por Víctor Quezada.



*** El año 2004 en Santiago de Chile, por iniciativa de unos inquietos y jóvenes poetas, se creó el primer encuentro de poesía latinoamericana POQUITA FE, encuentro bastante precario en ese entonces, sacado a pulso y entusiasmo por sus organizadores (Carola Zuleta, Héctor Hernández, Pablo Paredes, entre otros). El encuentro este año 2008 realiza su tercera versión que se extenderá hasta el próximo domingo 12 de octubre, esta vez con fondos gubernamentales destinados a la cultura, una programación más graneada y mejores instalaciones, pero conservando el aliento que lo llevó a nacer. En 2004 no sólo emergió ese primer encuentro, sino también una tentativa generacional promovida a partir de algunos acercamientos críticos, persistentes todavía con el trabajo de la crítica de literatura Patricia Espinosa, y la presentación de una antología de poesía chilena joven titulada Cantares cuya selección y prólogo fue realizado por el poeta Raúl Zurita.


Dos visiones de una crítica en torno a la poesía chilena joven.

Hay un hecho incuestionable, el cual sería una irresponsabilidad pasar por alto. No hacer caso al palmario movimiento de la reciente poesía chilena, sería cometer un error que históricamente la crítica literaria ha cometido respecto de ciertas realizaciones, lateralizadas en su tiempo por el privilegio del estudio de grandes figuras y/o paradigmas donde no cupieron, siquiera como inflexiones de interés; varios son los casos de escritores particulares que ahora forman parte de un canon de lectura y están situados como indiscutibles referentes.
Pero una posible particularidad no es el problema en estos momentos. No hay todavía grandes figuras. El objeto de estudio es más vasto, obedece a un grupo heterogéneo y disperso (incaracterizable en términos de un centro) de escritores que, sin embargo, tendrían un evento histórico como signo de una situación transversal. Un Chile post-dictatorial, de transición a la democracia o de democracia concertacionista, es, al parecer, el contexto definitorio para hablar de una nueva poesía chilena. Teniendo como presupuesto, entonces, el de un cambio en el acercamiento lingüístico a la realidad respecto de una poesía producida bajo la dictadura militar.

En este sentido, las pocas producciones críticas sobre poesía chilena joven que podemos rastrear hoy, trabajan sobre dos premisas de algún modo complementarias; premisas referidas a dos figuras promotoras que me parece de interés observar aquí por su situación.
La primera se relaciona con la evolución cuantitativa de las producciones de poesía a partir de los años noventa, pues nada en Chile presagiaba la “irrupción de una poesía cuyos autores no estaban contemplados”, en un momento donde todo “nos está mostrando que la poesía es hoy un acto imposible”. Se trataría también de un retorno a la originalidad de los poetas inaugurales, bajo el presupuesto de que todo gran creador anula a sus continuadores estableciendo un corte, corte que ahora llegaría a su fin por un nuevo brío y certeza en la poesía dentro de una sociedad mercantilizada, sociedad que ha declarado la muerte del poema. Una premisa, así, que sitúa la tradición de la poesía como una historia apocalíptica (organizada en relación a un final), visos de romanticismo que privilegian todavía cierto antirracionalismo como oposición a los negativos valores sociales y que adviene como certeza de un sentido para el hombre en “un mundo insolidario”.
La segunda, en este mismo sentido, nos dice que “el pensamiento crítico en Chile está siendo devastado”. Proceso de devastación que comenzó con el silenciamiento del sujeto crítico por la violencia de un estado dictatorial, siendo extremado por las estrategias disuasivas del “simulacro de [la] democracia” adherido “al mito de la transición” en la historia política de Chile. Donde las tácticas de tortura perpetradas por los actores “militares” de la dictadura, parecen hoy rústicas como procedimientos represivos en vista de un sofisticado aparato de silenciamiento de los discursos críticos, trabajado desde esferas gubernamentales, económicas y mediáticas que transmiten imágenes excluyentes. Podemos decir que la represión ha pasado desde la violencia sobre los cuerpos hacia los discursos (sobre los cuerpos). Bajo este clima de latente represión surge, sin embargo, la “esperanza” de que mientras haya voces que se planteen en oposición a tales discursos, subsistirá la posibilidad de revertir la exclusión y de interferir en el campo en disputa de la cultura (que, como siempre, ha sido evidentemente política); voces que lucharían en contra de una naturalización de lo represivo vuelto, además, imagen de consumo, espectáculo y decoración. Particularmente destacables, en tal perspectiva, sería la poesía de Antonio Silva y Diego Ramírez, como también la de Héctor Hernández, Pablo Paredes y la de aquellos poetas que comenzaron a publicar a partir del año 2000, caracterizados por una exacerbada presencia del desencanto que deviene en la ausencia de metarrelatos (identificables en la tradición de la poesía chilena con las figuras del padre o la madre, del lar, la heroicidad o de una ideología en boga con pretensiones de finalización social) y el descenso a la “pequeña tragicidad de lo cotidiano” con una vuelta al subjetivismo del yo poético.

Estas dos posturas, por tanto, enfatizan el carácter inaugural de una nueva poesía chilena, sobre todo en relación a las más jóvenes producciones poéticas (identificadas hace cuatro años con ocasión del Primer Encuentro de Jóvenes Poetas Latinoamericanos POQUITA FE, como generación novísima de poesía, pero que ahora se plantea insustentable dado el carácter heterogéneo de un corpus todavía en nacimiento), describiendo un clima general de impersonalización de las relaciones sociales en los niveles ora del sentido del individuo que plantea el corte o final de un paradigma poético como una creencia en la posibilidad de un rediseño de la historia por la voluntad humana, ora de la participación de la poesía dentro de un indiscriminado silenciamiento político-cultural, que mientras se plantee como discurso disidente, disconforme y crítico adquiere la virtud de resistir al aparato (hetero) normativo.

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3 comentarios:

el enemigo dijo...

"la represión ha pasado desde la violencia sobre los cuerpos hacia los discursos (sobre los cuerpos)".

yeah!

V. dijo...

Víctor, claramente la actitud de la crítica tiene que plantearse con la misma urgencia que la poesía que convoca. Es una constante querella con el presente y no un ejercicio de historia o teoría literaria. Actuar de otro modo, y a partir de los parametros teóricos de años anteriores, es concurrir en un anacronismo. No creo que con un solo texto sea posible mover a la acción y desarticular las diversas formas que adquiere la represión, pero es un horizonte que no creo pueda olvidarse.
Felicitaciones por la nota

rodrigo dijo...

les recuerdo que uno de los organizadores fundamentales es tambien rodrigo gomez que es un exelente poeta y ademas un gran amigo

M.L.