17 septiembre, 2008

[¿Y para qué críticos en tiempos de miseria?]. Por Juan Manuel Silva Barandica.

El crítico Alfonso Reyes.

La crítica y el crítico de literatura.
Dejamos de pensar por miedo, y sintiendo esa frenética pulsión que es contravenir, desestabilizar y comunicar la crisis -deslizarse como el agua entre los ladrillos y la argamasa, el cemento, para que pase nuevamente un canal por encima de la tierra, destruyendo aquello endeble y tristemente construido-, el miedo no es más que una dulce invitación a la rebelde cobardía de la crítica valórica. Digo cobarde, pues el miedo no es a la escritura otra, al discurso y su posible intervención; la rebelde cobardía es un mayor miedo, un pánico tradicional. Creo entonces, que los juicios de valor, taxonomías del gusto personal, de la funcionalidad en la sociedad, moral cualquiera, adhesión a los pasajeros gobernantes o a una concertada verosimilitud, a saber, la relación especular o de espejos en que la gran literatura avanza por reflejo y se empoza en las próximas literaturas, no son más que un irresponsable gesto autorial, una marca de que yo como crítico existo, mi opinión y mis creencias son válidas, más allá de la escritura y los textos que componen los literarios sistemas. Pienso gesto y no tono, pues próximo a la impresión visual que queda en la memoria, del tic o rictus de alguna persona (personae), en la escritura resaltan estas marcas de histérica fijación individual. No, la crítica es un arte social, y como tal, debe hallar su lugar como satélite de los discursos a criticar (astros, según Alfonso Reyes), debe situarse como una forma de arte (Oscar Wilde) que haga justicia al arte reproduciéndolo, replicándolo, traduciéndolo (Borges). Así, la crítica puede y debe tener un rol pedagógico, en una paideia que haga del conocimiento literario, es decir, de la tradición, el conjunto de lecturas, sistemas y discursos, un acervo asequible y comprensible al otro, sin mediaciones más que las que impone la lectura del crítico, parcialidad evidente, pero rica al momento de establecer relaciones y vínculos entre los diversos niveles estructurales de la historia literaria. Si bien el crítico no es un artista, ni un teórico, ni un científico, ni un historiador o sociólogo de la literatura, entre esos conocimientos debe navegar, como un híbrido (a la manera de la teratología planteada por Kafka), un animal de cruel simetría que haga su cuerpo a la medida de la tradición, para luego medirla desde esa desmesura. El crítico como el traductor tienden al fracaso, pues su intención de desestabilizar los presupuestos epistemológicos, los patrones y paradigmas de pensamiento, opinión y moral, finalmente en un doble juego de inestabilidad, acaban siendo aceptados, y por ende, transformados en acríticos. El crítico como el sufí, trabaja desde y hacia la extinción.

La crítica contemporánea en Chile.
La situación de la crítica de poesía en Chile no es favorable. La desazón de los académicos y poetas, la irresponsabilidad de los periodistas y de múltiples parásitos, han trasladado el problema de la crítica de la poesía a una metafísica (un problema de otro mundo) y práctica ideológica (relación de identidad con la crítica a lo impuesto- ciertamente, otro modo de homogenizar-), valiéndose de la algarabía teórica francesa, alemana y de los estudios culturales. Palabras (extranjeras) vaciadas de su significado por la ignorancia de quienes las esgrimen, quedan como monumento de la aún gran idolatría por los idiomas foráneos. Mi destino es la lengua castellana, así también el vuestro. Entonces, preguntarnos por la crítica de poesía en Chile, equivaldría a preguntar por las humanidades y por la construcción de un discurso sobre las humanidades en nuestro país. Postdictatoriales y anestesiados, renovados políticos y jóvenes que se valen de la dolorosa realidad de una nación, fantasean con revoluciones plenando el horizonte de lecturas, con marginalia panfletera, dignificación de la periferia, inventando a todas luces, un estereotipo del mal que no puede ser más que teológico. No existe ese mal, esa binaria oposición. Asimismo, la gran pregunta por la crítica, tiene un aterrizaje obvio que estriba en la mala voluntad que tienen los mismos autores de recibir la crítica. Románticamente patéticos, los escritores niegan cualquier cambio, cualquier indicación distinta al vigor y el entusiasmo de su ego. En ese sentido, la torpe ingenuidad teórica de quienes instalan la realidad crítica europea de hace treinta años en Chile, ha llevado a que consideremos la obra (anacronismo severo y antitético) como una prótesis del ego del autor. Casos ejemplares surgen en los últimos años en la escena poética. La generación de los años noventa, con nombres como Javier Bello, Germán Carrasco, Andrés Andwanter, Leonardo Sanhueza y Alejandro Zambra, entre otros, han entrado en conflicto, con una suerte de generación posterior, llamada por ellos mismos como novísima ( replicando el fatalismo mesiánico español), gracias a una antigua relación moderna. Héctor Hernández ha planteado el pusilánime y escapista carácter de la poesía de los noventas, para explicar la aparición de Antonio Silva como la profética voz que anunciaría la asunción de la generación novísima, opuesta ideológica y estéticamente al presentar un proyecto político marginal, que vendría a problematizar e inestabilizar el panorama creativo y social de la transición democrática. Raúl Zurita, auriga de ambas generaciones, especialmente de la última, explica su presencia desde la refundación de una poética fundacional, instalada en los poetas que buscaron hacerse de una voz distinta a la europea en el siglo XIX. Críticos del sistema neoliberal y del gobierno concertacionista, la novísima, grupo que incluye visiblemente a Héctor Hernández, Pablo Paredes, Paula Ilabaca, Diego Ramírez, Felipe Ruiz y Rodrigo Gómez, entre otros, ha reaccionado contra la generación de los noventa, ignorando la evidente valía de su producción. Tales yerros, sumados a impericias prácticas y bravatas escatológicas, han llevado a presunciones como situar a dicha generación como instigadora de controlados movimientos de insurrección, como lo fue la llamada “Revolución Pingüino”. Si bien es cierto que algo de razón existe en el descontento y tal relación, no hay que olvidar que los fenómenos históricos no surgen de míticas maneras (ex nihilo: de la nada), siendo incluso, su conexión con el fracaso de la Unidad Popular, el Frente Popular y el desenfrenado avance de la inequidad entre la tierra y el dinero, un civil modo de enfrentarse a la insurrección controlada.
Debemos aclarar entonces, que toda vinculación estética de la poesía con el ámbito político y social toma la forma del mito y de la revelación mesiánica. Esto, pues la invención de un momento clave, de circunstancias esenciales y restauradoras, es decir, de la aparición del poeta como un profeta, vidente que traslada la verdad al pueblo, no puede ser más que una vuelta a los principales vicios del monoteísmo y romanticismo. Siquiera sugerir que un ciudadano es el responsable de un cambio social, responde a contradicciones básicas de antiguas políticas totalitarias, grandes relatos al parecer derrumbados, que siguen cobrando vigencia desde el silenciamiento de sus estrategias, al crear fantasmales centros, sean estos en el eje o en el margen, para, coordinados con los discursos homogenizadores de la cultura (becas, premios, talleres y academias), tácitamente reforzar la estructuración de un sistema poético de reemplazo, moderno y con sus bases en la vanguardia, que instiga a los productores de discursos poéticos a preocuparse más en la gestión cultural que en la producción estética misma. Este vicio, propio del sistema de mercado, antiguamente llamado “amiguismo”, es una de las categorías a analizar como base de las promociones poéticas y su exposición mediática en el ámbito de Chile. Incluso, tal fijación analítica, puede ser a mi modo de ver las cosas, un importante avance para entender la perpetuación de ciertos discursos y el silenciamiento de otros: la inscripción extraliteraria y las redes de contactos, serían uno de los fundamentos constructivos de la historia de la poesía en Chile, así como de sus múltiples cánones.
Sacando conclusiones apresuradas y prejuiciosas, posiblemente erradas, es posible apreciar que hoy en día el poeta no puede ser crítico. Esto, no porque se relacione discursiva y vitalmente con sus pares, con los sistemas de gobierno y mercado, con los dineros y los contactos, sino pues es él quien no soporta la crítica. Yendo más allá, creo que en estos tiempos que corren, es necesario que el crítico baje de su posición de observador desde lo alto, para reunirse y compartir con los creadores. Tal inclinación, respondería, a mi modo de ver, a una necesidad de comprender los mecanismos de legibilidad y legalidad de ciertos discursos. Por otro lado, reflexionar sobre el medio, los contextos y referentes, así como la recepción de los discursos poéticos actuales, llevaría también a visualizar con mayor claridad las continuas peleas y querellas que ocurren entre los poetas. Es necesario detenerse en este punto.
Estoy seguro que en este momento las disputas en el sistema poético chileno, nada tienen que ver con divergencias estéticas, políticas o de clase social. Todo poeta en Chile es arribista, y si no lo es, digamos, cae bajo rótulos de reaccionario, conservador o bien, pobre e iletrado. En ese sentido, y sin desmerecer ese proyecto (en el que hay que incluirse, obviamente) moderno de mejoramiento en todo ámbito, hay poetas que han logrado hacerse un espacio reconocible en el sistema poético actual. Ellos son la novísima. Que se diga esto o aquello de Héctor Hernández o de Paula Ilabaca o Felipe Ruiz, nada tiene que ver con crítica. Estimo, incluso, que sólo es envidia. Y no envidia de su proceder como poetas, sino que de ese fantasmal centro que al parecer han construido. Si bien es cierto que algunos jóvenes poco avisados han replicado estrategias de estos poetas, no hay tal falansterio. Entonces, ¿qué se busca al desprestigiar un seudo movimiento que, digamos además, ha sido el único en proponer una salida al asfixiante provincianismo del medio poético (gracias al encuentro latinoamericano de poesía Poquita Fe)? Pienso que únicamente derrumbarlo para situar otro en su lugar, o bien, anexarse al mentado seudo movimiento. Con esto no quiero plantear que el fundamento de las relaciones entre poetas sea bajo y ruin, por el contrario, quisiera remarcar el hecho de que toda persona puede y debe en algún momento tropezar y caer en ciertas bajezas.

La inexistencia de un centro.
Volviendo a la poesía, en Santiago y regiones hay una proliferación de grupos poéticos. Santa Rosa 57 es un interesantísimo ejemplo. Poetas como Guido Arroyo, Ernesto González, Marcelo Guajardo, Andrés Florit, Carlos Cardani y Ángel Valdebenito desarrollan un trabajo serio y silencioso, no exento de camaradería y fraternidad. Asimismo, los talleres de la Fundación Pablo Neruda en Santiago y regiones, los talleres en las universidades y ciertos grupos de amigos que organizan lecturas, entre los que se cuentan Carlos Henrickson, Víctor Campbell y Gabriel Zanetti, demuestran con su vigor, sus publicaciones y lecturas, que no hay necesidad más necia que pretender un centro.
Dos casos notables y satelitales, son el Foro de Escritores y el Colectivo Derrame. El primero, aglutinador de poetas de la generación del noventa, ha explorado las vertientes de la poesía visual y concreta, además de permitir la reunión de creadores de distintas edades. El Colectivo Derrame, grupo de inclinación surreal, por otra parte, ha desarrollado en la plástica, la poesía y la performance un discurso extraño y a veces trillado, pero valiente y decidido, que sin necesidad de grandes aspavientos ha comunicado la expresión actual con referentes olvidados, así como con un museal espectro europeo. El cosmopolitismo de ambas producciones, llevada a cabo por artistas como Rodrigo Verdugo, Aldo Alcota, Rodrigo Hernandez y Andrés Andwanter y Kurt Folch, nos recuerda la tan repetida necesidad de hacernos de todo cuanto nos sea útil en materia discursiva, sin temores, para reconstruir y hacernos tópico de toda utopía americana.

¿Una generación novísima de poesía chilena?
Siguiendo el entuerto, es importante reconocer la valía de los poetas de los noventa, Náufragos, según el estudio del poeta Javier Bello, así como también el valor de la producción de poetas como H.Hernández, P.Ilabaca, F.Ruiz, D.Ramírez y P.Paredes.
Héctor Hernández, fuera de consideraciones políticas y contextuales, instala la discusión sobre la tradición. En su libro Coma subvierte la traducción imperial, el paso de Oriente a Occidente de la materia poética, para construir un mito degradado y paródico, a veces farragoso y asfixiante, desde el Rig Veda, el Corán y la superposición de su discurso sobre el de la gran tradición poética chilena. Además de espectacularizar el uso del tecnolecto teórico postestructuralista, que ironizara Juan Luis Martinez, Rodrigo Lira, Diego Maquieira y sirviera de apoyo a poetas posteriores (de los ochenta), H.Hernández busca como Carlos Argentino Daneri, el desaforado proyecto de cantar y crear un fundamento para hacerse lugar en la tradición. Dicha estrategia, quizás dramatizada en el modernism, es, junto a un depurado trabajo textual y una riqueza analógica y retórica, un valor incontestable.
La poesía de Felipe Ruiz, inestable y titubeante a ratos, si bien reproduce los vicios del efectismo prosaico, el final avasallador y sorpresivo, además de tomar forzadamente escenas de la cotidianidad para fines políticos, es una escritura que en Cobijo alcanza en el poema largo, una prosodia y un ritmo seguro y claro. Distribuye con propiedad los elementos, los dice y los cuestiona, juega con sus sonidos y problematiza ciertas seguridades de la vida moderna, ciertos sitiales y situaciones controladas, que viven en una crepuscular latencia, un latido revolucionario y destructor.
Paula Ilabaca, alcanza en La Ciudad Lucía su consolidación como poeta. Así, sin mayores reivindicaciones, centraliza e intimida, hace íntima y ajena la presencia de su yo enunciante frente a su discurso, la ciudad. Enfrenta su decir al mundo, descompone sus afectos y atrae referentes menores, como la música y sus letras, como aquello que sólo sabe y calla quien ha sido violentado, para exponerlo en su honestidad brutal, su sacrificio desconocido y anónimo.
Pablo Paredes, en su producción poética ha buscado replicar la dignificación del humor como defensa y ataque, parodiando la melancolía y el dolor, la insatisfacción y la pobreza. Tales juegos, más que facilismos, esconden un complejo diseño poético que se completa con la figura de Diego Ramírez, quien en Brian, o el nombre de mi país en llamas (Ver: en lacallepassy artículo sobre "Brian..."), sintetiza un problema o virtud de la Novísima, este es, el hacer excesiva la preocupación en el yo enunciante, la perspectiva personal y parcial, para, desde una experiencia desgarradora, parodiar o elevar el canto hacia el amor. Amor, que en Ramírez, destaca como vía de conocimiento e interpretación de la realidad binaria y opositiva, traduciendo la historia reciente de Chile a un diálogo erototrópico. En ese sentido, más que compartir una estética o una política definida (a pesar que los poetas mencionados sean de la amplia izquierda, con ribetes y participación en el Partido Comunista y la cultura popular), la pulsión unificadora es la de reducir el universo a un emblema. Sea este un niño, un amante o el sí mismo, el carácter infantil o la imposibilidad de decir de ese sujeto, castrado o mutilado desde el recuerdo primero, es una característica determinante y constructiva en el desarrollo de sus poéticas. Digo reduccionismo pues es un símbolo destruido, una alegoría más benjaminiana que medieval, y un desarrollo metonímico, incompleto, siempre por venir.

Dos focos olvidados por la crítica.
Ahora bien, pensar el espectro social, cultural y, estrictamente, poético del Chile actual, es complejo. Es pensar en regiones, capitales, comercio, librerías, trabajo y conectividad. No es mi propósito hacerlo. Por el contrario, es necesidad crítica hoy en día volver a cuestionar los presupuestos de este supuesto canon. Reflexionar sobre las infundadas y ácidas pullas que continuamente se dirigen y redirigen los poetas jóvenes por no formar parte del estado de la cuestión, digamos, el eje. Lo cenital no existe. Por lo mismo, cuestionar los mecanismos de silenciamiento y control, los dineros gubernamentales destinados al arte, los fondos privados y el silencioso mecenazgo que aún existe, no es producente más que en los casos que se logre acallar la palabra crítica. Y no, no ha sucedido. Si bien las radicales posturas de algunos poetas se han ido apaciguando, esto no se debe al confort más que a una madurez y a una voluntad de cimentar conductos que permitan la crítica desde otros lugares. No creo en la masificación de las oportunidades, ni en la distribución justa de los espacios. No creo en ello no por razones de justicia, sino porque simplemente no existen. El sistema poético siempre ha sido injusto, caprichoso y aleatorio, siendo deber de quien aspire comunicar su palabra crítica, hacerse un lugar democrático con su propio esfuerzo. Por lo mismo, juzgo necesario redirigir el impulso crítico a dos focos olvidados. Primero, aquel que tiene que ver directamente con el hacer poético, con la apreciación de la historia literaria chilena y latinoamericana, así como occidental. Descubrir en las nuevas promociones el intertexto, la fallida novedad, es una necesidad que la pedagogía literaria ansía y espera. Por lo mismo, cuestionar las estéticas, la relación con la ideología, el compromiso literario y la función social del poema, son cuestiones a revisar. También la interpretación y el análisis detallado, la presencia de iteraciones y excesos o faltas: el venturoso o fallido aparecer de dispositivos o argucias poéticas. Retórica. Segundo, la crítica debe volver a cuestionar el origen de este sistema de perpetuación del ocio y la vagancia entre los poetas. La enfermiza adicción al premio y la beca, a la loa y el abrazo. Es tiempo que el oficio, el trabajo real, aquel que se realiza en horario continuado, jornada a jornada, sea dignificado tanto como la bohemia. Es justamente en ese camino que es necesario criticar el origen de esos dineros, el real valor y sus méritos. Volver la vista contra el gobierno y pedir aquello que es justo, los espacios y las oportunidades de trabajo en la cultura, y no simples contratos de arriendo o venta del alma, para llenar de ídolos de oropel las fastuosas mansiones de la República. Recordemos aquello que es común, que es público y verdaderamente político, disponer de nuestra moderna individualidad para regirnos y comprender qué, cómo y cuándo es valioso eso para nosotros.

3 comentarios:

sirtíades dijo...

la poesía no ha tenido muchos críticos ni mucho menos certeros críticos, los poetas se han hecho justicia por las propias manos, juntándose, insistiendo sobre ciertos olvidos, moviendo ediciones donde sea por llenar una necesidad. Ahora eso a pasado a ser parte de las privatizaciones de la cultura implementadas por el gobierno así como han sido implementadas en educación y salud, sólo que sin un buen negocio por delante, sino como una donación que rescata algo donde esté, algo sumergido en la marejada de mensajes de los medios, donde si hay un negocio. Es decir, la institución cultural es un trasatlántico desde donde se pretende lanzar suficientes salvavidas como para que el naufrago advertido construya su media agua y la convierta en iglesia de la resistencia. Hay quienes ya envejecen en estas iglesias y alegan su novedad en los emprendedores. No es menor ese tema para la crítica, no es menor para la poesía. Aunque en la primera pueda constituir una progresión y en la segunda un martir vicioso, un dalai lama que vuela por el mundo vendiendo postales de los inmolados. En ese sentido hay un aporte. Esto entendiendo que la poesía es vicio (retóricamente comprobable para los animistas del laboratorio) y que su escritor está enredado en esa actitud, mostrando leves y poco confiables despertares de sobriedad que luego son sólo coherentes con la escritura. Es un límite, porque es justamente el juego con un estereotipo y también algo que está por verse. Me desdigo, pienso en una poesía que salga de su asignación y sea coherente en todos planos, realización de sí misma, románticamente hablando y poéticamente hablando que creo son la misma cosa. Hay que desestabilizar las retóricas que imperan no importa si su logotipo tiene números más o números menos, la poesía se trata de matar al cabrón no de sobarle el lomo y en eso la novisima ha fallado -no en sus poemas, no en su estética, no en sus lecturas franchutes explotadas como en el resto de las disciplinas humanistas en Chile- perpetuándose por los arribismos que caracterizan nuestro lamentable, tristemente sínico, desenvolvimiento social. Hay que críticar las mediocres formas de gestión que se proponen lanzar como justificación de una institucionalidad algo de dinero sin volver a pensar el problema, confiando, falsamente, en la bondad espontánea y el altruismo de los elegidos por la buena administración técnico-burocrática. Hay que desestimar la tradición en cuanto ella es el resultado de esta misma chacra, la reiteración histórica de estas prácticas de indigentes, y en ese sentido sobre todo desestimar sus etiquetaciones (generaciones) que son más una movida de marketing que un ideario o propuesta estética.

Juan Manuel Silva Barandica dijo...

No había replicado un comentario en el blog, pero creo que es necesario.
Tienes razón. El problema está en el estatuto de legibilidad. ¿Qué es lo legible? Creo que aquello que logra hacerse parte de un discurso mayor, adosándosele o contradiciéndolo. Para mí, son estrategias equivalentes. En ese sentido, lo importante es desnudar esa "chacra" en el mercado literario, y las marcas de ese vicio en la escritura, es decir, las reproducciones de una técnica ya validada. En ese sentido, aquello llamado como novísima, es reconocible por aspectos claros, que bien pueden ser positivos, pero que esconden una clave preocupante. Esto, más allá de ser una crítica actual, es, creo, lo fundamental para entender el problema de las generaciones y el equívoco al hablar de ellas.

Las razones de la legibilidad son tarea de los lectores, por lo mismo, hallarlas en el medio económico o en la estabilidad de la producción, son detalles en los que hay que detenerse. Usando una metáfora tecnológica, hay que descubrir el funcionamiento de la máquina antes de preocuparnos por sus fallos y su dada de baja.

V. dijo...

Juan Manuel, luego de leer tu ensayo,y considerarlos comentarios de Simón y tu réplica, me quedaron varias ideas rondando. Me parece que muchos de los puntos que invocas - no son pocos y por lo tanto no puedo seguirte en todos - tienen una relevancia importantísima en términos de la reflexión crítica actual. Me puse a redactar un comentario y me di cuenta que terminé con un ensayo.
Se lo mandé a Víctor, para ver si era de interés para la calle passy. Ya veo que también lo recibiste. Espero que amplíe la dicusión y espero colaborar de algún modo en el blog que me parece increíble.

Abrazos desde Missouri.
V.