24 junio, 2008

[Diego Ramírez: Del nacionalismo y otros suspensos diferenciales]. Por Juan Manuel Silva.

El presente artículo responde a una lectura realizada el 6 de junio de 2008 en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile por el poeta Diego Ramírez, en el contexto del ciclo Autores de noche: Procesos escriturales en vivo, organizado por la poeta Paula Ilabaca.



Del nacionalismo y otros suspensos diferenciales

Contrario a mis prácticas y reglas, usaré este legajo para comentar dos situaciones que nunca habría siquiera cuestionado escrituralmente. La primera, una lectura de poesía; la segunda, un particular y exótico evento ocurrido sobre la locomoción colectiva. Explicaré brevemente el porqué de esto. Nunca he querido siquiera presentar una reflexión sobre las lecturas, pues algo en ellas se escapa, si es la experiencia o el velo de la memoria, no lo sé; el asunto es que siento ese algo no como un misterio o enigma, simplemente juzgo innecesario discutir un posible análisis de poesía en la oralidad, por ser inexacto y alterante: una suerte de suspensión temporal anula las vueltas necesarias sobre un texto, en una simultaneidad que embriaga, y si esa embriaguez es productiva, ha de ser en el intersticio del despertar, recordando a Walter Benjamin y sus inquisiciones sobre el surrealismo. Por otro lado, pretender literaturizar o entender la realidad como una escritura, claramente es deber del esteta avezado mas no del crítico. Una posibilidad no menor de impotencia analógica y simbólica pareciera advenir cada vez que un analista flaneur busca desentrañar los derroteros de los sistemas discursivos del mundo, como si leyera un libro. Consideremos que los cuestionamientos de las materias traductivas y la traducción están bien fundamentados en la historia de occidente, pero aún no llegan al medular problema de la cultura. Existen diferencias no advertidas.

Por la tarde, luego de la salutífera siesta y de contemplar un no menor documental, atravesado por alguna duda y por la molicie, decidí asistir a una lectura de trabajos en progreso de dos poetas jóvenes. Marcado por el sino de la inexactitud y la tenaz batalla contra el reloj, llegué una hora tarde al mentado encuentro. La primera tanda de poemas leídos por Diego Ramírez, sin ser despreciables, no distaba mucho de lo que ya conocía. Así, más predispuesto que ansioso, volví al salón de la Biblioteca Nacional luego de un espacio de recreación degustativa y viciosa. Pasados un par de videos de artisticidades cuestionables y poco memorables, Diego comenzó a leer poemas de un libro que tenía por título Brian, el nombre de mi país en llamas. Pleno de analogías entre las revueltas sociales idas y por venir, y una relación homosexual, asediada y sitiada por los tan conocidos convencionalismos sociales, presentí que sería una addenda al trabajo ya expuesto. Pero no, no fue así. En una arrebatada prosa, que bien podría ser un cuidadoso trabajo versificado en polisíndeton y anáfora, estos dos primeros ejes dialécticos y dialógicos, comenzaron a entrar vertiginosamente en problemáticas más complejas. Y si ya es compleja la historia reciente de Chile, cómo no habría de serlo el trabajo de posta al que el intelectual poeta se suma por una revisión ideológica. Este alcance es importante, pues contrario a la termocefalia laudatoria que infesta la discusión política del marxismo y las izquierdas, estos poemas de Diego Ramírez indagan en las primeras concepciones políticas, las éticas, en las que el sujeto ante su símil, mas nunca igual, comienza a relacionarse y a descubrir la diferencia. Así, Diego desliza la posibilidad que la política sea ese aprendizaje en el amor, siendo el amor no la muralla que protege la diferencia sexual e ideológica, sino el fundamento del descubrir que amar es reconocer lo irreconciliable, la necesidad de la laceración, el dolor, el delito y la tortura. Este cuerpo nacional que busca en otro cuerpo la provincia oculta, el sentido de ese cuerpo llano y legislado que es la idea de nación, busca liberar, hacer justicia a la sexualidad y el goce como estrategias de develamiento de los mecanismos de control. Si el amor intelectual a una ideología, o el amor al camarada (recordando a Whitman en los poemas de Calamus), es comparable al violento amor que divide a los grupos de personas, y a dos personas que luchan por vivir juntos, compartir e intensamente sufrir el exilio, sólo puede ser mediante el dolor, pues la indudable valía crítica del trabajo de Diego Ramírez se ancla de un principio de indeterminación, en el que el Fascismo, analogado a casi cualquier fenómeno, se da incluso en la resistencia, en la marcada diferencia y la singularidad sexual e ideológica. La batalla de un país por nombrarse y en esa inscripción definirse, debe ser en el cuerpo por las armas de la carne. Armas que son espirituales al llevar el cuerpo al alma, o en el cuerpo encontrar el alma de fluidos y heridas, sangramiento, eyaculación y llanto. El cuerpo de Chile ha de dilatar sus puertas para dejar pasar al hombre libre.



La historia de Chile es la historia de un amor intransitivo, un deseo del otro inalcanzable y aún sin ser moldeado por un nombre, más que apodos o laceraciones. Así, el otro en vez de elevarse y purificarse a escalas ideales, es humillado (traído a la tierra) y abrazado por un amor en que el sujeto que busca se prosterna sin adoración, mostrando sus delitos y faltas, su carácter fracasado, y sin contaminar de esa tristeza inconsolable al otro, hunde la mano en la tierra para recoger el nombre del vejamen, el nombre que quiere olvidarse para ser cualquiera. En Brian, Diego Ramírez cristaliza la suspensión de las oposiciones entre amado y amante, entre sujeto y objeto, presentando al otro como un simulacro de lo nacional, un sujeto en ciernes que se desnuda en la alcoba y en el discurso, como un proyecto de la ideología y de la perfección espiritual. Tal candidez, distinta a la del enamorado, prefigura al crítico descubriendo al fascista que habita en él, ambiguamente quien nombra y a quien quiere nombrar. La revolución amatoria está preñada del estadio que quiere superar. Por lo mismo, si la discriminación existe en el afuera, es porque en ese imposible adentro es generada especularmente, diferida y aceptada estéticamente, cubierta por la moda y la carnicería punk, las maneras y las desviaciones voluntarias. El problema de la discriminación se disemina por no ser resuelto en términos éticos: el amor es la vía a contestar las preguntas, aunque no su respuesta.
El amor es el camino crítico primero, la llegada a la pregunta ética y la cuestión del otro. El amor, fuera de todo diletantismo hippie, se desarrolla en la poesía de Diego Ramírez como un sistema de interpretación singular, colectiva y nacional, y en el fondo, como el fundamento de un sistema de lectura de la realidad, en que la semejanza y la analogía no trabajan binariamente, ni buscan estabilizar. El amor no nombra ni busca nombrar, establece vínculos con los nombres, sin etimología ni diccionario, que el otro llámese Brian, creo, es la constatación del amor. Otros nombres como Andreas o Jurgen, Iñaki o David (inglés), adosados a un apellido patronímico u toponímico, étnica o territorialmente relacionados, en los tiempos que corren, parecieran tener una validación estética en la superficie, y racial en la profundidad. ¿Cómo si no, explicar el valor que tiene ser parte de algún cenáculo de exiliados que se reconocen por la nacionalidad de sus ancestros? Gianbattista puede llamarse quien tenga apellido italiano, Klaus quien germana sangre albergue en sus venas, Davor quien balcánica ascendencia tiene. Es curioso, pero el cuestionamiento de estos temas no ha sido tratado satisfactoriamente. Nombres como Usnabi, Usnavi o Usmail, todos venidos de los parches que en el uniforme usaban los padres de los hijos, funcionarios de la U.S. Navy o del U.S. Mail, así como la aparición de nombres de artistas famosos como Ricky Martin, más un apellido, son objeto de risa y satisfacción para quienes soportan nombres castellanos, bien venidos a castellano apellido. Brian es un nombre que hace reír a quienes detentan ese tipo de purismo, como Joselyn o Jackson, mas Brian es una alegoría del problema de la nominación. ¿Cómo si no desde el amor cuestionar el escarnio público que se hace a quienes mezclan sus orígenes con suplementarias veneraciones? Brian es una de las salidas al problema de la hibridez y la traducción, al problema de la tradición literaria. Harta de generalidades y esencias que tratan de generalizar el problema, llamando en comunidad a los marginados (las locas, los colas), al menos, la historia de la literatura nacional encontró una respuesta satisfactoria y comprobada, para que así los poemas y los libros que nombran de ese modo hallen hospicio en la fatua resistencia ideológica. Defensas contra la diferencia, más que indagar en la singularidad de los problemas y los terrores, acatan calladamente el modelo de sus antecesores, consolidando así la hegemonía de un decir laxo y pusilánime. Brian es la respuesta y superación de tales conflictos, llevando el color local a escalas mistralianas, sin por esto, desconocer que en ellas habita el ser humano: en la palabra habita. Por lo mismo, Diego invita desde la catástrofe nacional a la propia tragedia, representada no sin ironía, entre el humo de las barricadas y los neumáticos, haciendo vista gorda a la conformista adhesión a una añeja izquierda, sostenida más por un estado de la cuestión que por la diligencia y la camaradería que la definiera décadas atrás en nuestro país. Sin nostalgia ni menos compromiso declarado, Brian se integra a la batalla fratricida en un nacionalismo universal (Borges), se dice y renombra, se murmura y gime, se dice en voz baja y pasa a ser un momento, una imagen dialéctica en la cual leer el momento de transición, mediante la aguda crítica de Diego Ramírez, quien retoma el trabajo de los márgenes, vindicando su condición identitaria: no es el centro el nombre, son aquellas entidades que lo rodean. No es Chile, es Brian multiplicado en sujetos que no reconocen ley ni menos pertenencia territorial. Brian es aquel que sin poder violar ni menos asaltar la privacidad, sisea el nombre de su amor ausente, el sujeto de la enunciación, quien habrá de partir así como él, para quedar sólo el nombre. Brian es la ausencia de Brian, por lo mismo, la ausencia de quien no pertenece ni pertenecerá al que dice amor. Amor como renuncia, como pérdida de esa comunidad, de ese cuerpo. Melancolía, bilis negra obturando los ojos que no quieren ver o se duermen en ese sueño llamado nombre. Recordemos por un momento la negra tinta, aquella que no suena ni duele, pero que anega la blanca órbita de la literatura chilena en una oscuridad mayor a los misterios; como diría Whitman: And if the body were not the soul, what is the soul?

Brian es el joven negro que, ese día por la tarde, viera imitar y hacer chistes sobre un vehículo de locomoción colectiva. El mismo que vi ser humillado por un nacionalista, un extraño hombre, menos civil que arrogante y más contrahecho que dotado de belleza, quien tomando el mástil de una bandera inútil lo llamó extranjero, negro inmundo, inferior, para luego, sin escuchar, recibir la réplica de ese joven negro, chileno, como otros jóvenes ausentes, que presentizó todo un universo ante mis ojos. Fue ese joven, Brian, el cual al ser bajado del bus por el conductor, me hizo sentir arriba. Arriba de una pobre certidumbre, llena de risas por el desatino del nacionalista, pero ignorante de aquello que baja, que desciende día a día con el sol por los extramuros de nuestra ciudad capital.

Descargar:
Brian, el nombre de mi país en llamas (selección - PDF 147 KB)



3 comentarios:

Carolina dijo...

Juanma, notable a lectura que haces del texto de D.R. Sobretodo pensando en la dificultad del no texto, del evento(?!)
Lucidez, la tuya.

Christian dijo...

Sin haber leído Brian, puedo reconocer una lectura inteligente y apasionada.

¿De verdad alguien se llama Usmail y Usnabi? La masa.

LUIS MARÍN dijo...

resulta impresionante la falta de concisión de esta crítica, groseramente laudatoria y casi como-de-paper-enterrado-de-magíster en su ilegibilidad, casi total para cualquier sujeto de a pie. creo que le haces un flaco favor al libro de este poeta.