03 julio, 2007

[Sobre la lectura: el reflejo.] por Víctor Quezada.

…no eran un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo

¿Por qué el reflejo de las cosas nos parece tanto más impresionante que las cosas mismas: el ámbito donde encuentran su lugar más próspero? Tanto que incluso puede, el reflejo, ocupar el sitio de una verdad. Aunque verdad des-extendida, si es que el mundo fuera la extensión y diámetro de sí mismo, y, en este sentido, el reconocimiento de su intrínseca carencia como todo-del-mundo.

Y esto último, puesto que el reflejo actuaría como exceso sobre las cosas, doblándolas sin llegar a repetirlas -sin participar de ese imposible-, como un doble inaccesible aunque presente ante los ojos, el ámbito de la semejanza que, en los términos anteriores, no es la semejanza con la cosa reflejada, sino la semejanza excesiva del mundo, el privilegio de la mirada que está cifrado en el exceso que siempre es exceso, donde el todo es más que todo sin dejar de ser nunca el todo carente (Blanchot).

Así, instituido el mundo en su extensión, las cosas no podrían participar de una soledad propia, ni siquiera de un aislamiento que las sitúe como objeto, pues nada existe por sí mismo y en soledad, como el nombre solamente es significativo en relación con otro signo, y, a fin de cuentas, la verdad de las cosas es el nombre que les damos, o nuestra capacidad de juzgarlas, en cualquier perspectiva o tentativa de conocimiento del mundo, que ya deja de ser el mundo por ser, ahora (siempre), el lenguaje mismo, y de este modo, no simple, impermeable a la unidad. Las palabras son, entonces, la extensión; he allí la ley de acceso a las cosas disimiladas en la relación semántica, objetos de un saber, que, fijado y apropiado, sobrenombra, se convierte en metalenguaje. Incuestionable, pues asegura un conocimiento en el acto que significa sobrenombrar el mundo, o su posibilidad dada en el establecimiento de criterios que nos permitan mentar la realidad, o meramente hablar sobre ella. Y cuestionable, también, como posibilidad de conocimiento, una vez reconocido el carácter condicional de toda figuración metalingüística que dice sus límites propios: se podrá hablar de lo que es si es que ha sido, de lo que será si es que ya es.

Pero, ahora, cuál es la verdad del reflejo, accesible aunque inaccesible, paradójica en tanto está en contra de la cosa como objeto, lo que equivale a decir, contraria al lenguaje y excesiva, contrariante y maravillosa, que ofrece el reflejo en su simpleza...

O sea, cuál es esa verdad que escapa al juicio, que no otorga un conocimiento del mundo, y que, es más, por ir en contra de la arbitrariedad, apunta sobre todo a desestabilizarlo y desbaratarlo, separando el lazo semántico que apropia la cosa disimilada objeto por la apertura a la mirada que se obliga a sostener, y que no es, bajo punto alguno, un privilegio del carácter sensitivo del hombre, pues los lineamientos de tal verdad, que es del todo falsa y no merece esa palabra, se encuentran en el acto mismo de sostenerse en la mirada, por la cual el cuerpo debe también negarse en razón del reflejo, y esto, sencillamente, porque enfrentar el reflejo de las cosas es verse reflejado participando de la desestabilización del mundo del que somos parte ahora más que nunca en el recuerdo de nuestra propia objetivación. -- El reflejo no debe mirarse, y, si se mira, hay que darle la espalda.

El reflejo señala lo exterior de las cosas sin llegar a parecérseles en virtud de esa misma exterioridad que señala -a la vez y por otra parte- nuestra visión directa aunque mediada por lo arbitrario de la extensión, que, mientras elude el órgano de la vista, niega también nuestra capacidad de sentirlas. Incluso si pensáramos que en la relación directa e inmediata con las cosas encontraremos una fuga al lenguaje (o metalenguaje –al establecimiento de criterios que deviene método-) o un momento anterior a él, una infancia que sirva de correlato -lectura fiel, símbolo o isomorfismo-, caemos en cuenta de que cada cosa no es sino un esto presente que pretende su mismidad, un esto que nos dice, a fuerza, que todo puede ser idéntico y una misma cosa. Es por eso que el reflejo no nos lleva a un nivel de inmediatez en nuestra experiencia sensitiva, a un espacio primero y generador, más bien provoca la ilusión contraria, la de lo último y extremado que vislumbra lo anterior desde fuera; lo que no podría ser por haber ya sido antes y que sin embargo se muestra nuevo y fascinante, imprevisible aunque evidente…

Puedo decir, entonces, que reconocer que el mundo no es el mundo, ni la manera como lo miramos, es el criterio basal de toda lectura con pretensiones críticas: posibilidad de confrontación entre lo que ha sido y será en lo evidente, una verdad imposible.



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