11 mayo, 2007

[Suturas: 1. La Marea del Tiempo] por David Villagrán.

[Suturas] por David Villagrán.

1. La marea del tiempo.






"Así es", dijo ella. "Los hombres no pueden elevar sus ojos, acostumbrados a las tinieblas, hacia la luz de la deslumbrante verdad y son semejantes a esas aves cuya vista la noche aguza y el día ciega."

(Boecio, Consolatio Philosophiae. Libro III) [1]


El problema consiste en lo siguiente: ¿Cómo comprender para uno mismo las relaciones entre acto y destino? ¿Cómo imaginar ese orden de las cosas que han de suceder?


Podemos pensarlo poéticamente. Uno de los sentidos del río es el constante devenir, que nunca es el mismo en la superficie de las aguas (Heráclito). El caudal porta una mesura para esas aguas, en tanto el torrente, en violencia o quietud, la desmesura de un fluir irremediable. Y sucede que el mundo emerge entre el sol y la corriente: la tierra es espuma, una isla sólida en medio de las aguas, y la creación, un reflejo de rayos de luz en el agua (Upanishads).

Sea o no así, se suele imaginar que el gran nudo (por ahora, el problema capital) parece estar, sin embargo, en el cieno que reposa o se mueve más lento: la forma del río establecida por el meandro y su curso sinuoso. La historia del sedimento. Entonces todo río parece por el azar irregularmente moldeado, aunque la dirección de las aguas siempre sea recta y correspondiente a un descenso proporcional a su velocidad. Pero el río es un hilo que no borda ni figura el mundo (no es el destino[2] ), sino que trabaja sirviendo como espacio para el tejido de sus hitos. El hombre como una planta crece a su orilla mientras el héroe nace sabiéndose en el lecho, o vinculado a él irremediablemente.

Leemos en la poesía más antigua la relación de este último con ese río de la vida y de la muerte: el paso de las aguas es un punto crucial del viaje, y su tránsito es metafísico en estricto sentido [3]. Bien puede remontar la corriente hacia su origen, perseguir la desembocadura al mar, o atravesar las aguas de una orilla a la otra. Hay diferencias de importancia, y han sido notadas (Guénon, Coomaraswamy) [4], pero la empresa, como viaje, representa una prueba de conocimiento: el acceso al kairós de la existencia, su momento preciso, la sincronía como vislumbre del 'lugar' (el estado de su forma) propio en la corriente.

Pero ¿Cómo entender dicha propiedad, si finalmente todo pertenece a las aguas del río? ¿Acaso hay algo más propio que la circunstancia, la cual, si bien podemos atribuir su condición a la causalidad de la voluntad, sigue persistiendo en ella, con una medida variable, aquel peso de un destino [5]? Sin embargo, entendemos la fatalidad en el punto en que los efectos o consecuencias de los actos nos sorprenden, ya tardos, lejanos o inútiles, y guardamos para entonces la mirada sobre las manos (¿Han tejido o han sido tejidas?), el examen de uno mismo (ética), y por último las quejas o imprecaciones dirigidas a lo externo a la voluntad: la fortuna.

La búsqueda del kairós [6], en la obra de Boecio, es dirigida por las palabras de una figura femenina, la Filosofía, quien espera sacarlo de un estado que llama exilio (perdida del hogar) y entiende como enfermedad, estado que plantea más allá de la circunstancia puntual en que el autor-personaje se encuentra: esperando su ejecución.

El primer paso (y por lo tanto el mas difícil y medular) es la 'infusión' (medicación) de una forma inteligible [7] de discernir el bien o el mal que va más allá de una simple moral, postulando lo ético como responsabilidad 'cósmica' semejante al dharma [8]. El bien representa entonces una armonía o equilibrio primero natural y luego trascendente, de acuerdo al cual el hombre siempre actúa, pero teniendo o no conocimiento de la causalidad (cauce) de sus propios actos. Aquel grado de conocimiento dependerá siempre de su vínculo con aquel orden transversal a todo lo existente y sus principios; vínculo con el cual el hombre cuenta como posibilidad real en cuanto posee la inteligencia como atributo (que lo diferencia de los otros seres vivos) y fundamento de su voluntad.

Dicha posibilidad no es otra que una 'sincronía' con el río o la marea del tiempo, de acuerdo a la cual el destino es comprendido como la fuerza de las aguas en su proceso de renovación de la creación [9] siempre dirigido a la conservación de un orden del cual depende la existencia. En Boecio dicha fuerza es la providencia.

De acuerdo a este discernimiento el dominio de la fortuna es la circunstancia como punto de máxima limitación, que comprende los hitos de las aguas en su nivel inferior, hitos de la voluntad humana como nivel de los obstáculos y peligros (accidentes, figuraciones), y de la inteligencia presa de la confusión (lo pre-formal, ctónico). Bajo las aguas la corriente se hace compleja, percibiendo el hombre sólo las variaciones de sus direcciones bruscamente. Parece el mar, tanto como podría parecer una selva oscura.

El nivel del destino está en la superficie de las aguas [10]. La voluntad intuye la corriente de acuerdo a su roce e intenta dominar su freno haciéndolo parte fundamental de su avance; en tanto, la inteligencia se asegura de detener lo suficiente tal avance para contemplar el punto de la espuma, donde todas las formas se contienen: el brillo del sol en las aguas son los numerosos ojos de 'Apolo', 'Dios' o 'La persona en el sol', en tanto su mirada es la que sostiene y origina el verdadero gran nudo [11] que es la creación en plenitud.

El río es preñado constantemente, pues su lecho es un vientre lleno de orillas (estados del ser), donde la vida se hace firme, persistiendo los rayos que la fecundan como hilos [12]
unidos a lo originado (in-formado).

El riesgo de este nivel, donde propiamente se encuentra la posibilidad del conocimiento del propio destino, está en el ojo del hombre dentro del río. Dicho hombre no puede 'contemplar' su propio reflejo [13] y sólo 'observa' o recibe imágenes de sí mismo cuando se deja llevar en su propia quietud por la corriente. Pero aún así, las imágenes como reflejos en el agua son propiedad del río, pues cambian constantemente, y difieren todo lo que el tiempo en el rostro difiere como parte de la creación. Esa es la razón de que el riesgo del reflejo este en el ojo. El peligro, su satisfacción con un conocimiento empírico-materialista del sí mismo, que no le anuncia sino la posibilidad de su desaparición.

Como notamos al principio, el río cuenta con 3 vías: la orilla opuesta a la que nos encontramos (y que de hecho, como todo lo manifestado pertenece al río); su fuente; y por último, su desembocadura.

El hombre, sin embargo, puede desaparecer sin ver aquella luz de la deslumbrante verdad; sin encontrar jamás el kairós que clarifique su posición para otorgarle el conocimiento de su destino.



Notas

[1] Boecio, La consolación de la filosofía. Edición de Leonor Pérez Gómez, Akal, Madrid, 1997.

[2] Moira. Tomamos este concepto de destino diferenciándolo de la fatalidad, en especial consideración de su simbolismo, que es el del tejido.

[3] Metafísico, de acuerdo a la aplicación del pensamiento analógico al entendimiento de las ideas que implica dicha representación, desde su perspectiva simbólica, que no es sistemática ni propiamente dialéctica, sino una 'doctrina congruente y sintética' (Cf. A. Coomaraswamy, El Vedanta y la Tradición Occidental).

[4] Y serán revisadas en la próxima entrega.

[5] Como 'Anagke', fatalidad.

[6] Kairós, en este artículo preferentemente como el tiempo en potencia, tiempo atemporal o eterno, en tanto el tiempo es la duración de un movimiento, una creación. Los griegos tenían dos conceptos para el tiempo: chronos y kairos. Chronos es el tiempo del reloj, el tiempo que se mide. Kairos, "el momento justo", no es el tiempo cuantitativo sino el tiempo cualitativo de la ocasión, la experiencia del momento oportuno y de claridad.

[7] Prefiero usar el aludir al concepto 'inteligencia' en desmedro de 'razón', como aparece en el texto de Boecio, de acuerdo a la concepción escolástica de la inteligibilidad, de la cual el mismo Boecio es tenido por precursor. No por nada fue llamado 'el primero de los escolásticos'.

[8] En el hinduismo se trata de la ley universal de la naturaleza, ley que se encuentra en cada individuo lo mismo que en todo el Cosmos. A nivel cósmico esta ley se concibe manifestada por movimientos cíclicos y regulares.

[9] Porque "No cesa Su creación de renovarse/ a cada instante alzándose de nuevo" Ibn Arabi, XXIX. En: "La taberna de las luces, poesía sufí de al-Andalus y el Zagreb", Selección presentación y traducción por Pablo Beneito. Editora regional de Murcia. 2004.

[10] Dante, Paradiso XVII.37-42, «La contingencia, que no se extiende más allá de la página de vuestro material, está pintada toda en el aspecto eterno; aunque no toma su necesidad de allí, de la misma manera que un barco que flota corriente abajo no depende de esa imagen de él que refleja la corriente».

[11] "Un gran círculo pasa a través del Sol Supernal y de su reflejo en las Aguas Inferiores; este círculo significa el Mundo o Universo en su entereidad" (Coomaraswamy, Los Vedas, ensayos de traducción y exégesis. p. 101)

[12] Sutras, en sanscrito. De su derivación, sutura, esta sección toma el nombre.

[13] "El Tiempo ilimitado/ es este mismo tiempo relativo/ que adopta condiciones. Cuando alberga/ es un deposito que salvaguarda/ Y si es también mi propio corazón/ lo es sólo en tanto que es visión directa" Ibn Arabi, XXVII 'El tiempo incondicionado' Op.Cit.

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