20 marzo, 2007

[La literatura en ÍDOLA de Germán Marín] Por Víctor Quezada.


Demás esté, tal vez, decir que Germán Marín “fue amigo de Enrique Lihn, alumno de Jorge Luis Borges, discípulo del Padre Hurtado y subordinado del general Augusto Pinochet” (todos ya muertos), retocando así, de paso, mi lenguaje por asir el pintoresco del periodista. Estas cosas poco deben importar en el momento de leer alguna de las novelas o conjuntos de relatos de este escritor, autor de Ídola (Sudamericana, 2000). Esto debiéramos hacer por cierto beneficio académico de formación, cierto prolongado presupuesto sobre la referencia de lo literario... Aun, ¿cómo iniciar la pregunta sobre la obra de Marín (de Ídola en particular), sobre aquel Yo llamado Germán (Marín) que -desde la ficcionalidad y su verosimilitud dada por la suspensión referencial (las que emergen como estatuto literario)- nos señala sus implicancias?

Los datos de la vida del autor, salen a relucir en Ídola como construcción de sujeto puedo decir; pero, y además de esto, el narrador en primera persona fija una referencia clara a través de datos (expresiones designativas y/o predicados) como el ser el autor de Conversaciones para solitarios (1999), o el que algún personaje de la novela (Ruiz, en concreto) reconociera al Germán-personaje por haber tenido noticias de Fuegos Artificiales (primera novela fallida de Marín, publicada en 1973 y rápidamente sacada de circulación). Antecedentes que a la vez que nos hacen vincular directamente la figura del autor con el personaje, nos hablan, es claro, de tentativas tan antiguas como (ya poco o siempre muy) eficaces para poner en tensión a la ficción: nunca estará demás recordar a Cervantes o Macedonio Fernández. Dichas cuestiones relucen aún mayormente dentro del clima de la historia a contar, y esto, debido también al fresco sabor de la historia reciente de Chile y, en especial, de la dictadura o gobierno militar y los mentados Chicago boys (a menos de una veintena de años de transición). Este estado crítico del Yo narrador, demás de poder ser anclado en la tradición literaria, nos hace, como se sugiere, por la cercanía temporal y geográfica, desviar la mirada ciertamente, aunque, lo mismo, y desde otra perspectiva, vislumbrar la intención que, como dijo a propósito de esta novela José Ángel Cuevas, consiste en «iniciar el comentario de la catástrofe nacional...».
Ahora bien, es dicha tarea testimonial, pienso, una de las cuestiones que se ponen en duda dentro de esta narración particular, por este particular narrador. El pensamiento de la experiencia en relación con el recuerdo individual -dentro del olvido que opera en la ciudad nueva: olvido hecho a través de transformaciones posiblemente infinitas- sepulta, así, la tentativa del recuerdo de quien “ahora” se reconoce como extraño, extranjero. Cosa que, si bien borraría un pretendido lugar originario, otorga, también, un sitio a la subjetividad a través de la poetización del recuerdo, pero además, y seguido, un sitio medido en la auto-poetización del yo como demanda sin oferta dentro de la lógica neoliberal. Un refugio subjetivo anclado en el recuerdo no sería dable (y si lo es, sería poco acogido), en consecuencia, en el seno de esta lógica, pues se transforma en simple huida, o tentativa de fuga. Y diremos más, la crisis de la experiencia en la ciudad y la auto-poetización como refugio (el distanciamiento de la experiencia que permite la verosimilitud de la representación de esa experiencia), no son sino tematizados desde su fracaso o negación: momento en el que -en la novela- asistimos al cambio de lenguaje necesario para abordar la nueva realidad (lo que J.A. Cuevas llama lumpenización). La tarea testimonial, en este sentido, se cifra en su dificultad (que reclama la adecuación del código) y se desplaza desde la posibilidad de confusión referencial hacia su tematización como fracaso de la representación. Cuestión que, a otro nivel, nos habla del papel tocante a la literatura (y la cultura) dentro de esa nueva sociedad en la que se sitúa (o sitia), y del poder con el que supuestamente pudiera trabajar sobre ella.
Si existe la posibilidad de una postura crítica, testimonial o de apertura y diálogo frente al testimonio –política, al fin y al cabo- en estos discursos (ficcionales), Germán Marín parece decirnos lo contrario al narrar un mundo donde dichos discursos no alcanzan legitimación (el mundo de la publicidad, de la política, o del lumpen), siendo reconocidos como inválidos y/o, incluso, como una forma otra de alienación donde la subjetividad se pierde, tal como el transeúnte se pierde en la ciudad y pasa a ser parte de la masa o el rebaño inenarrables.
Ídola bien podría presentarse como la apertura frente al suceso que devino en el Chile actual, aunque, eso sí, negándose como literatura en razón de esa misma apertura testimonial; y, como “nuevo acto experiencial”, cuestionándose también en su posibilidad de formar un discurso, saber o (re)conocimiento del pasado. Frente a la vida, Marín nos dice, la literatura no alcanza sino un papel secundario, está a la zaga de ella, siendo una forma incompleta y de carente finalidad al ser acogida (y absorbida) dentro de la estructura social.

El énfasis, entonces, sobre el estatuto de lo literario y su problematización, son una cuestión tradicional a la que la crítica literaria (en todas sus formas reconocibles) siempre busca adecuarse mediante la producción de nuevos y diversos discursos que intentan mitigar (o resaltar) su potencia, que aunque reconocible en la gran carencia de poder social expuesta en Ídola, se manifiesta en dicha prefiguración discursiva (la de la lumpenización por ejemplo, o la tarea testimonial y de comentario histórico del intelectual) como posibilidad de transformación: alguien alguna vez nos señaló las diferencias entre poesía e historia diciendo que no corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder. Germán Marín, simplemente, parece hacernos recordar los términos de esta tradición crítica, la que, a fin de cuentas, nada de simple, es la tradición de la literatura.

1 comentario:

Juan Manuel Silva Barandica dijo...

Victor
Me parece sensato y a la vez ahíto de vesania. ¿Cuál es la cuestión social desenvuelta en la querella de lo estrictamente literario?
¿Hay acaso interioridad expresiva o bien referencial en el gozne intergenérico?
Creo que la pregunta está muy bien planteada, pero en extremo contaminada por la disipación o lo huidizo. Aun así, creo que es valioso y valiente cambiar la mirada al campo de batalla en que la escuela del resentimiento tiene su cuartel.