23 enero, 2007

[Toda la luz del mediodía de Mauricio Wacquez]. Por Víctor Quezada.

Hay una necesidad por la que actuamos, por la que un ejercicio de lectura adviene como solicitud (aunque esa solicitud no quiera decir nada sobre la posibilidad de claridad). La necesidad de explicarse aquello que suscita nuestra mayor atención… Hablo aquí de una novela, Toda la luz del mediodía, la primera de Mauricio Wacquez, escrita (1961-1963) mientras realizaba sus estudios de filosofía, y publicada al tiempo que escribiera su tesis sobre San Anselmo.


Hablamos de una necesidad, pero es necesario deslindarla, definir el lugar de nuestra carencia; por tanto, no es la novela en su totalidad, sino una página, tan sólo una página, muestra suficiente de mi pobreza. La página 124 del libro; desarrollo puntual de los motivos que obligan al narrador a contar su historia:
…cuando puedo escribir que la piel de la frente de Marcelo se aclaraba en el nacimiento del cabello, noto que el hecho se sitúa ahí, en una posición última y definitiva. No es mi punto de vista, no; es el tiempo que se demoró lento y se pegó a los gestos, la dignidad de algo que llevó más tiempo en olvidarse que un saludo ligero dado en la calle. Pero la justificación no viene con eso. Hay algo más que me obliga a contar esta historia. ¿Cómo decirlo? La forma en que una cosa permanece se asemeja a un nombre colocado siempre ante los ojos. Aparte de eso, del nombre, la realidad desaparece.
Primero, está el cuerpo que se ama e intenta retener, el fragmento de ese cuerpo ajeno, la fijación: las líneas del cuello, la otra línea pálida que se figura y divide la piel del rostro tostado por el sol del verano y el principio del cabello, pero además, y aquí lo medular en mi interés, lo que realmente me llama: «La forma en que una cosa permanece se asemeja a un nombre puesto siempre ante los ojos. Aparte de eso, del nombre, la realidad desaparece». Vine a pensar, entonces, en el nombre y la cosa que nombra, y, en este sentido, en el lenguaje respecto de lo que llamamos mundo -el lugar donde habitamos y convivimos a diario-, como también, a preguntarme sobre la posibilidad de la permanencia de las cosas, una permanencia que sólo es posible, siguiendo la cita anterior al texto de Wacquez, en la escritura, en la semejanza con un nombre, una semejanza tal que anula la realidad, el mundo. La forma en la que la permanencia de las cosas es posible, o lo sería. En la escritura, en la literatura… aunque no sea éste un intento por definir qué es la literatura.
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Con todo lo anterior, reconocemos una cierta distinción entre una escritura que solicita la permanencia a través de la semejanza, desapareciendo al mundo y, otra, que participa del mundo como legalidad del lenguaje. Es esta legalidad la que otorga la legibilidad que presupone el entendimiento, la comunicación: el acto de leer tal cita, descontextualizada, ratifica claramente dicha aserción; puedo entender esa intención (lo que pudiéramos decir que hay de contenido, el "mensaje") en la medida en que entendemos a quien nos habla. Ahora bien, esta legibilidad otorgada por la legalidad del lenguaje en el mundo (mundo en el sentido anteriormente establecido: entendimiento en el vivir a diario), mientras soporte esa ley mediada por el conocimiento de la lengua, se manifestaría arbitraria -en las nociones de la "moderna" lingüística francesa-, reconociendo que el vínculo semántico del lenguaje con las cosas no comprende ninguna motivación, vínculo natural e inmediato o identificación entre nombre y cosa como virtud simbólica: asimismo, puede haber distintas palabras para nombrar una misma realidad; pero, de igual manera, dicha convención, en la medida en que es una participación del mundo, asegura la presencia de la cosa que no tenemos y de la cual hablamos, por la cual nos entendemos. La legalidad del lenguaje posibilita hablar de aquello mediante el lazo semántico que los une y por el cual podemos participar de la reapropiación de la cosa (del referente). Sin embargo, y como vimos antes, esa arbitrariedad del lenguaje respecto de las cosas que nombra, está supeditada a la apertura del sentido que, si bien, dentro de la comunicación, permite reconocer el referente, escapa no obstante en modos de presentación de esa cosa a nombrar (hay distintas palabras, y combinaciones de palabras diremos ahora, para nombrar una misma realidad) no permitiéndonos tener esa cosa, su permanencia, esa semejanza de la cual participarían nombre y cosa nombrada en la cita de Wacquez. Por lo cual es pertinente la reflexión sobre esa otra escritura: una forma de la taciturnidad que concede la semejanza.
¿Qué pasa, entonces, cuando nos enfrentamos a pensar la forma en que una cosa permanece, esa forma semejante a un nombre que desaparece la realidad y, bajo esta perspectiva, pone en tensión la legibilidad de la cosa, del nombre, porque el mundo, el sentido del mundo, aquello que nos otorga la comunicación, están ausentados en esa otra escritura que pudiéramos llamar literaria: la estadía, pretendidamente, fuera del mundo?
Una respuesta tentativa: la ilegibilidad de la escritura, advenida con la suspensión del mundo (y de la legalidad en última instancia), otorgaría la semejanza necesaria, si bien, no de la cosa y el nombre (puesto que no hay naturalismo en la constitución de una palabra, el lenguaje no es traducción de las cosas, y esto es casi un presupuesto ético), sí del nombre consigo mismo, con su cuerpo, con cada letra que lo compone, retirado el sentido (y la ambigüedad de sentido) del mundo, con su, digamos, 'ser cosa' que manifiesta la semejanza a sí mismo.
En otras palabras, y para terminar esta pequeño juego sin pretensiones de verdad, la escritura (literaria) trabajaría sobre la legalidad del lenguaje produciendo una tensión sobre su legibilidad, tornando, así, ilegible al nombre (y al mundo a fin de cuentas, ocultándolo): por esto, la escritura cuida de la ley en aras de la legibilidad y, suspendiéndola, quiere ausentarla, apareciendo el cuerpo significante como permanencia, retirado el sentido. Pero, sin duda (y para ser en alguna medida pragmáticos), no es sino en el mundo donde opera este aparecimiento, mostrando así, al fin y al cabo, que el acto de lectura –categoría en la que se condensa la totalidad de esta reflexión- es una desaparición de tal semejanza y permanencia.

1 comentario:

Patricio Bello Friz dijo...

La forma en que utilizas una sola oración de todo el libro de Wacquez, en una muestra de humildad intelectual (o “pobreza”, como rápidamente recalcas), para luego pegarte un carril de aquellos, una mezcla de “fenomenología-lacanés-derrida-misceláneos” que, francamente, podría venir al caso con casi toda la producción literaria del siglo XX, no me dice mucho sobre la novela y tus opiniones sobre ésta, sino que parece responder a otros temas que estás pensando aparte.

No soy crítico literario, pero me imagino que debería haber una cierta organicidad entre el objeto a comentar y el bagaje teórico a emplear; además de una exposición de temas que surgirían luego de una dialéctica lector-autor.

No estoy pidiendo un análisis mecánico, ni mucho menos un frío comentario de texto donde no se pueda apreciar la mano del crítico. Pero hay veces (y ésta parece ser una de ellas) donde el crítico parece ser su mismo objeto y meta.