20 mayo, 2020

[Aguas perras. Trewa Ko de Roxana Miranda Rupailaf]. Por Jorge Polanco Salinas

Trewa Ko de Roxana Miranda Rupailaf (Osorno, 1982) es un libro de poesía publicado por Del Aire ediciones el año 2018. En agosto del mismo año, Jorge Polanco se encargó de su presentación realizada en la Librería Casalibro, Museo Phillippi, de la ciudad de Valdivia.
La toponimia de Trewa ko proviene de un mito chilote "sobre un perro de agua que convierte este elemento en pantano, raptando a la mujer hacia sus territorios". Esta seña sirve para situar al libro en una territorialidad específica: el sur del continente, sus cuerpos de agua e islas en un país "como un cementerio oceánico".

Aguas perras. Trewa Ko de Roxana Miranda Rupailaf

Patricio Medina lleva años visitando a los pescadores. Consulta las huellas de las animitas: las flores, los símbolos, las despedidas, los epitafios. Los cuerpos de los pescadores desaparecidos no están, pero sí los cementerios con sus nombres y recuerdos. Cementerios sin cuerpos. Patricio quiere aprender de los pescadores a elaborar el duelo, y así darle una sepultura en el recuerdo a su hermano Rodrigo Medina Hernández, detenido desaparecido desde el 27 de mayo de 1976, a la edad de 18 años. Junto a Javiera, su hija, lo acompañamos a Chahuin mientras conversa con las personas y escucha el sonido del mar.
Parece que en Chile hubiera muchas islas. Trewa ko, “Perro de agua”, de Roxana Miranda Rupailaf, contiene esta concepción en sus tres secciones. El mar no corresponde necesariamente a la imagen de la bondad, la copia del edén. Por el contrario, en algunos versos es el continente opresivo de una isla, el cierre en lugar de la apertura, la extensión de agua que podría asimilarse al desierto: “no dejan de caer / cuerpos al mar”, cierra uno de sus fragmentos (“la piedra, el árbol”). En otras secciones, el agua es símbolo sexual y exploración de los deseos, inclusive un violento erotismo femenino. ¿Qué significa escuchar el mar? ¿Qué significa el agua?
Diría que Trewa Ko tiene tres cadencias. Primero, el canto a Héctor como elegía amorosa. Segundo, la explotación carnal del deseo. Tercero, el duelo. Tres islas en territorios amorosos y dolorosos distintos. En estos islotes, la experiencia de la poesía se ofrece en Roxana a través de la prosodia y el erotismo. Por una parte, las repeticiones y los encabalgamientos se perciben como un canto. Roxana persiste en el lirismo que construye imágenes amorosas en una época cada vez menos habituada a los efectos de sentimientos estables transmitidos por ciertas palabras o expresiones. Lo peculiar de este lirismo es que parece arraigado en una experiencia femenina y mapuche compleja que, a diferencia de otros textos suyos, desemboca en crudas imágenes de violencia erótica.
Estas tres canciones islas correspondientes a un mismo océano, me hacen pensar en filiaciones tal vez inusitadas, como Poemas de agua de Ximena Rivera en su carácter mítico y lírico, en sus versos rotundos sobre el lugar extraño de la escritura. O en el lirismo de Rodrigo Arroyo, lejano de los recursos del arte pop usados en los medios masivos, persistiendo en imágenes políticamente delicadas que escapan a la narrativa y a la descripción de circunstancias. Filiaciones sorprendentes porque guardan relación con el lugar desde donde yo provengo: Valparaíso y, más precisamente, Quilpué. Tal como Rivera y Arroyo, Roxana ocupa un espacio complejo, expoliado y arraigado a su territorio. Uno podría advertir que, a pesar de sus constantes viajes, Roxana es una poeta situada en Osorno; y esta persistencia le da características singulares a su poesía. Una isla distintiva entre el archipiélago de poetas mapuches.
La primera parte, “Aguas perras”, llama la atención al entrelazar la figura de Héctor y Penélope en imágenes del sur de Chile; concita tradiciones y personajes diversos, mixturando símbolos y mitos. Esta apertura y síntesis está presente en la mayor parte de su poesía. La espera en el tejido, enhebrada por el amor sensual a Héctor, cuya figura aparece en Troya con el delirio de lavarle los pies en aceite, aumenta el deseo del relato. Las marcas de la cama, por su parte, señalan el dolor que se confunde con enhebrar el sentido: “no me tejen Héctor / no me tejen”, dando las ganas de clavarse cual cuchillos los palillos de la espera. Troya y Niebla pueden confundirse en este territorio donde la poeta pesquisa el olvido golpeando piedras, pero nadie sale al rescate.
En el segundo canto, “Calles de agua”, el deseo aumenta con la búsqueda de ese yo insaciable por ser devorada, identificándose a su vez con la desaparición en el oleaje. Trewa ko, como me explicó Roxana, proviene de un mito chilote sobre un perro de agua que convierte este elemento en pantano, raptando a la mujer hacia sus territorios. La seña de la mordida se reitera como rito de posesión. Mordida que al mismo tiempo es un deseo encarnado en el lenguaje.
“Dónde está la palabra
dónde está esa palabra
que me acerca en lo nocturno
a los pedazos de agua (…)
Cómo decir isla sin decir isla” (52).
Esta incorporación carnal del deseo se hace notar aún más debido a que Roxana no tiene problemas en hacer ingresar el ‘yo’. La vivencia del mito, del canto, del territorio, de las repeticiones de su prosodia, de la subjetividad lírica se conjugan gracias a la compleja herencia occidental y mapuche que despliega su poesía.
La última isla, titulada como el libro, habita el mismo océano que las anteriores, pero el territorio aparece conflictuado. Como señala Roxana, es la tierra mapuche, el último canto doloroso y tal vez el más crudo del libro. Conflicto:
“Lo que me pertenece
lo que me quitaron
Mi mudez se llama Chile
Mi látigo
Los asesinos
Mi duelo (…)”
(“Mi fragmento”, 108).
Este “horroroso Chile” es el espacio de la liza, el territorio político de una lucha, que a veces parece personificarse en el perro que muerde y violenta; en otras seduce a través de la ambigüedad de la lengua, porque bajo esta yace otra que triza el castellano. Es, por cierto, la experiencia de la poesía de Roxana que intenta recuperar la lengua que le fue expropiada. El ejercicio de traducción es múltiple: va de un lado a otro, como un gesto de reconocimiento y recuperación territorial y lingüístico. Nombres que se hunden, asoman y cantan en la noche:
“selknam
aonikenk
alacaluf
yaman
pedazos de tierra que se hunden en la sangre
con su sangre” (102).
Un verso clave del libro marca con acritud esta tensión: “Esta isla nos golpea / nos escupe / porque una isla puede ser paraíso y prisión” (96).
A partir de este último verso, quiero volver a la imagen de Patricio Medina visitando caletas para conversar con los pescadores. Chile como un cementerio oceánico. Si miramos desde el mar la tierra, la observamos también como un pantano de criptas anónimas. “Yo no puedo escaparme del Edén”, dice el último verso del libro. ¿Qué significa el agua? ¿Qué significa escuchar el mar? Quizás la poesía sea el canto del duelo que perdura en Chile, el espacio de reconocimiento de los nombres de los muertos en un “país” que persigue el progreso y el olvido. Paraíso con rostro de prisión. Aguas perras del rapto permanente. Poesía como la de Roxana es una respuesta: los desaparecidos tienen un lugar en el canto más amplio que los asesinos y torturadores. La poesía: el espacio en la memoria de un cementerio sin cuerpos.

Valdivia, Inviernos 2018/2020

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