04 diciembre, 2019

[Latido de escombros: Diez y siete sílabas]. Por Carolina Pezoa

El siguiente texto de Carolina Pezoa, que sirvió de presentación del libro Latido de Escombros de Dante Cajales (Santiago, 1966), revisa la escritura del haiku, su forma breve y a veces interrumpida, a través de un método que actúa en consonancia; en el que el hiato, la discontinuidad sirven como estrategia de lectura.
Dante Cajales es narrador y poeta. En narrativa ha publicado Cosas vistas y otros relatos (1985) y A Solas (1987). En poesía, El humo viene de los patios (1987), Tiempos (1988), Trazos de amor & agua (2013), Días de agua (2014), además de Fissūra  (2017).

Latido de escombros: Diez y siete sílabas. En torno al poemario de Dante Cajales

Hay latidos que vienen de… hay latidos que pertenecen a… hay escombros que suenan y quedan resonando cual si fueran estaciones: "primavera, verano, otoño, invierno, y otra vez primavera":
Tic tac Tic tac
Encontrar la palabra
Se nos va el tiempo.
Luego, cómo despertar a tiempo el sentido de la escucha, acoger el latido de los escombros: la invitación llama a encrucijarnos en diez y siete sílabas –tictac, tictac–. Se dice de un haiku no lo que es, sino lo que sucede, la palabra, lo que está sucediendo ahora, en este instante: "se nos va el tiempo – primavera, verano, otoño, invierno, y otra vez primavera" – el poema pasa tras cada estación – porta su tono, su ritmo, su tiempo: tictac, tictac, tic.
Poemas breves que sabemos cómo comienzan, pero, ¿cómo terminan?, tras cada latido, difícil pensar que se pueda seguir yendo de una misma manera tras cada latido, pausa… Con los poemas de Dante Cajales, nos encontramos lejos de la mitología borgiana del hacedor pues aquí nada hay por hacer, sino oír, sino disponerse al tiempo:
Cuántas verdades
Todas son primavera
Latido, escombros.
"Cuántas verdades", el poeta pregunta por lo que podría aparecer o exclama ante lo que ya se está viendo, pero cómo saber / decidir acerca de lo que el poeta nos trae o da a ver. Tal vez las preguntas fueran:

- Cómo quedarse y transitar en la lectura sin saber de verdad, a ciencia incierta, a qué y con qué se llega escribiendo: "Latido, escombros".

- Cómo leer / transitar sino intentando en un apenas ver y, sin embargo, en ese intentando acoger, inclinarse hacia la afirmación que se presenta: "Todas son primavera / Latido, escombros".

Leemos entonces, en este libro, ahora: primaveras y escombros, algo así como principio y final o, más bien, intervalos, imágenes que no han de ser confundidas con interpretaciones, como si ciertas cosas bien pudieran también ser otras. No, a fin de cuentas estamos leyendo aquí latidos, aunque no encuentre, por ninguna parte, la posibilidad de leer corazón. En este poemario, en esta escritura no existe esa palabra, esa palabra solo falta y, sin embargo, se lee, la estoy leyendo, parece, ¿o la estoy inventando?
Luego, cabe ahondar en la singularidad de lo que pudiera ser la insistencia de diez y siete sílabas a lo largo de este libro: tal vez, pensar que el ejercicio que Dante intenta con la escritura no siempre sea un traer a la luz, aquí, muchas veces, nada hay por traer. Y es que aquí, escribir a veces también es cavar, cavamos y cavamos, resuena por ahí Celan ya en el epígrafe –"estábamos muertos y podíamos respirar"–, en fin, me desdigo ahora para decir que cualquier idea que en este texto pudiera dar cuenta de algo que se leyese como corazón es solo comparación. Aclaro, entonces, aquí lo que late es el escombro ¿corazón? Tal vez, sea un presentimiento a propósito de la escritura del latido / de Dante.
Escritura que no dice fijación sino pulso, palabras estacionales, paladas tras paladas tras paladas, latidos que van hallando un lugar en el poema y en el tiempo que es el poema o, más bien, a través del tiempo que dura el poema, ahí, donde los escombros suenan: leo / destierro.
Ahora, ¿cómo, cuándo comienza la primavera, termina la primavera, dónde cuando, cuándo?
Quizá, tras diez y siete sílabas pudiéramos comprender aquí que a veces cada poema intenta ser un ensayo de "cuando florecen las flo", un intento siempre por venir: primavera.
Por otro lado, resta también leer, leer que no hay aquí elogio alguno de nostalgia sino convocación, un insistente ejercicio de contemplar y tomar distancia, algo así como un extrañarse de lo humano para desde la lejanía intentar una nueva aproximación, una y otra vez, otra vez primavera – pudiéramos decir aquí más humana como si decir más humana asegurase un encuentro más amoroso, pero el fondo es crudo y el poeta nos enrostra y nos recuerda que lo humano, en su emergencia, ha de ser cada vez más absurdo: más humano, más absurdo y, sin embargo, a pesar de todo y nada, el poema que no el poeta insiste en sus estaciones, donde cada latido toma el pulso de las huellas de los acontecimientos:
Oír disparos
Habitar el silencio
Vecinos muertos.
La invitación, en parte, mientras va apareciendo el libro, es a leer en relación con el contexto; sin embargo, cada latido puede ser un golpe no una historia, no un recuerdo, sino un golpe, nuevamente un golpe que, claro, podría quedar resonando con su lengua de río (dicen por ahí no se nada dos veces en el mismo río, aunque en el fondo no sé nada, pero siempre se oye venir, de nuevo, se oye venir, mientras tanto se lee:
Oír el río
trai trai nos dice el agua
los muertos pasan).
Diez y siete sílabas para desarmar y esperanzar, abrir el espacio de lo nunca visto / oído hasta ahora. Aquí, cada poema parte desde su ya:
El viento pasa
Estremece las hojas
del libro abierto
Latido, poema, haiku: tictac, tictac, cuál el aliento de un haiku, sino su comienzo que es siempre comienzo, estremece, aunque no sepamos muy bien lo que comienza o qué, qué comienza con qué:
cae la noche
entramos en el bosque
oír los grillos.
Diez y siete sílabas es el cálculo, el grillo que va tomando inscribir la desmesura de un posible mañana:

cantar de grillos. Mientras tanto, hoy, solo resta arrimarnos, hacer de la demora una estancia y atisbar con estos versos el alba – quizá, quién sabe, corazón, sea: promesa abierta.

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