17 octubre, 2019

[Nada dice lo que nombra – Celan]. Por Carolina Pezoa

"Tal vez, un poema quiera ser entendido/extendido como oscuridad, como oscuridad del poema, vale decir, como la puesta en duda de cualquier posibilidad de existencia", escribe Carolina Pezoa en su reflexión sobre la escritura del poeta alemán Paul Celan (1920-1970), en la que sugiere la dificultad de comprensión del poema y su interpretación a partir de las herramientas convencionales del lenguaje.

Nada dice lo que nombra – Celan

Si preguntaran quién fue Paul Celan, habría que partir por el esfuerzo “de quien, sobrevolado de estrellas -obra humana- y viviendo sin amparo, en un sentido hasta ahora insospechado, y, por tanto, viéndose en el espacio abierto y libre de la manera más inquietante y siniestra, va hacia la lengua con toda su existencia, herido de realidad y en busca de realidad” (Celan, citado en Pons, Arnau, 2015, 34-35).
Si preguntaran cómo leer a Paul Celan, habría que evitar convertir al poeta en una víctima del exterminio y a sus poemas en un producto del silencio, porque a pesar de todas las pérdidas, lo único que ha quedado es la lengua y, desde ese lugar, el poema habla.
Cómo leer entonces, la experiencia de un habla que intenta alcanzar algo en la duración de un poema que muestra su tendencia a enmudecer. Cómo leer lo que dura un destello, la escritura de un destello, la insignificancia de un destello.
"Años.
Años, años, un dedo
tantea hacia abajo y hacia arriba, tantea
alrededor:
puntos de sutura, palpables, aquí
eso se desgarra, aquí
eso se vuelve a cerrar –¿quién
lo cubrió?"
“Años”, escribe Celan, en la cuarta partida de su poema “Estrecho”. De dónde era que venía. “Años, años, años”, no son versos sino estallidos, hechos de tiempo, pero ¿para tocar qué?
Ni tú ni yo sabemos lo que, solo y únicamente, fue tangible en ese gesto… “hacia abajo y hacia arriba”. Entonces, por qué a favor de entender algo, reducir ese algo a lo que significa, por qué a favor de la cercanía acotarse a una imagen familiar.
Entre la escritura de Celan y los estudios de Werner Hamacher, estoy en una primera aproximación, dijéramos, intentando acceder a la incomprensión de nada, estoy queriendo atisbar nada, entender nada, estoy, dijéramos, para intentar decir, detrayendo algunos fragmentos, a modo de citas, mientras tanto, encuentro:
"Nada,
nada está perdido".
Tal vez, sea posible pensar que un poema nada tenga que contar, en tanto lo que cuenta es precisamente aquello/ello de lo que se desprende: un nombre y una nada. Luego, ¿cómo sostener esta cuenta: “Noche. Noche-y-noche”? Pudiera ser la espera, sin horizonte, de un día que solo sabe hacerse esperar. Aunque, con Celan, quizás, comprender un poema deba considerar la posibilidad de que también el poema quiera ser entendido/tendido como oscuridad:
"Noche.
Noche-y-noche".
El poema en su estrechadura carga su propio exterminio, su nada, su nodo, tal es, lo que no puede ser aprehendido por oposiciones binarias, ni por meras comparaciones y/o identificaciones cuando a la noche solo le sigue otra noche, o, dicho de otro modo, cuando la noche se sustrae en su ser cada noche otra noche, otra vez; tal es, pudiera decirse, el punto nodal, la intersección o, más bien, la pareja de puntos, situada en el eje óptico de un objetivo que sirve como referencia para ciertas/inciertas mediciones:
"Años, años… Cenizas, cenizas…Noche-y-noche".
Habría aquí, en estos gestos, la comprensión sin cálculo de lo in-de-terminable, a la manera de un inaprehensible que se da a falta de cualquier marcación o límite, como si se tratara de ser solo y únicamente frontera, umbral, pero de qué. ¿Qué pero pudiese aquí pensarse con relación a la oscuridad?, “una relación que carece de relación, es decir, una relación sin relación, una relación para con la sustracción” (Hamacher, 33), para con aquello que nos abre de otro modo a lo visible y quién sabe, si a otro modo de interpretar, si es que efectivamente interpretar un poema pudiese seguir siendo posible, cuando nada se da a ver como apertura del habla:
"Dale sombra dale tanta
cuanta sepas repartida en torno a ti entre
la medianoche, el mediodía y la medianoche
(…)
Verdad dice quien sombra dice".
(“SPRICH AUCH DU”. Celan, 2007, 135).
El mundo de Celan, a/fin de cuentas, poco y a veces nada tiene que ver con la presencia de las personas o la posibilidad de pensarse a sí mismo, el mundo de Celan es la lengua, el acontecimiento del habla de la lengua y en ella, el vacío, la oscuridad, permanece como una zona de apertura –y ahí sí, en aras de las personas– toda vez que nada se sustrae, se distrae, se detrae de la Nada.
“Yo” -escribe Celan (1997, 191)- “actúo en el vacío”, entre tú y tú y tú, entre ya no y todavía. Nos encontramos entonces con un pensar de la forma o una forma del pensar con el habla quebrada, que solamente puede donarse a medio-venir, saltando el camino de la repetición “como lengua expuesta, lengua sin lengua” (Hamacher, 49).
De esa forma, el poema se hace escuchar, justamente, ahí, en el segundo donde guarda silencio y embiste cualquier intento de fijar alguna determinada significación.
"Salmos. Ho, ho-
sanna.

Así
que aún hay templos en pie
Una
estrella
tal vez aun tiene luz.
Nada,
nada está perdido.

Ho-
sanna".
Repito entonces: tal vez, un poema quiera ser entendido/extendido como oscuridad, como oscuridad del poema, vale decir, como la puesta en duda de cualquier posibilidad de existencia, el mero apunto –diría Hamacher– de la figura viviente, en que habla la lengua, ahí donde nada refiere a nada.


¿Cómo entonces discernir entre nada-y-nada?
Tal vez, el poema a partir de aquí pueda hablar él mismo. Tal vez, aquí el estrecho, ese apremiante dirigirse, a través del tiempo, hacia adelante y hacia atrás… hacia una realidad investible, vuelta hacia lo humano. Pero, ¿hacia dónde?, ¿qué tan justos de llegar a tiempo a la posibilidad del encuentro?
Hay aquí una distancia que no puede ser transformada en cercanía. Hay aquí una estrechadura con lo que no ha tenido lugar y, no obstante, deja huellas. Lo extraño.
"Huracanes.
Huracanes, desde siempre,
torbellinos de partículas
(…)
Granular,
granular y fibrosa. Entallecida, compacta;
racimosa y radiada; glomerulosa,
aplanada y
grumosa; porosa, rami-
ficada-: ella, ello
hablaba,
hablaba gustosamente a los ojos secos, antes de cerrarlos.

Hablaba, hablaba.
Era, era".
Con Celan, la lengua a veces se huracana y se convierte en algo a partir de una nada que intenta darse a percibir y, en tanto percibida, espera ser aceptada como habla de un poema que aparece mientras se escribe. Así las cosas, no hay objeto, ni restitución posible, quizás, solo el pasaje de una huella expuesta en su resonancia: “Era, era… El mundo, un cristal de miles / se disparó, se disparó”.
El mundo de Celan no reúne, no compone, sino que devuelve a los mínimos elementos para decir la catástrofe de/en/con la lengua, pero ya no para nombrar algo determinado sino para in-de-terminar e impedir con ello cualquier apariencia o ilusión de mediación armonizante.
Se trata entonces de la inscripción de algo callado, de la transferencia de algo impresentable, oscuro y, no obstante, presentable. En ese sentido, sin sentido quizás, pudiera decirse que lo no-escrito adviene fuera de todo cálculo comprensible y comparable, ahí, donde nada sale al encuentro, nada habla – porvenir:
"Ho, ho-
sanna".
Palabra absurda, palabra cortada, blasfema engañosa, como si, como si, aunque en el fondo, sin como, el intervalo da pie a la cesura que hace que el hablar, en su mudez, acontezca ahí, donde la lengua enuncia su secesión, donde las metáforas serán llevadas al absurdo que delata/dilata la presencia de lo humano.
"También estaba escrito, que".
Palabra cortada. Entre el mero enmudecer y la posibilidad de decir, con Celan, la lengua ingresa inclinada y extiende el paso hacia lo otro, sobre su propia nada: nada en su referencia, nada en su significado, nada en su determinación; solo y únicamente, un decir que a veces aparece diciéndose a sí mismo, casi sin fundamento.
¿Con-texto?
"Lo cubrió
–¿quién?
Vino, vino.
Vino una palabra, vino,
vino a través de la noche,
quería alumbrar, quería alumbrar.

Cenizas.
Cenizas, cenizas.
Noche.
Noche-y-noche. –Ve
hacia el ojo, hacia lo húmedo".
Ojo y vida, sino del mismo lado, al menos, en la misma dirección: hacia lo abierto, ocupable, investible, amable. ¿Capaces de historia? ¿Experiencia? Pudiera aquí la mirada dar a la palabra figura y dirección, sin embargo, el punto es que con Celan, el poema nunca se tiene a sí mismo sino desprendiéndose, exponiéndose a su desaparecer.
"Noche.
Noche-y-noche".
A fin de cuentas, o por principio, acaso solo haya actos lingüísticos, que por la vía del aliento pudiesen quizás regresar a sí, al lugar del rompimiento.
¿Cuerpo y habla?
Sí y No, como quien no quiere la cosa, esta lengua no decide, sino que habla, tal vez, en pos de la cosa, a través de múltiples actos de suspensión, distorsión y dislocación de la posición:
"¡No leas más – mira!
¡No mires más – anda!"
Se trata entonces de un movimiento eminentemente lingüístico en que el poema se destina y se abre a falta de toda referencia, para recién ahí, exponerse como huella comunicativa, a la cual le ha sido dado seguir llegando sin llegar, quién sabe, si para preservar un cierto principio de evasión, fuga e in-aprehensión de algo evidente e in-traducible que se muestra en el lugar preciso en que el horror alcanza y estrecha:
"Tu cabello de oro Margarete
Tu cabello de ceniza Sulamit"
(“TODESFUGE”. Celan, 1997, 39).
He aquí el umbral que soporta el estrago que genera la violencia, el entre, donde se inscribe y da a ver la herida, la lágrima endurecida de lo no-escrito. Y es que así pareciera decirse el dolor, como algo que le ocurre a la lengua, apenas ligada si ha de hablar el dolor, ahí, como algo que hace la lengua, donde ya nada comunica nada y solo lo informulado pasa a ser la vía de un pensamiento que se sostiene con lo que queda.
"¡No leas más – mira!
¡No mires más – anda!"
Es el estrecho que se pone en marcha sin palabras que nombren la mirada, es el estrecho en la mirada de los ojos que se abren, donde ¡anda!, bien pudiera ser una posibilidad de hacerse con un destino insoñado, confrontado a los vestigios de un mundo que se ha ido y que, no obstante, debe llevarse en una lengua que acontece hacia lo abierto, vacío y libre.

Para comenzar, quizás lo interesante de leer a Celan bajo el prisma de Hamacher, sea la posibilidad de preservar una escritura que en el camino de lo imposible “no desmiente la oscuridad que se le reprocha a la poesía” (76), sino que la trae y la deja ser parte de un comprender que sigue estando inaccesible.

Carolina Pezoa. Escritora y psicoanalista. Directora de la revista de psicoanálisis Gradiva. Ha publicado tres poemarios: Nacencia (Asterión, 2007), Gusana (Asterión, 2010) y Hubo mar una vez aquí (Cuadro de Tiza, 2013) además del ensayo Celan y Freud. Hacia lo estrecho (Ichpa ediciones, 2018).

Bibliografía
  • Bachmann, Ingeborg & Celan, Paul. Tiempo del corazón. Correspondencia. Trad. Griselda Mársico y Horacio Zabaljáuregui. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2011.
  • Celan, Paul. Gesammelte Werke. Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main, 1997.
  • Hamacher, Werner. Comprender detraído. Estudios acerca de filosofía y literatura, de Kant a Celan. Trad. Niklas Bornhauser Neuber. Santiago: Ediciones metales pesados, 2018.
  • Pezoa, Carolina. Celan y Freud. Hacia lo estrecho. Santiago: Ichpa ediciones, 2018.
  • Pons, Arnau. Celan, lector de Freud. México: Herder, 2015.
Fuentes de las imágenes

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