[Ovejería, el poeta tras sus pasos]. Por Juan Ignacio Colil

Leandro Hernández Gómez es un poeta nacido en Osorno, Chile, en el año 1970, autor de libros como Umo (2010) y Maicillo/Sauló (2014), los que anteceden a Ovejería, publicado en 2015 por Das Kapital Ediciones. Juan Ignacio Colil, respecto de la relación de este poemario con la historia nacional y las pequeñas historias personales y territoriales, escribe: “Guardamos a veces objetos inservibles porque nos recuerdan a alguien o nos recuerdan a nosotros cuando éramos distintos. La reconstrucción del pasado en manos del poeta se vuelve una tarea desmesurada porque cada recuerdo lo lleva a otro”.

Ovejería, el poeta tras sus pasos

Ovejería de Leandro Hernández es un extenso poemario que se puede abordar desde distintas perspectivas: como los recuerdos de una niñez perdida; como los trazos firmes y a la vez ambiguos de un espacio o un territorio (como se dice ahora); como la épica historia local arrancada de la nostalgia y no de los documentos; y es que Ovejería es todo eso y más que la simple suma de sus partes.
Por Ovejería transitan personajes, caras, episodios, lluvia, barro, recuerdos propios y ajenos que cobran nuevamente vida ante los ojos del lector. ¿Qué esperamos cuándo leemos poesía? ¿Qué esperamos de Ovejería?
Ovejería también sirve como fuente para la historia local. Quizás los personajes y sus relaciones nunca se vean mejor reflejados que en estas páginas. Y no solo la historia local se manifiesta como una gran épica, Ovejería es el punto inicial de muchas historias, mejor dicho, de muchas microhistorias. Existe un rescate de un tiempo y sus personajes y, también, un rescate de imágenes y el habla. Hablamos del sur, de los años setenta, hablamos de la población (ese territorio que muchos quieren olvidar), hablamos de una época que a ratos parece prehistoria y que al mismo tiempo es una época que sigue estando presente en quienes la vivieron.
Partiendo desde un poema podemos intentar abordar los pasos de una generación. La historia de los amigos, las pichangas en medio del barro, los “señores” que se aprovechan de la pobreza de los demás, las crecidas del río Rahue, personas con nombre y apellido antes que las borre el olvido, sobrenombres únicos como “Chanchinatra”. El poeta intenta la reconstrucción de un tiempo y un espacio. Al leer Ovejería a veces uno siente la lluvia y los pasos sobre el barro y por supuesto las infaltables bandurrias. Un mapa reconstruido a partir de los recuerdos pequeños, las historias simples y, a veces, duras e injustas.
Leí hace un tiempo que un joven miraba Google Earth para poder ver a su abuelo aún con vida. También recuerdo de la serie Breaking Bad cuando Jesse llamaba por teléfono a su polola para solo oír su voz pidiendo que dejara mensajes. Guardamos a veces objetos inservibles porque nos recuerdan a alguien o nos recuerdan a nosotros cuando éramos distintos. La reconstrucción del pasado en manos del poeta se vuelve una tarea desmesurada porque cada recuerdo lo lleva a otro. No hay una tesis que probar. Ni un método infalible. El poeta no elabora hipótesis, va archivando lo que cada imagen trae consigo. Caminamos por una calle, nos preguntamos por su nombre, vemos una casa nos preguntamos por sus habitantes, recordamos sus amistades, los árboles, los atardeceres, el viento, la línea del tren, los viejos, la lluvia. Creo que hasta el índice del libro funciona como un poema.
Nada sabemos de Ovejería cuando comenzamos a leer esta obra, pero cuando vamos avanzando en su lectura sentimos que nos hemos convertido en testigos de una épica local, de historias mínimas y de alguna forma también nos hemos convertido en el vecino silencioso que todo lo mira gracias al poeta que nos ha guiado como lazarillo por este territorio y tiempo perdido que ha sido recuperado en los poemas.
Además del valor poético de Ovejería, insisto en su valor como una nueva fuente para acercarse a la historia, a esa historia grande que se construye con gestos minúsculos.

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