05 junio, 2019

[La cultura entretenida de Felipe Cussen]. Por Macarena García González

El texto que sigue, de autoría de Macarena García González, fue leído el 16 de mayo de 2019, en la presentación de La cultura entretenida, libro que reúne un conjunto de ponencias, artículos sobre literatura, entrevistas y otros textos diversos y heterogéneos del poeta Felipe Cussen publicados previamente en libros, diarios, revistas y sitios web.
Puedes descargar La cultura entretenida de manera gratuita en este enlace.

La cultura entretenida de Felipe Cussen

Felipe Cussen dice que Adriana Valdés dice que la historia de la poesía chilena se ha escrito no tanto a partir de la evolución de los poemas sino de la persistencia de ciertas polémicas o guerrillas literarias.
Felipe Cussen dice eso en este libro, un libro sobre campo cultural que se llama La cultura entretenida.
La cultura entretenida es un libro cuyo título no está en la portada.
En la portada hay un logo gigante del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (todavía no entiendo “el” y no “los” patrimonios, ya que estamos tan plurales).
No es un libro Fondart tampoco.
Dirá Felipe que no es un libro sobre campo cultural.
Y está en lo cierto, aunque lo es.
Tampoco es verdad que sea un libro sobre cultura entretenida, pero sí es entretenido o, más bien, muy entretenido si se piensa que su autor se doctoró con una tesis sobre el hermetismo en la poesía europea. Que su autor es un académico que se gana proyectos Fondecyt sobre la nada en la literatura y las artes.
Podríamos dividir a los académicos en Humanidades haciendo una línea entre los que se ganan proyectos Fondecyt y los que se ganan proyectos Fondart.
Felipe Cussen borra esa línea horrorosa. Él quiere ganarse proyectos Fondecyt, Fondart y ser jurado del Festival de Viña.
Hay que decir que este libro no ha sido financiado por Fondart.
Eso puede ser tan elegante como poner el logo como imagen de portada.
Tan elegante como la campaña de Felipe Cussen para ser jurado en Viña que se recoge en este libro a través de columnas y entrevistas y pequeños datos que dicen tanto sobre el lugar de la poesía chilena en el imaginario sociocultural del país como el que Diana Bolocco lo llame “Vate”. Con mayúscula.
Yo leí el libro como un gran ensayo sobre la poética y los compromisos ético-epistemológicos de un académico-Fondecyt que tiene un poster de Javiera Mena en su oficina.
Felipe Cussen está convertido en un personaje, me dijo alguna vez un amigo, a propósito de sus selfies en Facebook, las selfies del poeta en una cuenta que era para promover un proyecto Fondecyt y acabó siendo su plataforma de postulación al Festival de Viña: “Cuando juntemos 1000 votos subiré un video leyendo un poema”.
Una cuenta en Facebook como una obra.
Rodrigo Lira.
Una lista de amistades en Facebook como un poema (incluido al final de este libro así; lleguen hasta el final).
Felipe dice que Adriana dice que la historia de la poesía chilena es una historia de guerrillas y polémicas. Y parece que Felipe dice lo que Adriana dice para después hacer lo que no dice, oponiendo a la polémica y a la guerrilla una generosidad intelectual, una admiración en multiplicidad. Cussen ve la ruptura y el riesgo en las formas más conservadoras y métricas de Rafael Rubio o Juan Cristóbal Romero, a la vez que en las propuestas narrativo-poéticas de Cynthia Rimsky, Matías Celedón y Eugenia Prado, y en Yanko González (“No se me ocurre cómo calificarlo, pero lo admiro mucho”). También en Claudio Bertoni: “Valoro que Bertoni insista en escribir siempre igual y que parezca que no escribe poesía”. No es que a Felipe le guste todo. Sabemos cuánto le gusta cierta tele y cuánto le frustra otro tipo de tele. Cuánto le gusta la nada, el loop, la performance y los libros que desaparecen y le frustra esa política de calzar una plantilla teórica a cualquier poema para hablar de “lo”: lo indígena, lo trans, lo rural, lo feminista, lo latinoamericano. Y aún así sobrevive de lo más bien en un Instituto de estudios americanos.
No es que sea crítica como un acto de admiración nada más. Es algo bastante más interesante –o entretenido si quieren, es ver la mezcla como postura ético-onto-epistemológica–. Ya está, lo dije. Esa palabra no la inventé yo; la acuñó Karen Barad que espero de todo corazón no se convierta en la Julia Kristeva de nuestros tiempos. La mezcla, y qué mezcla –que no es cualquier mezcla– está en su opinología, artículos académicos, poesía, música, lista de amigos en Facebook.
La incomodidad frente a la palabras como intelectual, calidad, academia, embriagarse y cepa, especialmente si esas palabras se combinan con poesía. ¿Por qué dice Felipe que la poesía avanza como una guerrilla si lo de él no tiene nada combativo? ¿Si promociona este evento como parte de un súper jueves poético en el que habrían tantas otras actividades tanto o más atractivas y poéticas? ¿Quiénes son los adversarios? Me temo que es una guerrilla sin adversarios, pero podemos identificar a uno para poder decir lo que este libro, lo que esta poética no es. Alberto Fuguet. Qué distancia con Alberto Fuguet, el escritor pop. Voy a leer el fragmento:
“Uno de los más nefastos aportes de Alberto Fuguet a la cultura nacional es haber acuñado la expresión ‘placer culpable’. He conseguido rastrear el surgimiento de esta mala práctica en su primera novela, Mala onda, cuando el protagonista escucha la canción “I love the nightlife” de Alicia Bridges: ‘Me conquista. Me la sé de memoria. En realidad me apesta, como toda la onda disco. Pero esa canción en particular es como un placer culpable’. Me cuesta imaginar que exista una persona en el mundo que necesite dar justificaciones para deleitarse con esa melodía de tan sutil belleza. Pero lo que más detesto es ese halo condescendiente, paternalista y, en definitiva, moralista que rodea esta postura. Ya lo decía Susan Sontag en sus ‘Notas sobre lo ‘camp’’ (una corriente hermanada con el kitsch): mientras la sensibilidad de la alta cultura es ‘básicamente moralista’, la sensibilidad camp es ‘enteramente estética’” (98).
Hay distintas formas de ser escritor pop. He ahí la ética. La poética. La política. Y la producción epistemológica. Y el placer. O si quieres, la entretención, aunque eso sea más bien parte de tu guerrilla.

Macarena García González. Co-autora de La Era Ochentera, Tevé, pop y under en dictadura (Planeta, 2015) y autora de Origin Narratives. The Stories We Tell Children about Immigration and International Adoption (Routledge, 2017). Es doctora en Antropología Social y Estudios Culturales por la Universidad de Zúrich y trabaja como investigadora en el Centro de Justicia Educacional de la UC.

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