20 marzo, 2019

[El guionista emancipado. Arial 12 de David Bustos]. Por Jorge Polanco

En el mes de diciembre de 2018 se realizó el lanzamiento en la ciudad de Valdivia de Arial 12 de David Bustos. En la ocasión, el escritor Jorge Polanco dijo al respecto de este libro escrito en el intersticio entre la escritura del poema y la del guión televisivo: “En lugar de articular una mirada ominosa, David recurre a figuras aprendidas también con el guión: la descripción como una cámara, el zoom dirigido hacia lo minúsculo, la expresión de percepciones cotidianas, la pérdida como talante que entrega la visión integral de los objetos; todo como si visitáramos desde lejos un set de televisión”.
Tras el texto de Polanco, podrán leer una selección de Arial 12, publicado en 2018 por Libros del Pez Espiral.

El guionista emancipado

Hace unos días apareció la noticia de un empresario ladrón de esculturas. Solo con esto, pensé, se nota que es de derecha y quizás agricultor. Después averigüé más de la noticia. En una hacienda detenida en el tiempo en San Francisco de Mostazal, antigua vivienda de una conspicua familia conservadora, Raúl Schüler Gatica mantenía su coleccionismo y sabotaje como una experiencia estética.
Hegel veía la vigencia del arte griego en sus esculturas. Sostener actualmente esta afición de una manera fosilizada es, en cierta medida, negar los lugares donde se ejerce la función artística. También da cuenta de los entresijos que genera la información en los medios; revela los aspectos involuntarios que se desencadenan en la televisión chilena. No dar el nombre del empresario como una representación del “cuidado” con la clase alta; las fotos que aparecieron posteriormente de Sebastián Piñera por Facebook en dicha hacienda; el robo de monumentos ubicados en el espacio público como expresión de la privatización del Estado y la indecencia de robar en los cementerios como una forma de apropiación de la memoria de los muertos. El espectáculo tiene muchas escenas y varias generaciones hemos sido formados mirando la tele.
Arial 12 de David Bustos me parece un texto relevante en varios planos. En la honestidad de esta escritura se muestra un ángulo que, al menos en mi caso, no he leído en poesía ni en la reflexión política. En vez de ubicarse en el lugar del espectador –desde donde habitualmente se analiza la sociedad del espectáculo o el espectador emancipado–, David es un testigo privilegiado del backstage. Detrás de bambalinas, escribe una poesía no vista, inmersa en la fragilidad de quien no se complace con la producción del espectáculo y que, por lo mismo, puede describir las heridas de la pantalla.
El guionista emancipado articula una poética que se ve a sí misma en la producción de la mercancía. “La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación”, decía Guy Debord en el conocido aforismo que parafrasea El Capital. En esta representación, quedamos a expensas de las sutilezas metafísicas del espectáculo, a la deriva mimética de la producción capitalista; en cambio, David Bustos exhibe ese otro lado de la escena televisiva (otra cosa, supongo, es el cine). La ficción espejea al guionista; influencia con las palabras, los gestos y la adrenalina del montaje a quien la escribe. Un halo de culpabilidad ronda todo esto, al que se suma una cierta impotencia. Severino, uno de los personajes principales del libro, reconoce la procedencia de esta violencia:
“No te hagas el serio, a nadie le importa
No ves que todo es culpa de la dictadura, te jodieron el coco.
Escribiste porque afuera estaba todo cerrado
Los chicos del barrio no te querían”
(“Las estrategias de Severino“, p.17).
La subyugación del autor fantasma a las demandas del rating y la ganancia no lo deja incólume; “nuestro protagonista siente el peso de la frase”, dice en el poema "Tiro de Gracia", como si a la vez se hablara del personaje del guion, Severino –personaje del libro– y el autor.
Creo que el poema medular es “Área 12”. Se pasa de una escena de una violencia extrema, donde alguien amarra con tela adhesiva a una mujer, la emoción de la posibilidad de quemarla –con todas las resonancias que tiene en Chile esta imagen a partir de Carmen Gloria Quintana–, el cierre de la toma y la tensión hacia el próximo capítulo, hasta llegar a las repercusiones que deja la grabación en Severino, el guionista.
Hay una enorme fragilidad en esta producción de imágenes; detrás del escenario, el escritor de telenovela está expuesto a las torturas de la representación. No recuerdo en qué parte leí (¿Harun Farocki, Raúl Ruiz, Bertolt Brecht…?) que en Hollywood se aconseja que los primeros quince minutos de una película deban tener una escena de sexo o violencia –ojalá las dos juntas– para captar la atención. Es la trama de La poética de Aristóteles llevada al hartazgo, a la repetición de las expectativas y la modulación del espectador. Pero esta experiencia no interroga usualmente por el lugar del escritor. Brecht intentó ponerle límites o, mejor dicho, barricadas a la utilización hollywodense de la trama aristotélica. Introduce el principio de distanciamiento frente a la identificación, tratando de que, en las fisuras del espectáculo, el espectador se independice a través del extrañamiento (recordemos que Brecht también fue guionista y poeta). David interroga este lugar del reconocimiento (anagnórisis) y la forma en que se produce la catarsis de la violencia. Expone a Severino a la imaginación y ensoñación de sus creaciones.
En la poesía surgida en las ciudades –a la par de los nuevos medios–, pareciera que se ha profundizado la mirada contrariada respecto de las imágenes. La densidad poética se sedimenta justo en el declive de la experiencia; la ambigüedad de la pérdida ofrece a contraluz el movimiento de una subversión. Sorprende que en el momento de vigencia de una percepción de mundo asome una estética espectral que muestre el fulgor y las sombras de lo que se disipa. Marx hacía ver cómo la mercancía es igualmente escenificación; el valor de cambio como concepto radical del capitalismo en la medida en que todo está hecho para las transacciones. “Esa luz horrible golpeando a una pantalla de aluminio que nos hacía sombras, doblemente fantasmas en un escenario que nos reconocía como los reales fabricantes de salchichas” (“Visita de locaciones”, p.97). La confusión proviene de escenas que configuran una realidad creada por el espectáculo y su escenografía. Pero en lugar de articular una mirada ominosa, David recurre a figuras aprendidas también con el guion: la descripción como una cámara, el zoom dirigido hacia lo minúsculo, la expresión de percepciones cotidianas, la pérdida como talante que entrega la visión integral de los objetos; todo como si visitáramos desde lejos un set de televisión. Es la estrategia que sigue, por ejemplo, Brecht en su poema “La infanticida Marie Farrar” o en el montaje de ABC de la guerra: ofrecer una pincelada fotográfica ante la amplitud del horror. David Bustos, guionista, vivió esta experiencia; la invisibilidad del escritor fantasma tiene que aprender el rol de quien no sale en escena: “Una oruga en el jardín del ego” (“Tierra de hojas”, p. 96). Esta atención a lo cotidiano permite así rasgar la pantalla del escenario.
A pesar de la diferencia con los aspectos abordados en el libro, el capítulo “Noticias del extranjero” conforma un ámbito más a considerar: da cuenta de la poesía dentro del mercado. O, mejor dicho, de ciertas prácticas ligadas a su mercantilización. Porque igualmente existen poetas neoliberales, no solo en los discursos sino más bien en los modos de proceder en el espectáculo del ego. Poetas que luchan por la visibilidad del éxito a través del impacto de los nuevos medios, las proclamas en los diarios o semanarios, la competencia y exhibición individual de concursos, premios o becas; hoy atravesada por academias de escritura (economía) creativa. Sumaría una larga lista de prácticas del capitalismo cognitivo que se ha convertido en régimen de vida; pero lo relevante es que la poesía todavía hace frente a este panorama por medio de la escritura, gracias a la posibilidad de que, a pesar de todo, cualquiera pueda tener un lápiz y una hoja, como se decía antes. O una escritura en Arial 12 –la fuente tipográfica y el tamaño de fuente más comunes–, en el momento en que esta se hace cargo de su lugar frágil exhibiendo a su vez las fisuras de la enunciación; es decir, el espacio de la poesía que cumple su función social de interrupción, como remoción de la tierra de hoja de esta “maceta de plantas carnívoras hambrientas”; imagen de la sociedad que nos legaron los Chicago Boys.
Esta lucidez de David Bustos me deja algunas preguntas dando vueltas: con estos guiones de la violencia y efectos del espectáculo, ¿qué experiencias hemos ganado?, o, llevado al ámbito poético, ¿cuáles son las huellas mnémicas conformadas soterradamente en nuestra imaginación derivada de la tele? ¿Qué hemos perdido con la pérdida de la lírica? ¿O podría persistir, sin darnos cuenta, un nuevo tipo de lírica política acuñada en la identificación?

Jorge Polanco Salinas (Valparaíso, 1977). Ha publicado los libros poesía: Las palabras callan (Altazor Ediciones, Viña del Mar, 2005), Sala de Espera (Alquimia Ediciones, Santiago, 2011) y de prosa: Cortes de Escena (2019). En ensayo, ha publicado La zona muda. Una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn (2004) y La voz de aliento (2016). Ha recibido la beca de creación literaria los años 2004 y 2014. Actualmente reside en Valdivia y es profesor del Instituto de Filosofía de la Universidad Austral de Chile.


LAS ESTRATEGIAS DE SEVERINO
No todo es estrategia, Severino.
Deja de marcar las cartas, de tirar migas de pan por el camino.
No te partas la cabeza con la escenita.
Olvídate de guardar mercadería en la bodega,
lo que hay ahora no son sapos sino cahuines.
Mira a todos esos pibes arrodillados agarrando dulces de la piñata.
Quieren un par de líneas en el horario prime.
No te hagas el serio, a nadie le importa.
No ves que todo es culpa de la dictadura, te jodieron el coco.
Escribiste porque afuera estaba todo cerrado.
Los chicos del barrio no te querían.
Déjate de hacer teleseries en la cabeza.
Volvamos a los noventa,
volvamos a los amores de mercado.

ÁREA 12
Los aniquilamos a todos
no dejamos ni un alma
nadie balbuceando.
Todo muerto.
Encerrados en una bodega
uno a uno tomaron una pastilla de cianuro
y luego se sentaron espalda contra espalda.
Evitamos mirarlos a los ojos.
Las órdenes eran claras.
El líder fue el único sobreviviente.
No se pierda el próximo capítulo.

*
La amarró con tela adhesiva.
Gemía y se meaba al mismo tiempo.
El miedo le hacía ver sus ojos aún más azules.
Su piel blanca se cubrió de moretones.
Sus tacos quebrados, al igual que un par de dientes.
Decidió rociarla con parafina.
(El jovencito de la película
grababa a esa hora un comercial
para una gran tienda).
Ella chillaba, emocionalmente entregada
a la toma. Encendió un fosforo riéndose.
No se pierda el próximo capítulo.

*
Severino sintió un golpe, luego cuando
abrió sus ojos estaba en el suelo.
Alguien lo despojaba de su ropa, no podía moverse
pero escuchaba lo que sucedía
y lo que sucedía tenía que ver con él.
No hubo golpes esta vez, ni cigarrillos
apagados en el antebrazo.
Tampoco un pinchazo.
Solo algo duro entre sus nalgas
que pudo con él y su pasado.

TIERRA DE HOJAS
De vez en cuando se encuentra con un rostro en el ascensor y en verano, ve el matinal en el patio como música de fondo. No conoce a nadie del sindicato aunque ha visto alguna vez cierto murmullo con afiches de convocatoria. Es un agente externo. Un prestador de servicios, una empresa bruja.
Una oruga en el jardín del ego.

VISITA DE LOCACIONES
En el capítulo veinticinco nos llevaron en una van donde las papas queman. He ahí el director de unidad con visera, chaleco sin mangas y bolsillos anchos. Pensaron que éramos de prensa, alguna actriz frunció el ceño ante nuestra excesiva atención.
La repetición de escenas era demoledora. Cada uno con el libreto en las manos. Recitando, cerrando los ojos para despertar la memoria a corto plazo. La maquilladora con una falda corta y un bolsito con el equipo de auxilio. Y esa luz horrible golpeando a una pantalla de aluminio que nos hacía sombras, doblemente fantasmas en un escenario que nos reconocía como los reales fabricantes de salchichas.

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