20 febrero, 2019

[Suban el volumen]. Por Claudio Guerrero Valenzuela

El pasado mes de enero se realizó en la Feria del libro de Viña del Mar, el lanzamiento del primer libro de cuentos de David Bustos, titulado Rec (Santiago de Chile, Cuneta, 2018). En la ocasión, Macarena García Moggia y Claudio Guerrero Valenzuela presentaron el libro.
Para Guerrero, los cuentos de Rec se inscriben en una "era, ante todo, preocupada más bien de olvidar el pasado" que "vuelve aquí en formato casete, sin ecualizadores ni sonido digital, con toda la precariedad de un país sumido en un sueño amniótico por décadas".

Suban el volumen. A propósito de Rec de David Bustos

Christian Slater se llamaba. Ese era el nombre del actor que protagonizó Suban el volumen (1990). El personaje animaba una clandestina frecuencia de radio que poco a poco empieza a interferir en la vida de los escolares que asistían a una estereotipada secundaria norteamericana. Desde allí, desde los controles, el personaje encarnado por Slater dirigía una comunidad imaginada que hizo posible una pequeña rebelión adolescente, en contra de las arbitrariedades, incomprensiones e injusticias acometidas por el mundo adulto. Corría el año 1990 y se estrenaba por entonces un ícono de la cultura de masas noventera. A través de ella, muchos conocimos parte de la banda sonora anglófona que nos acompañaría durante toda esa década. Leonard Cohen, Pixies et al.
1990 y personajes adolescentes, medio niños, medio adultos, aprendices de la vida, receptores ingrávidos de toda señal, atentos a grabar para siempre cada experiencia reveladora, única. Estos son los bordes en los que se enmarca la mayoría de los relatos que componen Rec, el primer libro de cuentos de David Bustos, hasta ahora reconocido por su trabajo poético y como guionista de televisión. 1990 es el límite. Lo que divide los últimos años de la dictadura y el comienzo de una nueva era, esperanzada, el de una Concertación que rápidamente se convertiría en el símbolo del acomodamiento y el winnerismo. Una era, ante todo, preocupada más bien de olvidar el pasado. Ese pasado vuelve aquí en formato casete, sin ecualizadores ni sonido digital, con toda la precariedad de un país sumido en un sueño amniótico por décadas. Una grabación casera, desprolija, que no alcanza a contener el tema musical completo o que viene interferido por la voz comercial de las radios Concierto o Carolina.
Ese pasado es el único lenguaje aprendido: el de los códigos con los amigos del barrio, aquello que los adultos callan y los niños aprenden a convivir con ese silencio, el lenguaje del miedo impregnado como tiña en la piel. “Yo no conocía otra cosa que fuera la dictadura, mi lenguaje había sido confeccionado en esa fábrica ideológica” (37), señala un personaje del cuento “Cámara”. “La dictadura de Pinochet era su punto de referencia, como la cordillera para cualquier santiaguino”, reflexiona el dormilón del relato “Higiene del sueño”.
Así como Slater, ese ídolo noventero, encarnaba en cierto modo la resistencia a la muerte de una época, una muerte que ya el grupo The Buggles había decretado diez años antes, en 1980, con su tema “Video Killed the Radio Star”; los cuentos de Bustos también encarnan una resistencia al olvido de ese lenguaje dictatorial con el que generaciones completas aprendimos a conocer la realidad. Ese marco político y social postplebiscito que aflora en cada uno de los siete cuentos de este libro, pero que entra colado, como por la ventana, por un detalle, un comentario del narrador, apenas una frase, permite situar estos relatos en un horizonte de trabajo de la memoria. No es nostalgia por la nostalgia. No es melancolía por la melancolía. No es quedarse pegado en el pasado. Es el presente incómodo que todavía nos interpela y nos habla en un lenguaje todavía demasiado similar a esa época que todos quisiéramos dejar atrás. Rec, entre otras cosas, es la permanencia de esa lengua. Una lengua que no por gastada deja de hacer ruido. Una lengua que aún hoy estremece.

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Enrique Lihn escribe Diario de muerte, pero Bustos lo salva de la enfermedad que lo llevaría al cementerio poco después de la escritura de ese libro. El protagonista del cuento “Cámara”, aspirante a creador audiovisual, no lo alcanza a conocer, en una reunión nocturna en la calle Cueto. Se queda dormido y cuando despierta, el poeta ya se ha ido. Lihn y el personaje consuman un contraste que, amplificado, funciona para gran parte de estos cuentos: el de dos personajes asimétricos, en distancia jerárquica. El viejo y el joven. El sabio y el ignorante. El jefe y el empleado. Pero, además, el poeta, mejorado de su cáncer, tiene un destino que no está reservado para la mayoría de los personajes del libro. El guionista, del relato del mismo nombre, es un escritor fantasma, un invisible actor sin luces ni pantalla, un sujeto degradado por quien se ha acomodado en el poder, sin asco, perdiendo todo atisbo de humanidad. Mario, futbolista que llega a la Serie A de Italia, y su manager, el tío Carlo, los protagonistas de “El cielo con las manos”, tampoco llegan al éxito o este es demasiado efímero y las vidas de cada uno es un paulatino descenso de categoría. El Taitiano, el protagonista del cuento que da título al conjunto, llega a ser tan solo el DJ telonero, nunca el rey de la fiesta. No están reservadas tampoco para él las luces del escenario. Estos son algunos de los personajes que ocupan el espacio de estos cuentos. Todos, casi sin excepción, protagonizan la serie B, la de los losers, la del controlador de los tableros tras el escenario. Todos, casi sin excepción, tras bambalinas, expectantes. Esperando una oportunidad que casi nunca llega. A menudo, aplacando el deseo en otra cosa. Mascando el fracaso.

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Plaza Chacabuco. Santa Laura. El Hipódromo. Nueva de Matte. Independencia. Einstein. Guanaco. El Cementerio General. El Salto. La mayoría de los escenarios donde transcurren los cuentos de Rec pertenecen a la zona norte de Santiago, la capital de Chile. Barrio hípico, futbolero y, un poco más allá, hacia el este, militar y mortuorio. El barrio Independencia, colgando de “la cornisa de la discriminación” (78), dice el narrador de uno de los cuentos.
De todos esos referentes, me quedo con Santa Laura. Mi propia iglesia. Hacia fines de los ochenta, en la misma línea temporal de estos relatos, solía visitar de manera regular este escenario, el estadio más antiguo de Chile, para degustar sus sabrosas jornadas dobles y a veces triples. “Según todos, ese era el lugar donde mejor se veía fútbol en Chile” (79), plantea el narrador de “Rec”. Junto con Sausalito, agregaría yo. Me gustaba llegar con una o dos horas de anticipación y recorrer el barrio, observar las fachadas, imaginar allí una vida distinta a la que llevaba. Mi sueño era vivir al lado del estadio. O hacerme amigo de algún habitante del sector para ir aún más seguido y convivir con la visión de las graderías desde el patio de una casa. Cuando ingresaba al recinto, el sonido de los latones, la lluvia de cáscaras de maní y ver los partidos pegado a la reja terminaban por coronar la sagrada peregrinación. En los tiempos muertos o cuando había poca acción en el pasto, me gustaba subir hasta la última grada y contemplar los techos de las casas, los nichos del cementerio, el cine de Plaza Chacabuco, la piscina olímpica o el reverso del cerro San Cristóbal. En cierto modo, el amigo del barrio que nunca alcancé a conocer en esas andanzas, lo vine a encontrar treinta años después, a través de los personajes de estos relatos. Con uno de ellos, o con varios de ellos, en más de una ocasión entramos juntos a los últimos quince minutos de partido, esa tradición perdida en nuestro país, y que por décadas constituyó un poema en sí mismo. Cuando no había dinero para pagar una entrada de niño, llegábamos promediando el entretiempo, hacíamos paciente la espera y cuando restando exactos quince minutos para el final de la jornada se abrían todas las puertas del cielo, entrábamos dichosos a ese paraíso que nos esperaba, subíamos unos cuantos escalones y nos dejábamos llevar por los gritos y murmullos de la gente, una efervescencia que solo percibía quien entraba a esa hora, fuera de tiempo, concurriendo a una experiencia en cierto modo dislocada, interferida. Un ejercicio caótico, anárquico, de no saber ni el resultado ni quién hizo los goles ni cuáles fueron los cambios, pero que con el solo hecho de estar allí hacía que la tarde girase la orden rutinaria de una adolescencia aún ilusoria. Esos quince minutos valían una tarde entera.

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Rec. Record. Grabar, inscribir, guardar para recordar. Para volver a ver, en otra oportunidad, en otro tiempo, la experiencia ya perdida. Un marco ficcional para relatos y personajes que reconocemos como propios. La realidad que vivimos. Grabar para fijar aquello que no podemos permitir que se nos vaya, aquello que no es transable ni enajenable. La dignidad de la memoria.

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