02 diciembre, 2016

[Camarote, de Nicolás Meneses]. Por Eduardo Farías A.

Eduardo Farías nos reseña Camarote, de Nicolás Meneses, publicado por Ediciones Balmaceda Arte Joven en el 2015, texto que, a la vez, constituye algo así como la tercera parte de un esfuerzo mayor de indagación en la prosa en la poesía chilena contemporánea.

Camarote, de Nicolás Meneses

Camarote, de Nicolás Meneses, hasta hace algunos meses era un libro que había pasado desapercibido en la escasa crítica literaria nacional, sin embargo esa deuda se está saldando con uno de los mejores poemarios del año pasado. La infancia, la situación de marginalidad parental y sistemática de estos dos hermanos, junto con la presencia modeladora de la televisión, son los aspectos temáticos más evidentes del libro. Desde mi perspectiva, el valor literario de Camarote se encuentra en la construcción de la voz del hablante lírico, caracterizado desde la infancia y la adolescencia. Nicolás Meneses logra construir la voz del niño y, luego, la del adolescente, las que finalmente son las dos caras de una misma moneda. La coherencia en la construcción del hablante lírico hace que todo el mundo íntimo de estos hermanos sea congruente, consistente y verosímil.
La primera parte, “Programa piloto”, reúne una serie desordenada de fragmentos que reflejan algunos hechos cotidianos de estos dos hermanos, todas las situaciones son narradas desde la óptica del menor:
Mi abuela hace poco me contó que puede quedar repitiendo. Lo miro mientras ella le quita el pan de los dedos y le echa mantequilla. Mi hermano queda con los brazos en el aire, como si al quitarle la marraqueta sus huesos se congelaran. Recibe el pan, lo masca y termina de revolver el azúcar de su té. Yo tomo en platillo porque se enfría más rápido. A él no lo dejan porque ya está grande. Pero si lo que dice la abuela es verdad, el próximo año estaríamos en el mismo curso (12).
Los espacios cotidianos son todo el mundo con el que cuenta este niño hablante, así las condiciones materiales y culturales se desvelan desde la mirada del menor. El camarote y la precariedad habitacional, el pan con mantequilla y la precariedad alimentaria, la mala educación son elementos claves que van dando cuenta de este contexto desnudado desde la inocencia, desde el develar sin prejuicios de la mirada de un niño.
Este develar desprejuiciadamente se aprecia en los conocimientos culturales que estos niños aprenden del contexto en que viven:
Mi hermano volvió a juntarse con sus amigos en el recreo para ir a robar paltas a la parcela. Yo estaba jugando con el Gary y el Lalo a las láminas así que no fui a vigilar. El dueño los tironeó del polerón al colegio. Los mandaron a inspectoría y de ahí a la sala. A todos les citaron al apoderado. Mi abuela le pegó. Me dijo después que nunca más volvería a robar paltas a la parcela. El viejo les apuntó con la escopeta (19).
Este niño hablante en ningún momento del desarrollo de su voz realiza una crítica, un juicio o una opinión. Su voz está marcada por la enunciación, por la descripción, por la narración y también por la imaginación:
Un pie desnudo cuelga de la cama. Tiene tierra en las uñas, la planta enrojecida por la cera del piso. Se recoge y vuelve a salir entre las frazadas. Me pongo justo en el ángulo y bloqueo la luz que cae en su cara. Paso la mano por sus ojos, como un escáner espío sus sueños. Se tropieza en un partido, pierde el balón, golpea enfurecido el pasto con su puño. Me agacho y despejo la sombra de su cara. Me infiltro en la noche del catre y saco su pelota. Callado apago la luz de la pieza y me voy corriendo a la calle (15).
A través de la fragmentación vamos leyendo la historia de estos dos niños, que en algunas ocasiones tratan sobre el mismo suceso. Esta lógica no se vuelve a repetir en el libro.
La segunda parte, “a través del espejo”, exhibe otro orden, ya no son fragmentos, son poemas únicos más un texto en cursiva, en la página siguiente. Los textos que más diferencias establecen son los diagramados en cursiva, pues no concuerdan, por una parte, con el registro poético que viene realizando Nicolás Meneses y, por otra, no es posible determinar un uso concreto del recurso de la cursiva, ¿señalan voces distintas, hablantes distintos? O ¿es marcan una voz interna, mental del niño, y no su voz pública? Pese a lo anterior, los poemas en cursiva son temáticamente importantes porque exponen la influencia de la televisión en la construcción de la niñez y adolescencia en el Chile de los noventa.
Con “una historia antes de dormir” culmina este poemario. Esta tercera parte refiere al desarrollo de la adolescencia y de la plena consciencia crítica acerca de la propia existencia: “Somos un grupo de pobladores que ha entrado a la fuerza en esta comuna. Nuestra voz no echa raíces. Corre por el país en un ejercicio de rodeo constante” (44). O “Mi hermano no pasó la navidad con nosotros. Se fue lejos en la casa rodante. Atraviesa peajes y aduanas. Se tomará fotos con las manos cubriendo sus oídos” (50). La vida de estos dos hermanos, compacta en un principio, a medida que avanza Camarote se va diluyendo en momentos esparcidos.
Escrituralmente, Camarote es un texto híbrido entre la fragmentación y la prosa poética. Podemos dudar de la pertenencia de la poesía para analizar este libro y, más bien, abocarnos a una perspectiva narrativa. ¿Por qué lo pensamos como un poemario y no como un ejercicio de micronarrativa? Pues bien, Rodrigo Hidalgo lo emparenta en la solapa posterior con otros poemarios publicados por Balmaceda Arte Joven, por ejemplo Raso, de Carlos Cardani, o Compro fierro, de Juan Carreño. Esa filiación pesa en la construcción del norte de lectura, es un dato básico, fundamental, a la hora de categorizar.
Para terminar, me parece que Camarote es un gran libro de poesía, un libro sobre la infancia escrito desde la ficcionalización de la voz del niño, característica que constituye tanto su límite como su propia prueba literaria. Y Nicolás Meneses lo logra porque entiende muy bien los alcances de su proyecto poético y no trata de parecer algo que no es. Camarote no es un libro denso en términos literarios, la prosa poética acerca la voz del niño a la mirada del lector y en el discurso del niño la profundidad de pensamiento es solo aparente, pues si bien el hablante no se hace cargo de los grandes temas literarios, su mundo se va desvelando a través de su discurso. Es labor del lector apreciar el mundo que salta desde la mirada infantil y apreciar qué tan inocente puede ser la perspectiva de un niño.

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