07 octubre, 2016

[Sobre Hijos únicos de Juan Santander Leal]. Por Pablo D. Sheng

Juan Santander Leal (Copiapó, 1984) es autor de Allí estás y Cuarzo, libros que fueron reunidos recientemente en el libro La destrucción del mundo interior (Overol). El escritor Pablo D. Sheng nos presenta ahora su libro más reciente, Hijos únicos, también publicado por Ediciones Overol.

Sobre Hijos únicos de Juan Santander Leal

La propuesta de Juan Santander Leal, en Hijos únicos, cobra un nuevo matiz, más autobiográfico quizá y unitario en sus temas. Como síntesis de su libro anterior, los poemas siguen proyectando recuerdos. Las imágenes están concentradas en la memoria como un rompecabezas dilatado donde el tiempo, siempre lento, aparece marcado por sensaciones mínimas, apretadas en gestos punzantes: “Teníamos las uñas comidas / y las mandíbulas muy juntas” (7). Así aparece este hablante en el primer poema del libro, un hablante que supera su individualidad y escinde una nueva cara, separada incluso de la soledad, de la unicidad de un hijo único.
La escritura de Santander es transparente, clara y exacta. Desde allí construye estos textos, desde allí también ocurren, por lo que marcan un paso, una levedad que pareciera ser el mejor modo de hablar de lo filial, de constituir una familia o, mejor -y este es un gran alcance que toca el libro- la de un mirar suave, una pupila recta hacia un punto que se escenifica con pulcritud. En la retina nos quedan momentos, materialidades íntimas, pulsaciones y costumbres de un hablante que pasea por su infancia, la adolescencia y la juventud. La voz que mira a un niño y recuerda, la relación con sacarse de encima gestos, siluetas, aromas, fragilidades:
Después de haber construido
una casa con palos de helado,
la almohada es una uva blanca
donde puedes reclinar la cabeza (11).
Escribir recordando es quitarse un velo. Los textos de Santander no suenan forzados, sino más bien conjeturados desde la delicadeza al momento de tratar los temas. El amor no se estanca, la infancia tampoco. Las historias, escritas con “esmalte / de nubes, agua salada y piedra” (21), pasan de la imagen a su petrificación y, allí, en ese sitio, nos reconocemos, en esas afinidades y esos afectos.
A ratos las imágenes reconfiguran otro tiempo, como si nos cansáramos, nos detuviéramos a mirar una escena y el mundo, de nuevo, emergiera distinto. El lente parece ser el mismo que ocupa Hirokazu Koreeda en Nobody knows, un lente duro que se aleja de un mundo exterior amenazante:
Hablas mucho, hablas de lo obsoleta
que está la soledad, no hablas.
Los tomates del supermercado
son gigantes e insípidos (47).
Los momentos filiales, siempre solitarios, en los que los padres a veces son fantasmas, asedian la cotidianeidad, la reproducen y acumulan en un espacio físico que es el cuerpo del hijo único. De ahí que no haya tiempo o que el tiempo siempre llegue tarde, que la luz coagule, que el momento de la escritura sea despertando, reconociendo recién el lugar de la voz y evoquemos situaciones dichas en voz baja, abandonados, susurrantes.
Los tránsitos del libro siempre pasan por la imagen. Etapas y modos de confesar, de ver viajes de vuelta de Santiago al norte, de volver a la provincia y quedarse quieto un momento con los amigos que miran el Río Cruces, que conversan, toman el sol de una mañana que apenas se despeja. Poemas, entonces, que transitan entre recuerdos y vistas individuales y colectivas, que quedan delineadas así:
Antes de volver al paradero
nos quedamos mirando las gaviotas
marcadas con un solo trazo
de lápiz grafito en el horizonte” (27).
Además de vincular imagen y observación, hasta ahora, los libros de Juan Santander Leal confirman que el ritmo concentra elementos y los hace resistir. La luz, en cuatro tiempos, tiene la capacidad de iluminar el flexit, desteñirlo, a veces asumiendo la torpeza, pero teniendo claro que la imagen asume su sitio desde la observación, la figuración de un mundo y la condensación de experiencias sensibles. 

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